QUE, ENTRE OTRAS COSAS, TRATA DE CÓMO LA REINA DE LOS TERRANOVAS PERDIÓ
HONRA, CETRO Y VIDA
I
Con el cristianismo, que es fraternidad, nos vino desde la civilizada
Europa, y como una negación de la doctrina religiosa, la trata de
esclavos. Los crueles expedientes de que se valían los traficantes en
carne humana para completar en las costas de África el cargamento de sus
buques, y la manera bárbara como después eran tratados los infelices
negros, no son asuntos para artículos del carácter ligero de mis
TRADICIONES.
El esclavo que trabajaba en el campo vivía perennemente amagado del
látigo y el grillete, y el que lograba la buena suerte de residir en la
ciudad tenía también, como otra espada de Damocles, suspendida sobre su
cabeza la amenaza de que, al primer renuncio, se abrirían para él las
puertas de hierro de un amasijo.
Muchos amos cometían la atrocidad de _carimbar_ o poner marca sobre la
piel de los negros, como se práctica actualmente con el ganado vacuno o
caballar, hasta que vino de España real cédula prohibiendo la _carimba_.
En el siglo anterior empezó a ser menos ruda la existencia de los
esclavos. Los africanos, que por aquel tiempo se vendían en el Perú a
precio más o menos igual al que hoy se paga por la contrata de un colono
asiático, merecieron de sus amos la gracia de que, después de
cristianados, pudieran, según sus respectivas nacionalidades o tribus,
asociarse en cofradías. Aun creemos que vino de España una real cédula
sobre el particular.
Andando los años, y con sus ahorrillos y gajes, llegaban muchos esclavos
a pagar su carta de libertad; y entonces se consagraban al ejercicio de
alguna industria, no siendo pocos los que lograron adquirir una decente
fortuna. Precisamente la calle que se llama de Otárola debió su nombre a
un acaudalado chala o mozambique, del cual, pues viene a cuento, he de
referir una ocurrencia.
Colocóse en cierta ocasión en la puerta de un templo una mesa con la
indispensable bandeja para que los fieles oblasen limosnas. Llegó su
excelencia y el virrey echó un par de peluconas, y los oidores, y damas,
y cabildantes, y gente de alto coturno hicieron resonar la metálica
bandeja con una onza o un escudo por lo menos. Tal era la costumbre o la
moda.
De repente presentóse _taita Otárola_, seguido de dos negros, cada uno
de los cuales traía a cuestas un talego de a mil duros, y sacando del
bolsillo medio real de plata lo echó en la bandeja, diciendo:
--Esta es la limosna.
Luego mandó avanzar a los negros, y colocando sobre la mesa los dos
talegos añadió:
--Esta es la fantasía.
Ahora comenten ustedes a sus anchas la cosa, que no deja de tener
entripado.
Como era consiguiente, muchas de las asociaciones de negros llegaron a
poner su tesorería en situación holgada. Los angolas, caravelís,
mozambiques, congos, chalas y terranovas compraron solares en las calles
extremas de la ciudad, y edificaron las casas llamadas de cofradías. En
festividades determinadas, y con venia de sus amos, se reunían allí para
celebrar jolgorios y comilonas a la usanza de sus países nativos.
Estando todos bautizados, eligieron por patrona de las cofradías a la
Virgen del Rosario, y era de ver el boato que desplegaban para la
fiesta. Cada tribu tenía su reina, que era siempre negra y rica. En la
procesión solemne salía ésta con traje de raso blanco, cubierto de
finísimas blondas valencianas, banda bordada de piedras preciosas,
cinturón y cetro de oro, arracadas y gargantilla de perlas. Todas
echaban, como se dice, la casa por la ventana y llevaban un caudal
encima. Cada reina iba acompañada de sus damas de honor, que por lo
regular eran esclavas jóvenes, mimadas de sus aristocráticas señoras, y
a quienes éstas por vanidad engalanaban ese día con sus joyas más
valiosas. Seguía a la corte el populacho de la tribu, con cirio en mano
las mujeres y los hombres tocando instrumentos africanos.
Aunque con menos lujo, concurrían también las cofradías a las fiestas de
San Benito y Nuestra Señora de la Luz, en el templo de San Francisco, y
a las procesiones de Corpus y Cuasimodo. En estas últimas eran africanos
los que formaban las cuadrillas de diablos danzantes que acompañaban a
la _tarasca, papahuevos y gigantones_.
La reina de los terranovas, en 1799, era una negra de más de cincuenta
inviernos, conocida con el nombre de _mama Salomé_, la que habiendo
comprado su libertad, puso una mazamorrería; y el hecho es que cundiendo
la venta del artículo adquirió un fortunón tal que sus compatriotas,
cuando vacó el trono, la aclamaron, _nemine discrepante_, por reina y
señora.
Probablemente los limeños del siglo anterior se engolosinarían con la
mazamorra, cuando los provincianos les aplicaban a guisa de injuria el
epíteto de _mazamorreros_. ¡Ahí nos las den todas! Tanta deshonra hay en
ello como en mascar pan o _chacchar_ coca.
A Dios gracias, hoy estamos archicivilizados, y no hay miedo de que nos
endilguen aquel mote que nos ruborizaba hasta el blanco de los ojos. A
la inofensiva mazamorra la tenemos relegada al olvido, y como dijo mi
inolvidable amigo el festivo y popular poeta Manuel Segura:
_Yo conozco cierta dama_
_que con este siglo irá,_
_que dice que a su mama_
_no la llamó nunca mama,_
_y otra de aspecto cetrino_
_que, por mostrar gusto inglés,_
_dice: yo no se lo que es_
_mazamorra de cochino._
Lo que hoy triunfa es la cerveza de Bass, marca T y el _bitter_ de los
hermanos Broggi. ¡Viva mi Pepa!
_Impulso de blandir cachiporra_
_nunca a nadie inspiró la mazamorra,_
_que ella no daba bríos_
_para andarse buscando desafíos,_
_ni faltar al respeto cortesano_
_a la mujer, al monje o al anciano._
_Mientras hoy, con un vaso de cerveza_
_a cuestas, o una copa vergonzante_
_de bitter de Torino, hasta al gigante_
_Goliath le rebanamos la cabeza_
_hablamos de tú a Cristo, y un piropo_
_le echa a una dama el último galopo._
_¡La diferencia es nada!_
_¿Ganamos o perdemos, camarada?_
Basta de digresión y adelante con los faroles.
Años llevaba ya nuestra _macuita_ en pacífica posesión de un trono tan
real como el de la reina Pintiquiniestra. Pero ¡mire usted lo que es la
envidia!
Como nadie alcanzaba a hacer competencia a la acreditada mazamorrería de
_mama_ Salomé, otra del gremio levantó la especie de que la terranova
era bruja, y que para hacer apetitoso su manjar meneaba la olla, ¡qué
asco!, con una canilla de muerto, canilla de judío, por añadidura.
¿Bruja dijiste? ¡A la Inquisición con ella! Y la pobre negra, convicta y
confesa (con auxilio de la polea) de malas artes, fué sacada a la
vergüenza pública, con pregonero delante y zurrador detrás, medio
desnuda y montada en un burro flaco.
Y diz que lo es frío o calor bien pudo tener; pero lo que es vergüenza,
ni el canto de una uña, pues en la piel no se le notó la menor señal de
sonrojo.
Entendido está que la Inquisición se echó sobre el último maravedí de la
mazamorrera, y que los terranovas la negaron obediencia y la
destituyeron. Barrunto que entre ellos sería caso de vacancia la
acusación de brujería. No conozco el artículo constitucional de los
terranovas; pero me gusta, y ya lo quisiera ver incrustado en el código
político de mi tierra, en que tachas peores no fueron nunca pretexto
para tamaño desaire.
_Mama_ Salomé, reina de mojiganga o de mentirijillas, no se parecía a
los soberanos de verdad, que cuando sus vasallos los echan del trono
poco menos que a puntapiés, se van orondos a comer el pan del extranjero
y engordan que es una maravilla, y hablan a tontas y locas de que Dios
consiente, pero no para siempre, y que como hay viñas, han de volver a
empuñar el pandero.
_Mama_ Salomé no intentó siquiera una revolucioncilla de mala muerte; se
echó a dar y cavar en la ingratitud y felonía de los suyos, y a tal
grado se le melancolizó el ánimo, que sin más ni más se la llevó Pateta.