II

Aquella noche doña Feliciana echó sus cuentas y resolvió que, apenas

amaneciese Dios, debía depositar su dinero y alhajas en casa de un

comerciante de proverbial honradez. Pero sus celosas cavilaciones por un

lado, y por otro sus cálculos rentísticos, la quitaron el sueño, y en

ello tuvo no poca ventura.

Serían las dos de la madrugada, hora de gatos y ladrones, cuando sintió

un ligero y cauteloso ruido de pasos en el traspatio. Aguzó el oído, y

se convenció de que en una puerta que comunicaba con su dormitorio

estaban aplicando lo que no en tecnicismo de botica, sino en el de los

hijos de Caco, se llamaba entonces una _ventosa_. Consistía este

experimento en abrir por medio del fuego un boquete en la madera.

Doña Feliciana saltó con presteza del lecho, y de una esquina del cuarto

tomó una asta o varilla de palo a cuyo extremo adaptó un puntiagudo

rejoncillo de hierro. Era ésta el arma con que acostumbraban salir al

campo todos los hacendados.

Así prevenida, nuestra heroína se colocó en acecho tras la puerta.

Apenas la ventosa hubo dejado expedito un gran agujero, asomó por él una

cabeza. Doña Feliciana, sin dar el quién vive, le clavó el rejoncillo en

la nuca.

El ladrón exhaló un grito de muerte, y sus compañeros pusieron pie en

pared. Entonces la señora dió voces, alborotóse el vecindario, acudió la

ronda, y con universal sorpresa hallaron moribundo al honrado Vilches,

quien cantó de plano y denunció a sus compañeros de empresa.

Tradiciones peruanas · 第 74 / 96 题