El decenio de 1550 a 1560 pudo dar en el Perú nombre a un siglo que
llamaríamos sin empacho el siglo de las gallinas, del pan, del vino, del
aceite y de los pericotes. Nos explicaremos.
Sábese, por tradición, que los indios bautizaron a las gallinas con el
nombre de _hualpa_, sincopando el de su último inca Atahualpa. El padre
Blas Valera (cuzqueño) dice que cuando cantaban los gallos, los indios
creían que lloraban por la muerte del _inca_, por lo cual llamaron al
gallo _hualpa_. El mismo cronista refiere que durante muchos años no se
pudo lograr que las gallinas españolas empollasen en el Cuzco, lo que se
conseguía en los valles templados. En cuanto a los pavos, fueron traídos
de México.
Garcilaso, Zárate, Gómara y muchos historiadores y cronistas dicen que
fué por entonces cuando doña María de Escobar, esposa del conquistador
Diego de Chávez, trajo de España medio almud de trigo que repartió a
razón de veinte o treinta granos entre varios vecinos. De las primeras
cosechas enviaron algunas fanegas a Chile y otros pueblos de la América.
Casi con la del trigo coincidió la introducción de los pericotes o
ratones en un navío que, por el estrecho de Magallanes, vino al Callao.
Los indios dieron a esta plaga de dañinos inmigrantes el nombre de
_hucuchas_, que significa salidos del mar. Afortunadamente el español
Montenegro había traído gatos en 1537 y es fama que don Diego de Almagro
le compró uno en seiscientos pesos. Los naturales no alcanzando a
pronunciar bien el _mizmiz_ de los castellanos, los llamaron _michitus_.
Y aquí, por vía de ilustración, apuntaremos que en los primeros veinte
años de la conquista el precio mínimo de un caballo era de cuatro mil
pesos, trescientos el de una vaca, quinientos pesos el de un burro,
doscientos el de un cerdo, cien el de una cabra o de una oveja, y por un
perro se daban sumas caprichosas. En la víspera de la batalla de
Chuquinga ofreció un rico capitán a un soldado diez mil pesos por su
caballo, propuesta que el dueño rechazó con indignación,
diciendo:--Aunque no poseo un maravedí, estimo a mi compañero más que a
los tesoros de Potosí.
Habiendo gran escasez de vino, a punto tal que en 1555 se vendía la
arroba en quinientos pesos, Francisco Carabantes trajo de las Canarias
los primeros sarmientos de uva negra que se plantaron en el Perú. En el
pago de Tacaraca, en Ica (escribía Córdova y Urrutia en 1840) existe hoy
una viña de uva negra, que se asegura ser una de las plantadas por
Carabantes, la cual da hasta ahora muy buena cosecha. ¡Injusticias
humanas! Los borrachos bendicen siempre al padre Noé, que plantó las
viñas, y no tienen una palabra de gratitud para Carabantes, que fué el
Noé de nuestra Patria.
Obtenido pan y vino, hacía falta el aceite. Probablemente lo pensó así
don Antonio de Ribera, y al embarcarse en Sevilla en 1559 cuidó meter a
bordo cien estacas de olivos.
Don Antonio de Ribera fué, en Lima, persona de mucho viso; como que
tenía escudo de armas en el que había pintado dos lobos con dos lobeznos
en campo de oro. Casado con la viuda de Francisco Martín de Alcántara,
hermano materno del marqués Pizarro, y que murió a su lado
defendiéndolo, trájole ésta pingüe dote. Tomó gran participación en las
guerras civiles de los conquistadores, y después de la rebeldía de Girón
marchó a España en 1557 con el nombramiento de procurador del Perú.
Ribera fué dueño de la espaciosa huerta que conocemos, en Lima, con el
nombre de _Huerta perdida_. Poseía una fortuna de trescientos mil duros,
adquirida haciendo vender por sus _mitayos_ higos, melones, naranjas,
pepinos, duraznos y demás frutas desconocidas hasta entonces en el Perú.
La primera granada que se produjo en Lima fué paseada en procesión en
las andas en que iba el Santísimo Sacramento, y dicen que era de
fenomenal tamaño.
Desgraciadamente para Ribera, la navegación, llena de peligros y
contratiempos, duró nueve meses, y a pesar de sus precauciones se
encontró al pisar tierra con que sólo tres de las estacas podían
aprovecharse, pues las demás no servían sino para avivar una hoguera.
Dióse a cultivarlas con grande ahinco, cuidándolas más que a sus talegas
de duros; y eso que su reputación de avaro era piramidal. Y para que ni
un instante escapasen a su vigilancia, plantó las tres estacas en un
jardinillo bien murado y resguardado por dos negros colosales y una
jauría de perros bravos.
Pero fíese usted de murallas como las de Pekín, en gigantes como
Polifemo y en canes como el Cerbero, y estará más fresco que una
horchata de chufas. Las dichosas estacas tenían más enamorados que
muchacha bonita y ya se sabe que para hombres que se apasionan del bien
ajeno, sea hija de Eva o cosa que valga la pena, no hay obstáculo exento
de atropello.
Una mañana levantóse don Antonio con el alba. No había podido cerrar los
párpados en toda la santa noche. Tenía la corazonada, el presentimiento
de una gran desgracia.
Después de santiguarse, y en chanclas y envuelto en el capote, se
dirigió al jardinillo; y el corazón le dio tan gran vuelco que casi se
le escapa por la boca junto con el taco redondo que lanzó.
--¡Canario! ¡Me han robado!
Y cayó al suelo presa de un accidente.
En efecto, había desaparecido una de las tres estacas.
Aquel día Ribera derrengó a palos media jauría de perros, y el látigo
anduvo bobo entre los pobres esclavos, que a su merced se le había
subido la cólera al campanario.
Cansado de castigos y de pesquisas y viendo que sus afanes no daban
fruto, se acerco al arzobispo, que era muy su amigo, y lo informó de su
gran desventura, al lado de la cual los trabajos de Job eran can-can y
zanguaraña.
Pero no es cuento, lectores míos, sino muy auténtico, lo que sucedió, y
así se lo dirá a ustedes el primer cronista que hojeen.
Aquel día las campanas clamorearon como nunca; y por fin, después de
otras imponentes ceremonias de rito, el ilustrísimo señor arzobispo
fulminó excomunión mayor contra el ladrón de la estaca.
Pero ni por ésas.
El ladrón sería algún descreído o _espirt fort_, de esos que pululan en
este siglo del gas y del vapor, pensará el lector.
Pues se lleva un chasco de marca.
En aquellos tiempos una excomunión pesaba muchas toneladas en la
conciencia.