Grande era la desmoralización de Lima cuando O'Higgins entró a ejercer
el mando. Según el censo mandado formar por el virrey-bailío Gil y
Lemus, contaba la ciudad en el recinto de sus murallas 52.627
habitantes, y para tan reducida población excedía de setecientos el
número de carruajes particulares que, con ricos arneses y soberbios
troncos, se ostentaban en el paseo de la Alameda. Tal exceso de lujo
basta a revelarnos que la moralidad social no podía rayar muy alto.
Los robos, asesinatos y otros escándalos nocturnos se multiplicaban y
para remediarlos juzgó oportuno su excelencia promulgar bandos,
previniendo que sería aposentado en la cárcel todo el que después de las
diez de la noche fuese encontrado en la calle por las comisiones de
ronda. Las compañías de _encapados_ o agentes de policía, establecidas
por el virrey Amat, recibieron aumento y mejora en el personal con el
nombramiento de capitanes, que recayó en personas notables.
Pero los bandos se quedaban escritos en las esquinas, y los desórdenes
no disminuían. Precisamente los jóvenes de la nobleza colonial hacían
gala de ser los primeros infractores. El pueblo tomaba ejemplo de ellos;
y viendo el virrey que no había forma de extirpar el mal, llamó un día a
los cinco capitanes de las compañías de encapados.
--Tengo noticias, señores--les dijo--que ustedes llevan a la cárcel sólo
a los pobres diablos que no tienen padrino que les valga; pero que
cuando se trata de uno de los marquesitos o condesitos que andan
escandalizando el vecindario con escalamientos, serenatas, estocadas y
holgorios, vienen las contemporizaciones y se hacen ustedes de la vista
gorda. Yo quiero que la justicia no tenga dos pesas y dos medidas, sino
que sea igual para grandes y chicos. Téngalo ustedes así por entendido,
y después de las diez de la noche... ¡a la cárcel todo Cristo!
Antes de proseguir refiramos, pues viene a pelo, el origen del refrán
popular _a la cárcel todo Cristo_. Cuentan que en un pueblecito de
Andalucía se sacó una procesión de penitencia, en la que muchos devotos
salieron vestidos con túnica nazarena y llevando al hombro una pesada
cruz de madera. Parece que uno de los parodiadores de Cristo empujó
maliciosamente a otro compañero, que no tenía aguachirle en las venas y
que, olvidando la mansedumbre a que lo comprometía su papel, sacó a
relucir la navaja. Los demás penitentes tomaron cartas en el juego y
anduvieron a mojicón cerrado y puñalada limpia, hasta que apareciéndose
el alcalde, dijo:--¡A la cárcel todo Cristo!
Probablemente don Ambrosio O'Higgins se acordó del cuento cuando, al
sermonear a los capitanes, terminó la reprimenda empleando las palabras
del alcalde andaluz.
Aquella noche quiso su excelencia convencerse personalmente de la manera
como se obedecían sus prescripciones. Después de las once y cuando
estaba la ciudad en plena tiniebla, embozóse el virrey en su capa y
salió de palacio.
A poco andar tropezó con una ronda; mas reconociéndolo el capitán lo
dejó seguir tranquilamente, murmurando:
--¡Vamos, ya pareció aquello! También su excelencia anda en galanteo, y
por eso no quiere que los demás tengan un arreglillo y se diviertan.
Está visto que el oficio de virrey tiene más gangas que el testamento
del moqueguano.
Esta frase pide a gritos explicación. Hubo en Moquegua un ricacho
nombrado don Cristóbal Cugate, a quien su mujer, que era de la piel del
diablo, hizo pasar la pena negra. Estando el infeliz en las
postrimerías, pensó que era imposible comiese pan en el mundo hombre de
genio tan manso como el suyo, y que otro cualquiera, con la décima parte
de lo que él había soportado, le habría aplicado diez palizas a su
conjunta.
--Es preciso que haya quien me vengue--díjose el moribundo; y haciendo
venir un escribano, dictó su testamento, dejando a aquella arpía por
heredera de su fortuna, con la condición de que había de contraer
segundas nupcias antes de cumplirse los seis meses de su muerte, y de no
verificarlo así, era su voluntad que pasase la herencia a un hospital.
Mujer joven, no mal laminada, rica y autorizada para dar pronto
reemplazó al difunto--decían los moqueguanos--,¡qué gangas de
testamento! Y el dicho pasó a refrán.
Y el virrey encontró otras tres rondas, y los capitanes le dieron las
buenas noches, y le preguntaron si quería ser acompañado, y se
derritieron en cortesías, y le dejaron libre el paso.
Sonaron las dos, y el virrey, cansado del ejercicio, se retiraba ya a
dormir, cuando le dió en la cara la luz del farolillo de la quinta
ronda, cuyo capitán era don Juan Pedro Lostaunau.
--¡Alto! ¿Quien vive?
--Soy yo, don Juan Pedro, el virrey.
--No conozco al virrey en la calle después de las diez de la noche. ¡Al
centro el vagabundo!
--Pero, señor capitán...
--¡¡Nada!! El bando es bando y ¡a la cárcel todo Cristo!
Al día siguiente quedaron destituidos de sus empleos los cuatro
capitanes que, por respeto, no habían arrestado al virrey; y los que los
reemplazaron fueron bastante enérgicos para no andarse en
contemplaciones, poniendo, en breve, término a los desórdenes.
El hecho es que pasó la noche en el calabozo de la cárcel de la
Pescadería, como cualquier pelafustán, todo un don Ambrosio O'Higgins,
marqués de Osorno, barón de Ballenari, teniente general de los reales
ejércitos, y trigésimo sexto virrey del Perú por su majestad don Carlos
IV.