Demos tiempo al tiempo y no andemos con lilailas y recancanillas. Es
decir, que mientras los amantes apuran la luna de miel para dar entrada
a la de hiel, podemos echar, lector carísimo, el consabido parrafillo
histórico.
El excelentísimo señor don Teodoro de Croix, caballero de Croix,
comendador de la muy distinguida orden teutónica en Alemania, capitán de
guardias valonas y teniente general de los reales ejércitos, hizo su
entrada en Lima el 6 de abril de 1784.
Durante largos años había servido en México bajo las órdenes de su tío
(el virrey marqués de Croix), y vuelto a España, Carlos III lo nombró su
representante en estos reinos del Perú. «Fué su excelencia--dice un
cronista--hombre de virtud eminente, y se distinguió mucho por su
caridad, pues varias veces se quedó con la vela en la mano porque el
candelero de plata lo había dado a los pobres, no teniendo de pronto
moneda con que socorrerlos; frecuentaba sacramentos y era un verdadero
cristiano.»
La administración del caballero Croix, a quien llamaban _el Flamenco_,
fué de gran beneficio para el país.
El virreinato se dividió en siete intendencias, y éstas en distritos o
subdelegaciones. Estableciéronse la Real Audiencia del Cuzco y el
tribunal de Minería, repobláronse los valles de Víctor y Acobamba, y el
ejemplar obispo Chávez de la Rosa fundó en Arequipa la famosa casa de
huérfanos, que no pocos hombres ilustres ha dado después a la república.
Por entonces llegó al Callao, consignado al conde de San Isidro, el
primer navío de la Compañía de Filipinas; y para comprobar el gran
desarrollo del comercio en los cinco años del gobierno de Croix, bastará
consignar que la importación subió a cuarenta y dos millones de pesos y
la exportación a treinta y seis.
Las rentas del Estado alcanzaron a poco más de cuatro y medio millones,
y los gastos no excedieron de esta cifra, viéndose por primera y única
vez entre nosotros realizado el fenómeno del equilibrio en el
presupuesto. Verdad es que, para lograrlo, recurrió el virrey al sistema
de economías, disminuyendo empleados, cercenando sueldos, licenciando
los batallones de Soria y Extremadura, y reduciendo su escolta a la
tercera parte de la fuerza que mantuvieron sus predecesores desde Amat.
La querella entre el marqués de Lara, intendente de Huamanga, y el señor
López Sánchez, obispo de la diócesis, fué la piedra de escándalo de la
época. Su ilustrísima, despojándose de la mansedumbre sacerdotal, dejó
desbordar su bilis hasta el extremo de abofetear al escribano real que
le notificaba una providencia. El juicio terminó, desairosamente para el
iracundo prelado, por fallo del Consejo de Indias.
Lorente, en su _Historia_, habla de un acontecimiento que tiene alguna
semejanza con el proceso del falso nuncio de Portugal. «Un pobre
gallego--dice--que había venido en clase de soldado y ejercido después
los poco lucrativos oficios de mercachifle y corredor de muebles,
cargado de familia, necesidades y años, se acordó que era hijo natural
de un hermano del cardenal patriarca, presidente del Consejo de
Castilla, y para explotar la necedad de los ricos, fingió recibir cartas
del rey y de otros encumbrados personajes, las que hacía contestar por
un religioso de la Merced. La superchería no podía ser más grosera, y
sin embargo engañó con ella a varias personas. Descubierta la impostura
y amenazado con el tormento, hubo de declararlo todo. Su farsa se
consideró como crimen de Estado, y por circunstancias atenuantes salió
condenado a diez años de presidio, enviándose para España, bajo partida
de registro, a su cómplice el religioso».
El sabio don Hipólito Unanue que con el seudónimo de _Aristeo_ escribió
eruditos artículos en el famoso _Mercurio peruano_; el elocuente
mercedario fray Cipriano Jerónimo Calatayud, que firmaba sus escritos en
el mismo periódico con el nombre de _Sofronio_; el egregio médico
Dávalos, tan ensalzado por la Universidad de Montpellier; el clérigo
Rodríguez de Mendoza, llamado por su vasta ciencia el _Bacón del Perú_ y
que durante treinta años fué rector de San Carlos; el poeta andaluz
Terralla y Landa, y otros hombres no menos esclarecidos formaban la
tertulia de su excelencia, quien, a pesar de su ilustración y del
prestigio de tan inteligente círculo, dictó severas órdenes para impedir
que se introdujesen en el país las obras de los enciclopedistas.
Este virrey, tan apasionado por el cáustico y libertino _poeta de las
adivinanzas_, no pudo soportar que el religioso de San Agustín fray Juan
Alcedo le llevase personalmente y recomendase la lectura de un
manuscrito. Era éste una sátira, en medianos versos, sobre la conducta
de los españoles en América. Su excelencia calificó la pretensión de
desacato a su persona, y el pobre hijo de Apolo fué desterrado a la
metrópoli para escarmiento de frailes murmuradores y de poetas de
aguachirle.
El caballero de Croix se embarcó para España el 7 de abril de 1790, y
murió en Madrid en 1791 a poco de su llegada a la patria.