Aquí deberíamos dar por terminada la tradición; pero el plan de nuestra
obra exige que consagremos algunas líneas por vía de epílogo al virrey
en cuya época de mando aconteció este suceso.
El excelentísimo señor don Agustín de Jáuregui, natural de Navarra y de
la familia de los condes de Miranda y de Teba, caballero de la Orden de
Santiago y teniente general de los reales ejércitos, desempeñaba la
presidencia de Chile cuando Carlos III relevó con él, injusta y
desairosamente, el virrey don Manuel Guirior. El caballero de Jáuregui
llegó a Lima el 21 de junio de 1780, y francamente, que ninguno de sus
antecesores recibió el mando bajo peores auspicios.
Por una parte, los salvajes de Chanchamayo acababan de incendiar y
saquear varias poblaciones civilizadas; y por otra, el recargo de
impuestos y los procedimientos tiránicos del visitador Areche habían
producido serios disturbios, en los que muchos corregidores y
alcabaleros fueron sacrificados a la cólera popular. Puede decirse que
la conflagración era general en el país, sin embargo de que Guirior
había declarado en suspenso el cobro de las odiosas y exageradas
contribuciones, mientras con mejor acuerdo volvía el monarca sobre sus
pasos.
Además en 1779 se declaró la guerra entre España e Inglaterra, y
reiterados avisos de Europa afirmaban al nuevo virrey que la reina de
los mares alistaba una flota con destino al Pacífico.
Jáuregui (apellido que, en vascuence, significa _residencia del señor_),
en previsión de los amagos piráticos, tuvo que fortificar y artillar la
costa, organizar milicias y aumentar la marina de guerra, medidas que
reclamaron fuertes gastos, con los que se acrecentó la penuria pública.
Apenas hacía cuatro meses que don Agustín de Jáuregui ocupaba el solio
de los virreyes, cuando se tuvo noticia de la muerte dada al corregidor
Arriaga, y con ella de que en una extensión de más de trescientas leguas
era proclamado por Inca y soberano del Perú el cacique Tupac-Amaru.
No es del caso historiar aquí esta tremenda revolución que, como es
sabido, puso en grave peligro al gobierno colonial. Poquísimo faltó para
que entonces hubiese quedado realizada la obra de la Independencia.
El 6 de abril, viernes de Dolores del año 1781, cayeron prisioneros el
Inca y sus principales vasallos, con los que se ejercieron los más
bárbaros horrores. Hubo lenguas y manos cortadas, cuerpos
descuartizados, horca y garrote vil. Areche autorizó barbaridad y media.
Con el suplicio del Inca, de su esposa doña Micaela, de sus hijos y
hermanos, quedaron los revolucionarios sin un centro de unidad. Sin
embargo, la chispa no se extinguió hasta julio de 1783, en que tuvo
lugar en Lima la ejecución de don Felipe Tupac, hermano del infortunado
Inca, caudillo de los naturales de Huarochirí. «Así--dice el deán
Funes--terminó esta revolución, y difícilmente presentará la historia
otra ni más justificada ni menos feliz.»
Las armas de la casa de Jáuregui eran: escudo cortinado, el primer
cuartel en oro con un roble copado y un jabalí pasante; el segundo de
gules y un castillo de plata con bandera; el tercero de azur, con tres
flores de lis.
Es fama que el 26 de abril de 1784 el virrey don Agustín de Jáuregui
recibió el regalo de un canastillo de cerezas, fruta a la que era su
excelencia muy aficionado, y que apenas hubo comido dos o tres cayó al
suelo sin sentido. Treinta horas después se abría en palacio la gran
puerta del salón de recepciones; y en un sillón, bajo el dosel, se veía
a Jáuregui vestido de gran uniforme. Con arreglo al ceremonial del caso
el escribano de cámara, seguido de la Real Audiencia, avanzó hasta pocos
pasos distante del dosel, y dijo en voz alta por tres veces:
¡Excelentísimo señor don Agustín Jáuregui! Y luego, volviéndose al
concurso, pronunció esta frase obligada: Señores, no responde.
¡Falleció! ¡Falleció! ¡Falleció! En seguida sacó un protocolo, y los
oidores estamparon en él sus firmas.
Así vengaron los indios la muerte de Tupac-Amaru.