Cada noche se iban reduciendo más sus ganancias. Por un lado la

necesidad de seguir siempre adelante, y por otro la falta de novedad,

que en España se paga siempre muy cara, le iban privando todos los días

de algunos céntimos. Con los que traía para casa al retirarse apenas

podía introducir en el estómago algo para no morirse de hambre. Su

situación era ya desesperada. Sólo un punto luminoso seguía viendo

tenazmente el desgraciado entre las tinieblas de su congojoso estado:

este punto luminoso era la llegada de su hermano Santiago. Todas las

noches, al salir de casa con la guitarra colgada del cuello, se le

ocurría el mismo pensamiento:--«Si Santiago estuviese en Madrid y me

oyese cantar, me conocería por la voz.» Y esta esperanza, mejor dicho,

esta quimera, era lo único que le daba fuerzas para soportar la vida.

Llegó otro día, no obstante, en que la angustia y el dolor no conocieron

límites. En la noche anterior no había ganado más que seis cuartos.

¡Había estado tan fría! Como que amaneció Madrid envuelto en una sábana

de nieve de media cuarta de espesor. Y todo el día siguió nevando sin

cesar un instante, lo cual les tenía sin cuidado a la mayoría de la

gente, y fue motivo de regocijo para muchos aficionados a la estética.

Los poetas que gozaban de una posición desahogada, muy particularmente,

pasaron gran parte del día mirando caer los copos al través de los

cristales de su gabinete, y meditando lindos e ingeniosos símiles de

esos que hacen gritar al público en el teatro «¡bravo, bravo!» u obligan

a exclamar cuando se leen en un tomo de versos: «¡qué talento tiene este

joven!»

Juan no había tomado más alimento que una taza de café de ínfima clase y

un panecillo. No pudo entretener el hambre contemplando la hermosura de

la nieve, en primer lugar, porque no tenía vista; y en segundo, porque

aunque la tuviese, era difícil que al través de la reja de vidrio

empañada y sucia de su desván pudiera verla. Pasó el día acurrucado

sobre el colchón, recordando los días de la infancia y acariciando la

dulce manía de la vuelta de su hermano. Al llegar la noche, apretado por

la necesidad, desfallecido, bajó a la calle a implorar una limosna. Ya

no tenía guitarra; la había vendido por tres pesetas en un momento

parecido de apuro.

La nieve caía con la misma constancia, puede decirse con el mismo

encarnizamiento. Las piernas le temblaban al pobre ciego lo mismo que el

día primero en que salió a cantar; pero esta vez no era de vergüenza,

sino de hambre. Avanzó como pudo por las calles, enfangándose hasta más

arriba del tobillo: su oído le decía que no cruzaba apenas ningún

transeúnte; los coches no hacían ruido, y estuvo expuesto a ser

atropellado por uno. En una de las calles céntricas se puso al fin a

cantar el primer pedazo de ópera que acudió a sus labios: la voz salía

débil y enronquecida de la garganta; nadie se acercaba a él ni siquiera

por curiosidad. «Vamos a otra parte,» se dijo, y bajó por la Carrera de

San Jerónimo, caminando torpemente sobre la nieve, cubierto ya de un

blanco cendal y con los pies chapoteando agua. El frío se le iba

metiendo por los huesos; el hambre le producía un fuerte dolor en el

estómago. Llegó un momento en que el frío y el dolor le apretaron tanto,

que se sintió casi desvanecido, creyó morir, y elevando el espíritu a la

Virgen del Carmen, su protectora, exclamó con voz acongojada: «¡Madre

mía, socórreme!» Y después de pronunciar estas palabras, se sintió un

poco mejor y marchó, o más propiamente, se arrastró hasta la plaza de

las Cortes: allí se arrimó a la columna de un farol, y, todavía bajo la

impresión del socorro de la Virgen, comenzó a cantar el _Ave María_, de

Gounod, una melodía a la cual siempre había tenido mucha afición. Pero

nadie se acercaba tampoco. Los habitantes de la villa estaban todos

recogidos en los cafés y teatros, o bien en sus hogares haciendo bailar

a sus hijos sobre las rodillas al amor de la lumbre. Seguía cayendo la

nieve pausada y copiosamente, decidida a prestar asunto al día siguiente

a todos los revisteros de periódicos para encantar a sus aficionados

con una docena de frases delicadas. Los transeúntes que casualmente

cruzaban lo hacían apresuradamente, arrebujados en sus capas y tapándose

con el paraguas. Los faroles se habían puesto el gorro blanco de dormir,

y dejaban escapar melancólica claridad. No se oía ruido alguno si no era

el rumor vago y lejano de los coches, y el caer incesante de los copos

como un crujido levísimo y prolongado de sedería. Sólo la voz de Juan

vibraba en el silencio de la noche saludando a la Madre de los

Desamparados. Y su canto, más que himno de salutación, parecía un grito

de congoja algunas veces; otras, un gemido triste y resignado que helaba

el corazón más que el frío de la nieve.

En vano clamó el ciego largo rato pidiendo favor al cielo; en vano

repitió el dulce nombre de María un sinnúmero de veces, acomodándolo a

los diversos tonos de la melodía. El cielo y la Virgen estaban lejos, al

parecer, y no le oyeron; los vecinos de la plaza estaban cerca, pero no

quisieron oírle. Nadie bajó a recogerlo; ningún balcón se abrió

siquiera para dejar caer sobre él una moneda de cobre. Los transeúntes,

como si viniesen perseguidos de cerca por la pulmonía, no osaban

detenerse.

Al fin ya no pudo cantar más: la voz espiraba en la garganta; las

piernas se le doblaban; iba perdiendo la sensibilidad en las manos. Dio

algunos pasos y se sentó en la acera al pie de la verja que rodea el

jardín. Apoyó los codos en las rodillas y metió la cabeza entre las

manos. Y pensó vagamente en que había llegado el último instante de su

vida; y volvió a rezar fervorosamente implorando la misericordia divina.

Al cabo de un rato percibió que un transeúnte se paraba delante de él y

se sintió cogido por el brazo. Levantó la cabeza, y sospechando que

sería lo de siempre, preguntó tímidamente:

--¿Es V. algún guardia?

--No soy ningún guardia--repuso el transeúnte,--pero levántese V.

--Apenas puedo, caballero.

--¿Tiene V. mucho frío?

--Sí, señor... y además no he comido hoy.

--Entonces, yo le ayudaré... vamos... ¡arriba!

El caballero cogió a Juan por los brazos y le puso en pie; era un hombre

vigoroso.

--Ahora apóyese V. bien en mí y vamos a ver si hallamos un coche.

--¿Pero dónde me lleva V.?

--A ningún sitio malo ¿tiene V. miedo?

--¡Ah! no: el corazón me dice que es V. una persona caritativa.

--Vamos andando... a ver si llegamos pronto a casa para que V. se seque

y tome algo caliente.

--Dios se lo pagará a V. caballero... la Virgen se lo pagará... Creí que

iba a morirme en ese sitio.

--Nada de morirse... no hable V. de eso ya. Lo que importa ahora es dar

pronto con un simón... Vamos adelante... ¿qué es eso; tropieza V.?

--Sí, señor; creo que he dado contra la columna de un farol... ¡Como soy

ciego!

--¿Es V. ciego?--preguntó vivamente el desconocido.

--Sí, señor.

--¿Desde cuándo?

--Desde que nací.

Juan sintió estremecerse el brazo de su protector; y siguieron caminando

en silencio. Al cabo éste se detuvo un instante y le preguntó con voz

alterada.

--¿Cómo se llama V.?

--Juan.

--¿Juan qué?

--Juan Martínez.

--Su padre de V. Manuel, ¿verdad? músico mayor del tercero de artillería

¿no es cierto?

--Sí, señor.

En el mismo instante el ciego se sintió apretado fuertemente por unos

brazos vigorosos que casi le asfixiaron y escuchó en su oído una voz

temblorosa que exclamó:

--¡Dios mío, qué horror y qué felicidad! Soy un criminal, soy tu hermano

Santiago.

Y los dos hermanos quedaron abrazados y sollozando algunos minutos en

medio de la calle. La nieve caía sobre ellos dulcemente.

Santiago se desprendió bruscamente de los brazos de su hermano y

comenzó a gritar salpicando sus palabras con fuertes interjecciones:

--¡Un coche, un coche! ¿no hay un coche por ahí?... ¡maldita sea mi

suerte! Vamos, Juanillo, haz un esfuerzo; llegaremos pronto al puesto...

¿Pero señor, dónde se meten los coches...? Ni uno sólo cruza por aquí...

Allá lejos veo uno... ¡gracias a Dios!... ¡Se aleja el maldito!... Aquí

está otro... éste ya es mío. A ver cochero... cinco duros si V. nos

lleva volando al hotel número diez de la Castellana...

Y cogiendo a su hermano en brazos como si fuera un chico lo metió en el

coche y detrás se introdujo él. El cochero arreó a la bestia y el

carruaje se deslizó velozmente y sin ruido sobre la nieve. Mientras

caminaban, Santiago teniendo siempre abrazado al pobre ciego, le contó

rápidamente su vida. No había estado en Cuba, sino en Costa Rica, donde

juntó una respetable fortuna; pero había pasado muchos años en el campo,

sin comunicación apenas con Europa; escribió tres o cuatro veces por

medio de los barcos que traficaban con Inglaterra y no obtuvo

respuesta. Y siempre pensando en tornar a España al año siguiente, dejó

de hacer averiguaciones proponiéndose darles una agradable sorpresa.

Después se casó y este acontecimiento retardó mucho su vuelta. Pero

hacía cuatro meses que estaba en Madrid, donde supo por el registro

parroquial que su padre había muerto; de Juan le dieron noticias vagas y

contradictorias: unos le dijeron que se había muerto también; otros que

reducido a la última miseria, había ido por el mundo cantando y tocando

la guitarra. Fueron inútiles cuantas gestiones hizo para averiguar su

paradero. Afortunadamente la Providencia se encargó de llevarlo a sus

brazos. Santiago reía unas veces, lloraba otras mostrando siempre el

carácter franco, generoso y jovial de cuando niño.

Paró el coche al fin. Un criado vino a abrir la portezuela. Llevaron a

Juan casi en volandas hasta su casa. Al entrar percibió una temperatura

tibia, el aroma de bienestar que esparce la riqueza: los pies se le

hundían en mullida alfombra; por orden de Santiago dos criados le

despojaron inmediatamente de sus harapos empapados de agua y le pusieron

ropa limpia y de abrigo. En seguida le sirvieron en el mismo gabinete,

donde ardía un fuego delicioso, una taza de caldo confortador y después

algunas viandas, aunque con la debida cautela, por la flojedad en que

debía hallarse su estómago: subieron además de la bodega el vino más

exquisito y añejo. Santiago no dejaba de moverse, dictando las órdenes

oportunas, acercándose a cada instante al ciego para preguntarle con

ansiedad:

--¿Cómo te encuentras ahora, Juan?--¿Estas bien?--¿Quieres otro

vino?--¿Necesitas más ropa?

Terminada la refacción se quedaron ambos algunos momentos al lado de la

chimenea. Santiago preguntó a un criado si la señora y los niños estaban

ya acostados y habiéndole respondido afirmativamente, dijo a su hermano

rebosando de alegría:

--¿Tú no tocas el piano?

--Sí.

--Pues vamos a dar un susto a mi mujer y a mis hijos. Ven al salón.

Y le condujo hasta sentarle delante del piano. Después levantó la tapa

para que se oyera mejor, abrió con cuidado las puertas y ejecutó todas

las maniobras conducentes a producir una sorpresa en la casa; pero todo

ello con tal esmero, andando sobre la punta de los pies, hablando en

falsete y haciendo tantas y tan graciosas muecas, que Juan al notarlo no

pudo menos de reírse exclamando: ¡Siempre el mismo Santiago!

--Ahora toca Juanillo, toca con todas tus fuerzas.

El ciego comenzó a ejecutar una marcha guerrera. El silencioso hotel se

estremeció de pronto, como una caja de música cuando se la da cuerda.

Las notas se atropellaban al salir del piano, pero siempre con ritmo

belicoso. Santiago exclamaba de vez en cuando:

--¡Más fuerte, Juanillo, más fuerte!

Y el ciego golpeaba el teclado, cada vez con mayor brío.

--Ya veo a mi mujer detrás de las cortinas... ¡adelante, Juanillo,

adelante!... Está la pobre en camisa... ji... ji... me hago como que no

la veo... se va a creer que estoy loco... ¡ji ji!... ¡adelante,

Juanillo, adelante!

Juan obedecía a su hermano, aunque sin gusto ya, porque deseaba conocer

a su cuñada y besar a sus sobrinos.

--Ahora veo a mi hija Manolita, que también sale en camisa... ¡Calle,

también se ha despertado Paquito!... ¡No te he dicho que todos iban a

recibir un susto!... Pero se van a constipar si andan de ese modo más

tiempo... No toques más Juan, no toques más.

Cesó el estrépito infernal.

--Vamos, Adela, Manolito, Paquito, abrigaos un poco y venid a dar un

abrazo a mi hermano Juan. Este es Juan de quien tanto os he hablado, a

quien acabo de encontrar en la calle a punto de morirse helado entre la

nieve... ¡Vamos, vestíos pronto!

La noble familia de Santiago vino inmediatamente a abrazar al pobre

ciego. La voz de la esposa era dulce y armoniosa: Juan creía escuchar

la de la Virgen: notó que lloraba cuando su marido relató de qué modo le

había encontrado. Y todavía quiso añadir más cuidados a los de Santiago:

mandó traer un calorífero y ella misma se lo puso debajo de los pies;

después le envolvió las piernas en una manta y le puso en la cabeza una

gorra de terciopelo. Los niños revoloteaban en torno de la butaca,

acariciándole y dejándose acariciar de su tío. Todos escucharon en

silencio y embargados por la emoción, el breve relato que de sus

desgracias les hizo. Santiago se golpeaba la cabeza: su esposa lloraba:

los chicos atónitos le decían estrechándole la mano: ¿No volverás a

tener hambre ni a salir a la calle sin paraguas, verdad tiito?... yo no

quiero, Manolita no quiere tampoco... ni papá, ni mamá.

--¡A que no le das tu cama, Paquito!--dijo Santiago, pasando a la

alegría inmediatamente.

--¡Si no _quepe_ en ella, papá! En la sala hay otra muy grande, muy

grande, muy grande...

--No quiero cama ahora,--interrumpió Juan... ¡me encuentro tan bien

aquí!

--¿Te duele el estómago como antes?--preguntó Manolita abrazándole y

besándole.

--No, hija mía, no, ¡bendita seas!... no me duele nada... soy muy

feliz... lo único que tengo es sueño... se me cierran los ojos sin

poderlo remediar...

--Pues por nosotros no dejes de dormir, Juan,--dijo Santiago.

--Sí, tiito, duerme, duerme--dijeron a un tiempo Manolita y Paquito

echándole los brazos al cuello y cubriéndole de caricias...

* * * * *

Y se durmió en efecto. Y despertó en el cielo.

Al amanecer del día siguiente, un agente de orden público tropezó con su

cadáver entre la nieve. El médico de la casa de socorro certificó que

había muerto por la congelación de la sangre.

--Mira, Jiménez--dijo un guardia de los que le habían llevado a su

compañero.

--¡Parece que se está riendo!

LA ACADEMIA

DE JURISPRUDENCIA

No todos los transeúntes de la calle de la Montera saben que en el

número 22, cuarto bajo, se encuentra establecida, desde algunos años

hace, la Academia de Jurisprudencia[*]. La mayoría de los ciudadanos que

van o vienen de la Puerta del Sol pasan por delante del largo portal de

la casa sin sospechar que dentro de ella discútense los más caros

intereses de su vida, la religión, la propiedad y la familia, todo lo

que se halla bajo la salvaguardia vigilante del Sr. Perier, director

propietario de _La Defensa de la Sociedad_. Si tuviesen el humor de

entrar, vieran quizá colgado de la pared en dicho portal un cuadrito

donde en letras gordas se dice: _No hay sesión_, o bien _El miércoles

continuará la discusión de la memoria del señor Martínez sobre el

derecho de acrecer: tienen pedida la palabra en pro los Sres. Pérez,

Fernández y Gutiérrez, y en contra los señores López, González y

Rodríguez_. El tema es por cierto asaz importante, y los nombres de los

oradores demasiado conocidos del público para que cualquier ciudadano no

entre en apetito de presenciar este debate. Restregándome, pues, las

manos y gustando anticipadamente con la imaginación sus ruidosas

peripecias, tengo salido muchas veces diciendo: No faltaré, no faltaré.

[* Se encontraba cuando el autor escribía estos renglones:

posteriormente se ha trasladado a otro sitio.]

Llega la noche señalada, empujo la mampara de la Academia y penetro en

el salón de sesiones. Una muchedumbre de trece a quince personas invade

el local destinado al público. Los académicos suelen estar aún en mayor

número, llegando algunas veces a ocupar casi todos los bancos

delanteros. Pérez ha comenzado ya su discurso. El celebrado orador que

_La Correspondencia de España_ ha llamado magistral en más de una

ocasión, por más que no haya logrado prebenda en ninguna basílica, podrá

tener, a juzgar por su fisonomía, unos nueve años de edad. Es

medianamente alto, delgado, de ojos pequeños e inquietos, y un poco

desgalichado: su rostro ofrece el sello de meditación y tristeza que

comunica una vida consagrada casi por entero al estudio de los arduos

problemas de la Filosofía. Principia siempre a hablar con cierto desdén

altanero, y su palabra en los primeros momentos es perezosa y torpe;

parece que está distraído como si le arrancasen de improviso al mundo de

reflexiones sabias y profundas donde habita a la continua. Mas a medida

que el tiempo trascurre y el asunto penetra en él, toma calor y su

discurso adquiere un brío extraordinario.

El asunto que ahora se discute es de interés palpitante. Se trata de

saber si la ley de Partida que regula el derecho de acrecer se refiere

únicamente a las mandas o legados, o debe aplicarse también a las

herencias. Pérez, demostrando su destreza en esta clase de debates,

comienza a cimentar su discurso sobre bases sólidas. Empieza estudiando

detenidamente al hombre en su doble naturaleza física y moral,

internándose con paso firme en el campo de la Antropología. Su talento

esencialmente analítico va arrancando a la materia las secretas leyes

por que se rige, y más tarde al espíritu los vagos y complejos impulsos

que le animan. Combate ruda pero severamente la teoría de Darwin sobre

el origen de las especies, y demuestra con gran copia de datos y

razones, que la humanidad no es el coronamiento del proceso animal, por

más que rechace igualmente la procedencia de una sola pareja. Con este

motivo, examina las contradicciones entre la Biblia y la ciencia, y

expone clara y sucintamente el modo de resolverlas. Pasa después al

estudio de la pre-historia, y rápidamente analiza las últimas teorías,

declarándose franco y resuelto partidario de la existencia del hombre en

el terreno terciario.

«Ninguno más reservado y más cauto que yo (dice con solemnidad) cuando

se trata de aceptar una teoría peregrina sobre problemas tan oscuros e

inaccesibles, pero todo el mundo está obligado a rendirse ante la

evidencia. Mi esclarecido amigo el señor Fernández ha tenido la fortuna

de encontrar este verano en una gruta de su provincia, e incrustada

entre rocas de granito de carácter terciario, una taza...

(_Fernández, levantándose a medias del asiento_):--Una vinagrera.

_Pérez_:--Entendía que era una taza lo que había hallado su señoría;

pero este cambio corrobora aún mejor la doctrina que estoy exponiendo.

La fabricación y el uso de esta clase de artefactos, lo mismo de las

tazas que de las vinagreras (singularmente de las vinagreras) manifiesta

y declara la existencia del hombre en dicho terreno, y supone además en

él un cierto grado de cultura nada compatible en verdad con el

embrutecimiento a que lo condenan las teorías de la escuela

materialista».

El orador da fin a su discurso con una historia tan concienzuda como

brillante del derecho de propiedad.

Por indisposición del Sr. López, que era el encargado de contestar al

discurso del Sr. Pérez, se levanta a hablar el Sr. González. Es hombre

más entrado en días que su contrincante: representa bien unos doce años,

y tiene fisonomía dulce, apacible y ruborosa donde se refleja un alma

creyente y sumisa.

«Todos nosotros reconocemos (comienza a decir con voz suave de

contralto, muy semejante a la de los niños de coro), y con nosotros

cuantos siguen el movimiento intelectual contemporáneo, todos

reconocemos en mi ilustre amigo el Sr. Pérez una erudición inmensa

dichosamente unida a una inteligencia poderosa y perspicua que se

apodera de las ideas y se enseñorea de ellas sometiéndolas a un análisis

seguro y minucioso, bien así como el águila cae de súbito sobre su

presa, la coge entre sus garras y asciende con ella por los espacios,

arrastrándola a regiones desconocidas donde con el ensangrentado pico se

entretiene en explorar sus entrañas palpitantes... (_¡Bravo! ¡Bravo!

Las miradas del público se fijan sobre Pérez, que en aquel momento toma

notas_).

«Pero ¡ah, señores! el eminente orador que me ha precedido en el uso de

la palabra, impulsado por su temperamento analítico, por la sed ardiente

de conocimientos que le devora, abandona las consoladoras creencias del

cristianismo, en que se ha educado, y marcha resueltamente por la senda

del libre examen, sin sospechar los riesgos que corre su noble espíritu;

de la misma suerte que el niño, persiguiendo por el campo a la mariposa

irisada, no ve el abismo que se abre a sus pies y amenaza sepultarle...

(_Prolongados aplausos_).

Continúa el orador describiendo con rasgos magistrales el carácter de

Pérez, y pasa después a lamentarse con acento patético de que aquél no

crea en la procedencia del género humano de una sola pareja. Con este

motivo, hace una pintura acabada y elocuente del paraíso terrenal, y

describe a nuestros primeros padres en el estado de inocencia,

entreteniéndose sobre todo a dibujar con amor y cuidado la figura

esbelta, graciosa, cándida e incitante a la vez de la madre Eva, de tal

modo, que provoca en la juventud que le escucha entusiásticos y

fervorosos aplausos.

Traza después a grandes pinceladas la historia de los primeros tiempos

de la humanidad, y afirma que la verdadera civilización tiene su origen

en el cristianismo. (_El Sr. Gutiérrez pide la palabra con voz irritada

y estentórea. Grande ansiedad en la media docena de circunstantes que

han quedado en el público_).

Terminado el discurso, rectifica brevemente Pérez, y acto continuo el

presidente concede la palabra a Gutiérrez, que con el rostro encendido,

las manos trémulas y los ojos inyectados, comienza a gritar más que a

decir su oración.

«Señores académicos--exclama:--No es el cristianismo, no, como acabáis

de oír, el que ha engendrado nuestra civilización. Todo lo contrario. El

cristianismo ha sido, es y será mientras exista, la rémora constante del

progreso de los pueblos. Hace mil ochocientos y tantos años que un judío

exaltado...

(_El presidente, haciendo sonar la campanilla_):--La Mesa suplica al Sr.

Gutiérrez que procure no herir el sentimiento religioso de la asamblea.

«Señor presidente, ha llegado la hora de las grandes verdades. Vosotros

venís de los templos, de los salones, de las universidades... Yo vengo

de la calle... Y vosotros no sabéis lo que pasa en la calle... Yo lo

sé... Por eso os digo que viváis alerta. La paciencia, una paciencia que

ha durado muchos siglos, está ya a punto de agotarse. Nos hemos contado

y os hemos contado también. Mañana, cuando más descuidados estéis, tal

vez vengamos a arrojaros de aquí. Los hombres de la calle, como un

torrente que se desata, como una inmensa y terrible avenida...

_El presidente_:--La Mesa no puede permitir que el Sr. Gutiérrez siga

hablando de ese modo.

(Algunas voces: _Muy bien, muy bien._ Otras: _Que siga, que siga_).

«Señor presidente, creo estar en mi perfecto derecho al hablar de la

avenida que se precipita...

_El presidente_:--Su señoría no puede hablar de la avenida...

(_Muy bien, muy bien_. Una voz: _Fuera el presidente_. Terrible

confusión en el público. Cuatro espectadores baten palmas a la

presidencia. Dos gritan: _Que siga, que siga_. Los académicos se hablan

al oído, aconsejando moderación e imparcialidad).

_Gutiérrez, con amargura_:--Señor presidente, veo con claridad que aquí,

como en la calle, no se respeta la justicia. Renuncio al uso de la

palabra... Antes de sentarme, sin embargo, os diré que, aunque vosotros

no la veáis, la avenida sube, sube, y concluirá por ahogaros.

(_Indescriptible confusión. Dos espectadores apostrofan duramente al

orador. Algunos académicos tratan de imponerles silencio. El presidente

rompe la campanilla. Gutiérrez pasea miradas insolentes y sarcásticas

por el concurso_).

_El presidente, logrando hacerse oír_:--Su señoría puede hacer lo que

guste, pero conste que la Mesa no le retira la palabra. El miércoles

próximo continuará la discusión sobre el derecho de acrecer. Se levanta

la sesión.

II

La vida pública de la Academia de Jurisprudencia no se resume en los

debates como el que acabamos de presenciar. Hay en su organización o

vida interna ciertos mecanismos que tocan, o por mejor decir, entran de

lleno en los dominios del derecho político y aun en el natural, o sea el

que la naturaleza enseñó lo mismo a los hombres que a los animales:

_quod natura omnia animalia docuit._ Me refiero a las elecciones.

Aguas fuertes · 第 2 / 12 段