Monasterio de Veruela, 1864.
Queridos amigos: Heme aquí transportado de la noche á la mañana á
mi escondido valle de Veruela; heme aquí instalado de nuevo en el
oscuro rincón del cual salí por un momento para tener el gusto de
estrecharos la mano una vez más, fumar un cigarro juntos, charlar
un poco y recordar las agradables, aunque inquietas horas de mi
antigua vida. Cuando se deja una ciudad por otra, particularmente
hoy, que todos los grandes centros de población se parecen, apenas
se percibe el aislamiento en que nos encontramos, antojándosenos,
al ver la identidad de los edificios, los trajes y las costumbres,
que al volver la primera esquina vamos á hallar la casa á que
concurríamos, las personas que estimábamos, las gentes á quienes
teníamos costumbre de ver y hallar de continuo. En el fondo de este
valle, cuya melancólica belleza impresiona profundamente, cuyo eterno
silencio agrada y sobrecoge á la vez, diríase, por el contrario, que
los montes que lo cierran como un valladar inaccesible, me separan
por completo del mundo. ¡Tan notable es el contraste de cuanto se
ofrece á mis ojos; tan vagos y perdidos quedan al confundirse entre
la multitud de nuevas ideas y sensaciones los recuerdos de las cosas
más recientes!
Ayer, con vosotros en la tribuna del Congreso, en la redacción, en el
teatro Real, en _La Iberia_; hoy sonándome aún en el oído la última
frase de una discusión ardiente, la última palabra de un artículo
de fondo, el postrer acorde de un andante, el confuso rumor de
cien conversaciones distintas, sentado á la lumbre de un campestre
hogar donde arde un tronco de carrasca que salta y cruje antes de
consumirse, saboreo en silencio mi taza de café, único exceso que
en estas soledades me permito, sin que turbe la honda calma que
me rodea otro ruido que el del viento que gime á lo largo de las
desiertas ruinas y el agua que lame los altos muros del monasterio
ó corre subterránea atravesando sus claustros sombríos y medrosos.
Una muchacha con su zagalejo corto y naranjado, su corpiño oscuro,
su camisa blanca y cerrada, sobre la que brillan dos gruesos hilos
de cuentas rojas, sus medias azules y sus abarcas atadas con un
listón negro, que sube cruzándose caprichosamente hasta la mitad de
la pierna, va y viene cantando á media voz por la cocina, atiza la
lumbre del hogar, tapa y destapa los pucheros donde se condimenta la
futura cena, y dispone el agua hirviente, negra y amarga que me mira
beber con asombro. Á estas alturas y mientras dura el frío, la cocina
es el estrado, el gabinete y el estudio.
Cuando sopla el cierzo, cae la nieve ó azota la lluvia los vidrios
del balcón de mi celda, corro á buscar la claridad rojiza y alegre de
la llama, y allí, teniendo á mis pies al perro, que se enrosca junto
á la lumbre, viendo brillar en el oscuro fondo de la cocina las mil
chispas de oro con que se abrillantan las cacerolas y los trastos de
la espetera, al reflejo del fuego, ¡cuántas veces he interrumpido
la lectura de una escena de _La Tempestad_, de Shakespeare, ó del
_Caín_, de Byron, para oir el ruido del agua que hierve á borbotones,
coronándose de espuma, y levantando con sus penachos de vapor azul
y ligero la tapadera de metal que golpea los bordes de la vasija!
Un mes hace que falto de aquí, y todo se encuentra lo mismo que
antes de marcharme. El temeroso respeto de estos criados hacia todo
lo que me pertenece, no puede menos de traerme á la imaginación
las irreverentes limpiezas, los temibles y frecuentes arreglos de
cuarto de mis patronas de Madrid. Sobre aquella tabla, cubiertos
de polvo, pero con las mismas señales y colocados en el orden que
yo los tenía, están aún mis libros y mis papeles. Más allá cuelga
de un clavo la cartera de dibujo; en un rincón veo la escopeta,
compañera inseparable de mis filosóficas excursiones, con la cual
he andado mucho, he pensado bastante y no he matado casi nada.
Después de apurar mi taza de café, y mientras miro danzar las llamas
violadas, rojas y amarillas á través del humo del cigarro que se
extiende ante mis ojos como una gasa azul, he pensado un poco sobre
qué escribiría á ustedes para _El Contemporáneo_, ya que me he
comprometido á contribuir con una gota de agua, á fin de llenar ese
océano sin fondo, ese abismo de cuartillas que se llama periódico,
especie de tonel, que como al de las Danaidas, siempre se le está
echando original y siempre está vacío. Las únicas ideas que me han
quedado como flotando en la memoria, y sueltas de la masa general
que ha oscurecido y embotado el cansancio del viaje, se refieren á
los detalles de éste que carecen en sí de interés, que en otras mil
ocasiones he podido estudiar, pero que nunca, como ahora, se han
ofrecido á mi imaginación en conjunto, y contrastando entre sí de un
modo tan extraordinario y patente.
Los diversos medios de locomoción de que he tenido que servirme para
llegar hasta aquí, me han recordado épocas y escenas tan distintas,
que algunos ligeros rasgos de lo que de ellas recuerdo, trazados por
pluma más avezada que la mía á esta clase de estudios, bastarían á
bosquejar un curioso cuadro de costumbres.
Como por todo equipaje no llevaba más que un pequeño saco de noche,
después de haberme despedido de ustedes llegué á la estación del
ferrocarril á punto de montar en el tren. Previo un ligero saludo de
cabeza dirigido á las pocas personas que de antemano se encontraban
en el coche, y que habían de ser mis compañeras de viaje, me acomodé
en un rincón esperando el momento de partir, que no debía de tardar
mucho, á juzgar por la precipitación de los rezagados, el ir y venir
de los guardas de la vía y el incesante golpear de las portezuelas.
La locomotora arrojaba ardientes y ruidosos resoplidos, como un
caballo de raza impaciente hasta ver que cae al suelo la cuerda
que lo detiene en el hipódromo. De cuando en cuando una pequeña
oscilación hacía crujir las coyunturas de acero del monstruo; por
último sonó la campana, el coche hizo un brusco movimiento de
adelante atrás y de atrás adelante, y aquella especie de culebra
negra y monstruosa partió arrastrándose por el suelo á lo largo de
los rails y arrojando silbidos estridentes que resonaban de una
manera particular en el silencio de la noche. La primera sensación
que se experimenta al arrancar un tren, es siempre insoportable.
Aquel confuso rechinar de ejes, aquel crujir de vidrios estremecidos,
aquel fragor de ferretería ambulante, igual, aunque en grado máximo,
al que produce un simón desvencijado al rodar por una calle mal
empedrada, crispa los nervios, marea y aturde. Verdad que en ese
mismo aturdimiento hay algo de la embriaguez de la carrera, algo
de lo vertiginoso que tiene todo lo grande; pero como quiera que,
aunque mezclado con algo que place, hay mucho que incomoda, también
es cierto que hasta que pasan algunos minutos y la continuación de
las impresiones embota la sensibilidad, no se puede decir que se
pertenece uno á sí mismo por completo.
Apenas hubimos andado algunos kilómetros, y cuando pude enterarme de
lo que había á mi alrededor, empecé á pasar revista á mis compañeros
de coche; ellos, por su parte, creo que hacían algo por el estilo,
pues con más ó menos disimulo todos comenzamos á mirarnos unos á
otros de los pies á la cabeza.
Como dije antes, en el coche nos encontrábamos muy pocas personas. En
el asiento que hacía frente al en que yo me había colocado, y sentada
de modo que los pliegues de su amplia y elegante falda de seda me
cubrían casi los pies, iba una joven como de dieciséis á diecisiete
años, la cual, á juzgar por la distinción de su fisonomía y ese no
sé qué aristocrático que se siente y no puede explicarse, debía de
pertenecer á una clase elevada. Acompañábala un aya, pues tal me
pareció una señora muy atildada y fruncida que ocupaba el asiento
inmediato, y que de cuando en cuando le dirigía la palabra en francés
para preguntarle cómo se sentía, qué necesitaba, ó advertirle de qué
manera estaría más cómoda. La edad de aquella señora y el interés
que se tomaba por la joven, pudieran hacer creer que era su madre;
pero, á pesar de todo, yo notaba en su solicitud algo de afectado
y mercenario, que fué el dato que desde luego tuve en cuenta para
clasificarla.
Haciendo _vis-à-vis_ con el aya francesa, y medio enterrado entre
los almohadones de un rincón, como viajero avezado á las noches
de ferrocarril, estaba un inglés alto y rubio como casi todos los
ingleses, pero más que ninguno grave, afeitado y limpio. Nada más
acabado y completo que su traje de _touriste_; nada más curioso que
sus mil cachivaches de viaje, todos blancos y relucientes; aquí la
manta escocesa, sujeta con sus hebillas de acero; allá el paraguas
y el bastón con su funda de vaqueta; terciada al hombro la cómoda y
elegante bolsa de piel de Rusia. Cuando volví los ojos para mirarle,
el inglés, desde todo lo alto de su deslumbradora corbata blanca,
paseaba una mirada olímpica sobre nosotros, y luego que su pupila
verde, dilatada y redonda, se hubo empapado bien en los objetos,
entornó nuevamente los párpados, de modo que, heridas por la luz
que caía de lo alto, sus pestañas largas y rubias se me antojaban á
veces dos hilos de oro que sujetaban por el cabo una remolacha, pues
no á otra cosa podría compararse su nariz. Formando contraste con
este seco y estirado _gentleman_, que una vez entornados los ojos y
bien acomodado en su rincón, permanecía inmóvil como una esfinge de
granito, en el extremo opuesto del coche, y ya poniéndose de pie, ya
agachándose para colocar una enorme sombrerera debajo del asiento,
ó recostándose alternativamente de un lado y de otro, como el que
siente un dolor agudo y de ningún modo se encuentra bien, bullía
sin cesar un señor de unos cuarenta años, saludable, mofletudo y
rechoncho, el cual señor, á lo que pude colegir por sus palabras,
vivía en un pueblo de los inmediatos á Zaragoza, de donde nunca había
salido sino á la capital de su provincia, hasta que con ocasión de
ciertos negocios propios del Ayuntamiento de que formaba parte, había
estado últimamente en la corte como cosa de un mes.
Todo esto, y mucho más, se lo dijo él solo sin que nadie se lo
preguntara, porque el bueno del hombre era de lo más expansivo con
que he topado en mi vida, mostrando tal afán por enredar conversación
sobre cualquier cosa, que no perdonaba coyuntura.
Primero suplicó al inglés le hiciese el favor de colocar un cestito
con dos botellas en la bolsa del coche que tenía más próxima; el
inglés entreabrió los ojos, alargó una mano, y lo hizo sin contestar
una sola palabra á las expresivas frases con que le agradeciera el
obsequio. De seguida se dirigió á la joven para preguntarle si la
señora que la acompañaba era su mamá. La joven le contestó que no
con una desdeñosa sobriedad de palabras. Después se encaró conmigo,
deseando saber si seguiría hasta Pamplona: satisfice esta pregunta,
y él, tomando pie de mi contestación, dijo que se quedaba en Tudela;
y á propósito de esto, habló de mil cosas diferentes y todas á cual
de menos importancia, sobre todo para los que le escuchábamos.
Cansado de su desesperante monólogo ó agotados los recursos de su
imaginación, nuestro buen hombre, que por lo visto se fastidiaba á
más no poder dentro de aquella atmósfera glacial y afectada, tan
de buen tono entre personas que no se conocen, comenzó á poco, sin
duda para distraer su aburrimiento, una serie de maniobras á cual
más inconvenientes y originales. Primero cantó un rato á media
voz alguna de las habaneras que habría oído en Madrid á la criada
de la casa de pupilos; después comenzó á atravesar el coche de un
extremo á otro, dando aquí al inglés con el codo ó pisando allí el
extremo del traje de las señoras para asomarse á las ventanillas
de ambos lados; por último, y esta fué la broma más pesada, dió
en la flor de bajar los cristales en cada una de las estaciones
para leer en alta voz el nombre del pueblo, pedir agua ó preguntar
los minutos que se detendría el tren. En unas y en otras, ya nos
encontrábamos cerca de Medinaceli, y la noche se había entrado
fría, anubarrada y desagradable; de modo que cada vez que se abría
una de las portezuelas, se estaba en peligro inminente de coger
un catarro. El inglés, que hubo de comprenderlo así, se envolvió
silenciosamente en su magnífica manta escocesa; la joven, por consejo
del aya, que se lo dijo en alta voz, se puso un abrigo; yo, á falta
de otra cosa, me levanté el cuello del gabán y hundí cuanto pude la
cabeza entre los hombros. Nuestro hombre, sin embargo, prosiguió
impertérrito practicando la misma peligrosa operación tantas veces
cuantas paraba el tren, hasta que al cabo, no sé si cansado de este
ejercicio ó advertido de la escena muda de arropamiento general que
se repetía tantas veces cuantas él abría la ventanilla, cerró con
aire de visible mal humor los cristales, tornando á echarse en su
rincón, donde á los pocos minutos roncaba como un bendito, amenazando
aplastarme la nariz con la coronilla en uno de aquellos bruscos
vaivenes que de cuando en cuando le hacían salir sobresaltado de
su modorra para restregarse los ojos, mirar el reloj y volverse á
dormir de nuevo. El peso de las altas horas de la noche comenzaba
á dejarse sentir. En el vagón reinaba un silencio profundo,
interrumpido sólo por el eterno y férreo crujir del tren, y algún que
otro resoplido de nuestro amodorrado compañero, que alternaba en esta
tarea con la máquina.
El inglés se durmió también; pero se durmió grave y dignamente, sin
mover pie ni mano, como si á pesar del letargo que le embargaba
tuviese la conciencia de su posición. El aya comenzó á cabecear un
poco, acabando por bajar el velo de su capota oscura y dormirse en
estilo semiserio. Quedamos, pues, desvelados, como las vírgenes
prudentes de la parábola, tan sólo la joven y yo. Á decir verdad,
yo también me hubiera rendido al peso del aturdimiento y á las
fatigas de la vigilia si hubiese tenido la seguridad de mantenerme
en mi sueño en una actitud, si no tan grave como la del inmóvil
_gentleman_, al menos no tan grotesca como la del buen regidor
aragonés, que ora dejándose caer la gorra en una cabezada, ora
roncando como un órgano ó balbuceando palabras ininteligibles,
ofrecía el espectáculo más chistoso que imaginarse puede. Para
despabilarme un poco resolví dirigir la palabra á la joven; pero por
una parte temía cometer una indiscreción, mientras por otra, y no
era esto lo menos para permanecer callado, no sabía cómo empezar.
Entonces volví los ojos, que había tenido clavados en ella con alguna
insistencia, y me entretuve en ver pasar á través de los cristales,
y sobre una faja de terreno oscuro y monótono, ya las blancas nubes
de humo y de chispas que se quedaban al paso de la locomotora rozando
la tierra y como suspendidas é inmóviles, ya los palos del telégrafo,
que parecían perseguirse y querer alcanzarse unos á otros lanzados
á una carrera fantástica. No obstante, la aproximación de aquella
mujer hermosa que yo sentía aún sin mirarla, el roce de su falda de
seda que tocaba á mis pies y crujía á cada uno de sus movimientos, el
sopor vertiginoso del incesante ruido, la languidez del cansancio,
la misteriosa embriaguez de las altas horas de la noche, que pesan de
una manera tan particular sobre el espíritu, comenzaron á influir en
mi imaginación, ya sobreexcitada extrañamente.
Estaba despierto, pero mis ideas iban poco á poco tomando esa forma
extravagante de los ensueños de la mañana, historias sin principio
ni fin, cuyos eslabones de oro se quiebran con un rayo de enojosa
claridad y vuelven á soldarse apenas se corren las cortinas del
lecho. La vista se me fatigaba de ver pasar, eterna, monótona y
oscura como un mar de asfalto, la línea del horizonte, que ya se
alzaba, ya se deprimía, imitando el movimiento de las olas. De
cuando en cuando dejaba caer la cabeza sobre el pecho, rompía el
hilo de las historias extraordinarias que iba fingiendo en la mente
y entornaba los ojos; pero apenas los volvía á abrir encontraba
siempre delante de ellos á aquella mujer, y tornaba á mirar por los
cristales, y tornaba á soñar imposibles. Yo he oído decir á muchos, y
aun la experiencia me ha enseñado un poco, que hay horas peligrosas,
horas lentas y cargadas de extraños pensamientos y de una voluptuosa
pesadez, contra la que es imposible defenderse: en esas horas, como
cuando nos turban la cabeza los vapores del vino, los sonidos se
debilitan y parece que se oyen muy distantes, los objetos se ven como
velados por una gasa azul, y el deseo presta audacia al espíritu,
que recobra para sí todas las fuerzas que pierde la materia. Las
horas de la madrugada, esas horas que deben de tener más minutos que
las demás, esas horas en que entre el caos de la noche comienza á
forjarse el día siguiente, en que el sueño se despide con su última
visión, y la luz se anuncia con ráfagas de claridad incierta, son sin
duda alguna las que en más alto grado reunen semejantes condiciones.
Yo no sé el tiempo que transcurrió mientras á la vez dormía y velaba,
ni tampoco me sería fácil apuntar algunas de las fantásticas ideas
que cruzaron por mi imaginación, porque ahora sólo recuerdo cosas
desasidas y sin sentido, como esas notas sueltas de una música
lejana que trae el viento á intervalos en ráfagas sonoras: lo que sí
puedo asegurar es que gradualmente se fueron embotando mis sentidos,
hasta el punto que cuando un gran estremecimiento, una bocanada de
aire frío y la voz del guarda de la vía me anunciaron que estaba
en Tudela, no supe explicarme cómo me encontraba tan pronto en el
término de la primera parte de mi peregrinación.
Era completamente de día, y por la ventanilla del coche, que había
abierto de par en par el señor gordo, entraban á la vez el sol
rojizo y el aire fresco de la mañana. Nuestro regidor aragonés,
que por lo que podía colegirse no veía la hora de dejar tan poco
agradable reunión, apenas se convenció de que estábamos en Tudela,
tercióse la capa al hombro, cogió en una mano su sombrerera monstruo,
en la otra el cesto, y saltó al andén con una agilidad que nadie
hubiera sospechado en sus años y en su gordura. Yo tomé asimismo el
pequeño saco que era todo mi equipaje; dirigí una última mirada á
aquella mujer á quien acaso no volvería á ver más, y que había sido
la heroína de mi novela de una noche, y después de saludar á mis
compañeros, salí del vagón buscando á un chico que llevase aquel
bulto y me condujese á una fonda cualquiera.
Tudela es un pueblo grande con ínfulas de ciudad, y el parador
adonde me condujo mi guía, una posada con ribetes de fonda. Sentéme
y almorcé: por fortuna, si el almuerzo no fué gran cosa, la mesa
y el servicio estaban limpios. Hagamos esta justicia á la navarra
que se encuentra al frente del establecimiento. Aún no había tomado
los postres, cuando el campanilleo de las colleras, los chasquidos
del látigo y las voces del zagal que enganchaba las mulas, me
anunciaron que el coche de Tarazona iba á salir muy pronto. Acabé
de prisa y corriendo de tomar una taza de café bastante malo y
clarito por más señas, y ya se oían los gritos de ¡al coche! ¡al
coche! unidos á las despedidas en alta voz, al ir y venir de los que
colocaban los equipajes en la baca, y las advertencias, mezcladas
de interjecciones, del mayoral que dirigía las maniobras desde el
pescante como un piloto desde la popa de su buque.
La decoración había cambiado por completo, y nuevos y característicos
personajes se encontraban en escena. En primer término, y unos
recostados contra la pared, otros sentados en los marmolillos de las
esquinas ó agrupados en derredor del coche, veíanse hasta quince ó
veinte desocupados del lugar, para quienes el espectáculo de una
diligencia que entra ó sale es todavía un gran acontecimiento. Al pie
del estribo algunos muchachos desarrapados y sucios abrían con gran
oficiosidad las portezuelas pidiendo indirectamente una limosna, y
en el interior del _ómnibus_, pues este era propiamente el nombre
que debiera darse al vehículo que iba á conducirnos á Tarazona,
comenzaban á ocupar sus asientos los viajeros. Yo fuí uno de los
primeros en colocarme en mi sitio al lado de dos mujeres, madre é
hija, naturales de un pueblo cercano, y que venían de Zaragoza,
adonde, según me dijeron, habían ido á cumplir no sé qué voto á
la Virgen del Pilar: la muchacha tenía los ojos retozones, y de
la madre se conservaba todo lo que á los cuarenta y pico de años
puede conservarse de una buena moza. Tras mí entró un estudiante
del seminario, á quien no hubo de parecer saco de paja la muchacha,
pues viendo que no podía sentarse junto á ella, porque ya lo había
hecho yo, se compuso de modo que en aquellas estrecheces se tocasen
rodilla con rodilla. Siguieron al estudiante otros dos individuos del
sexo feo, de los cuales el primero parecía militar en situación de
reemplazo, y el segundo uno de esos pobres empleados de poco sueldo,
á quienes á cada instante trasiega el ministerio de una provincia á
otra. Ya estábamos todos, y cada uno en su lugar correspondiente, y
dándonos el parabién porque íbamos á estar un poco holgados, cuando
apareció en la portezuela, y como un retrato dentro de su moldura,
la cabeza de un clérigo entrado en edad, pero guapote y de buen
color, al que acompañaba una ama ó dueña, como por aquí es costumbre
llamarles, que en punto á cecina de mujer era de lo mejor conservado
y apetitoso á la vista que yo he encontrado de algún tiempo á esta
parte.
Sintieron unos y se alegraron otros de la llegada de los nuevos
compañeros, siendo de los segundos el escolar, el cual encontró
ocasión de encajarse más estrechamente con su vecina de asiento,
mientras hacía un sitio al ama del cura, sitio pequeño para el
volumen que había de ocuparlo, aunque grande por la buena voluntad
con que se le ofrecía. Sentóse el ama, acomodóse el clérigo, y ya
nos disponíamos á partir, cuando, como llovido del cielo ó salido
de los profundos, hete aquí que se nos aparece mi famoso hombre
gordo del ferrocarril, con su imprescindible cesto y su monstruosa
sombrerera. Referir las cuchufletas, las interjecciones, las risas
y los murmullos que se oyeron á su llegada, sería asunto imposible,
como tampoco es fácil recordar las maniobras de cada uno de los
viajeros para impedir que se acomodase á su lado. Pero aquel era el
elemento de nuestro hombre gordo: allí donde se reía, se empujaba,
y unos manoteando, otros impasibles todos hablaban á un tiempo, se
encontraba el buen regidor como el pez en el agua ó el pájaro en el
aire. A las cuchufletas respondía con chanzas, á las interjecciones
encogiéndose de hombros, y á los envites de codos con codazos, de
manera que á los pocos minutos ya estaba sentado y en conversación
con todos como si los conociese de antigua fecha. En esto partió
el coche, comenzando ese continuo vaivén al compás del trote de
las mulas, las campanillas del caballo delantero, el saltar de los
cristales, el revolotear de los visillos y los chasquidos del látigo
del mayoral, que constituyen el fondo de armonía de una diligencia
en marcha. Las torres de Tudela desaparecieron detrás de una loma
bordada de viñedos y olivares. Nuestro hombre gordo, apenas se vió
engolfado camino adelante y en compañía tan franca, alegre y de su
gusto, desenvainó del cesto una botella y la merienda correspondiente
para echar un trago. Dada la señal del combate, el fuego se hizo
general en toda la línea, y unos de la fiambrera de hoja de lata,
otros de un canastillo ó del número de un periódico, cada cual sacó
su indispensable tortilla de huevos con variedad de tropezones.
Primero la botella, y cuando ésta se hubo apurado, una bota de media
azumbre del seminarista, comenzaron á andar á la ronda por el coche.
Las mujeres, aunque se excusaban tenazmente, tuvieron que humedecerse
la boca con el vino; el mayoral, dejando el cuidado de las mulas al
delantero, sentóse de medio ganchete en el pescante y formó parte del
corro, no siendo de los más parcos en el beber; yo, aunque con nada
había contribuído al festín, también tuve que empinar el codo más de
lo que acostumbro.
Á todo esto no cesaba el zarandeo del carruaje; de modo que con el
aturdimiento del vinillo, el continuo vaivén, el tropezón de codos
y rodillas, las risotadas de éstos, el gritar de aquéllos, las
palabritas á media voz de los de más allá, un poco de sol enfilado
á los ojos por las ventanillas, y un bastante de polvo del que
levantaban las mulas, las tres horas de camino que hay desde Tarazona
á Tudela pasaron entre gloria y purgatorio, ni tan largas que me
dieran lugar á desesperarme, ni tan breves que no viera con gusto el
término de mi segunda jornada.
En Tarazona nos apeamos del coche entre una doble fila de curiosos,
pobres y chiquillos. Despedímonos cordialmente los unos de los otros,
volví á encargar á un chicuelo de la conducción de mi equipaje, y me
encaminé al azar por aquellas calles estrechas, torcidas y oscuras,
perdiendo de vista, tal vez para siempre, á mi famoso regidor, que
había empezado por fastidiarme, concluyendo al fin por hacerme
feliz con su eterno buen humor, su incansable charla y su inquietud
increíble en una persona de su edad y su volumen. Tarazona es una
ciudad pequeña y antigua; más lejos del movimiento que Tudela, no se
nota en ella el mismo adelanto, pero tiene un carácter más original
y artístico. Cruzando sus calles con arquillos y retablos, con
caserones de piedra llenos de escudos y timbres heráldicos, con altas
rejas de hierro de labor exquisita y extraña, hay momentos en que se
cree uno transportado á Toledo, la ciudad histórica por excelencia.
Al fin, después de haber discurrido un rato por aquel laberinto de
calles, llegamos á la posada, que posada era con todos los accidentes
y el carácter de tal el sitio á que me condujo mi guía. Figúrense
ustedes un medio punto de piedra carcomida y tostada, en cuya clave
luce un escudo con un casco que en vez de plumas tiene en la cimera
una pomposa mata de jaramagos amarillos, nacida entre las hendiduras
de los sillares; junto al blasón de los que fueron un día señores
de aquella casa solariega, hay un palo, con una tabla en la punta
á guisa de banderola, en que se lee con grandes letras de almagre
el título del establecimiento; el nudoso y retorcido tronco de una
parra que comienza á retoñar, cubre de hojas verdes, transparentes é
inquietas, un ventanuquillo abierto en el fondo de una antigua ojiva
rellena de argamasa y guijarros de colores; á los lados del portal
sirven de asiento algunos trozos de columnas, sustentados por rimeros
de ladrillos ó capiteles rotos y casi ocultos entre las yerbas
que crecen al pie del muro, en el cual, entre remiendos y parches
de diferentes épocas, unos blancos y brillantes aún, otros con
oscuras manchas de ese barniz particular de los años, se ven algunas
estaquillas de madera clavadas en las hendiduras. Tal se ofreció
á mis ojos el exterior de la posada; el interior no parecía menos
pintoresco.
A la derecha, y perdiéndose en la media luz que penetraba de la
calle, veíase una multitud de arcos chatos y macizos que se cruzaban
entre sí, dejando espacio en sus huecos á una larga fila de pesebres,
formados de tablas mal unidas al pie de los postes; y diseminados
por el suelo, tropezábase aquí con las enjalmas de una caballería,
allá con unos cuantos pellejos de vino ó gruesas sacas de lana, sobre
las que merendaban sentados en corro y con el jarro en primer lugar,
algunos arrieros y trajinantes.
En el fondo, y caracoleando pegada á los muros ó sujeta con puntales,
subía á las habitaciones interiores una escalerilla empinada y
estrecha, en cuyo hueco, y revolviendo un haz de paja, picoteaban
los granos perdidos hasta una media docena de gallinas; la parte de
la izquierda, á la que daba paso un arco apuntado y ruinoso, dejaba
ver un rincón de la cocina iluminado por el resplandor rojizo y
alegre del hogar, en donde formaban un gracioso grupo la posadera,
mujer frescota y de buen temple, aunque entrada en años, una muchacha
vivaracha y despierta como de quince á dieciséis, y cuatro ó cinco
chicuelos rubios y tiznados, amén de un enorme gato rucio y dos ó
tres perros que se habían dormido al amor de la lumbre.
Después de dar un vistazo á la posada, hice presente al posadero el
objeto que en su busca me traía, el cual estaba reducido á que me
pusiese en contacto con alguien que me quisiera ceder una caballería
para trasladarme á Veruela, punto al que no se puede llegar de otro
modo.
Hízolo así el posadero, ajusté el viaje con unos hombres que habían
venido á vender carbón de Purujosa y se tornaban de vacío, y héteme
aquí otra vez en marcha y camino del Moncayo, atalajado en una mula
como en los buenos tiempos de la Inquisición y del rey absoluto.
Cuando me vi en mitad del camino, entre aquellas subidas y bajadas
tan escabrosas, rodeado de los carboneros, que marchaban á pie á mi
lado cantando una canción monótona y eterna; delante de mis ojos
la senda, que parecía una culebra blancuzca é interminable que se
alejaba enroscándose por entre las rocas, desapareciendo aquí y
tornando á aparecer más allá, y á un lado y otro los horizontes
inmóviles y siempre los mismos, figurábaseme que hacía un año me
había despedido de ustedes, que Madrid se había quedado en el
otro cabo del mundo, que el ferrocarril que vuela, dejando atrás
las estaciones y los pueblos, salvando los ríos y horadando las
montañas, era un sueño de la imaginación ó un presentimiento de lo
futuro. Como la verdad es que yo fácilmente me acomodo á todas las
cosas, pronto me encontré bien con mi última manera de caminar, y
dejando ir á la mula á su paso lento y uniforme, eché á volar la
fantasía por los espacios imaginarios, para que se ocupase en la
calma y en la frescura sombría de los sotos de álamos que bordan el
camino, en la luminosa serenidad del cielo, ó saltase, como salta
el ligero montañés, de peñasco en peñasco, por entre las quiebras
del terreno, ora envolviéndose como en una gasa de plata en la nube
que viene rastrera, ora mirando con vertiginosa emoción el fondo de
los precipicios por donde va el agua, unas veces ligera, espumosa y
brillante, y otras sin ruido, sombría y profunda.
Como quiera que cuando se viaja así, la imaginación desasida de la
materia tiene espacio y lugar para correr, volar y juguetear como una
loca por donde mejor le parece, el cuerpo, abandonado del espíritu,
que es el que lo percibe todo, sigue impávido su camino hecho un
bruto y atalajado como un pellejo de aceite, sin darse cuenta de
sí mismo, ni saber si se cansa ó no. En esta disposición de ánimo
anduvimos no sé cuántas horas, porque ya no tenía ni conciencia del
tiempo, cuando un airecillo agradable, aunque un poco fuerte, me
anunció que habíamos llegado á la más alta de las cumbres que por la
parte de Tarazona rodean el valle, término de mis peregrinaciones.
Allí, después de haberme apeado de la caballería para seguir á pie
el poco camino que me faltaba, pude exclamar como los Cruzados á la
vista de la ciudad santa:
_Ecco apparir Gerusalem si vede._
En efecto, en el fondo del melancólico y silencioso valle, al pie
de las últimas ondulaciones del Moncayo, que levantaba sus aéreas
cumbres coronadas de nieve y de nubes, medio ocultas entre el follaje
oscuro de sus verdes alamedas y heridas por la última luz del sol
poniente, vi las vetustas murallas y las puntiagudas torres del
monasterio, en donde ya instalado en una celda, y haciendo una vida
mitad por mitad literaria y campestre, espera vuestro compañero y
amigo recobrar la salud, si Dios es servido de ello, y ayudaros á
soportar la pesada carga del periódico en cuanto la enfermedad y su
natural propensión á la vagancia se lo permitan.
[Ilustración]
[Ilustración]