II

Como he dicho, transcurrieron muchos años después que abandoné á

Sevilla, sin que olvidase del todo aquella tarde, cuyo recuerdo

pasaba algunas veces por mi imaginación como una brisa bienhechora

que refresca el ardor de la frente.

Cuando el azar me condujo de nuevo á la gran ciudad que con tanta

razón es llamada _reina de Andalucía_, una de las cosas que más

llamaron mi atención, fué el notable cambio verificado durante mi

ausencia. Edificios, manzanas de casas y barrios enteros habían

surgido al contacto mágico de la industria y el capital: por

todas partes fábricas, jardines, posesiones de recreo, frondosas

alamedas; pero, por desgracia, muchas venerables antiguallas habían

desaparecido.

Visité nuevamente muchos soberbios edificios, llenos de recuerdos

históricos y artísticos; torné á vagar y á perderme entre las mil y

mil revueltas del curioso barrio de Santa Cruz; extrañé en el curso

de mis paseos muchas cosas nuevas que se han levantado no sé cómo;

eché de menos muchas cosas viejas que han desaparecido no sé por qué,

y por último me dirigí á la orilla del río. La orilla del río ha sido

siempre en Sevilla el lugar predilecto de mis excursiones.

Después que hube admirado el magnífico panorama que ofrece en el

punto por donde une sus opuestas márgenes el puente de hierro;

después que hube recorrido, con la mirada absorta, los mil detalles,

palacios y blancos caseríos; después que pasé revista á los

innumerables buques surtos en sus aguas, que desplegaban al aire los

ligeros gallardetes de mil colores, y oí el confuso hervidero del

muelle, donde todo respira actividad y movimiento, remontando con la

imaginación la corriente del río, me trasladé hasta San Jerónimo.

Me acordaba de aquel paisaje tranquilo, reposado y luminoso en

que la rica vegetación de Andalucía despliega sin aliño sus galas

naturales. Como si hubiera ido en un bote corriente arriba, vi

desfilar otra vez, con ayuda de la memoria, por un lado la Cartuja

con sus arboledas y sus altas y delgadas torres; por otro el barrio

de los Humeros, los antiguos murallones de la ciudad, mitad árabes,

mitad romanos, las huertas con sus vallados cubiertos de zarzas,

y las norias que sombrean algunos árboles aislados y corpulentos,

y por último, San Jerónimo... Al llegar aquí con la imaginación,

se me representaron con más viveza que nunca los recuerdos que aún

conservaba de la famosa venta, y me figuré que asistía de nuevo á

aquellas fiestas populares, y oía cantar á las muchachas, meciéndose

en el columpio, y veía los corrillos de gentes del pueblo vagar

por los prados, merendar unos, disputar los otros, reir éstos,

bailar aquéllos, y todos agitarse, rebosando juventud, animación ó

alegría. Allí estaba ella, rodeada de sus hijos, lejos ya del grupo

de las mozuelas, que reían y cantaban, y allí estaba él, tranquilo

y satisfecho de su felicidad, mirando con ternura, reunidas á su

alrededor y felices, á todas las personas que más amaba en el mundo:

su mujer, sus hijos, su padre, que estaba entonces como hacía diez

años, sentado á la puerta de su venta, liando impasible su cigarro de

papel, sin más variación que tener blanca como la nieve la cabeza,

que era gris.

Un amigo que me acompañaba en el paseo, notando la especie de éxtasis

en que estuve abstraído con esas ideas durante algunos minutos, me

sacudió al fin del brazo, preguntándome:

--¿En qué piensas?

--Pensaba--le contesté--en la _Venta de los Gatos_, y revolvía aquí,

dentro de la imaginación, todos los agradables recuerdos que guardo

de una tarde que estuve en San Jerónimo... En este instante concluía

una historia que dejé empezada allí, y la concluía tan á mi gusto,

que creo no puede tener otro final que el que yo le he hecho. Y á

propósito de la _Venta de los Gatos_--proseguí, dirigiéndome á mi

amigo,--¿cuándo nos vamos allí una tarde á merendar y á tener un rato

de jarana?

--¡Un rato de jarana!--exclamó mi interlocutor, con una expresión

de asombro que yo no acertaba á explicarme entonces;--¡un rato de

jarana! Pues digo que el sitio es aparente para el caso.

--¿Y por qué no?--le repliqué admirándome á mi vez de sus

admiraciones.

--La razón es muy sencilla--me dijo por último;--porque á cien pasos

de la venta han hecho el nuevo cementerio.

Entonces fuí yo el que lo miré con ojos asombrados, y permanecí

algunos instantes en silencio antes de añadir una sola palabra.

Volvimos á la ciudad, y pasó aquel día, y pasaron algunos otros

más, sin que yo pudiese desechar del todo la impresión que me había

causado una noticia tan inesperada. Por más vueltas que le daba, mi

historia de la muchacha morena no tenía ya fin, pues el inventado no

podía concebirlo, antojándoseme inverosímil un cuadro de felicidad y

alegría con un cementerio por fondo.

Una tarde, resuelto á salir de dudas, pretexté una ligera

indisposición para no acompañar á mi amigo en nuestros acostumbrados

paseos, y emprendí solo el camino de la venta. Cuando dejé á mis

espaldas la Macarena y su pintoresco arrabal, y comencé á cruzar

por un estrecho sendero aquel laberinto de huertas, ya me parecía

advertir algo extraño en cuanto me rodeaba.

Bien fuese que la tarde estaba un poco encapotada, bien que la

disposición de mi ánimo me inclinaba á las ideas melancólicas, lo

cierto es que sentí frío y tristeza, y noté un silencio que me

recordaba la completa soledad, como el sueño recuerda la muerte.

Anduve un rato sin detenerme, acabé de cruzar las huertas para

abreviar la distancia, y entré en el camino de San Lázaro, desde

donde ya se divisa en lontananza el convento de San Jerónimo.

Tal vez será una ilusión; pero á mí me parece que por el camino que

pasan los muertos, hasta los árboles y las hierbas toman al cabo un

color diferente. Por lo menos allí se me antojó que faltaban tonos

calurosos y armónicos, frescura en la arboleda, ambiente en el

espacio y luz en el terreno. El paisaje era monótono, las figuras

negras y aisladas.

Por aquí un carro que marchaba pausadamente cubierto de luto, sin

levantar polvo, sin chasquido de látigo, sin algazara, sin movimiento

casi; más allá un hombre de mala catadura con un azadón en el hombro,

ó un sacerdote con su hábito talar y oscuro, ó un grupo de ancianos

mal vestidos ó de aspecto repugnante, con cirios apagados en las

manos, que volvían silenciosos, con la cabeza baja y los ojos fijos

en la tierra. Yo me creía transportado no sé adónde; pues todo lo

que veía me recordaba un paisaje cuyos contornos eran los mismos

de siempre, pero cuyos colores se habían borrado, por decirlo así,

no quedando de ellos sino una media tinta dudosa. La impresión que

experimentaba, sólo puede compararse á la que sentimos en esos

sueños en que por un fenómeno inexplicable, las cosas son y no son á

la vez, y los sitios en que creemos hallarnos se transforman en parte

de una manera estrambótica é imposible.

Por último, llegué al ventorrillo: lo recordé, más por el rótulo,

que aún conservaba escrito con grandes letras en una de sus paredes,

que por nada; pues en cuanto al caserío, se me figuró que hasta

había cambiado de forma y proporciones. Desde luego puedo asegurar

que estaba mucho más ruinoso, abandonado y triste. La sombra del

cementerio, que se alzaba en el fondo, parecía extenderse hacia

él, envolviéndolo en una oscura proyección como en un sudario. El

ventero estaba solo, completamente solo. Conocí que era el mismo

de hacía diez años; y lo conocí no sé por qué, pues en este tiempo

había envejecido hasta el punto de aparentar un viejo decrépito y

moribundo, mientras que cuando lo vi no representaba apenas cincuenta

años, y rebosaba salud, satisfacción y vida.

Sentéme en una de las desiertas mesas; pedí algo de beber, que me

sirvió el ventero, y de una en otra palabra suelta vinimos al cabo á

entrar en una conversación tirada acerca de la historia de amores,

cuyo último capítulo ignoraba todavía, á pesar de haber intentado

adivinarlo varias veces.

--Todo--me dijo el pobre viejo,--todo parece que se ha conjurado

contra nosotros desde la época que usted me recuerda. Ya lo sabe

usted: Amparo era la niña de nuestros ojos, se había criado aquí

desde que nació, casi era la alegría de la casa; nunca pudo echar

de menos el suyo, porque yo la quería como un padre; mi hijo se

acostumbró también á quererla desde niño, primero como un hermano,

después con un cariño más grande todavía. Ya estaba en vísperas de

casarse; yo les había ofrecido lo mejor de mi poca hacienda, pues

con el producto de mi tráfico me parecía tener más que suficiente

para vivir con desahogo, cuando no sé qué diablo malo tuvo envidia

de nuestra felicidad, y la deshizo en un momento. Primero comenzó

á susurrarse que iban á colocar un cementerio por esta parte de San

Jerónimo: unos decían que más acá, otros que más allá; y mientras

todos estábamos inquietos y temerosos, temblando de que se realizase

este proyecto, una desgracia mayor y más cierta cayó sobre nosotros.

Un día llegaron aquí en un carruaje dos señores. Me hicieron mil y

mil preguntas acerca de Amparo, á la cual saqué yo cuando pequeña

de la casa de expósitos; me pidieron los envoltorios con que la

abandonaron y que yo conservaba, resultando al fin que Amparo era

hija de un señor muy rico, el cual trabajó con la justicia para

arrancárnosla, y trabajó tanto, que logró conseguirlo. No quiero

recordar siquiera el día que se la llevaron. Ella lloraba como

una Magdalena, mi hijo quería hacer una locura, yo estaba como

atontado sin comprender lo que me sucedía. ¡Se fué! Es decir, no se

fué, porque nos quería mucho para irse; pero se la llevaron, y una

maldición cayó sobre esta casa. Mi hijo, después de un arrebato de

desesperación espantosa, cayó como en un letargo; yo no sé decir qué

me pasó; creí que se me había acabado el mundo.

Mientras esto sucedía, comenzóse á levantar el cementerio; la gente

huyó de estos contornos, se acabaron las fiestas, los cantares y la

música, y se acabó toda la alegría de estos campos, como se había

acabado toda la de nuestras almas.

Y Amparo no era más feliz que nosotros: criada aquí al aire libre,

entre el bullicio y la animación de la venta, educada para ser

dichosa en la pobreza, la sacaron de esta vida, y se secó como se

secan las flores arrancadas de un huerto para llevarlas á un estrado.

Mi hijo hizo esfuerzos increíbles por verla otra vez, por hablarle un

momento. Todo fué inútil: su familia no quería. Al cabo la vió, pero

la vió muerta. Por aquí pasó su entierro. Yo no sabía nada, y no sé

por qué me eché á llorar cuando vi el ataúd. El corazón, que es muy

leal, me decía á voces:

--Esa es joven como Amparo; como ella sería también hermosa; ¿quién

sabe si será la misma? Y era: mi hijo siguió el entierro, entró en

el patio, y al abrirse la caja, dió un grito, cayó sin sentido en

tierra, y así me lo trajeron. Después se volvió loco, y loco está.

Cuando el pobre viejo llegaba á este punto de su narración,

entraron en la venta dos enterradores de siniestra figura y aspecto

repugnante. Acabada su tarea, venían á echar un trago «_á la salud de

los muertos_», como dijo uno de ellos, acompañando el chiste con una

estúpida sonrisa. El ventero se enjugó una lágrima con el dorso de la

mano, y fué á servirles.

La noche comenzaba á cerrar, oscura y tristísima. El cielo estaba

negro y el campo lo mismo. De los brazos de los árboles pendía aún,

medio podrida, la soga del columpio agitada por el aire; me pareció

la cuerda de una horca oscilando todavía después de haber descolgado

á un reo. Sólo llegaban á mis oídos algunos rumores confusos: el

ladrido lejano de los perros de las huertas, el chirrido de una

noria, largo, quejumbroso y agudo como un lamento, las palabras

sueltas y horribles de los sepultureros que concertaban en voz baja

un robo sacrílego... No sé; en mi memoria no ha quedado, lo mismo

de esta escena fantástica de desolación, que de la otra escena de

alegría, más que un recuerdo confuso, imposible de reproducir. Lo que

me parece escuchar tal como lo escuché entonces, es este cantar que

entonó una voz plañidera, turbando de repente el silencio de aquellos

lugares:

_En el carro de los muertos_

_ha pasado por aquí,_

_llevaba una mano fuera,_

_por ella la conocí._

Era el pobre muchacho, que estaba encerrado en una de las

habitaciones de la venta, donde pasaba los días contemplando inmóvil

el retrato de su amante sin pronunciar una palabra, sin comer apenas,

sin llorar, sin que se abriesen sus labios más que para cantar esa

copla tan sencilla y tan tierna, que encierra un poema de dolor que

yo aprendí á descifrar entonces.

[Ilustración]

Obras escogidas · 第 65 / 158 题