Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea
gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo
resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que
alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba
los emplomados vidrios de las ojivas del salón.
Solas dos personas parecían ajenas á la conversación general:
Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago
pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de
la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, á propósito de la noche de difuntos, cuentos
temerosos en que los espectros y los aparecidos representaban el
principal papel, y las campanas de las iglesias de Soria doblaban á
lo lejos con un tañido monótono v triste.
--Hermosa prima--exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en
que se encontraban:--pronto vamos á separarnos tal vez para siempre;
las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras,
sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído
suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer
se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
--Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde hasta aquí has
vivido--se apresuró á añadir el joven.--De un modo ó de otro,
presiento que no tardaré en perderte... al separarnos, quisiera que
llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo á
dar gracias á Dios por haberte devuelto la salud que viniste á buscar
á esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó
tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura
cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló
á la que me dió el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?
--No sé en el tuyo--contestó la hermosa,--pero en mi país una prenda
recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe
aceptarse un presente de manos de un deudo... que aun puede ir á Roma
sin volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un
momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
--Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo
entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar
el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios, y extendió la mano para
tomar la joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron á quedarse en silencio, y volvióse á oir
la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y
el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el
triste y monótono doblar de las campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó á anudarse
de este modo:
--Y antes que concluya el día de Todos los Santos, en que así como
el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme
un recuerdo, ¿no lo harás?--dijo él clavando una mirada en la de su
prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento
diabólico.
--¿Por qué no?--exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho
como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de
terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de
sentimiento añadió:
--¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy á la cacería, y que por
no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
--Sí.
--Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un
recuerdo.
--¡Se ha perdido! ¿y dónde?--preguntó Alonso incorporándose de su
asiento, y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
--No sé... en el monte acaso.
--¡En el Monte de las Ánimas--murmuró palideciendo y dejándose caer
sobre el sitial;--en el Monte de las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
--Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en
toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún
podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he
llevado á esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de
mi juventud, todo el ardor hereditario en mi raza. La alfombra que
pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo
conozco sus guaridas y sus costumbres; yo he combatido con ellas de
día y de noche, á pie y á caballo, solo y en batida, y nadie dirá que
me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría
por esa banda, y volaría gozoso como á una fiesta; y sin embargo,
esta noche... esta noche, ¿á qué ocultártelo? tengo miedo. ¿Oyes?
Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las
ánimas del monte comenzarán ahora á levantar sus amarillentos cráneos
de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡las ánimas! cuya sola
vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus
cabellos blancos ó arrebatarle en el torbellino de su fantástica
carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en
los labios de Beatriz, que cuando hubo concluído exclamó con un tono
indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y
crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:
--¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por
semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y
cuajado el camino de lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que
Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como
por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como
para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza, y no en su corazón,
y con voz firme exclamó, dirigiéndose á la hermosa, que estaba aún
inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:
--Adiós, Beatriz, adiós. Hasta... pronto.
--¡Alonso! ¡Alonso!--dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando
quiso ó aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al
galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho
que coloreó sus mejillas, prestó atento oído á aquel rumor, que se
debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas
aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas
de la ciudad doblaban á lo lejos.