II

Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea

gótica del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo

resplandor iluminando algunos grupos de damas y caballeros que

alrededor de la lumbre conversaban familiarmente, y el viento azotaba

los emplomados vidrios de las ojivas del salón.

Solas dos personas parecían ajenas á la conversación general:

Beatriz y Alonso. Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago

pensamiento, los caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de

la hoguera chispear en las azules pupilas de Beatriz.

Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.

Las dueñas referían, á propósito de la noche de difuntos, cuentos

temerosos en que los espectros y los aparecidos representaban el

principal papel, y las campanas de las iglesias de Soria doblaban á

lo lejos con un tañido monótono v triste.

--Hermosa prima--exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en

que se encontraban:--pronto vamos á separarnos tal vez para siempre;

las áridas llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras,

sus hábitos sencillos y patriarcales sé que no te gustan; te he oído

suspirar varias veces, acaso por algún galán de tu lejano señorío.

Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer

se reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.

--Tal vez por la pompa de la corte francesa, donde hasta aquí has

vivido--se apresuró á añadir el joven.--De un modo ó de otro,

presiento que no tardaré en perderte... al separarnos, quisiera que

llevases una memoria mía... ¿Te acuerdas cuando fuimos al templo á

dar gracias á Dios por haberte devuelto la salud que viniste á buscar

á esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi gorra cautivó

tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu oscura

cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló

á la que me dió el ser, y ella lo llevó al altar... ¿Lo quieres?

--No sé en el tuyo--contestó la hermosa,--pero en mi país una prenda

recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe

aceptarse un presente de manos de un deudo... que aun puede ir á Roma

sin volver con las manos vacías.

El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un

momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:

--Lo sé, prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo

entre todos; hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar

el mío?

Beatriz se mordió ligeramente los labios, y extendió la mano para

tomar la joya, sin añadir una palabra.

Los dos jóvenes volvieron á quedarse en silencio, y volvióse á oir

la cascada voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos, y

el zumbido del aire que hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el

triste y monótono doblar de las campanas.

Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó á anudarse

de este modo:

--Y antes que concluya el día de Todos los Santos, en que así como

el tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme

un recuerdo, ¿no lo harás?--dijo él clavando una mirada en la de su

prima, que brilló como un relámpago, iluminada por un pensamiento

diabólico.

--¿Por qué no?--exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho

como para buscar alguna cosa entre los pliegues de su ancha manga de

terciopelo bordado de oro... Después, con una infantil expresión de

sentimiento añadió:

--¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy á la cacería, y que por

no sé qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?

--Sí.

--Pues... ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un

recuerdo.

--¡Se ha perdido! ¿y dónde?--preguntó Alonso incorporándose de su

asiento, y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.

--No sé... en el monte acaso.

--¡En el Monte de las Ánimas--murmuró palideciendo y dejándose caer

sobre el sitial;--en el Monte de las Ánimas!

Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:

--Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en

toda Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún

podido probar mis fuerzas en los combates, como mis ascendientes, he

llevado á esta diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de

mi juventud, todo el ardor hereditario en mi raza. La alfombra que

pisan tus pies son despojos de fieras que he muerto por mi mano. Yo

conozco sus guaridas y sus costumbres; yo he combatido con ellas de

día y de noche, á pie y á caballo, solo y en batida, y nadie dirá que

me ha visto huir el peligro en ninguna ocasión. Otra noche volaría

por esa banda, y volaría gozoso como á una fiesta; y sin embargo,

esta noche... esta noche, ¿á qué ocultártelo? tengo miedo. ¿Oyes?

Las campanas doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las

ánimas del monte comenzarán ahora á levantar sus amarillentos cráneos

de entre las malezas que cubren sus fosas... ¡las ánimas! cuya sola

vista puede helar de horror la sangre del más valiente, tornar sus

cabellos blancos ó arrebatarle en el torbellino de su fantástica

carrera como una hoja que arrastra el viento sin que se sepa adónde.

Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en

los labios de Beatriz, que cuando hubo concluído exclamó con un tono

indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y

crujía la leña, arrojando chispas de mil colores:

--¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por

semejante friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y

cuajado el camino de lobos!

Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que

Alonso no pudo menos de comprender toda su amarga ironía; movido como

por un resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como

para arrancarse el miedo que estaba en su cabeza, y no en su corazón,

y con voz firme exclamó, dirigiéndose á la hermosa, que estaba aún

inclinada sobre el hogar entreteniéndose en revolver el fuego:

--Adiós, Beatriz, adiós. Hasta... pronto.

--¡Alonso! ¡Alonso!--dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando

quiso ó aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.

A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al

galope. La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho

que coloreó sus mejillas, prestó atento oído á aquel rumor, que se

debilitaba, que se perdía, que se desvaneció por último.

Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas

aparecidas; el aire zumbaba en los vidrios del balcón, y las campanas

de la ciudad doblaban á lo lejos.

Obras escogidas · 第 41 / 158 题