--¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu patria? ¿En dónde habitas? Yo vengo
un día y otro en tu busca, y ni veo el corcel que te trae á estos
lugares, ni á los servidores que conducen tu litera. Rompe de una vez
el misterioso velo en que te envuelves como en una noche profunda. Yo
te amo, y, noble ó villana, seré tuyo, tuyo siempre...
El sol había traspuesto la cumbre del monte; las sombras bajaban á
grandes pasos por su falda; la brisa gemía entre los álamos de la
fuente, y la niebla, elevándose poco á poco de la superficie del
lago, comenzaba á envolver las rocas de su margen.
Sobre una de estas rocas, sobre una que parecía próxima á desplomarse
en el fondo de las aguas, en cuya superficie se retrataba temblando,
el primogénito de Almenar, de rodillas á los pies de su misteriosa
amante, procuraba en vano arrancarle el secreto de su existencia.
Ella era hermosa, hermosa y pálida, como una estatua de alabastro.
Uno de sus rizos caía sobre sus hombros, deslizándose entre los
pliegues del velo, como un rayo de sol que atraviesa las nubes, y
en el cerco de sus pestañas rubias brillaban sus pupilas, como dos
esmeraldas sujetas en una joya de oro.
Cuando el joven acabó de hablarle, sus labios se removieron como
para pronunciar algunas palabras; pero sólo exhalaron un suspiro, un
suspiro débil, doliente, como el de la ligera onda que empuja una
brisa al morir entre los juncos.
--¡No me respondes!--exclamó Fernando, al ver burlada su
esperanza;--¿querrás que dé crédito á lo que de ti me han dicho? ¡Oh!
No... Háblame: yo quiero saber si me amas; yo quiero saber si puedo
amarte, si eres una mujer...
--Ó un demonio... ¿Y si lo fuese?
El joven vaciló un instante; un sudor frío corrió por sus miembros;
sus pupilas se dilataron al fijarse con más intensidad en las de
aquella mujer, y fascinado por su brillo fosfórico, demente casi,
exclamó en un arrebato de amor:
--Si lo fueses... te amaría... te amaría, como te amo ahora, como es
mi destino amarte, hasta más allá de esta vida, si hay algo más allá
de ella.
--Fernando--dijo la hermosa entonces con una voz semejante á una
música:--yo te amo más aún que tú me amas; yo que desciendo hasta
un mortal, siendo un espíritu puro. No soy una mujer como las que
existen en la tierra; soy una mujer digna de ti, que eres superior
á los demás hombres. Yo vivo en el fondo de estas aguas; incorpórea
como ellas, fugaz y transparente, hablo con sus rumores y ondulo
con sus pliegues. Yo no castigo al que osa turbar la fuente donde
moro; antes le premio con mi amor, como á un mortal superior á las
supersticiones del vulgo, como á un amante capaz de comprender mi
cariño extraño y misterioso.
Mientras ella hablaba así, el joven, absorto en la contemplación de
su fantástica hermosura, atraído como por una fuerza desconocida,
se aproximaba más y más al borde de la roca. La mujer de los ojos
verdes prosiguió así:
--¿Ves, ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas
y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un
lecho de esmeraldas y corales... y yo... yo te daré una felicidad
sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y
que no puede ofrecerte nadie... Ven, la niebla del lago flota sobre
nuestras frentes como un pabellón de lino... las ondas nos llaman con
sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus
himnos de amor; ven... ven...
La noche comenzaba á extender sus sombras, la luna rielaba en la
superficie del lago, la niebla se arremolinaba al soplo del aire,
y los ojos verdes brillaban en la oscuridad como los fuegos fatuos
que corren sobre el haz de las aguas infectas... Ven... ven... estas
palabras zumbaban en los oídos de Fernando como un conjuro. Ven...
y la mujer misteriosa le llamaba al borde del abismo, donde estaba
suspendida, y parecía ofrecerle un beso... un beso...
Fernando dió un paso hacia ella... otro... y sintió unos brazos
delgados y flexibles que se liaban á su cuello, y una sensación fría
en sus labios ardorosos, un beso de nieve... y vaciló... y perdió
pie, y cayó al agua con un rumor sordo y lúgubre.
Las aguas saltaron en chispas de luz, y se cerraron sobre su cuerpo,
y sus círculos de plata fueron ensanchándose, ensanchándose hasta
expirar en las orillas.
[Ilustración]
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