Ciudad de Sevilla:
Venimos siempre á ti, como á madre amorosa, á tomar luz para nuestro
espíritu mirándote á los ojos, y á fortalecer nuestro corazón con
tus recuerdos. Henos hoy aquí una vez más; sólo que esta vez, con
la alegría de volver á verte, traemos también otra: la de haber
cumplido el ofrecimiento que te hicimos ha poco más de un año. Y
como si tenemos el pudor de nuestros dolores, tenemos en cambio la
generosidad de nuestra alegría, y la que sentimos en estos instantes
es tan pura y tan honda, deseamos compartirla con todos.
[*] Merced á la amabilidad de los señores Álvarez Quintero,
á cuya iniciativa se debe esta edición, puedo complacerme en
publicar al frente de ella el discurso en que los dos hermanos
ofrecieron al pueblo de Sevilla la bellísima obra de Coullaut
Valera.--EL EDITOR.
Venimos á ofrecerte, Sevilla, el monumento á Bécquer, erigido por
dicha, y para mayor gloria del poeta, en el tiempo materialmente
preciso para tallar el mármol y fundir el bronce. Quiere esto
decir, que nuestra voz, al llamar á todos para glorificarlo, no
necesitó esfuerzo alguno, sino que halló prontamente eco de simpatía
en el corazón de los españoles, y al punto se vió el halda de la
_Ensoñadora_, nuestra mensajera ideal, llena de flores y monedas
derramadas en ella por manos generosas: desde la augusta y fina mano
de la reina de España, hasta la tosca y dura de quien tuvo que dejar
la azada para entregar su ofrenda. Juntas cayeron en el halda de la
_Ensoñadora_ las de los reyes y las del pueblo: sólo el amor es capaz
de conseguir victorias tales, y acaso nada como la poesía las merezca.
El monumento que luego veréis en nuestro hermoso Parque, débese,
pues, á España entera: España entera ha contribuído á realizar esta
obra de justicia, de cultura y de amor; España entera ha tenido
fiestas para el poeta, y poetas que á su vez lo canten; España entera
se ha estremecido al nombre de Bécquer, como al contacto de mágica
varita que hiriera las fibras más nobles y delicadas del alma.
Y nosotros, promotores de la empresa, que á muchos pudo parecer
quijotesca aventura, y de la cual salimos orgullosos y ufanos, con la
profunda y serena alegría de quien hace el bien por el bien mismo,
al verla dichosamente rematada, sin que ningún guijarro de ningún
malandrín acertara siquiera á rozarnos la piel, tenemos el deber de
proclamarlo aquí, para que la misma aura que de corazón en corazón
llevó la voz de nuestra idea, de corazón en corazón lleve también
la de su resultado, y con ella la alentadora confianza en la viva
eficacia de todo lo noble y lo bueno.
Erigido, como hemos dicho, el monumento á Bécquer merced á la
cooperación de muchos buenos españoles, hay uno entre todos que
merece primero que ninguno vuestra gratitud y vuestra simpatía más
cordial: nos referimos al escultor Lorenzo Coullaut Valera, sin cuya
colaboración espontánea es casi seguro que no se hubiera efectuado
esta empresa, á lo menos tan rápida y felizmente. No sólo puso al
servicio de ella su arte de escultor, sino su corazón de poeta; y
así, con inspiración luminosa y liberal entusiasmo, dió gallarda cima
al monumento, obra tal vez la más bella y cabal que de sus manos
salió nunca, y no quiso, ni siquiera pensó jamás, recibir por el
primoroso trabajo otra recompensa que la de su propia satisfacción.
Este deseo de consagrarle á Bécquer un perdurable recuerdo en
su patria, fué siempre sueño de los artistas sevillanos. Años
ha, reuniéronse todos ellos al calor de la idea, y realizaron un
fervoroso homenaje al poeta querido, como primera piedra ideal, si
cabe expresar esto así, de un monumento que entonces no llegó á
levantarse.
Alma y vida de aquel movimiento fué el glorioso escultor Antonio
Susillo, hermano espiritual de Bécquer, malogrado también como él, y
que como él se llevó á la tierra al morir incalculables tesoros de
la fantasía, flores del más puro genio sevillano. Puede decirse de
ellos, que si hubieran manejado á la inversa el cincel y la pluma,
Bécquer sería el autor de los portentosos relieves del uno, y Susillo
habría escrito las doradas leyendas y las aéreas rimas del otro.
Jóvenes y heridos por el dolor de la vida cayeron ambos. Con el
último suspiro de Bécquer comenzó el resplandor creciente de su
gloria: en la trágica muerte de Susillo pensamos todos que aquella
mano, siempre dócil como esclava sumisa á su pensamiento, sólo una
vez debió serle rebelde.
Pues bien: sevillano como Susillo y discípulo de él es el autor
del monumento á Bécquer que en el Parque se eleva. Junto á Susillo
recibió los primeros estímulos y las primeras inspiraciones en
su arte. Y acaso recibió también del maestro, por misteriosa
compenetración de las almas, la poética herencia de modelar para su
patria la noble frente del cantor de las golondrinas.
Hemos dicho que la gloria de Bécquer nació en su tumba. En efecto,
así fué. No le acariciaron en vida los halagos del «aura de aplausos»
que acompaña siempre á la gloria literaria, ni reflejó sobre su
cabeza la luz de la «nube radiosa» que siempre la sigue. El, sin
embargo, sabía que «algo divino» llevaba en la frente. Estimulada
y acrecentada la admiración de unos cuantos amigos suyos, poetas y
pintores, por el dolor de su temprana muerte, reunieron con cariño
sus obras y las publicaron, librándolas tal vez de una completa
oscuridad.
Jamás poeta alguno, al menos en España, tuvo más rápida y efusiva
consagración. De mano en mano corrieron sus libros y de boca en boca
su nombre, y no hubo labios de mujer por donde no pasaran sus rimas,
como aliento suave, como canción de brisa que separa las hojas de
una flor. En el corazón de la Humanidad late oculto un espíritu de
justicia, y cuando se deja morir en el desamparo y el olvido á un
hombre como Bécquer, ese espíritu se siente sacudido por algo que es
justicia y remordimiento á la vez, y se quiere entonces reparar la
grave falta cometida, enterrando en rosas las cenizas del muerto.
Siquiera sea tardía, bien venida sea esta póstuma reparación.
Oteando en los esplendorosos horizontes de la poesía lírica
castellana del pasado siglo, en que vivió el poeta, y fijándonos sólo
en aquellos altos luminares cuya luz fué más difundida y más potente,
vemos cómo á los acentos roncos y viriles de Quintana y Gallego,
de robusta y épica vena, que le prestaban á la patria herida vigor
y temple en sus flaquezas y desmayos, sucede el glorioso período
romántico, en el cual la musa de Espronceda, apasionada y tumultuosa,
de soberano aliento y fuerte originalidad, avasalla, inquieta y
cautiva á todos; y donde el estro espléndido de Zorrilla, verbo
poético de nuestra habla, canta como hijo de alondra y de ruiseñor la
hermosura de la Naturaleza, y como trovador errante las caballerescas
leyendas del pueblo y las grandezas de los ricos alcázares, llenando
los cielos de luz, los campos de flores, las selvas de pájaros
alegres, y el mundo ideal de colores risueños v de brillantes
fantasías. Y después de estos grandes poetas, todo nervio y pujanza,
todo llama, fuerza y galanura, aparece Bécquer, delicado, amoroso,
íntimo, sentimental, doliente, con caminar misterioso y callado, con
voz insinuante y acariciadora, y le da á la poesía lírica de su siglo
una hora de luz de luna, que si en sí misma tiene encanto magnético,
túvolo doble en aquella sazón, en medio de los fulgores de sol que la
precedieron y de los que habían de seguirla.
Luz de luna, sí; luz de luna es toda su poesía, porque luz de luna
llevaba en el alma. Su bondad resignada fué el resplandor templado
y celeste á cuyos rayos escribió sus páginas cautivadoras. Soñó,
y parecieron sus sueños tocados de la quimera y de la fiebre
del insomnio, como hijos de la noche; amó, y fueron sus amores
melancólicos y dolorosamente sumisos; y poníase la mano en el corazón
por que sus latidos no sonasen, y le temía al resplandor de la
aurora; lloró mucho, y en su inagotable ternura se confortó con el
consuelo de saber que aún le quedaban lágrimas. Y estos sentimientos,
que tan inefable perfume prestan á su poesía, hallan el molde más
dúctil y apropiado en la suave forma de sus rimas aladas, y el eco
más acorde en la tenue música y en el impreciso y vago ritmo de sus
versos.
Hay quien ha pretendido oscurecer la diáfana gloria de Bécquer,
haciendo pasar sobre ella una ligera nube; motejándolo de imitador de
Enrique Heine. Nada más injusto ni más inexacto tampoco. Hace falta
padecer la obsesión de los parentescos literarios, de las afinidades
y analogías, cuando no la manía persecutoria del plagio, que suele
trastornar á muchos adoradores de este ó el otro ídolo, para no ver
la esencial diferencia, la absoluta disparidad que existe entre estos
dos espíritus, cualquiera que sea la medida de su grandeza. Fueron
notas características del genio de Heine el sarcasmo, la burla y la
ironía; fuéronlo del de Bécquer la resignación y la ternura. Se ha
dicho de la musa de Heine que era un ruiseñor de Alemania que anidó
en la peluca de Voltaire. De la de Bécquer, enamorada, creyente y
piadosa, no podrá decirse en verdad sino que fué una golondrina, que
si á veces rozó la tierra con su alas, pronto voló á los espacios
libres y puros, y formó su nido bajo el balcón de una mujer hermosa ó
en la ventana ojival de un templo cristiano.
La nobleza y generosidad de su corazón y la serena templanza de su
espíritu, lleno siempre de luz ideal, resplandecen y se transparentan
quizás mejor que en ninguna parte de su obra en aquellas _Cartas
desde mi celda_, que desde el monasterio de Veruela dirigió á sus
amigos de Madrid. En ellas, su sentir y su pensar se explayan
libremente, y fantasea enamorado de las tradiciones misteriosas,
y piensa en el respetuoso culto debido á lo que fué, y pinta con
profunda piedad á las muchachas añoneras, míseras y alegres á un
tiempo, y vivifica su fe meditando en el templo vacío; y en el
sencillo cementerio de pueblo, al pie de cuyas tumbas nacen espigas y
amapolas, evoca sus dorados sueños de la muerte, á la que no llama,
pero á la que no teme tampoco, como todas las almas grandes que
merecen la vida.
Quien escribió estas páginas admirables, de noble y sana idealidad;
quien trazó con la misma pluma las quiméricas figuras de sus
leyendas, hijas de un corazón todo fantasía, é iluminadas por la
claridad de un alto símbolo poético, y quien dejó á su breve paso por
entre los humanos esas divinas oraciones de amor que se llaman rimas,
bien digno es del recuerdo que le hemos consagrado entre todos.
En nuestro Parque está, cobijado por aquel gigantesco árbol, bóveda
de un templo de la Naturaleza, bajo cuyas ramas majestuosas y tiernas
á la vez, llenas de hojas que parecen lágrimas cuajadas en verdura,
como expresiva representación y símbolo de lo que fué en la vida
perenne estímulo del estro de nuestro gran poeta, se ve nacer el
amor y se le ve morir.
Pero ese monumento, bello conjunto de bronces y de mármoles, sobre
los cuales cantarán los pájaros y brillará el sol; ese monumento,
como todos los que se elevan para perpetuar la gloria de los hombres,
no será sino mole fría y sin alma, esfinge muda, piedra tallada y
bronce fundido sin sentido ni objeto, si de todo ello no fluye,
como emanación natural, el creciente y amoroso culto á quien lo ha
merecido. Sí: comprendedlo: si de hoy más la obra de Bécquer no ha
de ir ganando corazones dormidos, hasta hacerse familiar y preciada
entre todos nosotros, y si el surco ideal abierto en las almas por
su espíritu peregrino ha de cegarse alguna vez, en lugar de ir
haciéndose de día en día más hondo y luminoso, entonces ese monumento
de que ahora nos congratulamos vendrá á ser como fuente seca,
reducida á exorno del jardín en que luce, por su singular belleza
escultórica, pero triste, porque su manantial exhausto le niega la
risa del agua en cascada de plata, y estéril, porque no templa la sed
de ningún caminante, ni baña y fecundiza la tierra, haciendo brotar y
vivir nuevas flores.
Vosotros, pues, los que amáis y cultiváis la vida del espíritu; los
soñadores, que entre nieblas buscáis la luz celeste; los poetas, que
fundís la idea y el sentimiento en una forma; los filósofos y los
pensadores, alentados por el ansia no saciada nunca del saber de la
vida; los artistas, que palpitáis de ilusión ante el lienzo blanco
ó ante el barro informe; los hombres de ciencia, que investigáis
constantemente en el misterio de la Naturaleza, persiguiendo
nuevas verdades; los enamorados de Sevilla, de sus glorias, de sus
tradiciones y costumbres; los que soñáis, en fin, con una patria más
grande, y más noble, y más bella, debéis elegir entre todos los días
del año el que mejor os plazca, para convertirlo en día de fiesta del
espíritu; y en peregrinación fraternal, ir año tras año á llevar
unas flores al monumento á Bécquer; que esas flores, ofrendadas con
tan puro amor, renovarán perpetuamente en el corazón y en la mente de
todos el culto á la poesía, y no se marchitarán en vano.
Y ahora, esto dicho, vamos todos á visitar el monumento erigido al
poeta.
[Ilustración]
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