XII

Como antes indiqué, no pude obtener licencia para salir de Madrid,

porque la Villa, viéndose pronto en gran aprieto, cayó en la cuenta

de que necesitaba de toda su gente para defenderse. ¿Por qué no me

marché? ¿Quién me lo impidió? ¿Quién torció el camino de mi resolución?

¿Quién había de ser sino aquel que por entonces era el trastornador

de todos los proyectos, el brazo izquierdo del destino, el que a los

grandes y a los pequeños extendía el influjo de su invasora voluntad?

Sí: el baratero de Europa; el destronador de los Borbones y fabricante

de reinos nuevos; el que tenía sofocada a Inglaterra, y suspensa a la

Rusia, y abatida a la Prusia, y amedrentada al Austria, y oprimida a la

hermosa Italia, osó también poner la mano en mi suerte, impidiéndome

pasar a otro ejército.

Es, pues, el caso, que el D. Quijote imperial y real, como algunos de

nuestros paisanos le llamaban, no sin fundamento, había entrado en

España a principios de noviembre con ánimos de instalar de nuevo en

Madrid la corte botellesca. A él se le importaba poco que los españoles

llamasen tuerto a su hermano, y fijo en el número y fuerza de nuestros

soldados, no atendía a lo demás. Una vez puesto el pie en tierra de

España, no le agradó mucho que el mariscal Lefebvre ganase la batalla

de Zornoza, porque sabido es que no era de su gusto que se adquiriese

gloria sin su presencia y consentimiento. Mandó, sin embargo, al

Mariscal Víctor que persiguiese a nuestro desgraciado Blake, cuyas

tropas se habían reforzado con las del Marqués de la Romana, escapadas

de Dinamarca, y aquí tienen ustedes la batalla de Espinosa de los

Monteros, dada en los días 10 y 11, y perdida por nosotros, por más que

el Gran Capitán, con más celo que buen sentido, se empeñe en negarlo.

¡Ay! No hagan ustedes caso de aquel mi honradísimo y entusiasta amigo,

y crean a pie juntillas que lo de Espinosa fue un gran descalabro,

aunque no sin gloria para nuestras hambrientas, desnudas y fatigadas

tropas. Valientes oficiales perecieron allí, y grandes apuros y

privaciones pasaron todos, sin un pedazo de pan que llevar a la boca,

ni una venda que poner en sus heridas.

Así sucumbió el ejército de la izquierda, cuyos restos, salvándose por

las fragosidades de Liébana, recalaron por tierra de Campos, para ser

mandados por el Marqués de la Romana. No fue más dichoso el ejército

de Extremadura en Gamonal, cerca de Burgos, pues Bessières y Lasalle

lo destrozaron también el mismo fatal día 10 de noviembre, y el 12

entraba en la capital de Castilla el azote del mundo, publicando allí

su traidor decreto de amnistía. Aún nos quedaba un ejército, el del

Centro, que ocupaba la ribera del Ebro por Tudela: mandábalo Castaños;

pero nadie confiaba que allí fuéramos más afortunados, porque una vez

abierta la puerta a las calamidades, estas habían de venir unas tras

otras a toda prisa, como suele suceder siempre en el pícaro mundo.

También nos preparaba el cielo en el Ebro otra gran desgracia; pero a

mediados de noviembre, cuando corrieron por Madrid las tristes nuevas

de Espinosa y de Gamonal, aún no se había dado la batalla de Tudela.

El pánico en Madrid era inmenso, y se creía segura la pronta

presentación del corso en las inmediaciones de la capital. ¿Qué

podía oponérsele? No quedaba más ejército que el del Centro, situado

allá arriba a orillas del Ebro. ¿Quién detendría al invasor en su

marcha terrible? La Junta se desesperaba, y los madrileños creían

acudir a remediar la gravedad de las circunstancias, entusiasmándose.

¡Ay! Después de mandar algunas tropas a los pasos de Somosierra y

Navacerrada, ¿qué ejército de línea quedaba para defender a Madrid? Da

pena el decirlo. Quinientos hombres.

Los paisanos armados eran ciertamente muchos; pero había muy pocos

fusiles, y de estos la mitad resultaban inútiles por falta de

cartuchos; y ¿con qué se hacían los cartuchos, si no había pólvora? A

esto habíamos llegado cuatro meses después de la victoria de Bailén.

Todo al revés. Ayer barriendo a los franceses, y hoy dejándonos barrer;

ayer poderosos y temibles, y hoy impotentes y desbandados. Contrastes

y antítesis propias de la tierra, como el paño pardo, los garbanzos,

el buen vino y el buen humor. ¡Oh, España, cómo se te reconoce en

cualquier parte de tu historia, a donde se fije la vista! Y no hay

disimulo que te encubra, ni máscara que te oculte, ni afeite que te

desfigure, porque a donde quiera que aparezcas, allí se te conoce desde

cien leguas con tu media cara de fiesta, y la otra media de miseria;

con la una mano empuñando laureles, y con la otra rascándote tu lepra.

--Hola, Gabriel, ¿tú por aquí? --me dijo Pujitos en la Puerta del Sol

el día 20 de noviembre--. Ya sabes que tenemos de Regidor a nuestro

amigo D. Juan de Mañara. Él es el encargado de la cartuchería. ¿Tienes

fusil?

--Y bueno. ¿Pero todavía no se dice nada de fortificar a Madrid, ni

se trata de abrir fosos y levantar parapetos y abrigos, ya que a esta

villa y corte la hicieron sin murallas ni otra defensa alguna?

--Todo eso se hará. Pero lo que más urge es la cartuchería y armas.

--¿Dónde hacen cartuchos?

--En varias partes. Allá junto al Colegio de Niñas de la Paz hay más

de sesenta personas trabajando en ello noche y día.

--Pero de nada nos sirven los cartuchos sin armas, Sr. de Pujitos --le

dije--. Yo conozco muchísimos hombres valientes que no tienen sino

chuzos, pedreñales y espadas llenas de orín.

--Eso será nonada, y si no nos hacen traición...

--¡Traición!

--¡Sí: aquí hay muchos traidores!

--Ahora, como la gente anda tan exaltada, es común llamar traidores a

los más leales patriotas.

--Gabriel --dijo deteniéndose en medio de la calle y asomando por

el embozo de su capa un dedo con el cual ciceronianamente acentuaba

sus palabras--, cuando yo lo digo, sabido me lo tengo. ¿Te acuerdas

de lo que se habló hace noches en casa del tío Mano? ¿Te acuerdas

cómo se puso furioso el Sr. de Santorcaz contra los traidores? Pues

hemos descubierto que ese Sr. de Santorcaz o D. Demonio, es espía del

_córcego_. Velay por qué estaba tan enfoguetado.

--No es la primera vez que lo oigo.

--Él les escribe cartas de lo que aquí pasa, y con el dinero que le

dan paga gente alborotadora, que arme querellas entre la tropa. Como

este hay muchos, y se dice que señores muy alcurniados están vendidos

a los franceses. Pero, Gabriel, que se nos amostacen las narices, y

veremos a dónde van a parar. Hay otros que, aunque no son traidores,

son melindrosos, y no quieren lo que llaman _Constitución_, la cual

se va a poner ahora pa acabar con el espotismo. ¿Sabes tú lo que es el

espotismo? Pues el espotismo es una cosa muy mala, muy mala. A bien

que desde que acabamos con Godoy y los lairones que con él vivían, se

acabaron todas las picardías, y ahora, luego que demos fin a esto del

_córcego_, los reinos de España se van a gobernar de otra manera, y

estaremos tan bien, que no nos cambiaremos por los ángeles del cielo.

Y diciendo esto, dio media vuelta y marchose lejos de mí a toda prisa.

No tardé yo en acudir pronto a la formación de mi compañía.

Ante las evidentes muestras de alarma que a todas horas se observaban

en Madrid, mal podía el optimismo del Gran Capitán sostenerse en las

ideales regiones donde le hemos visto cernerse, como el águila de la

patria a quien ni el peligro ni el miedo pueden obligar a abatir su

majestuoso vuelo. Ya no era posible negar la derrota de Espinosa, ni

tampoco la de Gamonal, y solo los locos podrían suponer a Napoleón

dispuesto a detenerse en su victorioso camino. Muchos días resistiose

el fuerte espíritu de mi amigo a la evidencia de tantos descalabros;

por muchos días sostuvo que nuestras armas victoriosas echarían a los

franceses con su malhadado Emperador del otro lado del Bidasoa; por

muchos días continuó atribuyendo a los papeles públicos la pérfida

invención de aquellos absurdos acontecimientos que no cabían en su

homérica cabeza; pero al fin la muchedumbre de las noticias malas,

la agitación pública, el pánico de todos, la general zozobra, y el

tumulto y laberinto de los preparativos de defensa rindieron golpe

tras golpe el formidable castillo de su terquedad, dando en tierra

con tantas ilusiones. El héroe no aparentó desmayar con esto, antes

bien se reía tomando la cosa como una fiesta. Lleno de confianza en la

capital, siempre negaba que Napoleón se atreviese a ponerse delante de

los madrileños, y esta fue una tenacidad que le duró contra viento y

marea hasta el 25 de noviembre, en cuya noche, al retirarse a su casa,

preguntole Doña Gregoria, como siempre, las noticias de la tarde:

--Nada, mujer --repuso frotándose las manos, y promulgando con

desdeñosas sonrisas la categórica confianza que llenaba su espíritu--.

Nada, mujer: emperadorcito tenemos.

Napoleón en Chamartín · 第 13 / 32 题