EL NEGRITO DE MELITÓN

Era en el Paraguay, en la época trágica de las revoluciones y los

motines cuarteleros que tuvieron sometido al noble país hermano a

continuos sobresaltos y a perpetuas torturas.

Gobernaba a la sazón, con poderes discrecionales, el famoso coronel

Fortunato Jara, encaramado al poder por un audaz golpe de mano y

convertido en dictador. Dictador de la peor especie, por cuanto

no lo guiaba otro móvil que la satisfacción de los apetitos de su

desenfrenado libertinaje.

La soldadesca, alentada por el ejemplo de los superiores y segura de la

impunidad, cometía todo género de violencias y de atentados contra la

propiedad y las personas.

Los milicos vivían más en las tabernas y la ranchería del suburbio que

en los cuarteles.

Ebrios la mayor parte del día, recorrían las calles de la ciudad,

gritando, cantando, promoviendo escándalos.

No había peligro de reprimendas ni castigos: los oficiales, por

su parte, cuando no junto con ellos, cometían idénticos excesos,

explicables,--ya que de ningún modo disculpables,--por el estado de

completa anarquía y el relajamiento de la disciplina, fomentados en

primer término por el jefe supremo con su conducta sin precedentes.

Tan lejos estaba a su ánimo el deseo de tomar medidas moralizadoras

de severa represión, que era el primero en reir y festejar las

«travesuras» de sus subalternos.

--¡Los muchachos también tienen derecho a divertirse!...--decía riendo.

--Y nada no pueden icir los otros,--conformaba algún adulador.

De fijo que nada podían decir «los otros»; pero no por faltarles

derecho para la protesta, sino porque, bajo el régimen del terror,

la más elemental prudencia aconsejaba mascar en silencio el amargo

del agravio, ahorrando reclamaciones, cuyas consecuencias inevitables

serían acentuar la persecución de parte de los forajidos.

Los mayores delitos pasaban inadvertidos por la justicia; y eso que los

hubo de la magnitud del que va a leerse.

Melitón Manzanares era un chino correntino, petizo, grueso, fornido y

de ancha cara cobriza y barbilampiña.

No hacía mucho que había caído a la Asunción, cuyas continuas

revueltas ofrecían campo propicio a los tipos de su calaña, y también,

probablemente por andar en malas relaciones con las autoridades de su

país.

El solía decir, con una sonrisa que ponía de manifiesto su formidable

dentadura de yacaré:

--Las autoridades de Caacatí estaban tan encamotadas conmigo que iá mi

tinían empalagao... Siempre andaba detrás mío algún sargento con recao

del comisario pa que juese a yerbiar con él, y de puro fastidiao, alcé

el vuelo pa estos pagos...

--Usté es mesmito que ió,--dijo un compinche;--nada no apetesco la

amistá de los polecías.

Melitón, que había sentado plaza en las milicias irregulares,

conjuntamente con otros forajidos de igual ralea, encontrábase allí

como pescado en el agua.

Farras, chupandinas, jugarretas y amplia libertad de acción en la

holgazanería cuartelera, constituían el ideal de un sujeto de su clase

y de sus hábitos.

Sus camaradas lo tenían en gran estima por su constante buen humor, su

parla dicharachera, su audacia y su absoluta carencia de escrúpulos.

Admirando esta cualidad, dijo una vez entusiasmado un compinche:

--Amigo Melitón, estómago igualito a ñandú: ¡hasta vidrios digiere!...

Sin embargo hubo un momento en que empezó a ponerse meditativo y

silencioso.

Interrogado por las causas de aquel cambio de carácter, dijo:

--La verdá, estoy triste porque ha venido un antojo.

--Y vaia diciendo.

---Velay: mi han contao que en este país no hay diversión más linda

qu'el velorio de un negrito.

--No lo engañaron, no. ¡Si arman unos candombes que duran días y qu'es

un viva la patria!

--Lo malo es que va p'al año que moro aquí y entuavía no ha muerto

ningún negrito.

--Van quedando pocos.

Melitón meditó unos segundos, y luego propuso:

--¿Por qué no matamo uno?

--¡No sea bárbaro, compañero! Matar un cristiano p'al puro gusto 'e

divertirse, es mucha herejía.

--¿Y quien ha dicho que los negros son cristianos?... ¿No saben que

tienen el mate muy duro y el agua bendita nunca les dentra a los

sesos?...

Melitón siguió preocupado con la idea de aquella farra original y magna.

Una vez, a eso de media noche, regresaba al cuartel, dando bordadas,

apoyándose con frecuencia en los muros de las casas para no dar de

bruces sobre la acera y recuperar un tanto el equilibrio y la fuerza de

sus piernas ablandadas y descoyuntadas por el alcohol.

En uno de esos ziszaes fué a dar contra un portal, a cuyo pié vió

un bulto obscuro. Tocólo con la punta del pié y notando blandura de

carnes, agachóse, con muchas precauciones y grandes esfuerzos, hasta

poder palparlo. Zamarreado con violencia, un quejido lastimoso escapó

del bulto obscuro, y el soldado descubrió, envuelto en unos harapos, un

negrito de cinco o seis años de edad.

--¿Qué hacés aquí?--preguntó ásperamente.

Y el negrito, asustado, respondió gimoteando:

--Me peldí...

--¿Dónde está tu casa?

--No sé, me peldí...

--¿Quiénes son tus padres?...

--Padres no tengo... Amita me mandó llamar el médico para amito

enfermo... y me peldí... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!... ¡ay!

Una idea infernal cruzó por la mente del bandido.

--Io le via ievar,--dijo; y cogiendo al chico de ambos pies, lo

revoloteó y le destrozó la cabeza contra un poste de piedra que había

junto al portal.

El negrito lanzó un grito horrible, uno solo y enmudeció para siempre...

El criminal ocultó el cuerpo de la víctima bajo el poncho patrio y,

dando traspiés, llegó al cuartel. Al penetrar en el cuerpo de guardia,

donde los soldados ebrios jugaban al naipe, el oficial, más ebrio aún

que sus subalternos, lo interrogó alegremente:

--¿Qué tráis debajo' el poncho?... ¿Chivito o borrego?

Rió Melitón y dijo:

--Borrego... Un borrego negro...

Y tirando en medio de la pieza el ensangrentado cadáver, agregó con

feroz impudicia:

--Ya tenemos p'al candombe: yo pongo el difunto; pongan ustedes las

velas y la caña...

Ranchos (Costumbres del Campo) · 第 20 / 72 题