Ana y el viejo cuzco «Cachila» hallábanse de tal modo habituados a
insultos y aporreos, que cuando éstos escaseaban sentíanse inquietos
temiendo alguna crueldad extraordinaria.
Ana, hija de una de esas almas de fango del suburbio aldeano, había
sido recogida por la familia del estanciero don Andrés Aldama y
fué a aumentar el número de los numerosos «güachos» criados en el
establecimiento.
Como los durazneros, producto de carozos que germinan en los basureros
donde fueron arrojados junto con los demás desperdicios de cosas que
causaron placer, como esos hijos del desprecio engendrados al azar, Ana
hubiera crecido en medio de la indiferencia de todos.
Y así fué durante ocho o diez años. Baja, flacucha, de cara menuda y
siempre pálida, crecía igual que las plantas aludidas, sufriendo la
ausencia de todo cultivo, nutriéndose con los escasos jugos que les
deja la voracidad de los yuyos.
Esa carencia de encantos, unida a la constante adustez de su fisonomía,
su parquedad de palabra, su actitud siempre huraña y recelosa,
justificaban el menosprecio general de la población de la estancia.
--A más de flaca y fiera, en tuavía es más arisca que aguará,--decían
de ella los peones; y en injusto castigo por defectos de que no era
culpable, la acosaban con sátiras mordaces y con bromas de una grosería
brutal casi siempre.
Pero ocurrió que con la llegada de una precoz pubertad se operó en su
físico una repentina y radical transformación.
Las piernas de tero y los brazos de alfeñique y el pecho plano
adquirieron en pocos tiempos redondeces impresentidas. Y el
rostro, aun cuando se conservó flacucho y menudo, se embelleció
extraordinariamente, sin perder, al contrario, acentuándose, la
expresión, huraña y agresiva.
--Con la pelechada de primavera, la guacha se ha puesto cuasi
linda,--expresó un peón.
--Pero sigue siendo dura de boca,--dijo otro.
Con la transformación, en vez de mejorar empeoró la suerte de la
muchacha. Los mozos, altamente desdeñados en sus galanteos, redoblaron
las groserías de sus injurias; las compañeras que antes la martirizaban
por fea y por débil, unieron la envidia al haz de la malquerencia.
Para colmo de las adversidades, doña Sabina, la patrona, se puso a la
cabeza de la conjura. Dicha señora, orgullosa, irascible, gobernaba
despóticamente en la estancia y todas las voluntades se rendían ante
la suya, porque todas sabían que aquella alma egoísta y cruel, era
inaccesible, no sólo a la piedad, sino también a las reclamaciones de
estricta justicia.
Ana mereció que la patrona la distinguiera con mayor dosis de acritud;
y cuando el patrón interponía, tímidamente, su escasa influencia en
favor suyo, la señora se contentaba con aumentar la violencia del
pellizco o del tirón de las mechas.
Empero, al convertirse en moza apetecible la insignificante chiquilla,
la iracunda señora no admitió ya la bondadosa intervención de su débil
esposo. Diez años mayor que éste, doña Sabina lo tenía brutalmente
esclavizado con sus celos, hasta el punto que el pobre hombre no se
atrevía a levantar la vista delante de ninguna mujer, joven o vieja,
linda o fea. Y aún así no escapaba al diario diluvio de violentas
recriminaciones y de improperios con que lo azotara su consorte.
Desde entonces la más leve falta cometida por Ana era castigada con
inaudita severidad y en medio de los más rudos apóstrofes.
--¡Sin vergüenza, arrastrada, flor de basurero!... ¡Andá pedirle ayuda
a tu protector, el puerco de mi marido!...
El marido no solamente no volvió a interceder en favor de Ana, sino
que esquivaba su presencia y rarísima vez le dirigía la palabra.
Precauciones que, por otra parte, en nada hicieron disminuir la furia
celosa de su mujer.
El cambio no impresionó,--en apariencia, al menos,--a la huérfana.
Su resignación y su humildad se mantuvieron iguales que antes. En
apariencia, porque un observador sagaz hubiera advertido en sus ojos
ciertos fugitivos destellos de rencor concentrado y de voluntad
disimulada.
Una mañana, a raíz de formidable rabieta, doña Sabina cayó fulminada.
Su muerte produjo en todos los seres del establecimiento una impresión
de alivio, de liberación. La alegría, prescripta durante la tiránica
dominación de la harpía, reapareció en la estancia. Hubieron de nuevo
cantos y risas y expansiones. Hasta don Andrés sintióse rejuvenecido
de diez años. Tras veinte años de esclavitud, experimentaba imperiosa
necesidad de amor, de afectos, de caricias. Sus consideraciones y
simpatías por Ana se extremaban día a día, hasta el punto de que una
vez el viejo capataz don Sandalio le observó respetuosamente:
--¡Tenga cuidao, patrón!... Las piedras de arroyo son refalosas...
El no pudo impedir el rubor y respondió intentando justificarse:
--Lo que yo hago por esa muchacha es de lástima y también porque me
remuerde la consensia no haber tenido coraje pa defenderla de las
injusticias de la finada.
--¡Tenga cuidao, patrón!--volvió a advertir el viejo.--Las flores de
basuras tuitas son venenosas.
Pocas semanas después, el capataz decía en rueda de fogón:
--Maliseo que no v'a pasar un año sin que tengamos nueva patrona; y
esta v'a ser pa nosotros diez veces pior que la dijunta, a quien Dios
haiga perdonao...
Y así fué. La despreciada y aporreada güachita se instaló en la casa
como «patrona». Sin violencias, sin gritos, sonriendo siempre, impuso
tales vejámenes y tal abrumador recargo de trabajo a todo el personal
de la casa, que uno tras otro tuvieron que marcharse. El patrón,
enceguecido por un amor casi senil, justificaba aquella dictadura
mansa y suave, para él infinitamente más soportable que la dictadura
brutal del sargentón fallecido. Todo lo disculpaba y perdonaba, hasta
las continuas infidelidades de su esposa, realizadas sin recato alguno.
Con ruegos, con súplicas humillantes, había conseguido salvar a
Sandalio, su viejo y honesto servidor. Pero llegó el momento en que la
dominadora ordenó su sacrificio. Don Andrés tuvo que ir a comunicarle
la sentencia, diciéndole, con los ojos llenos de lágrimas:
--Mi pobre viejo...
--No diga más patrón,--interrumpió don Sandalio;--hace tiempo tengo
prontas las maletas y si antes no me juí, jué por no dejarlo a usté de
un modo abandonao...
--¡Quién había'e decirme,--gimió don Andrés,--que tuitas mis bondades
habían de tener ese pago!...
--Yo se lo dije, patrón y usté no quiso oirme: los duraznos nacidos en
el basurero tienen flor linda, pero el fruto siempre es agrio...