EL CONSEJO DEL TIO

Aún no había aclarado del todo, cuando Albino estaba en la enramada

ensillando con sus pilchas miserables, su mancarrón tubiano, flaco,

abatido, tan miserable y ruinoso como el apero.

Don Tiburcio, el capataz, extrañado de aquel insólito madrugón de

Albino, le preguntó:

--¿P‘ande estás de viaje?

--Pa los Campos del Diablo--respondió el mozo con voz compungida.

--¿Y por qué te vas, muchacho?...

--¡Yo no me voy, m'echan!...

--¿Quién te echa?

--Mi tío Pancho... Anoche me dijo: «Mañana mesmo me ensillás tu sotreta

y te mandás mudar. Si cuando yo me levante t'encuentro tuavía aquí, te

vi a untar los costillares con ungüento e tala».

--¡Y el patrón es muy capaz de hacerlo!--asintió riendo el viejo.

--¡Ya lo creo qu'es capaz!... Es un bruto, mi tío Pancho!...--respondió

Albino, al mismo tiempo de apretarle tan rudamente la cincha al tubiano

escuálido, que este encorvó el cuello y le tiró un tarascón, como

diciéndole: «¡No seas bruto, vos también!».

--Y a todo eso--gimió el muchacho--porque tengo una enfermedad, la e

ser un poco chupista.

--Y bastante haragán; son dos enfermedades.

--No, es una mesma. Cuando me chupo un poco no tengo juerza pa

trabajar, y entonces me da rabia y chupo más... ¡y claro! tengo menos

juerza...

--Y más ganas de chupar.

--Dejuro. Adiós don Tiburcio.

Y se marchó, rumbo a los «Campos del Diablo», vale decir a lo ignoto,

al azar de la existencia bagabunda.

Transcurrió más de un año sin que se tuvieran noticias suyas. En una

cruel mañana de invierno cayó a la estancia. ¡Pero en qué estado!...

A los estragos producidos por el vicio se unían los causados por las

penurias, los de hambre, las noches de intemperie o de forzada vigilia.

Apenas había, cumplido veinte años y su rostro enflaquecido, arrugado,

de color terroso, sus labios plácidos, sus ojos parpajudos acusaban

completa decrepitud.

Don Pancho lo miró con pena y con rabia, preguntándole con acritud.

--¿Qué venís a hacer aquí?

--Vea, mi tío--respondió con voz enronquecida por el alcohol;--estoy

decidido a abandonar este vicio maldito, culpa de toda mi desgracia...

--Me parece bien---contestóle el viejo en tono de duda.

--Sí, mi tío... Vea mi tío, allá, en la costa el Batoví, hay un negro

entendido, que se compromete a curarme con el cocimiento de unos yuyos

qu'el sólo conoce...

--¿Y qué hacés que no enderezás pa la costa'el Batoví?

--Vea mi tío... es qu'el negro me cobra veinte pesos pu'el remedio... y

como yo ando medio cortao...

--¿Venís a pedírmelos?... No contés con ellos; pero en cambio te vi'a

dar un consejo que vale más de veinte pesos... Mirá... ahí atrás de las

casas está atado a soga mi parejero alazán, que aunque ya p'al camino

no sirve, pa trotiar no tiene fin... Te lo doy. Ensillalo y andá buscar

la vergüenza... Campiala bien. No te preocupés del tiempo que pase, ni

del precio que cueste, porque me comprometo a pagarla, cueste lo que

cueste...

--Está bien, mi tío--respondió el mozo, y de seguida se fué en busca

del viejo parejero, lo ensilló, se despidió y partió de nuevo para los

«Campos del Diablo».

Al verlo alejarse, Don Tiburcio--exclamó melancólicamente:

--¡Pobre alazán!... ¡Ande lo irá a convertir en caña ese desalmao!...

--Quien sabe--sentenció don Pedro--nunca perdió una carrera; pueda ser

que gane esta también...

Al cabo de un par de meses regresó Albino a la estancia. Iba más

miserable, más despreciable que nunca. Con dificultad se apeó de la

yegua ética y con paso inseguro avanzó hasta la enramada desde donde

el tío Pancho lo observaba con el más profundo disgusto. Rechazando la

mano que el mozo le tendía, increpólo violentamente:

--¿A qué has venido, si no trais la vergüenza?...

Y él humilde como un perro castigado, murmuró sollozando:

--Vea mi tío... yo la busqué... Cansé el parejero alazán buscándola...

y no la pude encontrar... ¡Pa mi, que ya no queda ni semilla de esa

planta!...

Ranchos (Costumbres del Campo) · 第 7 / 72 题