IV

Practicado el registro, el caporal tornose afuera y puso esposas a la

chinita, que suspiraba en la puerta, recogida en burujo, con el fustán

echado por la cabeza. La levantó a empellones. El crío, en el pecinal,

lloraba rodeado del gruñido de los cerdos. La madre, empujada por los

gendarmes, volvía la cabeza con desgarradoras voces:

--¡Ven! ¡No te asustes! ¡Ven! ¡Corre!

El niño corría un momento, y tornaba a detenerse sobre el camino,

llamando a la madre. Un gendarme se volvió, haciéndole miedo, y quedó

suspenso, llorando y azotándose la cara. La madre le gritaba, ronca:

--¡Ven! ¡Corre!

Pero el niño no se movía. Detenido sobre la orilla de la acequia

sollozaba mirando crecer la distancia que le separaba de la madre.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 98 / 179 题