IV

Entró Melquíades, dependiente y sobrino del gachupín. Conducía una

punta de chamacos, que sonaban las pintadas esquilas de fúnebres

barros que se venden en la puerta de las iglesias por la fiesta de los

Difuntos. Melquíades era chaparrote, con la jeta tozuda del emigrante

que prospera y ahorra caudales. La tropa babieca, enfilada a canto del

mostrador, repica los barros:

--¡Hijos míos! ¡Qué esperanza! ¡Idos a darle la murga a vuestra

mamasita! ¡Que os vista los trajes de diario! ¡Melquíades, no debiste

haberles relajado la moral, autorizándoles esta dilapidación de sus

centavitos! ¡Muy suficiente una campanita para los cuatro! Entre

hermanos bien avenidos, así se hace. Vayan a su mamá, que les mude los

trajecitos.

Melquíades recadó la tropa, metiéndola por la escalerilla del piso alto:

--Don Celes Galindo les ha regalado los esquilones.

--¡Muy buena reata! Niños, a vuestra mamita, que os los guarde.

Representan un recuerdo y debéis conservarlos para el año que viene y

los sucesivos. ¡No sean rebeldes!

Melquíades, al pie de la escalerilla, vigilaba que el hato infantil

subiese sin deterioro de los trajes nuevos. El arrastrarse por los

escalones quedábase para el atuendo de diario. Melquíades insistió,

ponderando la largueza de Don Celes:

--Son los barros de más precio. Bajo Arquillo de Madres puso en fila

a los chamacos y les mandó elegir. Como pendejos, se fueron a los más

caros. Don Celes sacó la plata y pagó sin atenuante. Me ha recomendado

que usted no falte a la junta de notables en el Casino Español.

--¡Los esquiloncitos! ¡Ya estoy pagando el primer rédito! Me nombrarán

de alguna comisión, tendré que abandonar por ratos el establecimiento,

posiblemente me veré incluido para contribuir... De tales reuniones

siempre sale una lista de suscripción. El Casino está pervirtiendo su

funcionamiento y el objetivo de sus estatutos. De centro recreativo se

ha vuelto un sacadineros.

--¡Está revolucionada la Colonia!

--¡Con razón! Desmonta el solitario de esa tumbaguita. Hay que

desfigurarla.

Melquíades, sentado al pie del mostrador, buscaba en el cajón los

alicates.

--“El Criterio” viene opuesto al cierre de cantinas que tramitan las

Representaciones Extranjeras.

--¡Como que se vejan los intereses de muchos compatriotas! Los

expendios de bebidas están autorizados por las leyes, y pagan muy buena

matrícula. ¿Ha vertido alguna opinión Don Celestino?

--Don Celes se guía por que todo el comercio de españoles se haga

solidario, y cierre en señal de protesta. Para eso es la junta de

notables en el Casino.

--¡Qué esperanza! Esa opinión no puede prevalecer. Acudiré a la junta

y haré patente mi disentimiento. Es una orientación nociva para los

intereses de la Colonia. El comercio cumple funciones sociales en

todos los países, y los cierres, cuando la medida no es general, solo

ocasionan pérdida de clientes. El Ministro de España, si llegado el

caso, se conforma al cierre de los estipendios de bebidas, se hará, de

cierto, impopular con la Colonia. ¿Cómo respira Don Celestino?

--No mentó el tópico del Ministro.

--La junta de notables debía concretarse a fijar la actuación de ese

loco de verano. Necesita orientaciones, y si se niega a recibirlas,

aleccionarle, solicitando por cable la destitución. Para un fin tan

justificado yo me suscribiría con una cuota.

--¡Y cualquiera!

--¿Por qué no lo haces tú, so pendejo?

--Ponga usted en mi cabeza el negocio, y verá si lo hago.

--¡Siempre polémico, Melquíades! ¡Siempre polémico!... Pues un cable

resolvería la situación tan fregada del Ministro. ¡Un sodomita,

comentado en todos los círculos sociales, que horita tiene al crápula

en la cárcel!

--Ya le han dado suelta. A quien merito se llevaban los gendarmes es a

la Cucaracha. ¡Menuda revolución va armando!

--Esa gente escandalosa no debía estar documentada por el Consulado.

Cucarachita, con el trato tan inmoralísimo que sostiene, denigra el

buen nombre de la Madre Patria.

--No le ha caído mal pleito a la tía Cucaracha. Parece complicada en

la evasión del Coronel Gandarita.

--¿El Coronel Gandarita evadido? ¡Deja esa tumbaga! ¡Vaya un

compromiso! ¿Evadido de Santa Mónica?

--¡Evadido cuando iban a prenderle esta madrugada en el congal de

Cucarachita!

--¡Fugado! ¡La gran chivona me hizo pendejo! ¡Deja los alicantes!

¡Fugado! El Coronel Gandarita era un descalificado y tenía que verse

en este trance. ¡Vaya el viajecito que me pintó la chola fregada!

¡Melquíades, ese solitario ha pertenecido al Coronel Gandarita! ¡Un

lazo que a última hora me tira ese briago! ¡Me sacó nueve soles!

Sonreía, cazurro, Melquíades:

--¡Vale quinientos!

Avinagrose el honrado gachupín:

--¡Un cuerno! Perderé la plata, si no quiero verme chingado. Horita me

largo a denunciar el hecho en la Delegación de Policía. Posiblemente me

exigirán la presentación de la tumbaguita y hacer el depósito.

Cabeceaba considerando el poco fundamento del mundo y sus prosperidades

y fortunas.

V

El honrado gachupín, agachándose tras el mostrador, se muda las

pantuflas por botas nuevas. Luego echa las llaves a los cajones, y de

un clavo descuelga el jipi:

--Voy a esa diligencia.

Cazurreó Melquíades:

--Cállese usted la boca, y quede achantado.

--¡Y nos visitan los gendarmes antes de un rato! ¡Solamente cavilas

macanas! ¡Poco vales para un consejo en caso apurado, Melquíades!

La Policía andará sobreavisada, y no sería extraño que a la cabrona

mediadora ya le tuvieran la mano en la espalda. Puedo verme complicado,

si no denuncio el hecho y me atengo a las ordenanzas de Generalito

Banderas. ¿Te correrías tú el compromiso de no cumplimentarlas? Nueve

soles me cuesta operar confiado en la buena fe de los marchantes. Ahí

tienes lo que produce el negocio con todo de una práctica dilatada,

por solo no tener en el sótano la conciencia. Yo, a esa cholita, que

tan fullera me ha sido, pude darle no más tres soles, y le he puesto

nueve en la mano. Para sacar adelante este negocio hay que vivir muy

alertado y nunca obtendrás muchas prosperidades, sobrino. ¡En España

soñáis que, arañando, se encuentra moneda acuñada en estas Repúblicas!

Para evitarme complicaciones tendré que desprenderme de la tumbaguita y

perder los nueve soles.

Melquíades adormilaba una sonrisa astuta de pueblerino asturiano:

--Al formular la denuncia se puede acompañar una alhajita de menos tasa.

El honrado gachupín se quedó mirando al sobrino. Súbita y consoladora

luz iluminaba el alma del viejales:

--¡Una alhajita de menos tasa!...

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 88 / 179 题