IV

Don Celes, al cruzar el estrado, donde la alfombra apagaba el rumor de

los pasos, sintió más que nunca el terror de desinflarse. En el zaguán,

el chino rancio y coletudo, en una abstracción pueril y maniática,

seguía regando las baldosas. Don Celes experimentó todo el desprecio

del blanco por el amarillo:

--¡Deja paso, y mira, no me manches el charol de las botas, gran

chingado!

Andando en la punta de los pies, con mecimiento de doble suspensión la

botarga, llegó a la puerta y llamó al moreno del quitrí, que con otros

morenos y rotos, refrescaba bajo los laureles de un bochinche: Juego de

bolos y piano automático con platillos:

--¡Vamos vivo, pendejo!

V

Calzada de la Virreina tenía un luminoso bullicio de pregones,

guitarros, faroles y gallardetes. Santa Fe se regocijaba con un

vértigo encendido, con una calentura de luz y tinieblas: El

aguardiente y el facón del indio, la baraja y el baile lleno de

lujurias, encadenaban una sucesión de imágenes violentas y tumultuosas.

Sentíase la oscura y desolada palpitación de la vida sobre la fosa

abierta. Santa Fe, con una furia trágica y devoradora del tiempo,

escapaba del terrorífico sopor cotidiano, con el grito de sus ferias,

tumultuoso como un grito bélico. En la lumbrada del ocaso, sobre la

loma de granados y palmas, encendía los azulejos de sus redondas

cúpulas coloniales San Martín de los Mostenses.

Tirano Banderas: Novela de tierra caliente · 第 25 / 179 题