Don Celes, al cruzar el estrado, donde la alfombra apagaba el rumor de
los pasos, sintió más que nunca el terror de desinflarse. En el zaguán,
el chino rancio y coletudo, en una abstracción pueril y maniática,
seguía regando las baldosas. Don Celes experimentó todo el desprecio
del blanco por el amarillo:
--¡Deja paso, y mira, no me manches el charol de las botas, gran
chingado!
Andando en la punta de los pies, con mecimiento de doble suspensión la
botarga, llegó a la puerta y llamó al moreno del quitrí, que con otros
morenos y rotos, refrescaba bajo los laureles de un bochinche: Juego de
bolos y piano automático con platillos:
--¡Vamos vivo, pendejo!
V
Calzada de la Virreina tenía un luminoso bullicio de pregones,
guitarros, faroles y gallardetes. Santa Fe se regocijaba con un
vértigo encendido, con una calentura de luz y tinieblas: El
aguardiente y el facón del indio, la baraja y el baile lleno de
lujurias, encadenaban una sucesión de imágenes violentas y tumultuosas.
Sentíase la oscura y desolada palpitación de la vida sobre la fosa
abierta. Santa Fe, con una furia trágica y devoradora del tiempo,
escapaba del terrorífico sopor cotidiano, con el grito de sus ferias,
tumultuoso como un grito bélico. En la lumbrada del ocaso, sobre la
loma de granados y palmas, encendía los azulejos de sus redondas
cúpulas coloniales San Martín de los Mostenses.