El patrón, con solo cincuenta hombres, caminó por marismas y manglares
hasta dar vista a un pailebote abordado para la descarga en el muelle
de un aserradero. Filomeno ordenó al piloto que pusiese velas al
viento para recalar en Punta Serpientes. El sarillo luminoso de un
faro giraba en el horizonte. Embarcada la gente, zarpó el pailebote
con silenciosa maniobra. Navegó la luna sobre la obra muerta de babor,
bella la mar, el barco marinero. Levantaba la proa surtidores de plata
y en la sombra del foque un negro juntaba rueda de oyentes: Declamaba
versos con lírico entusiasmo, fluente de ceceles. Repartidos en ranchos
los hombres de la partida, tiraban del naipe: Aceitosos farolillos
discernían los rumbos de juguetas por escotillones y sollados. Y en
la sombra del foque abría su lírico floripondio de ceceles el negro
catedrático:
Navega velelo mío
Sin temol,
Que ni enemigo navío,
Ni tolmenta, ni bonanza,
A tolcel tu lumbo alcanza,
Ni a sujetal tu valol.