Por más que el sobrante relativo de población presenta matices que
varían hasta lo infinito, distínguense en él, sin embargo, algunas
grandes categorías, algunas diferencias de forma muy marcadas: la forma
flotante, la forma oculta y la forma permanente.
Los centros de la industria moderna, talleres mecánicos, manufacturas,
fundiciones, minas, etc., no cesan de atraer y de rechazar
alternativamente a los trabajadores; pero, en general, concluyen por
atraer más que rechazan, de suerte que el número de obreros explotados
va aumentando en ellos, aunque disminuye proporcionalmente en la escala
de la producción. El sobrante de población existe allí en estado
flotante.
Las fábricas, la mayor parte de las grandes manufacturas, solo emplean
a los obreros varones hasta la edad de su madurez. Pasado este término,
conservan únicamente una escasa minoría y despiden casi siempre a los
restantes. Este elemento del sobrante de población aumenta a medida que
se extiende la grande industria; el capital necesita una proporción
mayor de mujeres, de niños y de jóvenes, que de hombres adultos. Por
otra parte, es tal la explotación de la fuerza obrera por el capital,
que el trabajador se encuentra aniquilado a la mitad de su carrera.
Al llegar a la edad madura, debe dejar su puesto a una fuerza más
joven y descender un peldaño de la escala social, y dichoso él si no
se ve relegado definitivamente entre los supernumerarios. Además, el
término medio más corto de la vida se halla entre los obreros de la
grande industria. Dadas estas condiciones, las filas de esta fracción
del proletariado solo pueden engrosar cambiando frecuentemente de
elementos individuales. Es necesario, pues, que las generaciones se
renueven frecuentemente, cuya necesidad social queda satisfecha por
medio de matrimonios precoces y gracias a la prima que la explotación
de los niños asegura a su producción.
En seguida que la producción capitalista se apodera de la agricultura
e introduce en ella el empleo de las máquinas, la demanda de trabajo
disminuye efectivamente a medida que el capital se acumula en ese
ramo; una parte de la población agrícola se halla siempre a punto
de transformarse en población urbana y manufacturera. Para que la
población de los campos se dirija, como lo hace, a las ciudades, es
preciso que, en los campos mismos, haya un sobrante de población
oculto, cuya extensión no se echa de ver sino en el momento en que la
emigración de los campos a las ciudades tiene lugar en grande escala.
Por consiguiente, el obrero agrícola se halla reducido al mínimum de
salario y tiene ya un pie en el fango del pauperismo.
Por otra parte, a pesar de este sobrante relativo de población, los
campos quedan al mismo tiempo insuficientemente poblados. Esto se deja
sentir no solo de una manera local en los puntos donde se opera un
rápido tránsito de hombres hacia las ciudades, minas, ferrocarriles,
etc., sino generalmente en la primavera, en verano y en otoño, épocas
en que la agricultura tiene necesidad de un suplemento de brazos.
Aunque hay demasiados obreros para las necesidades ordinarias, hay
escasez de ellos para las necesidades excepcionales y temporales de la
agricultura.
La tercera categoría del sobrante relativo de población, la permanente,
pertenece al ejército industrial activo, pero, al mismo tiempo, la
extremada irregularidad de sus ocupaciones hace de él un depósito
inagotable de fuerzas disponibles. Acostumbrado a la miseria crónica,
a condiciones de existencia completamente inseguras y vergonzosamente
inferiores al nivel ordinario de la clase obrera, se convierte en
extensa base de ramos especiales de explotación en los cuales el tiempo
de trabajo llega a su máximum y el tipo del salario a su mínimum.
El llamado trabajo a domicilio nos ofrece un ejemplo espantoso de
esta categoría. Esta capa social, que se recluta sin cesar entre
los supernumerarios de la grande industria y de la agricultura,
se reproduce en escala creciente. Si las defunciones son en ella
numerosas, el número de los nacimientos es, en cambio, muy elevado.
Semejante fenómeno trae a la memoria la reproducción extraordinaria de
ciertas especies animales débiles y constantemente perseguidas. «La
pobreza --dice Adam Smith-- parece favorable a la generación».
Finalmente, el último residuo del sobrante relativo de población habita
el infierno del pauperismo. Sin contar los vagabundos, los criminales,
las prostitutas, los mendigos, y todo ese mundo que llaman «clases
peligrosas», esta capa social se compone de tres categorías.
La primera comprende los obreros aptos para trabajar; su masa, que
engrosa a cada crisis, disminuye cuando los negocios recobran su
actividad. La segunda comprende los niños de los pobres socorridos
y los huérfanos. Estos son otros tantos candidatos de la reserva
industrial, los cuales, en las épocas de mayor prosperidad, entran
en masa en el servicio activo. La tercera categoría comprende los
más miserables; en primer lugar los obreros y obreras a quienes el
desarrollo social ha, por decirlo así, desmonetizado, al suprimir la
obra de detalle que, por la división del trabajo, era su único recurso;
después los que, por desgracia, han pasado de la edad productiva
del asalariado, y por último, las víctimas directas de la industria,
enfermos, mutilados, viudas, etc., cuyo número se eleva con el de las
máquinas peligrosas, las minas, las manufacturas químicas, etc.
_El pauperismo es la consecuencia fatal del sistema capitalista._
El pauperismo es el cuartel de inválidos del ejército del trabajo. Su
producción está comprendida en la del sobrante relativo de población,
su necesidad en la necesidad de este, y forma con él una condición de
existencia de la riqueza capitalista.
Las mismas causas que desarrollan con la potencia productiva del
trabajo la acumulación del capital, creando la facilidad de disponer
de la fuerza obrera, hacen que aumente la reserva industrial con los
resortes materiales de la riqueza. Pero cuanto más aumenta la reserva,
comparativamente al ejército del trabajo, más aumenta también el
pauperismo oficial. He ahí la ley general, absoluta, de la acumulación
capitalista. La acción de esta ley, como la de cualquiera otra, está
naturalmente sujeta a las modificaciones de circunstancias particulares.
El análisis de la supervalía relativa (sección cuarta) nos ha conducido
al siguiente resultado: que en el sistema capitalista, en que los
medios de producción no están al servicio del trabajador, sino el
trabajador al servicio de los medios de producción, todos los métodos
para multiplicar los recursos y la potencia del trabajo colectivo
se practican a expensas del trabajador individual; todos los medios
de desarrollar la producción se transforman en medios de dominar y
explotar al productor; hacen de él un hombre truncado, parcelario,
o el accesorio de una máquina; le oponen, como otros tantos poderes
enemigos, las potencias científicas de la producción; sustituyen el
trabajo atractivo por el trabajo forzado; hacen cada vez más penosas
las condiciones en que se efectúa el trabajo, y someten al obrero
durante su servicio a un despotismo tan mezquino como ilimitado;
transforman su vida entera en tiempo de trabajo y encierran a su mujer
y a sus hijos en los presidios capitalistas.
Pero todos los métodos que ayudan a la producción de la supervalía,
favorecen igualmente la acumulación, y toda extensión de esta necesita
a su vez de aquellos. De lo cual resulta que, cualquiera que sea
el tipo de los salarios, alto o bajo, la condición del trabajador
debe empeorar a medida que el capital se acumula; de tal suerte,
que acumulación de riqueza por un lado, significa acumulación igual
de pobreza, de sufrimiento, de ignorancia, de embrutecimiento, de
degradación física y moral, de esclavitud por otro, o sea del lado de
la clase que produce el capital mismo.