Vamos ahora a tratar de la influencia que el acrecentamiento del
capital ejerce en la suerte de la clase obrera. El elemento más
importante para la solución de este problema es la composición del
capital y los cambios que esta experimenta con el progreso de la
acumulación.
La composición del capital puede ser considerada desde un doble punto
de vista. Con relación al valor, se halla determinada por la proporción
según la cual el capital se divide en parte constante (el valor de
los medios de producción) y en parte variable (el valor de la fuerza
obrera). Con relación a su materia, tal como aparece en el acto de
producción, todo capital consiste en medios de producción y en fuerza
obrera activa, y su composición está determinada por la proporción
que existe entre la masa de los medios de producción empleados y la
cantidad de trabajo necesario para hacerlos funcionar.
La primera composición del capital es la _composición-valor_; la
segunda la _composición técnica_. Y, a fin de expresar el lazo íntimo
existente entre ambas, llamaremos _composición orgánica_ del capital
a su composición-valor siempre que esta dependa de su composición
técnica, y que, por consiguiente, los cambios ocurridos en la cantidad
de medios de producción y de fuerza obrera influyan en su valor. Cuando
hablamos en general de la composición del capital, se trata siempre de
su composición orgánica.
Los numerosos capitales colocados en un mismo ramo de producción y que
funcionan en manos de una multitud de capitalistas independientes unos
de otros, difieren más o menos en su composición, pero el término medio
de sus composiciones particulares constituye la composición del capital
social consagrado a este ramo de producción. La composición media del
capital varía mucho de uno a otro ramo de producción, pero el término
medio de todas estas composiciones medias constituye la composición del
capital social empleado en un país, siendo de esta última de la que se
trata en las investigaciones siguientes.
_Circunstancias en que la acumulación del capital puede provocar un
alza de los salarios._
Cierta cantidad de la supervalía capitalizada debe ser adelantada en
salarios. Luego, suponiendo que la composición del capital sea la
misma, la demanda de trabajo marchará a compás de la acumulación, y la
parte variable del capital aumentará al menos en la misma proporción
que su masa total.
En este supuesto, el progreso constante de la acumulación debe
provocar tarde o temprano una elevación gradual de los salarios.
Porque, proporcionando cada año ocupación a un número de asalariados
mayor que el del año precedente, las necesidades de esta acumulación,
la cual va siempre en aumento, acabarán por sobrepujar la oferta
ordinaria de trabajo, y, por de contado, se elevará el tipo de los
salarios.
No obstante, las circunstancias más o menos favorables en medio de las
cuales la clase obrera se reproduce y se multiplica, no alteran en lo
más mínimo el carácter fundamental de la reproducción capitalista. Así
como la reproducción simple vuelve a traer constantemente la misma
relación social, capitalismo y salariado, así también la acumulación
no hace más que reproducir, con más capitalistas o capitalistas más
poderosos por un lado, más asalariados por otro. La reproducción del
capital encierra la de su gran instrumento de crear valor: la fuerza de
trabajo. Acumulación del capital es, pues, al mismo tiempo, aumento del
proletariado, de los asalariados que transforman su fuerza obrera en
fuerza vital del capital y se convierten así, de grado o por fuerza, en
siervos de su propio producto, que es propiedad del capitalista.
En la situación que suponemos, y que es la más favorable posible
para los obreros, su estado de dependencia reviste, pues, las formas
más soportables. En vez de ganar en intensidad, la explotación y la
dominación capitalistas ganan simplemente en extensión a medida que
aumenta el capital y, con él, el número de sus vasallos. Entonces
toca a estos una parte mayor del producto líquido siempre creciente,
de suerte que se hallan en disposición de ensanchar el círculo de sus
goces, de alimentarse mejor, de vestirse, de proveerse de muebles,
etc., y de formar pequeñas reservas pecuniarias. Pero, si un trato
mejor para con el esclavo, una alimentación más abundante, vestidos más
decentes, y un poco más de dinero por añadidura, no pueden romper las
cadenas de la esclavitud, sucede lo mismo con las del salariado.
En efecto, no hay que olvidar que la ley absoluta del sistema de
producción capitalista es fabricar supervalía. Lo que se propone
el comprador de la fuerza obrera es enriquecerse haciendo valer su
capital, produciendo mercancías que contienen más trabajo del que paga
por ellas, y con cuya venta realiza, por lo tanto, una porción de
valor que no le ha costado nada. Sean cuales fueren las condiciones
de la venta de la fuerza obrera, la naturaleza del salario es poner
siempre en movimiento cierta cantidad de trabajo gratuito. El aumento
del salario no indica, pues, sino una disminución relativa del trabajo
gratuito que el obrero debe proporcionar siempre; pero esta disminución
no llegará nunca a ser tal que ponga en peligro el sistema capitalista.
Hemos admitido que el tipo de los salarios haya podido elevarse merced
a un aumento del capital superior al del trabajo ofrecido. Solo queda
entonces esta alternativa: o los salarios continúan subiendo, y
siendo motivado este movimiento por los progresos de la acumulación,
es evidente que la disminución del trabajo gratuito de los obreros
no impide al capital extender su dominación, o bien el alza continua
de los salarios comienza a perjudicar a la acumulación, y esta llega
a disminuir; pero esta disminución nunca hace desaparecer la causa
primera del alza, que no es otra sino el exceso del capital comparado
con la oferta del trabajo; inmediatamente el tipo del salario vuelve a
descender a un nivel en armonía con las necesidades del movimiento del
capital, nivel que puede ser superior, igual o inferior al que era en
el momento de efectuarse el alza de los salarios.
Así, el mecanismo de la producción capitalista vence por sí solo el
obstáculo que puede llegar a crear, aun dado caso de que no varíe la
composición del capital. Pero el alza de los salarios es un poderoso
acicate que impele al perfeccionamiento de la maquinaria, y, por tanto,
al cambio en la composición del capital que trae por consecuencia la
baja de los salarios.
_La magnitud del capital no depende del número de la población obrera._
Hay que conocer a fondo la relación que existe entre los movimientos
del capital en vías de acumulación y las oscilaciones del tipo de los
salarios que a aquellos se refieren.
Ora es un exceso de capital procedente de una acumulación más rápida,
la cual hace que el trabajo ofrecido sea relativamente insuficiente,
y tiende, por consecuencia, a elevar su precio; ora un aminoramiento
de la acumulación, el cual da por resultado que el trabajo ofrecido
sea relativamente superabundante, y rebaja su precio. El movimiento de
aumento y de disminución del capital en vías de acumulación produce,
pues, alternativamente la insuficiencia y la superabundancia relativas
del trabajo ofrecido; pero ni una baja efectiva del número de la
población obrera hace que el capital abunde en el primer caso, ni un
aumento efectivo de dicho número hace al capital insuficiente en el
segundo.
La relación entre la acumulación del capital y el tipo del salario
no es más que la relación entre el trabajo gratuito, transformado en
capital, y el suplemento de trabajo pagado que exige este capital
suplementario para ser puesto en actividad. No es precisamente una
relación entre dos términos independientes uno de otro, a saber, por
un lado la suma del capital, y, por otro, el número de la población
obrera, sino, en último término, una relación entre el trabajo gratuito
y el trabajo pagado de la misma población obrera.
Si la cantidad de trabajo gratuito que la clase obrera suministra
y que la clase capitalista acumula, aumenta tan rápidamente que su
transformación en nuevo capital necesita un suplemento extraordinario
de trabajo pagado, en una palabra, si el aumento de capital produce
una demanda más considerable de trabajo, el salario sube y, siendo
las mismas las demás circunstancias, el trabajo gratuito disminuye
proporcionalmente. Pero desde el momento en que, a consecuencia de esta
disminución del sobretrabajo, hay aminoramiento de la acumulación,
sobreviene una reacción, la parte de la renta que se capitaliza es
menor, la demanda de trabajo disminuye y el salario baja.
El precio del trabajo no puede jamás elevarse sino en unos límites
que dejen intactas las bases del sistema capitalista y aseguren la
reproducción del capital en una escala mayor. ¿Cómo podría suceder otra
cosa donde el trabajador existe únicamente para aumentar la riqueza
ajena creada por él? Así como, en el mundo religioso, el hombre se
halla dominado por la obra de su mente, de igual manera lo es, en el
mundo capitalista, por la obra de sus manos.
II. _La parte variable del capital disminuye relativamente a su parte
constante._
No dependiendo el alza de los salarios sino del progreso continuo de la
acumulación y de su grado de actividad, nos es indispensable esclarecer
las condiciones en que tiene lugar este progreso.
«La misma causa --dice Adam Smith-- que hace que se eleven los salarios
del trabajo, el aumento del capital, tiende a aumentar las fuerzas
productivas del trabajo, y a poner a una cantidad menor de trabajo en
estado de producir mayor cantidad de obra.»
¿Cómo se obtiene este resultado? Mediante una serie de cambios en la
manera de producir, que ponen a una cantidad dada de fuerza obrera en
condiciones de manejar una masa cada vez mayor de medios de producción.
En este aumento, por relación a la fuerza obrera empleada, los medios
de producción desempeñan un doble papel. Los unos, tales como máquinas,
edificios, hornos, aumentan en número, extensión y eficacia para hacer
al trabajo más productivo; mientras que los otros, materias primeras
y auxiliares, aumentan porque el trabajo, al hacerse más productivo,
consume mayor cantidad de ellas en un tiempo determinado.
En el progreso de la acumulación no hay solamente aumento cuantitativo
de los diversos elementos del capital; el desarrollo de las potencias
productivas, que este progreso trae, se manifiesta aún por cambios
cualitativos en la composición técnica del capital: la masa de los
medios de producción, maquinaria y materiales, aumenta cada vez más en
comparación con la cantidad de fuerza obrera necesaria para hacerlos
funcionar.
Estos cambios en la composición técnica del capital obran sobre su
composición-valor y traen consigo un aumento siempre creciente de su
parte constante a expensas de su parte variable; de suerte que si,
por ejemplo, en una época atrasada de la acumulación se transforma el
50 por 100 del valor-capital en medios productivos y otro 50 por 100
en trabajo, en una época más adelantada se empleará el 80 por 100 del
valor-capital en medios de producción y solo el 20 por 100 en trabajo.
Pero este aumento de valor de los medios de producción no indica sino
lejanamente el aumento mucho más rápido y más considerable de su
masa; la razón de ello es que ese mismo progreso de las potencias del
trabajo, que se manifiesta por el aumento de la maquinaria y de los
materiales puestos en actividad con auxilio de una cantidad menor de
trabajo, hace disminuir el valor de la mayor parte de los productos, y
principalmente el de los que funcionan como medios de producción; su
valor no se eleva, pues, tanto como su masa.
Por otra parte, hay que notar que el progreso de la acumulación, al
disminuir el capital variable relativamente al capital constante, no
impide su aumento efectivo. Supongamos que un valor-capital de 6.000
pesetas, se divide primero por mitad en parte constante y en parte
variable, y que más tarde, habiendo llegado, a consecuencia de la
acumulación a la cantidad de 18.000 pesetas, la parte variable de esta
cantidad no es más que la quinta, y a pesar de su disminución relativa
de la mitad a la quinta parte, dicha parte variable se ha elevado de
3.000 a 3.600 pesetas.
La cooperación, la división manufacturera del trabajo, la fabricación
mecánica, etc., en suma, los métodos apropiados para desarrollar las
fuerzas del trabajo colectivo, no pueden introducirse sino allí donde
la producción tiene ya lugar en grande escala, y, a medida que esta
se extiende, aquellas fuerzas se desarrollan más y más. La escala de
las operaciones depende, teniendo por base el régimen del salario, en
primer lugar, de la suma de los capitales acumulados entre las manos
de los empresarios privados. Así es como cierta acumulación previa,
cuyo origen examinaremos después, llega a ser el punto de partida del
sistema de producción capitalista. Pero todos los métodos que emplea
este sistema de producción para hacer más productivo el trabajo,
son otros tantos métodos para aumentar la supervalía o el producto
líquido, para alimentar la fuente de la acumulación. Si, pues, la
acumulación debe haber alcanzado cierto grado de extensión para que
pueda establecerse el modo de producción capitalista, este acelera
de rechazo la acumulación, cuyo nuevo progreso, al permitir un nuevo
acrecentamiento de las empresas, extiende de nuevo la producción
capitalista. Este desarrollo recíproco ocasiona en la composición
técnica del capital las variaciones que van disminuyendo cada vez más
su parte variable, pagando la fuerza de trabajo con relación a la parte
constante que representa el valor de los medios de producción empleados.
_Concentración y centralización._
Cada uno de los capitales individuales de que se compone el capital
social, representa desde luego cierta _concentración_, en manos de un
capitalista, de medios de producción y de medios de subsistencia del
trabajo, y, a medida que la acumulación se produce, esta concentración
se extiende. Al aumentar los elementos reproductivos de la riqueza,
la acumulación opera, pues, al mismo tiempo, su concentración cada vez
mayor en manos de empresarios privados.
Todos esos capitales individuales que componen el capital social
llevan a cabo juntamente su movimiento de acumulación, es decir, de
reproducción en una escala cada vez mayor. Cada capital se enriquece
con los elementos suplementarios que resultan de esta reproducción,
conserva así, al aumentarse, su existencia distinta y limita el círculo
de acción de los demás. Luego el movimiento de concentración, no solo
se esparce en tantos puntos como la acumulación, sino que la división
del capital social en una multitud de capitales independientes unos de
otros, se mantiene precisamente porque todo capital individual funciona
como centro de concentración.
El aumento de los capitales individuales acrecienta otro tanto el
capital social. Pero la acumulación del capital social resulta, no
solo del acrecentamiento sucesivo de los capitales individuales, sino
aun del aumento de su número, por la transformación, por ejemplo,
en capitales de valores improductivos. Además, capitales enormes
lentamente acumulados se dividen, en un momento dado, en muchos
capitales diferentes, como sucede con ocasión del reparto de una
herencia en las familias capitalistas. La concentración desaparece con
la formación de nuevos capitales y con la división de los antiguos.
El movimiento de la acumulación social presenta, pues, por un lado,
una concentración cada vez mayor de los elementos reproductivos de
la riqueza entre manos de empresarios privados, y, por otro, la
diseminación y la multiplicación de los centros de acumulación y de
concentración.
En cierto punto del progreso económico, esta división del capital
social en multitud de capitales individuales se ve contrariada por el
movimiento opuesto, gracias al cual, atrayéndose mutuamente, se reúnen
diferentes centros de acumulación y de concentración. Cierto número
de capitales se funden entonces en un número menor, en una palabra,
hay _concentración_ propiamente dicha. Examinemos rápidamente esta
atracción del capital por el capital.
La guerra de la competencia se hace bajando cada cual los precios todo
lo que puede. La baratura de los productos depende, siendo iguales las
demás circunstancias, de la productividad del trabajo, y esta de la
escala de las empresas. Los grandes capitales derrotan a los pequeños.
Hemos visto ya, en los capítulos undécimo y decimotercero, que cuanto
más se desarrolla el sistema de producción capitalista, más aumenta el
mínimum de los adelantos necesarios para explotar una industria en sus
condiciones regulares. Los pequeños capitales se dirigen, pues, hacia
los ramos de la producción de los que la grande industria no se ha
apoderado aún, o de que solo se ha apoderado de una manera imperfecta.
La competencia es en este terreno violentísima, y termina siempre con
la ruina de un buen número de pequeños capitalistas, cuyos capitales
perecen en parte, y pasan, también en parte, a manos del vencedor.
El desarrollo de la producción capitalista da origen a una potencia
completamente nueva, el crédito, que, en sus comienzos, se introduce
cautelosamente cual modesto auxiliar de la acumulación, se convierte en
seguida en una nueva y terrible arma de la guerra de la competencia,
y se transforma, por último, en un inmenso aparato social destinado a
centralizar los capitales.
A medida que la acumulación y la producción capitalistas se
extienden, la competencia y el crédito, los más poderosos agentes de
la centralización, se desarrollan también. Por eso en nuestra época
la tendencia a la centralización es más poderosa que en ninguna otra
época histórica. Lo que principalmente diferencia la centralización
de la concentración, que no es otra cosa que la consecuencia de la
reproducción en mayor escala, es que la centralización no depende de
un aumento efectivo del capital social; los capitales individuales
de que este es la reunión, la materia que se centraliza, pueden ser
más o menos considerables, pues eso depende de los progresos de la
acumulación, pero la centralización no admite más que un cambio de
distribución de los capitales existentes, una sola modificación en el
número de los capitales individuales que componen el capital social.
En un ramo de producción particular, la centralización no habría
llegado a su último límite sino en el momento en que todos los
capitales individuales que estuviesen en ella empeñados, no formasen
más que un solo capital individual. En una sociedad dada, tampoco
llegaría a su último límite sino cuando el capital nacional entero
no formase más que un solo capital y se hallase en manos de un solo
capitalista o de una sola compañía de capitalistas.
La centralización no hace sino ayudar a la obra de acumulación,
poniendo a los industriales en situación de ensanchar el círculo de
sus operaciones. Que este resultado se deba a la acumulación o a la
centralización, que esta se efectúe por el violento sistema de la
anexión, derrotando unos capitales a otros y enriqueciéndose con sus
elementos desunidos, o que la fusión de una multitud de capitales
se verifique por el procedimiento más suave de las sociedades por
acciones, etc., el efecto económico de esta transformación no dejará
de ser el mismo. La extensión del círculo de las empresas será
constantemente el punto de partida de una organización más vasta
del trabajo colectivo, de un desarrollo más amplio de sus resortes
materiales, o en otros términos, de la transformación cada vez mayor
de movimientos de producción parciales y rutinarios en movimientos de
producción socialmente combinados y ordenados científicamente.
Pero es evidente que la acumulación, el acrecentamiento gradual del
capital merced a su reproducción en una escala creciente, no es más
que un procedimiento lento, comparado con la centralización, la cual,
en primer lugar, cambia únicamente la disposición cuantitativa de las
partes componentes del capital. El mundo carecería aún del sistema
de los ferrocarriles, por ejemplo, si hubiese tenido que aguardar el
momento en que los capitales individuales hubieran suficientemente
acrecentado por la acumulación para hallarse en estado de tomar a su
cargo empresa de tamaña importancia, que la centralización del capital,
merced al auxilio de las sociedades por acciones, ha efectuado, por
decirlo así, en un abrir y cerrar de ojos.
Los grandes capitales creados por la centralización se reproducen como
los demás, pero más rápidamente, y se convierten a su vez en poderosos
agentes de la acumulación social. Al aumentar y hacer más rápidos los
efectos de la acumulación, la centralización extiende y precipita las
variaciones en la composición técnica del capital, variaciones que
aumentan su parte constante a expensas de su parte variable, o bien
ocasionan en la demanda de trabajo una disminución relativamente a la
cantidad del capital.