La parte del capital adelantada en salarios es solo una parte del
trabajo efectuado por el trabajador. -- Todo capital adelantado
se transforma más o menos pronto en capital acumulado. -- Consumo
productivo y consumo individual del trabajador. -- La simple
reproducción mantiene al trabajador en la situación de asalariado.
La producción, cualquiera que sea su forma social, debe ser continua.
Una sociedad no puede dejar de producir, como tampoco de consumir.
Para seguir produciendo, está obligada a transformar continuamente
una parte de sus productos en medios de producción, en elementos de
nuevos productos. Para mantener su riqueza a la misma altura, en
iguales circunstancias, necesita sustituir los medios de trabajo,
las materias primeras, las materias auxiliares, en una palabra, los
medios de producción consumidos, por ejemplo, durante un año, por
idéntica cantidad anual de artículos de la misma especie, o, dicho
de otra manera, es necesario que haya reproducción de la riqueza. Si
la producción afecta la forma capitalista, igual forma afectará la
reproducción. Desde el punto de vista de la primera, el acto de trabajo
sirve entonces de auxiliar para crear supervalía; desde el punto
de vista de la segunda, sirve de medio para reproducir o perpetuar
como capital, es decir, como valor que produce valor, la parte
metálica adelantada. Como aumento periódico del valor adelantado, la
supervalía adquiere la forma de una _renta_ procedente del capital. Si
el capitalista consume esta renta y la gasta en la misma medida que
se va produciendo, solo habrá simple reproducción, dadas las mismas
circunstancias; en otros términos, el capital continuará funcionando
sin acrecentar. No obstante, las mismas operaciones repetidas por un
capital en la misma escala, le prestan ciertos caracteres que vamos a
examinar.
_La parte del capital adelantada en salarios es solo una parte del
trabajo efectuado por el trabajador._
Examinemos, en primer lugar, la parte del capital adelantada en
salarios, o sea el capital variable.
Antes de comenzar a producir, el capitalista compra una cantidad de
fuerzas de trabajo por un tiempo determinado, pero no la paga hasta
después que el obrero ha trabajado y añadido al producto el valor
de su propia fuerza y una supervalía. Además de esta supervalía,
que constituye el caudal de consumo del capitalista, el obrero ha
producido, pues, ese caudal con su propia paga, que es el capital
variable, antes de percibirlo bajo forma de salario. Una parte del
trabajo ejecutado por él la semana precedente o el mes anterior,
sirve para pagar su trabajo de hoy o del mes próximo. Esta parte de
su producto, que vuelve al trabajador convertida en salario, se le
paga, cierto, en dinero; pero el dinero solo es el porta-valor de las
mercancías, y no afecta en nada al hecho de que el salario percibido
por el obrero bajo la forma de adelanto del capitalista no es otra cosa
sino una parte de su propio trabajo ya realizado.
Sin embargo, antes de tomar nuevo impulso, este movimiento de
producción ha debido tener un principio y durar cierto tiempo, durante
el cual el obrero, no habiendo aún producido, no podía ser pagado
con su propio producto, como tampoco mantenerse del aire. ¿No se
deberá, pues, suponer que la primera vez que la clase capitalista se
presenta en el mercado para comprar la fuerza de trabajo, tiene ya
acumulado, bien por sus propios esfuerzos o por sus ahorros, capitales
que le permitan adelantar las subsistencias del obrero en forma de
moneda? Aceptaremos provisionalmente esta solución, cuyo fundamento
examinaremos en el capítulo sobre la acumulación primitiva.
_Todo capital adelantado se transforma más o menos pronto en capital
acumulado._
Aunque así sea, la reproducción continua cambia muy pronto el carácter
primitivo del conjunto del capital adelantado, compuesto de parte
variable y parte constante.
Si un capital de 25.000 pesetas produce anualmente una supervalía de
5.000 pesetas, que consume el capitalista, es evidente que después de
haberse repetido cinco veces este movimiento, la suma de la supervalía
consumida será igual a 5.000 pesetas multiplicadas por 5, o sean 25.000
pesetas, es decir, el valor total del capital adelantado.
Si, por ejemplo, solo se consumiese la mitad de la supervalía anual,
el mismo resultado se obtendría a los diez años en vez de ser a los
cinco, pues multiplicando la mitad de la supervalía, que son 2.500
pesetas, por 10, se tiene la misma cantidad de 25.000 pesetas. En
términos generales, dividiendo el capital adelantado por la cantidad de
supervalía consumida anualmente, se halla el número de años al cabo de
los cuales el capital primitivo ha sido consumido enteramente por el
capitalista, y, por consiguiente, ha desaparecido.
Según esto, después de cierto tiempo, el valor-capital que pertenecía
al capitalista se hace igual a la suma de supervalía que este ha
adquirido gratuitamente durante ese mismo tiempo; la suma de valor que
ha adelantado iguala a la que ha consumido.
Es cierto que tiene siempre entre manos un capital cuya cantidad no ha
variado. Pero cuando un hombre consume su hacienda por las deudas que
contrae, el valor de ella solo representa el importe de sus deudas;
del mismo modo, cuando el capitalista ha consumido el equivalente del
capital que había adelantado, el valor de este capital no representa
más que la suma de supervalía monopolizada por él.
Por consecuencia, la reproducción simple basta para transformar más
o menos pronto todo capital adelantado en capital acumulado o en
supervalía capitalizada. Aunque a su entrada en el dominio de la
producción fuera adquirido por el trabajo personal del empresario,
al cabo de cierto tiempo se convertiría en valor adquirido sin
equivalente, sería la materialización del trabajo no pagado de otro.
_Consumo productivo y consumo individual del trabajador._
El trabajador hace un consumo doble. En el acto de producción consume,
por su trabajo, medios de producción, con objeto de transformarlos
en productos de un valor superior al del capital adelantado; este
es su _consumo productivo_, que significa al mismo tiempo consumo
de su fuerza por el capitalista a quien pertenece. Pero el dinero
desembolsado para la compra de esta fuerza es empleado por el
trabajador en medios de subsistencia, y esto es lo que constituye su
_consumo individual_.
El consumo productivo y el consumo individual del trabajador son, pues,
perfectamente distintos. En el primero, el obrero actúa como fuerza que
pone en actividad al capital y pertenece al capitalista; en el segundo,
se pertenece a sí propio y ejecuta funciones vitales independientemente
del acto de producción. El resultado del primero es la vida del
capital, el resultado del segundo es la vida del obrero mismo.
Al transformar en fuerza de trabajo una parte de su capital, el
capitalista asegura la conservación y la reducción a valor de su
capital entero. Haciendo esto, mata de una pedrada dos pájaros: saca
beneficio de lo que recibe del obrero, y además de lo que le paga.
El capital que sirve para pagar la fuerza de trabajo, lo cambia la
clase obrera por las subsistencias cuyo consumo fortalece los músculos,
los nervios, el cerebro de los trabajadores existentes, y forma nuevos
trabajadores. Dentro de los límites de lo estrictamente necesario, el
consumo individual de la clase obrera no es más que la transformación
de las subsistencias, la cual le permite que venda su fuerza de
trabajo en nueva fuerza de trabajo, en nueva materia explotable por el
capital. Por contribuir a la producción y reproducción del instrumento
más indispensable al capitalista, que es el trabajador, el consumo
individual de este es, pues, un elemento de la reproducción del capital.
Cierto es que el trabajador efectúa su consumo individual para su
propia satisfacción y no para la del capitalista. Pero las bestias
de carga también quieren comer; ¿acaso por esto su alimentación
no contribuye a dar utilidad al propietario? El resultado es que
el capitalista no necesita cuidar del consumo individual de los
obreros; esto lo deja a merced de los instintos de conservación y de
reproducción del trabajador libre; su único interés en esta materia es
el de limitarlo a lo estrictamente necesario.
Por esto, el cortesano rastrero del capital, el economista vulgar, solo
considera como productiva la parte del consumo individual que necesita
hacer la clase obrera para perpetuarse y acrecentarse, y sin ella el
capital no hallaría fuerza de trabajo que consumir, o no encontraría
la suficiente. Todo cuanto el trabajador puede gastar, aparte de su
alimentación, en esparcimiento, sea físico o intelectual, es un consumo
improductivo que se le echa en cara como si fuese un crimen.
El consumo individual del trabajador puede considerarse, con razón,
como improductivo, pero solo en cuanto a él, pues el consumo no
reproduce sino al individuo necesitado; en desquite, es productivo para
el capitalista y para el Estado, pues da origen a la fuerza creadora de
toda riqueza.
_La simple reproducción mantiene al trabajador en la situación de
asalariado._
Desde el punto de vista social, la clase obrera es, por consiguiente,
como cualquier otro instrumento de trabajo, una dependencia del
capital, cuyo movimiento de producción exige en ciertos límites el
consumo individual de los trabajadores. Este consumo individual
que los sustenta y los reproduce, destruye al mismo tiempo las
subsistencias que se habían procurado vendiéndose, y los obliga a
reaparecer constantemente en el mercado. Hemos visto en el capítulo
sexto que no bastan la producción y la circulación de las mercancías
para acrecentar el capital. Era necesario todavía que el hombre de
dinero encontrase en el mercado a otros hombres libres, pero obligados
a vender voluntariamente su fuerza de trabajo, no teniendo otra cosa
que vender. La separación entre producto y productor, entre una
categoría de personas dotadas de todas las cosas necesarias al trabajo
para realizarse y otra categoría de individuos cuyo único patrimonio
se reduce a su fuerza de trabajo, tal era el punto de partida de la
producción capitalista.
Pero lo que fue punto de partida se convirtió bien pronto, gracias a
la simple reproducción, en resultado constantemente renovado. Por una
parte, el movimiento de producción no cesa de transformar la riqueza
material en capital y en medios de gozar para el capitalista; por
otra, el obrero es después lo mismo exactamente que antes era: origen
personal de riqueza, privada de sus propios medios de realización.
La repetición periódica del movimiento de producción capitalista
transforma continuamente el producto del asalariado en valor que
absorbe la fuerza creadora de este, en medios de producción que dominan
al productor, en medios de subsistencias que sirven para avasallar al
obrero.
El sistema de producción capitalista reproduce, pues, por sí mismo
la separación entre el trabajador y las condiciones del trabajo. Por
esto solamente, reproduce y perpetúa las condiciones que obligan al
obrero a venderse para vivir y permiten al capitalista comprarlo para
enriquecerse. No es el acaso quien los coloca frente a frente en el
mercado como vendedor y comprador, es el hecho mismo del sistema de
producción el que arroja siempre al obrero en el mercado como vendedor
de su fuerza de trabajo y el que transforma su producto en medio de
compra para el capitalista.
En realidad, el trabajador pertenece a la clase capitalista, a la clase
que dispone de los medios de vida, antes de venderse a un capitalista
individual. Su esclavitud económica se oculta bajo la renovación
continua de este acto de venta, por el engaño del libre contrato, por
el cambio de dueños individuales y por las oscilaciones de los precios
que el trabajo alcanza en el mercado.
Considerado el movimiento de producción capitalista en su continuidad,
o como reproducción, no produce solamente mercancías y supervalía, sino
que reproduce y perpetúa su base: el trabajador en la condición de
asalariado.