TRANSFORMACIÓN DEL VALOR O DEL PRECIO DE LA FUERZA DE TRABAJO EN SALARIO

El salario es el precio, no del trabajo, sino de la fuerza de trabajo.

-- La forma salario oculta la relación verdadera entre capital y

trabajo.

_El salario es el precio, no del trabajo, sino de la fuerza de trabajo._

Si se examina solo superficialmente la sociedad burguesa, parece que en

ella el salario del trabajador es la retribución del trabajo, es decir,

que se paga cierta cantidad de dinero por otra cantidad determinada de

trabajo. El trabajo está, pues, considerado como una mercancía cuyos

precios corrientes oscilan, aumentando o disminuyendo su valor.

Pero ¿qué cosa es el valor? El valor representa el trabajo social

gastado en la producción de una mercancía. Y ¿cómo medir la cantidad de

valor de una mercancía? Por la cantidad de trabajo que contiene. ¿Cómo

se determinará, por ejemplo, el valor de un trabajo de doce horas? Por

las doce horas de trabajo que contiene, lo cual evidentemente carece de

sentido.

Para ser llevado y vendido en el mercado a título de mercancía, el

trabajo debería, en todo caso, existir de antemano. Pero si el

trabajador pudiese prestarle una existencia material, separada e

independiente de su persona, vendería entonces mercancía y no trabajo.

Quien en el mercado se presenta directamente al capitalista, no

es el trabajo, sino el trabajador. Lo que este vende es su propio

individuo, su fuerza de trabajo. Desde el instante que empieza a poner

en actividad su fuerza, es decir, desde que empieza a trabajar, desde

que su trabajo existe, este trabajo ha dejado ya de pertenecerle y no

puede ser vendido por él. El trabajo es la sustancia y la medida de

los valores, pero él por sí mismo no tiene valor alguno. La expresión

«valor del trabajo» es una expresión inexacta, que tiene origen en las

formas aparentes de las relaciones de producción.

Una vez admitido este error, la Economía política clásica se preguntó

cómo se había determinado el precio del trabajo. Desde luego reconoció

que, lo mismo respecto al trabajo que a cualquiera otra mercancía, la

relación entre la oferta y la demanda no significa otra cosa sino las

oscilaciones del precio de mercado sobre o bajo cierto tipo. En cuanto

la oferta y la demanda se equilibran, cesan las variaciones de precio

que habían ocasionado, pero también cesa en aquel punto el efecto de

la oferta y de la demanda. En su estado de equilibrio, el precio del

trabajo no depende ya de su acción; ¿de qué depende, pues? Este precio

no puede ser, lo mismo para el trabajo que para toda otra mercancía,

más que su valor expresado en dinero; este valor lo determinó la

Economía política por el valor de las subsistencias necesarias para el

sostenimiento y reproducción del trabajador. No cabe duda que de este

modo sustituyó el objeto aparente de sus investigaciones, el valor

del trabajo, por el valor de la fuerza de trabajo, fuerza que solo

existe en la persona del trabajador y se diferencia de su función, el

trabajo, como una máquina se diferencia de sus operaciones. Pero la

Economía política clásica no paró mientes en la confusión introducida.

_La forma salario oculta la relación verdadera entre capital y trabajo._

En efecto, según todas las apariencias, lo que el capitalista paga es

el valor de la utilidad que el obrero le produce, el valor del trabajo.

Además, el trabajador no percibe su salario hasta después de haber

entregado su trabajo. Ahora bien, como medio de pago, el dinero no

hace más que realizar tardíamente el valor o el precio del artículo

producido, o sea, en el caso precedente, el valor o el precio del

trabajo ejecutado. La sola experiencia de la vida práctica no hace

resaltar la doble utilidad del trabajo: la propiedad de satisfacer una

necesidad, propiedad que tiene de común con todas las mercancías, y la

de crear valor, propiedad que le distingue de todas las mercancías y le

impide, por ser elemento que crea valor, tenerlo por sí propio.

Examinemos una jornada de doce horas que produce un valor de 6 pesetas,

y del que la mitad equivale al valor cotidiano de la fuerza de trabajo.

Confundiendo el valor de la fuerza con el valor de su función, con el

trabajo que ejecuta, se obtiene esta fórmula: el trabajo de doce horas

tiene un valor de 3 pesetas, llegándose así al resultado absurdo de que

un trabajo que crea un valor de 6 pesetas, no vale más que 3. Pero esto

no es visible en la sociedad capitalista. El valor de 3 pesetas, para

cuya producción solo son necesarias seis horas de trabajo, se presenta

en ella como el valor de la jornada entera de trabajo. Al recibir un

salario cotidiano de 3 pesetas, parece que el obrero recibe el valor

íntegro de su trabajo, sucediendo esto precisamente porque el excedente

del valor de su producto sobre el de su salario afecta la forma de una

supervalía de 3 pesetas creada por el capital y no por el trabajo.

La forma salario, o pago directo del trabajo, hace desaparecer, pues,

todo vestigio de la división de la jornada en trabajo necesario y

sobretrabajo, en trabajo pagado y en trabajo no pagado, de suerte que

se considera pagado todo el trabajo del obrero libre. El trabajo que

el siervo ejecuta para sí propio y el que está obligado a ejecutar

para su señor, son perfectamente diferentes uno de otro, y tienen

lugar en sitios diversos. En el sistema esclavista, aun la parte de

la jornada en que el esclavo reemplaza el valor de sus subsistencias

y en la cual trabaja realmente para sí propio, no parece sino que

trabaja para su propietario; todo su trabajo reviste la apariencia

de trabajo no pagado. Sucede lo contrario con el trabajo asalariado:

aun el sobretrabajo o trabajo no pagado afecta la apariencia de

trabajo pagado. En la esclavitud, la relación de propiedad oculta

el trabajo del esclavo para sí mismo; en el salariado, la relación

monetaria encubre el trabajo gratuito que el asalariado produce para su

capitalista.

Compréndese ahora la inmensa importancia que tiene en la práctica este

cambio de forma, el cual hace aparecer la retribución de la fuerza de

trabajo como salario del trabajo, el precio de la fuerza como precio de

su función. La forma aparente hace invisible la relación efectiva entre

capital y trabajo; de esa forma aparente dimanan todas las nociones

jurídicas del asalariado y del capitalista, todas las mistificaciones

de la producción capitalista, todas las ilusiones liberales y todas las

glorificaciones justificativas de la Economía política vulgar.

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 93 / 134 题