El origen de la plusvalía es la fuerza de trabajo. -- Valor de la
fuerza de trabajo.
_El origen de la plusvalía es la fuerza de trabajo._
El aumento de valor que convierte al dinero en capital no puede
provenir del dinero. Si es cierto que sirve de medio de compra o de
medio de pago, no hace otra cosa que realizar los precios de las
mercancías que compra o que paga. Si queda tal cual es, evidentemente
no aumenta. Preciso es, por lo tanto, que la mudanza de valor provenga
de la mercancía comprada y vendida después más cara.
Esta mudanza no puede efectuarse ni en la compra ni en la reventa; en
efecto, en estos dos actos solo hay, en nuestra hipótesis, un cambio de
valores equivalentes. No queda, pues, más que una suposición posible;
que la mudanza provenga del uso de la mercancía después de su compra
y antes de su reventa. Pero se trata de una alteración en el valor
cambiable. Para obtener un aumento de valor cambiable por el uso de una
mercancía sería necesario que el capitalista tuviese la buena suerte
de descubrir en la circulación una mercancía que poseyera la especial
virtud de ser, por su empleo, fuente de valor cambiable, de tal modo
que el hecho de usarla, de consumirla, equivaliera a crear valor.
Y el capitalista encuentra efectivamente en el mercado una mercancía
dotada de esta virtud especial. La mercancía en cuestión tiene por
nombre potencia o fuerza de trabajo. Bajo esta denominación hay que
comprender el conjunto de las facultades musculares o intelectuales que
existen en el cuerpo de un hombre, y que debe poner en actividad para
producir cosas útiles.
El cambio indica que los cambistas se consideran recíprocamente
propietarios de las mercancías cambiadas, obrando libremente y con
iguales derechos. La fuerza de trabajo solo puede, pues, ser vendida
por su propio dueño; este debe gozar jurídicamente de los mismos
derechos que el dueño del dinero con quien trata; debe ser dueño de
disponer de su persona y vender su fuerza de trabajo siempre por un
tiempo determinado, de tal suerte que, transcurrido este tiempo,
recobre la plena posesión de ella. Si la vendiese de una vez para
siempre, se haría esclavo y de mercader se convertiría en mercancía.
Por otra parte, para que el dueño del dinero encuentre fuerza de
trabajo que comprar, es preciso que el poseedor de esta fuerza,
desprovisto de medios de subsistencia y de producción, tales como
materias primeras, herramientas, etc., que le permitan satisfacer sus
necesidades, vendiendo las mercancías, producto de su trabajo, esté
obligado a vender su fuerza de trabajo como mercancía, por no tener
otra mercancía que vender, ni de qué vivir fuera de esto.
Claro es que la naturaleza no produce por un lado poseedores de dinero
o de mercancías, y por otro individuos que solo posean su fuerza de
trabajo. Esta relación, sin fundamento natural, no es tampoco una
relación social común a todos los periodos de la historia. Y lo que
caracteriza a la época capitalista es que el detentador de los medios
de subsistencia y de producción encuentra en el mercado al trabajador,
cuya fuerza de trabajo reviste la forma de mercancía, y el trabajo, por
consecuencia, la forma de trabajo asalariado.
_Valor de la fuerza de trabajo._
La fuerza de trabajo, como toda mercancía, posee un valor determinado,
como en todas ellas, por el tiempo de trabajo necesario para su
producción.
Siendo la fuerza de trabajo una facultad del individuo viviente, es
preciso que este se conserve para que aquella subsista. El individuo
necesita para su sustento o para su conservación de cierta cantidad de
medios de subsistencia. La fuerza de trabajo tiene, pues, exactamente
el valor de los medios de subsistencia necesarios al que la pone en
acción, para que pueda comenzar al día siguiente en iguales condiciones
de vigor y de salud.
Las necesidades naturales, como son, alimentos, vestidos, habitación,
calefacción, etc., difieren, según los climas y según otras
particularidades físicas de un país. Por otra parte, así el número
de las llamadas necesidades naturales como el modo de satisfacerlas,
dependen en gran parte del grado de civilización alcanzado. Mas para un
país y una época determinados, la medida de los medios necesarios de
subsistencia está igualmente determinada.
Los dueños de la fuerza de trabajo son mortales; a fin de que se la
encuentre siempre en el mercado, como lo reclama la transformación
continua del dinero en capital, es necesario que se perpetúen, que
reproduzcan en cantidad igual por lo menos, la cantidad de fuerza de
trabajo que el desgaste y la muerte sustraen. La suma de los medios
de subsistencia necesarios pava la producción de la fuerza de trabajo
comprenden, pues, los medios de subsistencia de los sustitutos, es
decir, de los hijos de los trabajadores.
Además, para modificar la naturaleza humana de suerte que adquiera
habilidad y rapidez en un género determinado de trabajo, es decir,
para hacer de ella una fuerza de trabajo desarrollada en un sentido
especial, es necesaria cierta educación, que más o menos extensa,
ocasiona un gasto mayor o menor de mercancías diversas: siendo la
fuerza de trabajo igual a la suma de mercancías necesarias para su
producción, cuando esta suma aumenta, como ocurre en el caso actual, su
valor aumenta también.
El precio de la fuerza de trabajo alcanza su mínimum cuando se reduce
al valor de los medios de subsistencia que no podrían disminuirse sin
exponer la vida misma del trabajador; en este caso el trabajador no
hace más que vegetar. Ahora bien, como el valor de la fuerza de trabajo
está basado en las condiciones de una existencia normal, su precio es,
entonces, inferior a su valor.
Una vez hecho el contrato entre comprador y vendedor, resulta de la
naturaleza especial de la fuerza de trabajo que su valor de uso no
ha pasado en realidad a manos del comprador. Si su valor, puesto
que ha exigido el gasto de cierta cantidad de trabajo social, se
hallaba determinado antes de que entrase en la circulación, su valor
de uso, que consiste en su ejercicio, solo se manifiesta después. La
enajenación de la fuerza de trabajo y su servicio como valor útil, en
otros términos, su venta y su empleo, no tienen lugar al mismo tiempo.
Ahora bien, casi siempre que se trata de mercancías de este género,
cuyo valor de uso enajenado por la venta no es en realidad trasmitido
simultáneamente al comprador, el vendedor no recibe el dinero sino
en un plazo más o menos lejano, cuando su mercancía ha servido ya de
cosa útil al comprador. En todos los países en que reina la producción
capitalista no se paga la fuerza de trabajo hasta que ha funcionado
durante cierto tiempo, fijado en el contrato, al fin de cada semana por
ejemplo. En todas partes, deja, pues, el trabajador que el capitalista
consuma su fuerza de trabajo antes de obtener el precio de ella; en una
palabra, le fía o presta bajo todos conceptos. Como este préstamo, que
no es un beneficio vano para el capitalista, no modifica la naturaleza
misma del cambio, supondremos provisionalmente, para evitar inútiles
complicaciones, que el dueño de la fuerza de trabajo recibe el precio
estipulado desde el momento en que la vende.
El valor de uso entregado por el trabajador al comprador a cambio
de dinero, solo se muestra en su empleo, en el consumo de la fuerza
de trabajo vendida. Este consumo, que es a la vez producción de
mercancías y de plusvalía, se hace, de igual modo que el consumo de
toda mercancía, fuera del mercado, fuera del dominio de la circulación;
por consecuencia, hemos de salir de este dominio y penetrar en el de la
producción, para conocer el secreto de la fabricación de plusvalía.