NUESTRA REVOLUCIÓN

La experiencia de la historia nos demuestra que una clase no abdica;

una casta propietaria no se desposee espontáneamente. Poner el interés

general sobre el interés particular, cuando entre sí son antagónicos,

es un acto de generosidad que solo pueden efectuar aisladamente

ciertos individuos. Es más: con la competencia que rige la producción,

un patrono no puede pagar a sus obreros un salario mayor que sus

competidores, sin correr el riesgo de arruinarse y exponerse así a no

poderles pagar ni poco ni mucho; pero este es un sacrificio de que

no es capaz una clase considerada como clase. El gran revolucionario

Augusto Blanqui, en Francia, y Marx, en Alemania, son los primeros que

han afirmado que no había avenencia posible y que la transformación

social se llevará a cabo, no con la burguesía o por la burguesía, sino

contra la burguesía. Arrinconada en sus últimas trincheras, lo más que

hará será conceder algunas reformas, a fin de acallar reivindicaciones

alarmantes. Ciertamente, los socialistas no verían con disgusto que la

burguesía entrase en ese camino.

Por ejemplo, acogerían con entusiasmo la limitación de las horas

de trabajo. Las horas extenuantes empleadas en enriquecer a los

capitalistas, podrían utilizarse entonces en beneficio de la acción

política y de la propaganda socialista, a las que es físicamente

refractario el obrero que pasa doce o quince horas en los presidios

industriales. La desdicha perenne, la gran miseria, el padecimiento

constante, lejos de excitar los ánimos y reanimar los espíritus,

deprimen las inteligencias y abaten el valor, engendran la postración y

no la fogosidad.

Conceder reformas equivale a proporcionarnos armas, a hacernos más

fuertes contra nuestros adversarios, quienes se debilitan a medida

que nosotros nos fortalecemos. El apetito se abre comiendo. Cuanto

más se obtiene, más se exige; así, las reformas efectuadas, en vez

de contener el movimiento revolucionario, excitarán a la lucha,

suministrando al propio tiempo esas reformas los hombres más aptos

para luchar. Los socialistas sacarán, pues, ventaja de todas las

reformas. Solo que estas reformas, conquistas de detalle, no evitarán

de ningún modo el combate final, puesto que, por muchas que sean las

cesiones de privilegios que haga la burguesía bajo la presión de los

acontecimientos, esta clase querrá siempre conservar algunos.

Deplorable o no, la fuerza es el único medio de proceder a la

renovación económica de la sociedad. Aunque los intereses que

representa el Partido Obrero son los de la mayoría, solo milita en

él la minoría consciente del Proletariado, y, sin embargo, llama en

su auxilio a la fuerza. ¡Qué ceguera! dirán algunos. Al criticarle

sobre este punto, no se tiene en cuenta que la mayor parte de las

revoluciones son obra de minorías, cuya voluntad tenaz y decidida ha

sido secundada por la apatía de mayorías menos enérgicas. ¿Estaríamos

en plena República, si para establecerla se hubiese esperado la

adhesión de la mayoría del país a la idea republicana?

El número es una fuerza, pero no constituye exclusivamente la fuerza;

puede ser tan solo uno de los elementos de ella y tener igual valor que

el grado de desarrollo, la energía, la organización, las armas de que

se dispone.

Por lo demás, el número no basta para economizar el empleo de la

fuerza. El tercer estado estaba en 1789 en mayoría en la nación y en

los Estados generales; a pesar de esta posición, hubiera sucumbido sin

el 14 de julio: «aquella escaramuza --declaraba el 29 de junio de 1880

en la tribuna del Senado un historiador burgués, M. Henri Martin--

salvó el porvenir de Francia.»

En materia de revolución, nosotros no predicamos el arte por el arte,

como esos espantajos a lo Félix Pyat, revolucionarios de ópera bufa,

que tutean al pueblo, hablándole siempre de la pólvora y tomando las

de Villadiego en casos de apuro. La revolución no es nuestro fin, es

solamente el medio que nos imponen las circunstancias para conseguirlo.

Lo que nos proponemos no es la instauración, por medio de un acto de

violencia, de una forma social cuyo plan tengamos en la mente; sino la

sustitución del orden capitalista por el orden cuyos elementos, como

antes se ha visto, se desarrollan cada día más en el seno mismo del

actual orden de cosas. Esta transformación se halla subordinada al

advenimiento previo al poder político. La clase obrera debe apoderarse

por la fuerza del gobierno, que será en sus manos el instrumento con

que se llevará a cabo la expropiación económica de la burguesía y la

apropiación colectiva de los medios de producción.

Lo primero que debe hacerse es arrojar a la burguesía del gobierno, así

como esta arrojó de él a la nobleza. En efecto, el Estado no es otra

cosa que el aparato gubernamental que permite mantener bajo el dominio

de los poseedores a la clase desposeída, y si la burguesía consolida

este instrumento de dominación, es para servirse de él de una manera

legal o ilegal el día que se viera en peligro. Es necesario, pues,

quitarle en primer lugar toda posibilidad de resistencia.

Así es como la lógica enseña a proceder, y así es como procedió el

tercer estado. Lo primero que hizo fue apoderarse del gobierno, y

después atacó la propiedad. Y la revolución burguesa ha sido tan

duradera que los representantes de la sociedad aristocrática fueron

impotentes en 1815, aun con el auxilio del extranjero, para resucitar

el antiguo orden de cosas, lo cual, entre paréntesis, demuestra la

eficacia de este método revolucionario. La Carta borbónica se vio

obligada a consagrar la irrevocabilidad de las adquisiciones hechas por

los detentadores de los bienes nacionales; la cuestión de propiedad,

base del edificio social, tal como había sido reglamentada, quedó a

salvo.

Como una revolución social no es un fenómeno espontáneo ni local, no

podemos declararnos partidarios de los movimientos parciales debidos

a la iniciativa de individualidades, de grupos ni aun de ciudades,

pues semejantes movimientos merman las filas de los revolucionarios

sin compensación ninguna. La _Commune_, cuyo aniversario celebramos

como el de una de las etapas de la evolución socialista, no triunfó

por haber cometido la falta gravísima de limitar su acción a París. La

emancipación de París va unida a la emancipación de la Francia obrera;

casi todos los parisienses que se batieron en 1871 lo hicieron por las

ideas burguesas de federalismo y de comunalismo, cuando habría sido

menester sublevar, o a lo menos tratar de sublevar, toda la masa obrera

del país, interesándola directamente en la lucha.

La tarea de los revolucionarios no consiste en determinar el momento

de esta revolución, que surgirá fatalmente de las complicaciones

económicas y políticas de que Europa será pronto teatro. Una vez

demostrada la tendencia de los fenómenos económicos, una vez analizados

y conocidos los elementos materiales de la transformación que se

prepara, los revolucionarios no tendrán que hacer sino organizar los

elementos intelectuales, reclutar el ejército capaz de hacer redundar

en provecho suyo los sucesos que se elaboran, y tener la fuerza obrera

dispuesta para las luchas que provocará necesariamente el desenfreno de

los antagonismos sociales.

Los revolucionarios no han de escoger sus armas como tampoco el día de

la revolución. En este punto, solo tendrán que preocuparse de una cosa,

de la eficacia de sus armas, sin inquietarse de su naturaleza. No hay

duda que, a fin de asegurar las probabilidades de victoria, deberán

ser aquellas superiores a las de sus adversarios, y, por consecuencia,

habrán de utilizar todos los recursos que la ciencia pone a disposición

de los que tienen alguna cosa que destruir.

En resumen, el Proletariado debe recurrir a la fuerza para conquistar

el poder político, cuya posesión es indispensable para llevar

su emancipación. A la fuerza burguesa, a la legalidad burguesa,

sistematización de la fuerza puesta continuamente al servicio de los

privilegios económicos de la burguesía, es necesario oponer la fuerza

obrera, la cual, una vez dueña del poder político, creará a su vez una

legalidad nueva, y procederá legalmente a la expropiación económica de

los mismos a quienes habrá derribado violentamente del poder. Este modo

de acción está prescrito por los hechos: los que emplean la fuerza no

pueden ser vencidos sino por la fuerza.

En cuanto a la transformación económica, que ha de efectuarse

legalmente, son igualmente los hechos los que formarán los elementos

directores de las modificaciones sucesivas que habrán de llevarse a

cabo.

El fin del socialismo es proporcionar a cada uno los medios de poner en

actividad sus facultades desarrolladas, mientras que hoy la acción de

la mayoría se halla subordinada a un capital de que carece, y nosotros

sabemos que este fin no puede conseguirse sino por la socialización de

las fuerzas productivas.

Donde los medios de trabajo se encuentren en manos de quien los pone

en movimiento, aunque afecten la forma de apropiación individual, el

Partido Obrero dejará libre la acción de los acontecimientos, que

eliminan de día en día esta forma de apropiación. Por ejemplo, en

el caso del labrador que cultiva por sí mismo el pedazo de tierra

que posee, del pequeño industrial que maneja él mismo el modesto

instrumento de trabajo que le pertenece, hay esfuerzo personal, no

existe explotación. Lejos de ser explotadores, son también a su vez

explotados, y víctimas de los intermediarios financieros y comerciales

a quienes necesitan recurrir forzosamente. No hay en tal caso lugar a

confiscación; lo único que les arrebatará su pequeña propiedad serán

las necesidades de la producción, a que tarde o temprano tendrán que

someterse.

No obstante, mientras que los hechos hayan efectuado esta expropiación

inevitable y hayan obligado al labrador a ser, en vez de propietario

nominal de un trozo de tierra gravado con hipotecas, y que solo le

procuraba una vida dulce y penosa, copropietario del suelo nacional con

remuneración equivalente al tiempo que trabaje, el Partido Obrero le

interesará en el orden comunista.

Tan pronto como haya alcanzado el poder, el Proletariado anunciará

a los labradores la anulación de todas sus deudas no hipotecarias,

la supresión del impuesto territorial en particular, la facultad de

pagar en especie todos sus censos y la confiscación a beneficio de la

colectividad de las deudas hipotecarias, reducidas a un 50 por 100,

poniendo además gratuitamente a su disposición pastos, semillas y

máquinas agrícolas.

El labrador propietario individual de la tierra que él mismo cultiva,

hallaría así beneficioso para él el nuevo régimen, hasta el día en que

la necesidad resultante de la competencia de las grandes propiedades

actuales socializadas, o las ventajas reales que viera dimanar de la

explotación social del suelo, le hiciesen renunciar a la propiedad

exclusiva de su pedazo de tierra.

La modificación económica del orden social es inmediatamente posible en

todo lo que sea grande industria y comercio al por mayor, doquiera se

haya efectuado la concentración de los capitales.

Tocante a lo que se encuentre en poder del Estado, no surgirá la menor

dificultad. Habrá que añadir a la toma de posesión de los servicios

públicos, la supresión de esa espantosa deuda por cuyos intereses paga

Francia anualmente 1.200 millones, es decir, 32 francos por cabeza, 160

francos, término medio, por familia de cinco personas.

Respecto a lo que se halle constituido bajo la forma societaria,

tampoco ocurrirá dificultad de ningún género; lo único que habrá que

hacer será anular los títulos, acciones u obligaciones, reduciendo

todos esos papeles pintados a su valor al peso. Una vez realizada, la

apropiación colectiva de los capitales revestirá así, en lugar de la

forma societaria que solo beneficia a algunos y a casi todos perjudica,

la forma social en beneficio de todos.

Esto será pura y simplemente una recuperación. Pero la idea de

expropiación sin ninguna indemnización hace poner el grito en el cielo

a los defensores de la burguesía.

¿De dónde ha salido esa propiedad, que aún no cuenta un siglo de

existencia? De una expropiación parecida a la que tanto les repugna.

La nobleza y el clero han sido expropiados sin ninguna indemnización,

así como sus bienes, y, lo que es más grave, una parte de los bienes

comunales han sido transformados en dominios privados. La venta de

estos bienes, pura y simplemente confiscados, de los cuales, a pesar de

solemnes promesas, los proletarios no han percibido ni un átomo, solo

fue, según uno de los hombres que más concienzudamente han estudiado

el periodo revolucionario, Jorge Avenel, «una especie de orgía

territorial, en la que todos los capitalistas hicieron su agosto».

¿No se ha visto, en nuestros días, que los talleres de tejidos

mecánicos han expropiado de su instrumento de trabajo a los dueños

de los telares de mano? ¿Se les ha indemnizado acaso por aquellos

telares, que han tenido que quemar? Los ferrocarriles, en que cada

nueva línea hace inútil un servicio de diligencias, ¿indemnizan acaso

a los empresarios de ellas? Ahora bien: el interés público es el que

exige igualmente la expropiación de la burguesía, del mismo modo, sin

indemnización de ningún género.

En oposición a lo que ha hecho el tercer estado, practicando aquello

de «quítate tú para ponerme yo», la expropiación socialista será una

expropiación en beneficio de todos. Habiendo ingresado todos los

capitales en la colectividad, el capitalista habrá desaparecido como

capitalista; como hombre, los medios de producción socializados estarán

a disposición de su actividad en iguales condiciones que para todos, y,

lo mismo que todos, percibirá la retribución correspondiente al tiempo

que trabaje. Si es viejo o está impedido, la colectividad atenderá a

su subsistencia, como atenderá también ampliamente a la de todos los

viejos y enfermos.

En definitiva, la evolución del medio económico tiende fatalmente a

hacer desaparecer la apropiación estrictamente individual. Tal es el

hecho contra el cual nada pueden nuestras preferencias personales. Pero

si la centralización de las fuerzas económicas, que es cada día más

completa, tiene por término necesario la apropiación colectiva, solo

en el momento en que, a consecuencia de la acción revolucionaria de la

clase productora y no propietaria, haya aquella entrado en su periodo

socialista, esta evolución inevitable no se duplicará, como en régimen

capitalista, con la miseria de los trabajadores y la ruina de los

propietarios expropiados.

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 19 / 134 题