LA TRANSFORMACIÓN SOCIAL Y SUS ELEMENTOS

Después de una aventura galante que, según parece, ocurrió algunos días

después de la creación del mundo, el hombre fue condenado por Dios a

ganar el pan con el sudor de su frente. Hoy que Dios está en vísperas

de morir sin posteridad, sin haber podido nunca asegurar la ejecución

de su mandamiento, el Socialismo se propone constreñir a la observación

de la sentencia divina a los que, desde hace mucho tiempo, ganan el

pan, y más que el pan, con el sudor de la frente de otros. ¿Puede esto

conseguirse? Sí, por la socialización de los medios de producción, a

que tiende nuestro sistema económico.

Allí donde el trabajo proporciona escasamente lo que es indispensable

para la vida de todos; allí donde, por consecuencia, aquel absorbe casi

todo el tiempo de cada uno, la división de la sociedad en clases más o

menos subdivididas es fatal. Una minoría consigue, por la violencia y

el fraude, eximirse del trabajo directamente productivo, para dedicarse

a la dirección de los negocios es decir, a la explotación de la

mayoría, consagrada al trabajo. Gracias a la costumbre, a la tradición,

esta mayoría llega a soportar sin resistencia una organización que

considera al fin como natural, hasta el día en que esta organización,

no respondiendo ya a las necesidades de la sociedad, se ve sustituida

por una combinación más en armonía con la nueva manera de ser de la

producción material.

La esclavitud y la servidumbre han existido en conformidad con

la índole de la producción y han desaparecido cuando el grado de

desarrollo de esta ha hecho más útil el trabajo del hombre libre que

el del esclavo o el del siervo; la justicia y la fraternidad no han

intervenido para nada en esta desaparición.

Cualquiera que sea el valor subjetivo de la moral, del progreso y otros

grandes principios de relumbrón, esta bella fraseología no influye

para nada en las fluctuaciones de las sociedades humanas; por sí misma

es impotente para efectuar el menor cambio. Las evoluciones sociales

las determinan otras consideraciones menos sentimentales. Sus causas

se encuentran en la estructura económica, en el modo de producción

y de cambio, que preside a la distribución de las riquezas y, por

consiguiente, a la formación de las clases y a su jerarquía. Cuando

esas evoluciones se efectúan, no es porque obedezcan a un ideal elevado

de justicia, sino porque se ajustan al orden económico del momento.

No obstante, estos movimientos sociales jamás se efectúan

pacíficamente; los nuevos elementos tienen que obrar violentamente

contra el estado de cosas que los ha elaborado, y que deben destruir

para poder continuar su evolución, al modo que el polluelo tiene que

romper la cáscara en cuyo interior acaba de formarse.

Si el advenimiento de la burguesía ha traído la destrucción de los

privilegios nobiliarios y la abolición del régimen corporativo, es

porque el trabajo libre era necesario a la producción capitalista;

la necesidad de instituir la libertad del trabajo ha acarreado la

emancipación del trabajador de la dependencia feudal y de la jerarquía

corporativa. Además, la burguesía necesitaba monopolizar las fuentes de

riqueza, aboliendo las añejas prerrogativas de los nobles, ha entrado

en posesión de la tierra, que detentaban estos, y del poder, que

también monopolizaban.

El trabajador libre, pudiendo de derecho disponer de su persona, se

ha visto obligado de hecho a disponer de ella para vivir, no teniendo

otra cosa que vender. Desde entonces ha sido condenado al papel de

asalariado durante toda su vida.

El derrumbamiento del orden feudal no se ha señalado por la supresión

de las clases, sino por la sustitución de un nuevo yugo en lugar del

antiguo, por el establecimiento de condiciones que reducen la lucha a

los dos campos opuestos que poco a poco absorben toda la sociedad: la

burguesía capitalista y el Proletariado.

En suma, lo que ha sido organizado hasta ahora de diferentes maneras,

conformes exclusivamente con la diversa situación económica de los

medios y de las épocas, es la satisfacción de las necesidades de una

parte de la colectividad mediante el trabajo de la otra parte. Unos

consumen superfluamente lo que los otros producen obligados por la

necesidad, recibiendo para sí apenas lo necesario.

El sistema del salario, sustituyéndose a las demás formas de trabajos

forzosos, ha relevado al capitalista de la manutención de los

productores. Que se le obligase o no a trabajar, el esclavo tenía

asegurada su pitanza cotidiana; el asalariado no puede comprar la

suya sino a condición de que el capitalista necesite su trabajo; y

la inseguridad de esto para el verdadero productor es tal, que la

caridad pública se encarga de alimentar a aquellos a quienes incumbe,

según la presente organización social, la tarea de alimentar a la

sociedad, y que por esa organización misma se ven frecuentemente en la

imposibilidad de cumplir su misión.

El Socialismo lucha por la desaparición del salario. Ciertamente,

nuestra teoría es adecuada a la idea de justicia, como la engendran en

nuestro estado económico los intereses humanos que hay que satisfacer

igualmente; pero no porque sea justa es por lo que tratamos de

ponerla en práctica, pues sabemos, en efecto, que las más generosas

reivindicaciones formuladas por la razón pura no pueden suplir los

resultados de la experiencia.

Para que una teoría sea aplicable, por legítima que parezca, es

preciso que su fundamento se encuentre en los hechos antes que en el

cerebro. Así, los primeros socialistas teóricos no pudieron sacar

al Socialismo del dominio de la utopía, en una época en que aún no

existían las condiciones económicas que permiten, que imponen su

realización. No bastando la experiencia por ellos adquirida a dar

una base material a sus intuiciones, a pesar de su genio, de sus

aspiraciones filantrópicas, de sus justas recriminaciones, de los

agudos sufrimientos a que querían poner remedio, no podían hacer

el Socialismo practicable. Si lo es en la actualidad, es porque

la solución comunista, adecuada a la manera de ser de las fuerzas

productivas, no es otra cosa que el término natural de la fase social

por que atravesamos.

Apoyada en la insuficiencia de la producción, la división en clases

no tiene ya razón de ser. La industria mecánica ha desarrollado

prodigiosamente la potencia productiva del hombre, disminuyendo así el

tiempo de trabajo necesario para la satisfacción de las necesidades

generales. Por primera vez se presenta la posibilidad de procurar a

cada uno, mediante un corto tiempo de trabajo, grandes facilidades de

existencia material, que irán aumentándose. La esclavitud de unos ha

sido la condición del bienestar de otros; con las máquinas, esclavos de

hierro, el bienestar de todos es posible.

Quien dice maquinismo, quien dice vapor, dice necesariamente

concentración económica, y el colectivismo no es más que el complemento

de esta concentración, que procede, no de nuestra imaginación, sino del

estado de las cosas.

Es verdad que desde el punto de vista agrícola, la concentración está

poco adelantada en nuestro país; que nuestro suelo está dividido, y

nuestro régimen de pequeños propietarios labradores impide la división

del trabajo, el maquinismo, la explotación metódica; pero este régimen

contiene los elementos de una disolución más próxima de lo que se cree.

El labrador no puede contentarse con producir solo para su uso

personal; a fin de comprar lo poco que necesita, de pagar los impuestos

y los intereses de sus deudas, tiene que producir para cambiar, es

decir, entrar en competencia con los demás productores. Dada esta

situación, que la concentración se efectúe en cualquiera parte y los

pequeños propietarios sentirán sus efectos.

Ahora bien; la competencia americana, todavía en sus comienzos, trae

a nuestros mercados productos a más bajo precio que los de nuestros

agricultores. Para luchar contra los productos americanos es preciso

disminuir rápidamente los gastos de producción y recurrir a la

maquinaria, incompatible con la pequeña propiedad y con el cultivo

en corta escala. Sin embargo, si no se modifican los métodos de

producción, la lucha será bien pronto imposible; nuestros propietarios

se hallan reducidos a buscar los mejores medios de salvarse de la ruina.

Notaremos de paso que esta pequeña propiedad rural, tan ensalzada y tan

poco remuneradora, es una de las principales causas, por la esterilidad

premeditada de gentes que no quieren que su pequeño patrimonio se

desmorone, del estancamiento de la población en Francia; en los

departamentos en que la tierra está más dividida, en que los pequeños

propietarios son más numerosos, es donde hay menos nacimientos.

La pequeña propiedad rural está condenada a desaparecer; pero su fin

irremediable será tanto menos ruinoso para los interesados directamente

y para la nación, cuanto más pronto se prevea lo que no puede evitarse.

Desde el punto de vista comercial, la concentración ha comenzado y está

en buen camino; las ventajas que de ella resultan en el concepto de la

variedad y de la baratura, aseguran al comercio en grande escala una

rápida extensión.

Desde el punto de vista industrial, que afecta especialmente a la clase

obrera, la concentración está en gran parte realizada. La propiedad

industrial reviste cada vez más la forma societaria y anónima. Toda

idea de volver a la forma individual primitiva es quimérica, dado el

desarrollo de la producción.

Desde el punto de vista financiero, la concentración está hecha, y

el crédito es el motor más poderoso de la centralización económica;

la alta banca es la que rige la producción y el cambio, atrayendo el

dinero de los pequeños capitalistas y aglomerando los capitales, que

maneja como soberana; ella es quien preside a la política interior y

exterior, a los diversos movimientos de la sociedad moderna.

Desde todos los puntos de vista, la gran apropiación colectiva sucede

progresivamente a la pequeña apropiación privada. Los puentes, los

canales, que antes eran propiedad individual, son hoy casi sin

excepción propiedad nacional o colectiva. Propiedad nacional son

asimismo los correos y telégrafos; nacionalizados están en parte los

ferrocarriles.

No porque esto sea un argumento que prueba que la evolución económica

tiende en todos sentidos a la centralización de las fuerzas

productivas, ha de deducirse, a imitación de los partidarios del

socialismo o del comunismo de Estado, que esta centralización tiende

a la forma especial de centralización representada por el servicio

público.

El fenómeno importante, incontestable, es que la centralización

económica se efectúa; ahora bien, que esta se efectúe en manos de las

individualidades de la clase dominante o entre las del Estado, al mando

de esta clase, para el resultado final es indiferente: en sí misma, la

absorción por el Estado de las empresas particulares no haría dar un

paso a la solución de la cuestión social.

No es necesario reflexionar mucho tiempo para cerciorarse de que

la mayor parte de los ramos de producción, si bien tienden a

centralizarse, de ningún modo tienden a constituirse en servicios

públicos. Desde el instante en que esta forma especial de

centralización no resulta de la naturaleza de las cosas, se hace

preciso examinar si deberíamos favorecerla cuando llegara el caso.

El Estado no es, como dice cierto burgués que ha entrado en el Partido

Socialista, como el gusano en la fruta, para contentar sus miserables

apetitos desorganizándolo, «el conjunto de los servicios públicos

ya constituidos,» es decir, una cosa que no tiene necesidad sino de

correcciones y adiciones.

No se trata de perfeccionar, sino de suprimir el Estado, que no es

más que la organización de la clase explotadora para garantizar su

explotación y mantener en la sumisión a sus explotados. Luego es

mal sistema para destruir una cosa comenzar por fortificarla. Y

se aumentaría la fuerza de resistencia del Estado favoreciendo su

monopolio de los medios de producción, es decir, de dominio. ¿No vemos

a los obreros de las industrias del Estado sometidos, comparativamente

con los demás, a un yugo más difícil de sacudir?

Mientras que, de esta suerte, sería perjudicial a los obreros, la

transformación en servicios públicos, por las compras a que daría

lugar, sería una nueva fuente de especulaciones financieras y

beneficiaría a los capitalistas.

Por otra parte, esta transformación no facilitaría en nada la obra del

Socialismo. No será más difícil apoderarse del Banco de Francia o de

los ferrocarriles que de los correos y telégrafos; la toma de posesión

de los grandes organismos de producción pertenecientes a las Sociedades

capitalistas, será tan cómoda como si perteneciesen al Estado.

La centralización económica se verifica: tal es el hecho. En todas

partes la pequeña propiedad de uno solo va cediendo el puesto a la gran

propiedad de varios. La comunidad de las cosas y de los hombres es cada

vez más general.

¿Acaso no es una aplicación diaria del régimen comunista la

organización del trabajo en los talleres importantes y en las fábricas?

Al mismo tiempo que la aglomeración de productores regularmente

organizados ha coincidido con la comunidad de las cosas, las

capacidades directrices y administrativas que reclama toda producción

en grande escala, se han constituido fuera de la minoría privilegiada.

A medida que el instrumento de trabajo alcanzaba las proporciones

gigantescas que hoy tiene, escapaba a la intervención y al impulso

de su poseedor, que gradualmente iba dejando en manos de gerentes o

empleados la vigilancia y la administración de aquel.

Antes, el éxito de su pequeña industria dependía de la actividad

del patrono, de su inteligencia, de su economía; éxito que estaba

íntimamente ligado con la persona del dueño, quien desempeñaba de este

modo una función social.

Hoy, destronado el patronato individual por la forma societaria, el

poseedor del capital no se ocupa más que de percibir, o, más bien,

de comerse sus ganancias, sin necesidad de conocimientos especiales.

¿Qué papel desempeña el accionista, el propietario actual? Que sea

idiota o derrochador, que muera o que se arruine, ¿qué importa para la

prosperidad de la empresa de la cual monopoliza, en forma de acciones,

una parte más o menos considerable de propiedad?

Los que hoy desempeñan las antiguas funciones del propietario, donde

la forma colectiva de la propiedad ha sucedido a la individual, son

asalariados; ingenieros o administradores más o menos retribuidos,

pero al fin asalariados. Independientemente del feudalismo capitalista

se ha formado el personal inteligente, dotado de la aptitud necesaria

para poner en actividad las fuerzas productivas. Por consecuencia, la

supresión de los accionistas, es decir, del propietario convertido en

rueda inútil, no ocasionaría el menor desorden en la producción.

Como el capitalista no interviene en el acto de la producción más que

para apropiarse el beneficio obtenido, solo ve en aquella la ganancia

que ha de percibir, y por eso la empresa no tiene para él más que un

fin, un objeto: la realización del mayor beneficio posible.

Para conseguir esto, en primer lugar extenúa, agota al productor y

después altera el producto. Los productos no tienen de tales más

que la apariencia; en todo y en todas partes la falsificación es la

regla establecida. Poco importa que economías sórdidas produzcan

la degeneración de la raza por la caquexia del productor; el

envenenamiento del consumidor por la adulteración de los alimentos;

la muerte o la mutilación por accidentes en las vías férreas, etc.:

lo principal es llenar la caja. El reinado grosero de la burguesía ha

hecho descaradamente de todo cuestión de dinero, artículo de comercio,

y de este una estafa legalizada.

Por otra parte, como mientras más se vende más se gana, cada empresa

o sociedad piensa en monopolizar todas las ventas para sí propia, y

a este efecto produce tanto como puede; y se ve obligada a producir

sin cesar por el interés que hay en no dejar descansar un momento

los costosos instrumentos de producción. De este modo el mercado se

atesta; las mercancías se amontonan, abundantes e invendibles; estallan

crisis, que se renuevan periódicamente, y entonces los obreros dejan

de trabajar y mueren de hambre porque se les ha obligado a producir

demasiados artículos de consumo.

De todo esto se desprende que las exigencias de la producción entrañan

una aplicación cada día más amplia de la división del trabajo y

del maquinismo; el producto es cada vez menos obra individual; el

instrumento de trabajo, colosal, necesita para ponerse en movimiento

una colectividad de obreros; el propietario no solo pierde toda función

útil, sino que es perjudicial, siendo, por consecuencia, necesaria

su eliminación; las fuerzas productivas caminan fatalmente a la

destrucción de los obstáculos que impiden su evolución normal, y que

provienen del modo de apropiación.

Lo mismo que sucedió con la revolución del pasado siglo, la preparación

preliminar de toda transformación social se efectúa a favor del

colectivismo; los elementos materiales e intelectuales de la renovación

que perseguimos, engendrados por el medio actual, están suficientemente

desarrollados.

Los progresos de la industria mecánica permiten reducir

considerablemente el tiempo de trabajo indispensable para la

producción, aumentando esta en proporciones enormes; el modo de

apropiación concluye por ajustarse al modo de producción; mas como

este es colectivo, la apropiación estrictamente individual va sin

cesar disminuyendo; la organización del trabajo correspondiente a este

estado de cosas ha eliminado la casta propietaria, independientemente

de la cual se reclutan las capacidades directrices; la posesión por

la burguesía ha traído como consecuencia el más funesto derroche de

productores, de medios de producción y de productos.

Tales son los hechos ya determinados por la fuerza de los sucesos,

hechos que conducen a una organización económica en que la producción,

socialmente reglamentada, lo estará en vista de las necesidades de una

sociedad que solo considerará los productos con relación a su utilidad

respectiva; en que al gobierno desordenado de los hombres reemplazará

la administración consciente de las cosas sometidas al poder del

hombre, en vez de pesar tiránicamente sobre él; en que, al mismo tiempo

que el propietario privado, habrá desaparecido el sistema de trabajar

para otros, o sea el salario.

Esta supresión de la propiedad individual y, por tanto, del salario y

de toda clase de males que aquella entraña, no es una fatalidad que la

justicia prescribe, sino que la evolución del organismo productor la

impone imperiosamente. «El Socialismo --ha escrito Engels-- no es más

que el reflejo en el pensamiento del conflicto que existe en los hechos

entre las fuerzas productivas y la forma de producción.»

Como teoría científicamente deducida, nuestro colectivismo o comunismo

se apoya en la observación, comprueba las tendencias y concluye

afirmando que los medios de producción, una vez efectuada su evolución

actual, sean socializados. Decimos socializados y no comunalizados,

como algunos querrían, porque los inconvenientes de la propiedad

individual reaparecerían en la propiedad comunal o municipal, y también

en la corporativa, principalmente a causa de las particiones desiguales

que serían su resultado, de la productividad diferente de los medios de

producción, etc. Que la lucha se empeñe entre municipios y municipios,

corporaciones y corporaciones, o patronos y patronos, siempre habrá

desigualdad entre trabajadores que proporcionan una misma cantidad de

trabajo y concurrencia ruinosa; esto sería, aunque bajo otra forma, la

continuación de la sociedad presente.

Ateniéndose a los hechos, el Socialismo científico no puede precisar

experimentalmente sino el modo de apropiación hacia el que caminan

las fuerzas productivas, el cual rige el modo de repartición de

los productos. Es evidente que una vez socializados los medios de

producción, es decir, cuando estos hayan revestido como apropiación la

forma comunista que ya tienen como acción, seguirá como consecuencia

una distribución comunista de los productos. Solo que no se operará

con arreglo a la antigua fórmula tan querida de los anarquistas y

posibilistas, y que establece que «dando cada uno lo que permitan sus

fuerzas, recibirá con arreglo a sus necesidades».

Pero ¿quién mediría las fuerzas de cada uno? Bien fuese el mismo

individuo o cualquiera otro, siempre se tocaría en lo arbitrario.

Por lo demás, no es nuestra tendencia exigir del hombre el máximum

de esfuerzos que es capaz de producir; por el contrario, tratamos de

disminuir el esfuerzo humano, de abreviar todo lo posible el tiempo de

trabajo a fin de aumentar el consagrado a las distracciones físicas e

intelectuales y al placer.

¿Quién sería capaz de medir las necesidades de cada uno? Si el

organismo productor es tal que los productos están en cantidad

suficiente para que cada uno pueda consumir a su antojo sin

limitar el consumo de los demás, ¿por qué no dicen aquellos, dar

a cada uno según su voluntad y no según sus necesidades? Si los

productos son insuficientes para satisfacer por completo todas las

necesidades de todos, ¿cómo proclamar el derecho de cada uno a

consumir proporcionalmente para atender a las necesidades por él

mismo apreciadas? No puede negarse que, en esta última hipótesis,

se impondría una limitación del consumo individual, basada en las

condiciones de existencia material realizadas; y ¿qué limitación

concordaría mejor con el nuevo modo económico, que aquella cuya medida

fuese, no la productividad individual, que favorecería a los individuos

dotados de ventajas naturales, en detrimento de los menos bien dotados,

sino el tiempo de trabajo que, igual para todos, garantizaría a todos

los trabajadores una posibilidad de consumo igual?

El capital: Resumido y acompañado de un estudio sobre el Socialismo científico · 第 12 / 134 题