Hace seis años, la clase obrera, no repuesta aún de la espantosa
sangría de 1871, había abandonado la tradición revolucionaria y no
fiaba su emancipación sino en la generalización de las Asociaciones
cooperativas. Las palabras _partido obrero_ y _colectivismo_, hoy ya
antiguas en nuestro lenguaje político, eran entonces punto menos que
desconocidas; las ideas que representan solo contaban en Francia con un
reducido número de partidarios, sin posibilidad de acción común.
El periódico _L’Égalité_, fundado a fines de 1877 por iniciativa
de Julio Guesde y dirigido por él, es el único que ha dado impulso
al movimiento socialista revolucionario actual. Este es un hecho
que no lograrán borrar las personalidades envidiosas interesadas en
desvirtuarlo, las cuales cuidan, en sus pretendidas historias, de
ocultar las fechas que no dejan lugar a duda en esta cuestión.
En aquel tiempo era conveniente distinguir el comunismo científico,
surgido de la docta crítica de Marx, del antiguo comunismo utópico
y sentimental francés. La misma denominación para dos teorías
diferentes habría favorecido una confusión de ideas que era muy
importante evitar; por eso empleamos entonces exclusivamente la palabra
_colectivismo_.
Ahora escribimos colectivismo o comunismo indiferentemente.
Desde el punto de vista de su origen, estos dos términos son
exactamente iguales; desde el punto de vista usual, tienen los
mismos inconvenientes. Si ha habido un comunismo del que debíamos
diferenciarnos, hay también formas de colectivismo, por ejemplo, las
diversas falsificaciones belgas, que rechazamos. Lo importante es
conocer, no el título que cada uno tome, sino lo que esconde bajo ese
título.