IV

En su casa, Montoria se enfadó otra vez con D. Roque y conmigo porque

no quisimos admitir el dinero que nos ofrecía para nuestros primeros

gastos en la ciudad; y aquí se repitieron los puñetazos en la mesa y la

lluvia de _porras_ y otras palabras que no cito; pero al fin llegamos

á una transacción honrosa para ambas partes. Y ahora caigo en que me

ocupo demasiado de hombre tan singular sin haber anticipado algunas

observaciones acerca de su persona. Era D. José un hombre de sesenta

años, fuerte, colorado, rebosando salud, bienestar, contento de sí

mismo, conformidad con la suerte y conciencia tranquila. Lo que le

sobraba en patriarcales virtudes y en costumbres ejemplares y pacíficas

(si es que esto puede estar de sobra en algún caso), le faltaba en

educación, es decir, en aquella educación atildada que entonces

empezaban á recibir algunos hijos de familias ricas. D. José no conocía

los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres, era

refractario á la mentira discreta, y á los amables embustes que

constituyen la base fundamental de la cortesía. Como él llevaba siempre

el corazón en la mano, quería que asimismo lo llevasen los demás, y su

bondad salvaje no toleraba las coqueterías frecuentemente falaces de la

conversación fina. En los momentos de enojo era impetuoso y dejábase

arrastrar á muy violentos extremos, de que por lo general se arrepentía

más tarde.

En él no había disimulo, y tenía las grandes virtudes cristianas en

crudo y sin pulimento, como un macizo canto del más hermoso mármol,

donde el cincel no ha trazado una raya siquiera. Era preciso saberlo

entender, cediendo á sus excentricidades, si bien en rigor no debe

llamarse excéntrico el que tanto se parecía á la generalidad de sus

paisanos. No ocultar jamás lo que sentía era su norte, y si bien esto

le ocasionaba algunas molestias en el curso de la vida ordinaria y

en asuntos de poca monta, era un tesoro inapreciable siempre que se

tratase con él un negocio grave, porque puesta á la vista toda su alma,

no había que temer malicia alguna. Perdonaba las ofensas, agradecía

los beneficios, y daba gran parte de sus cuantiosos bienes á los

menesterosos.

Vestía con aseo; comía abundantemente, ayunando con todo escrúpulo

la Cuaresma entera, y amaba á la Virgen del Pilar con fanático amor

de familia. Su lenguaje no era, según se ha visto, un modelo de

comedimiento, y él mismo confesaba como el mayor de sus defectos lo de

soltar á todas horas _porra_ y más _porra_, sin que viniese al caso;

pero más de una vez le oí decir que, conocedor de la falta, no la podía

remediar, porque aquello de las _porras_ le salía de la boca sin que

él mismo se diera cuenta de ello.

Tenía mujer y tres hijos. Era aquélla Doña Leocadia Sarriera, navarra

de origen. De los vástagos, el mayor y la hembra estaban casados y

habían dado á los viejos algunos nietos. El más pequeño de los hijos

llamábase Agustín y era destinado á la Iglesia, como su tío del mismo

nombre, arcediano de la Seo. A todos les conocí en el mismo día, y

eran la mejor gente del mundo. Fuí tratado con tanto miramiento, que

me tenía absorto su generosidad, y si me conocieran desde el nacer no

habrían sido más rumbosos. Sus obsequios, espontáneamente sugeridos por

corazones generosos, me llegaban al alma, y como yo siempre he sido

fácil en dejarme querer, les correspondí desde el principio con muy

sincero afecto.

—Sr. D. Roque—dije aquella noche á mi compañero cuando nos acostábamos

en el cuarto que nos destinaron,—yo jamás he visto gente como ésta.

¿Son así todos los aragoneses?

—Hay de todo—me respondió;—pero hombres de la madera de D. José de

Montoria, y familias como esta familia, abundan mucho en esta tierra de

Aragón.

Al siguiente día nos ocupamos de mi alistamiento. La decisión de

aquel vecindario me entusiasmaba de tal modo, que nada me parecía tan

honroso como seguir tras ella, aunque fuera á distancia, husmeando

su rastro de gloria. Ninguno de ustedes ignora que en aquellos días

Zaragoza y los zaragozanos habían adquirido un renombre fabuloso; que

sus hazañas enardecían las imaginaciones, y que todo lo referente al

sitio famoso de la inmortal ciudad, tomaba en boca de los narradores

las proporciones y el colorido de una leyenda de los tiempos

heróicos. Con la distancia, las acciones de los zaragozanos adquirían

dimensiones mayores aún, y en Inglaterra y en Alemania, donde les

consideraban como los numantinos de los tiempos modernos, aquellos

paisanos medio desnudos, con alpargatas en los pies y un pañizuelo

arrollado en la cabeza, eran figuras de coturno. _Capitulad y os

vestiremos_,—decían los franceses en el primer sitio, admirados de la

constancia de unos pobres aldeanos vestidos de harapos.—_No sabemos

rendirnos_—contestaban,—_y nuestras carnes sólo se cubren de gloria_.

Estas y otras frases habían dado la vuelta al mundo.

Pero volvamos á lo de mi alistamiento. Era un obstáculo para éste el

manifiesto de Palafox de 13 de Diciembre, en que ordenaba la expulsión

de forasteros, mandándoles salir en el término de veinticuatro horas;

acuerdo tomado en razón de la mucha gente que iba á alborotar sembrando

discordias y desavenencias; pero precisamente en los días de mi

llegada se publicó otra proclama llamando á los soldados dispersos del

ejército del Centro, desbaratado en Tudela, y en esto hallé una buena

coyuntura para afiliarme, pues aunque no pertenecí á dicho ejército,

había concurrido á la defensa de Madrid y á la batalla de Bailén;

razones que, con el apoyo de mi protector Montoria, me valieron el

ingreso en las huestes zaragozanas. Diéronme un puesto en el batallón

de voluntarios de las Peñas de San Pedro, bastante mermado en el primer

sitio, y recibí un uniforme y un fusil. No formé, como había dicho mi

protector, en las filas de Mosén Santiago Sas, fogoso clérigo, puesto

al frente de un batallón de escopeteros, porque esta valiente partida

se componía exclusivamente de vecinos de la parroquia de San Pablo.

Tampoco querían gente moza en su batallón, por cuya causa ni el mismo

hijo de D. José de Montoria, Agustín Montoria, pudo servir á las

órdenes de Sas, y se afilió como yo en el batallón de las Peñas de San

Pedro. La suerte me deparaba un buen compañero y un excelente amigo.

Desdé el día de mi llegada oí hablar de la aproximación del ejército

francés; pero esto no fué un hecho incontrovertible hasta el 20. Por la

tarde una división llegó á Zuera, en la orilla izquierda, para amenazar

el Arrabal; otra, mandada por Suchet, acampó en la derecha sobre

San Lamberto. Moncey, que era el General en jefe, situóse con tres

divisiones hacia el Canal y en las inmediaciones de la Huerva. Cuarenta

mil hombres nos cercaban.

Sabido es que, impacientes por vencernos, los franceses comenzaron

sus operaciones el 21 desde muy temprano, embistiendo con gran furor

y simultáneamente el monte Torrero y el arrabal de la izquierda del

Ebro, puntos sin cuya posesión era excusado pensar en someter la

valerosa ciudad; pero si bien tuvimos que abandonar á Torrero, por ser

peligrosa su defensa, en el Arrabal desplegó Zaragoza tan temerario

arrojo, que es aquel día uno de los más brillantes de su brillantísima

historia.

Desde las cuatro de la madrugada, el batallón de las Peñas de San

Pedro fué destinado á guarnecer el frente de fortificaciones desde

Santa Engracia hasta el Convento de Trinitarios, línea que me pareció

la menos endeble en todo el circuito de la ciudad. A espaldas de

Santa Engracia estaba la batería de los Mártires; corría luego la

tapia aspillerada hasta el puente de la Huerva, defendido por un

reducto; desviábase luego hacia Poniente formando un ángulo obtuso, y

enlazándose con otro reducto levantado en la torre del Pino; seguía

casi en línea recta hasta el Convento de Trinitarios, dejando dentro

la puerta del Carmen. El que haya visto á Zaragoza comprenderá

perfectamente mi ligera descripción, pues todavía existen las ruínas

de Santa Engracia, y la puerta del Carmen ostenta aún, no lejos de la

Glorieta, su despedazado umbral y sus sillares carcomidos.

Estábamos, como he dicho, guarneciendo la extensión descrita, y parte

de los soldados teníamos nuestro vivac en una huerta inmediata al

Colegio del Carmen. Agustín Montoria y yo no nos separábamos, porque

su apacible carácter, el afecto que me mostró desde que nos conocimos,

y cierta conformidad, cierta armonía inexplicable en nuestras ideas,

me hacían muy agradable su compañía. Era él un joven de hermosísima

figura, ojos grandes y vivos, despejada frente y cierta gravedad

melancólica en su fisonomía. Su corazón, como el del padre, estaba

lleno de aquella generosidad que se desbordaba al menor impulso; pero

tenía sobre él la ventaja de no lastimar al favorecido, porque la

educación le había quitado gran parte de la rudeza nacional. Agustín

entraba en la edad viril con la firmeza y la seguridad de un corazón

lleno, de un entendimiento rico y no gastado, de un alma vigorosa

y sana, á la cual no faltaba sino ancho mundo, ancho espacio para

producir bondades sin cuento. Estas cualidades eran realzadas por una

imaginación brillante, pero de vuelo seguro y derecho, no parecida á la

de nuestros modernos geniecillos, que las más de las veces ignoran por

dónde van, sino serena y majestuosa, como educada en la gran escuela de

los latinos.

Aunque con viva inclinación á la poesía (pues Agustín era poeta), había

aprendido la ciencia teológica, descollando en ella como en todo. Los

Padres del Seminario, hombres de mucha ciencia y muy cariñosos con la

juventud, le tenían por un prodigio en las letras humanas y en las

divinas, y se congratulaban de verle con un pie dentro de la Iglesia

docente. La familia de Montoria no cabía en sí de gozo, y esperaba el

día de la primera misa como el santo advenimiento.

Sin embargo (me veo obligado á decirlo desde el principio), Agustín

no tenía vocación eclesiástica. Su familia, lo mismo que los buenos

Padres del Seminario, no lo comprendían así ni lo comprendieran aunque

bajara á decírselo el Espíritu Santo en persona. El precoz teólogo, el

humanista que tenía á Horacio en las puntas de los dedos, el dialéctico

que en los ejercicios semanales dejaba atónitos á los maestros con la

intelectual gimnasia de la ciencia escolástica, no tenía más vocación

para el sacerdocio que la que tuvo Mozart para la guerra, Rafael para

las matemáticas, ó Napoleón para el baile.

V

—Gabriel—me decía aquella mañana,—¿tienes ganas de batirte?

—Agustín, ¿tienes tú ganas de batirte?—repliqué. (Como se ve, nos

tuteábamos á los tres días de conocernos.)

—No muchas—dijo.—Figúrate que la primera bala nos matará...

—Moriríamos por la patria, por Zaragoza; y aunque la posteridad no se

acordara de nosotros, siempre es un honor caer en el campo de batalla

por una causa como ésta.

—Dices bien—repuso con tristeza;—pero es una lástima morir. Somos

jóvenes. ¿Quién sabe lo que nos está destinado en la vida?

—La vida es una miseria, y para lo que vale mejor es no pensar en ella.

—Eso que lo digan los viejos; pero no nosotros que empezamos á vivir.

Francamente, yo no quisiera ser muerto en este terrible cerco que nos

han puesto los franceses. En el otro sitio también tomamos las armas

todos los alumnos del Seminario, y te confieso que estaba yo más

valiente que ahora. No sé qué fuego enardecía mi sangre, y me lanzaba

á los puestos de mayor peligro sin temer la muerte. Hoy no me pasa lo

mismo: estoy medroso, y el disparo de un fusil me hace estremecer.

—Eso es natural—contesté.—El miedo no existe cuando no se conoce el

peligro. Por eso dicen que los más valientes soldados son los bisoños.

—No es nada de eso. Francamente, Gabriel, te confieso que esto de

morir sin más ni más, me sabe muy mal. Por si muero, voy á hacerte

un encargo, que espero cumplirás con la solicitud de un buen amigo.

Atiende bien á lo que te digo. ¿Ves aquella torre que se cae de un lado

y parece inclinarse hacia acá para ver lo que aquí pasa, ú oir lo que

estamos diciendo?

—La Torre Nueva. Ya la veo: ¿qué encargo me vas á dar para esa señora?

Amanecía, y entre los irregulares tejados de la ciudad, entre las

espadañas, minaretes, miradores y cimborrios de las iglesias, se

destacaba la Torre Nueva, siempre _vieja_ y nunca derecha.

—Pues oye bien—continuó Agustín.—Si me matan á los primeros tiros en

este día que ahora comienza, cuando acabe la acción y rompan filas, te

vas allá...

—¿A la Torre Nueva? Llego, subo...

—No, hombre, subir no. Te diré: llegas á la plaza de San Felipe donde

está la Torre... Mira hacia allá: ¿ves que junto á la gran mole hay

otra torre, un campanario pequeñito? Parece un monaguillo delante del

señor canónigo, que es la torre grande.

—Sí, ya veo el monaguillo. Y si no me engaño es el campanario de San

Felipe. Y ahora toca el maldito.

—A misa, está tocando á misa—dijo Agustín con grande emoción.—¿No oyes

el esquilón rajado?

—Pues bien: sepamos lo que tengo que decir á ese señor monaguillo que

toca el esquilón rajado.

—No, no es nada de eso. Llegas á la plaza de San Felipe. Si miras al

campanario, verás que está en una esquina; de esta esquina parte una

calle angosta: entras por ella, y á la izquierda encontrarás al poco

trecho otra calle angosta y retirada que se llama de Antón Trillo.

Sigues por ella hasta llegar á espaldas de la iglesia. Allí verás una

casa: te paras...

—Y luego me vuelvo.

—No: junto á la casa de que te hablo hay una huerta, con un portalón

pintado de color de chocolate. Te paras allí...

—Me paro allí, y allí me estoy.

—No, hombre: verás...

—Estás más blanco que la camisa, Agustinillo. ¿Qué significan esas

torres y esas paradas?

—Significan—continuó mi amigo con más embarazo cada vez,—que en cuanto

estés allí... Te advierto que debes ir de noche... Bueno: llegas, te

paras, aguardas un poquito, luego pasas á la acera de enfrente, alargas

el cuello y verás por sobre la tapia de la huerta una ventana. Coges

una piedrecita, y la tiras contra los vidrios de modo que no haga mucho

ruido.

—Y en seguida saldrá ella.

—No, hombre: ten paciencia. ¿Qué sabes tú si saldrá ó no saldrá?

—Bueno: pongamos que sale.

—Antes te diré otra cosa, y es que allí vive el tío Candiola. ¿Tú sabes

quién es el tío Candiola? Pues es un vecino de Zaragoza, hombre que,

según dicen, tiene en su casa un sótano lleno de dinero. Es avaro y

usurero, y cuando presta saca las entrañas. Sabe de leyes y moratorias

y ejecuciones más que todo el Consejo y Cámara de Castilla. El que se

mete en pleito con él está perdido.

—De modo que la casa del portalón pintado de color de chocolate será un

magnífico palacio.

—Nada de eso: verás una casa miserable, que parece se está cayendo. Te

digo que el tío Candiola es avaro. No gasta un real aunque le fusilen,

y si le vieras por ahí le darías una limosna. Te diré otra cosa, y es

que en Zaragoza nadie le puede ver, y le llaman tío Candiola por mofa y

desprecio de su persona. Su nombre es D. Jerónimo de Candiola, natural

de Mallorca, si no me engaño.

—Y ese tío Candiola tiene una hija.

—Hombre, espera. ¡Qué impaciente eres! ¿Qué sabes tú si tiene ó

no tiene una hija?—me dijo, disimulando con estas evasivas su

turbación.—Pues, como te iba contando, el tío Candiola es muy

aborrecido en la ciudad por su gran avaricia y mal corazón. A muchos

pobres ha metido en la cárcel después de arruinarlos. Además, en el

otro sitio no dió un cuarto para la guerra, ni tomó las armas, ni

recibió heridos en su casa, ni le pudieron sacar una peseta; y como un

día dijera que á él lo mismo le daba Juan que Pedro, estuvo á punto de

ser arrastrado por los patriotas.

—Pues es una buena pieza el hombre de la casa de la huerta del portalón

color de chocolate. ¿Y si cuando arroje la piedra á la ventana sale el

tío Candiola con un garrote, y me da una solfa por hacerle chicoleos á

su hija?

—No seas bestia, y calla. ¿No sabes que desde que obscurece, Candiola

se encierra en un cuarto subterráneo y se está contando su dinero

hasta más de media noche? ¡Bah! Ahora va él á ocuparse... Los vecinos

dicen que sienten un cierto rumorcillo ó sonsonete, como si estuvieran

vaciando sacos de onzas.

—Bien: llego, arrojo la piedra, espero, ella sale y le digo...

—Le dices que he muerto... no, no seas bárbaro. Le das este

escapulario... no, le dices...no, más vale que no le digas nada.

—Entonces, le daré el escapulario.

—Tampoco: no le lleves el escapulario.

—Ya, ya comprendo. Luego que salga, le daré las buenas noches y me

marcharé cantando _La Virgen del Pilar dice_...

—No: es preciso que sepa mi muerte. Tú haz lo que yo te mando.

—Pero si no me mandas nada.

—¿Pero qué prisa tienes? Deja tú. Todavía puede ser que no me maten.

—Ya. ¡Cuánto ruido para nada!

—Es que me pasa una cosa, Gabriel, y te la diré francamente. Tenía

muchos, muchísimos deseos de confiarte este secreto que se me sale del

pecho. ¿A quién lo había de revelar sino á tí, que eres mi amigo? Si

no te lo dijera, me reventaría el corazón como una granada. Temo mucho

decirlo de noche en sueños, y por este temor no duermo. Si mi padre, mi

madre ó mi hermano lo supieran, me matarían.

—¿Y los Padres del Seminario?

—No nombres á esos. Verás: te contaré lo que me ha pasado. ¿Conoces al

Padre Rincón? Pues el Padre Rincón me quiere mucho, y todas las tardes

me sacaba á paseo por la ribera ó hacia Torrero, ó camino de Juslibol.

Hablábamos de teología y de letras humanas. Rincón es tan entusiasta

del gran poeta Horacio, que suele decir: «Es lástima que ese hombre no

haya sido cristiano para canonizarle.» Lleva siempre consigo un pequeño

Elzevirius, á quien ama más que á las niñas de sus ojos, y cuando nos

cansamos en el paseo, él se sienta, lee y entre los dos hacemos los

comentarios que se nos ocurren... Bueno... ahora te diré que el Padre

Rincón era pariente de Doña María Rincón, difunta esposa de Candiola,

y que éste tiene una heredad en el camino de Monzalbarba, con una

_torre_ miserable, más parecida á cabaña que á _torre_, pero rodeada

de frondosos árboles y con deliciosas vistas al Ebro. Una tarde,

después que leímos el _Quis multa gracilis te puer in rosa_, mi maestro

quiso visitar á su pariente. Fuimos allá, entramos en la huerta, y

Candiola no estaba. Pero nos salió al encuentro su hija, y Rincón le

dijo:—Mariquilla, da unos melocotones á este joven, y saca para mí una

copita de lo que sabes.

—¿Y es guapa Mariquilla?

—No preguntes eso. ¿Que si es guapa? Verás... El Padre Rincón le tomó

la barba, y haciéndole volver la cara hacia mí, me dijo:—«Agustín,

confiesa que en tu vida has visto una cara más linda que ésta. Mira qué

ojos de fuego, que boca de ángel y qué pedazo de cielo por frente.»

Yo temblaba, y Mariquilla, con el rostro encendido como la grana, se

reía. Luego Rincón continuó diciendo:—«A tí que eres un futuro Padre de

la Iglesia, y un joven ejemplar sin otra pasión que la de los libros,

se te puede enseñar esta divinidad. Joven, admira aquí las obras

admirables del Supremo Creador. Observa la expresión de este rostro,

la dulzura de esas miradas, la gracia de esa sonrisa, el frescor

de esa boca, la suavidad de esa tez, la elegancia de ese cuerpo, y

confiesa que si es hermoso el cielo, y la flor, y las montañas, y la

luz, todas las creaciones de Dios se obscurecen al lado de la mujer,

la más perfecta y acabada hechura de las inmortales manos.» Esto

me dijo mi maestro, y yo, mudo y atónito, no cesaba de contemplar

aquella obra maestra, que era sin disputa mejor que la Eneida. No puedo

explicarte lo que sentí. Figúrate que el Ebro, ese gran río que baja

desde Fontibre hasta dar en el mar por los Alfaques, se detuviera de

improviso en su curso, y empezase á correr hacia arriba volviendo á las

Asturias de Santillana: pues una cosa así pasó en mi espíritu. Yo mismo

me asombraba de ver cómo todas mis ideas se detuvieron en su curso

sosegado, y volvieron atrás, echando no sé por qué nuevos caminos. Te

digo que estaba asombrado y lo estoy todavía. Mirándola sin saciar

nunca la ansiedad, tanto de mi alma como de mis ojos, yo me decía:—«La

amo de en modo extraordinario. ¿Cómo es que hasta ahora no había caído

en ello?» Yo no había visto á Mariquilla hasta aquel momento.

—¿Y los melocotones?

—Mariquilla estaba tan turbada delante de mí como yo delante de

ella. El Padre Rincón se puso á hablar con el hortelano sobre los

desperfectos que habían hecho en la finca los franceses (pues esto

pasaba á principios de Septiembre, un mes después de levantado el

primer sitio), y Mariquilla y yo nos quedamos solos. ¡Solos! Mi primer

impulso fué echar á correr, y ella, según me ha dicho, también sintió

lo mismo. Pero ni ella ni yo corrimos, sino que nos quedamos allí. De

pronto sentí una grande y extraña energía en mi cerebro. Rompiendo el

silencio, comencé á hablar con ella: dijimos varias cosas indiferentes

al principio; pero á mí me ocurrían pensamientos que, según mi

entender, sobresalían de lo vulgar, y todos, todos los dije. Mariquilla

me respondía poco; pero sus ojos eran más elocuentes que cuanto yo le

estaba diciendo. Al fin, llamónos el Padre Rincón, y nos marchamos.

Me despedí de ella, y en voz baja le dije que pronto nos volveríamos

á ver. Volvimos á Zaragoza. ¡Ay! Por el camino, los árboles, el Ebro,

las cúpulas del Pilar, los campanarios de la ciudad, los transeuntes,

las casas, las tapias de las huertas, el suelo, el rumor del viento,

los perros del camino, todo me parecía distinto; todo, cielo y tierra

habían cambiado. Mi buen maestro volvió á leer á Horacio, y yo dije

que Horacio no valía nada. Me quiso comer, y amenazóme con retirarme

su amistad. Yo elogié á Virgilio con entusiasmo, y repetí aquellos

célebres versos

_Est mollis flamma medullas_

_interea, et tacitum vivit sub pectore vulnus._

—Eso pasó á principios de Septiembre—le dije.—¿Y de entonces acá?

—Desde aquel día ha empezado para mí la nueva vida. Comenzó por una

inquietud ardiente que me quitaba el sueño, haciéndome aborrecible todo

lo que no fuera Mariquilla. La propia casa paterna me era odiosa, y

vagando por los alrededores de la ciudad sin compañía alguna, buscaba

en la soledad la paz de mi espíritu. Aborrecí el colegio, los libros

todos y la teología; y cuando llegó Octubre y me querían obligar á

vivir encerrado en la santa casa, me fingí enfermo para quedarme en

la mía. Gracias á la guerra, que á todos nos ha hecho soldados, puedo

vivir libremente, salir á todas horas, incluso de noche, y verla y

hablarle con frecuencia. Voy á su casa, hago la seña convenida, baja,

abre una ventana con reja, y hablamos largas horas. Los transeuntes

pasan; pero como yo estoy embozado en mi capa hasta los ojos, con esto

y la obscuridad de la noche, nadie me conoce. Por eso los muchachos

del pueblo se preguntan unos á otros: «¿Quién será el novio de la

Candiola?» De algunas noches á esta parte, recelando que nos descubran,

hemos suprimido la conversación por la reja. María baja, abre el

portalón de la huerta y entro. Nadie puede descubrirnos, porque D.

Jerónimo, creyéndola acostada, se retira á su cuarto á contar el

dinero, y la criada vieja, única que hay en la casa, nos protege. Solos

en la huerta, nos sentamos en una escalera de piedra que allí existe,

y al través de las ramas de un álamo negro y corpulento, vemos á

pedacitos la claridad de la luna. En aquel silencio majestuoso nuestras

almas comprenden lo divino, y sentimos con una intensidad que no puede

expresarse por el lenguaje. Nuestra felicidad es tan grande, que á

veces es un tormento vivísimo; y si hay momentos en que uno desearía

centuplicarse, también los hay en que uno desearía no existir. Pasamos

allí largas horas. Anteanoche estuve hasta cerca del día, pues como

mis padres me creen en el cuerpo de guardia, no tengo prisa para

retirarme. Cuando principiaba á clarear la aurora, nos despedimos.

Por encima de la tapia de la huerta se ven los techos de las casas

inmediatas y el pico de la Torre Nueva. María, señalándole, me dijo:

—Cuando esa torre se ponga derecha, dejaré de quererte.

No dijo más Agustín, porque sonó un cañonazo del lado de Monte Torrero,

y ambos volvimos hacia allá la vista.

Zaragoza · 第 9 / 37 题