En su casa, Montoria se enfadó otra vez con D. Roque y conmigo porque
no quisimos admitir el dinero que nos ofrecía para nuestros primeros
gastos en la ciudad; y aquí se repitieron los puñetazos en la mesa y la
lluvia de _porras_ y otras palabras que no cito; pero al fin llegamos
á una transacción honrosa para ambas partes. Y ahora caigo en que me
ocupo demasiado de hombre tan singular sin haber anticipado algunas
observaciones acerca de su persona. Era D. José un hombre de sesenta
años, fuerte, colorado, rebosando salud, bienestar, contento de sí
mismo, conformidad con la suerte y conciencia tranquila. Lo que le
sobraba en patriarcales virtudes y en costumbres ejemplares y pacíficas
(si es que esto puede estar de sobra en algún caso), le faltaba en
educación, es decir, en aquella educación atildada que entonces
empezaban á recibir algunos hijos de familias ricas. D. José no conocía
los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres, era
refractario á la mentira discreta, y á los amables embustes que
constituyen la base fundamental de la cortesía. Como él llevaba siempre
el corazón en la mano, quería que asimismo lo llevasen los demás, y su
bondad salvaje no toleraba las coqueterías frecuentemente falaces de la
conversación fina. En los momentos de enojo era impetuoso y dejábase
arrastrar á muy violentos extremos, de que por lo general se arrepentía
más tarde.
En él no había disimulo, y tenía las grandes virtudes cristianas en
crudo y sin pulimento, como un macizo canto del más hermoso mármol,
donde el cincel no ha trazado una raya siquiera. Era preciso saberlo
entender, cediendo á sus excentricidades, si bien en rigor no debe
llamarse excéntrico el que tanto se parecía á la generalidad de sus
paisanos. No ocultar jamás lo que sentía era su norte, y si bien esto
le ocasionaba algunas molestias en el curso de la vida ordinaria y
en asuntos de poca monta, era un tesoro inapreciable siempre que se
tratase con él un negocio grave, porque puesta á la vista toda su alma,
no había que temer malicia alguna. Perdonaba las ofensas, agradecía
los beneficios, y daba gran parte de sus cuantiosos bienes á los
menesterosos.
Vestía con aseo; comía abundantemente, ayunando con todo escrúpulo
la Cuaresma entera, y amaba á la Virgen del Pilar con fanático amor
de familia. Su lenguaje no era, según se ha visto, un modelo de
comedimiento, y él mismo confesaba como el mayor de sus defectos lo de
soltar á todas horas _porra_ y más _porra_, sin que viniese al caso;
pero más de una vez le oí decir que, conocedor de la falta, no la podía
remediar, porque aquello de las _porras_ le salía de la boca sin que
él mismo se diera cuenta de ello.
Tenía mujer y tres hijos. Era aquélla Doña Leocadia Sarriera, navarra
de origen. De los vástagos, el mayor y la hembra estaban casados y
habían dado á los viejos algunos nietos. El más pequeño de los hijos
llamábase Agustín y era destinado á la Iglesia, como su tío del mismo
nombre, arcediano de la Seo. A todos les conocí en el mismo día, y
eran la mejor gente del mundo. Fuí tratado con tanto miramiento, que
me tenía absorto su generosidad, y si me conocieran desde el nacer no
habrían sido más rumbosos. Sus obsequios, espontáneamente sugeridos por
corazones generosos, me llegaban al alma, y como yo siempre he sido
fácil en dejarme querer, les correspondí desde el principio con muy
sincero afecto.
—Sr. D. Roque—dije aquella noche á mi compañero cuando nos acostábamos
en el cuarto que nos destinaron,—yo jamás he visto gente como ésta.
¿Son así todos los aragoneses?
—Hay de todo—me respondió;—pero hombres de la madera de D. José de
Montoria, y familias como esta familia, abundan mucho en esta tierra de
Aragón.
Al siguiente día nos ocupamos de mi alistamiento. La decisión de
aquel vecindario me entusiasmaba de tal modo, que nada me parecía tan
honroso como seguir tras ella, aunque fuera á distancia, husmeando
su rastro de gloria. Ninguno de ustedes ignora que en aquellos días
Zaragoza y los zaragozanos habían adquirido un renombre fabuloso; que
sus hazañas enardecían las imaginaciones, y que todo lo referente al
sitio famoso de la inmortal ciudad, tomaba en boca de los narradores
las proporciones y el colorido de una leyenda de los tiempos
heróicos. Con la distancia, las acciones de los zaragozanos adquirían
dimensiones mayores aún, y en Inglaterra y en Alemania, donde les
consideraban como los numantinos de los tiempos modernos, aquellos
paisanos medio desnudos, con alpargatas en los pies y un pañizuelo
arrollado en la cabeza, eran figuras de coturno. _Capitulad y os
vestiremos_,—decían los franceses en el primer sitio, admirados de la
constancia de unos pobres aldeanos vestidos de harapos.—_No sabemos
rendirnos_—contestaban,—_y nuestras carnes sólo se cubren de gloria_.
Estas y otras frases habían dado la vuelta al mundo.
Pero volvamos á lo de mi alistamiento. Era un obstáculo para éste el
manifiesto de Palafox de 13 de Diciembre, en que ordenaba la expulsión
de forasteros, mandándoles salir en el término de veinticuatro horas;
acuerdo tomado en razón de la mucha gente que iba á alborotar sembrando
discordias y desavenencias; pero precisamente en los días de mi
llegada se publicó otra proclama llamando á los soldados dispersos del
ejército del Centro, desbaratado en Tudela, y en esto hallé una buena
coyuntura para afiliarme, pues aunque no pertenecí á dicho ejército,
había concurrido á la defensa de Madrid y á la batalla de Bailén;
razones que, con el apoyo de mi protector Montoria, me valieron el
ingreso en las huestes zaragozanas. Diéronme un puesto en el batallón
de voluntarios de las Peñas de San Pedro, bastante mermado en el primer
sitio, y recibí un uniforme y un fusil. No formé, como había dicho mi
protector, en las filas de Mosén Santiago Sas, fogoso clérigo, puesto
al frente de un batallón de escopeteros, porque esta valiente partida
se componía exclusivamente de vecinos de la parroquia de San Pablo.
Tampoco querían gente moza en su batallón, por cuya causa ni el mismo
hijo de D. José de Montoria, Agustín Montoria, pudo servir á las
órdenes de Sas, y se afilió como yo en el batallón de las Peñas de San
Pedro. La suerte me deparaba un buen compañero y un excelente amigo.
Desdé el día de mi llegada oí hablar de la aproximación del ejército
francés; pero esto no fué un hecho incontrovertible hasta el 20. Por la
tarde una división llegó á Zuera, en la orilla izquierda, para amenazar
el Arrabal; otra, mandada por Suchet, acampó en la derecha sobre
San Lamberto. Moncey, que era el General en jefe, situóse con tres
divisiones hacia el Canal y en las inmediaciones de la Huerva. Cuarenta
mil hombres nos cercaban.
Sabido es que, impacientes por vencernos, los franceses comenzaron
sus operaciones el 21 desde muy temprano, embistiendo con gran furor
y simultáneamente el monte Torrero y el arrabal de la izquierda del
Ebro, puntos sin cuya posesión era excusado pensar en someter la
valerosa ciudad; pero si bien tuvimos que abandonar á Torrero, por ser
peligrosa su defensa, en el Arrabal desplegó Zaragoza tan temerario
arrojo, que es aquel día uno de los más brillantes de su brillantísima
historia.
Desde las cuatro de la madrugada, el batallón de las Peñas de San
Pedro fué destinado á guarnecer el frente de fortificaciones desde
Santa Engracia hasta el Convento de Trinitarios, línea que me pareció
la menos endeble en todo el circuito de la ciudad. A espaldas de
Santa Engracia estaba la batería de los Mártires; corría luego la
tapia aspillerada hasta el puente de la Huerva, defendido por un
reducto; desviábase luego hacia Poniente formando un ángulo obtuso, y
enlazándose con otro reducto levantado en la torre del Pino; seguía
casi en línea recta hasta el Convento de Trinitarios, dejando dentro
la puerta del Carmen. El que haya visto á Zaragoza comprenderá
perfectamente mi ligera descripción, pues todavía existen las ruínas
de Santa Engracia, y la puerta del Carmen ostenta aún, no lejos de la
Glorieta, su despedazado umbral y sus sillares carcomidos.
Estábamos, como he dicho, guarneciendo la extensión descrita, y parte
de los soldados teníamos nuestro vivac en una huerta inmediata al
Colegio del Carmen. Agustín Montoria y yo no nos separábamos, porque
su apacible carácter, el afecto que me mostró desde que nos conocimos,
y cierta conformidad, cierta armonía inexplicable en nuestras ideas,
me hacían muy agradable su compañía. Era él un joven de hermosísima
figura, ojos grandes y vivos, despejada frente y cierta gravedad
melancólica en su fisonomía. Su corazón, como el del padre, estaba
lleno de aquella generosidad que se desbordaba al menor impulso; pero
tenía sobre él la ventaja de no lastimar al favorecido, porque la
educación le había quitado gran parte de la rudeza nacional. Agustín
entraba en la edad viril con la firmeza y la seguridad de un corazón
lleno, de un entendimiento rico y no gastado, de un alma vigorosa
y sana, á la cual no faltaba sino ancho mundo, ancho espacio para
producir bondades sin cuento. Estas cualidades eran realzadas por una
imaginación brillante, pero de vuelo seguro y derecho, no parecida á la
de nuestros modernos geniecillos, que las más de las veces ignoran por
dónde van, sino serena y majestuosa, como educada en la gran escuela de
los latinos.
Aunque con viva inclinación á la poesía (pues Agustín era poeta), había
aprendido la ciencia teológica, descollando en ella como en todo. Los
Padres del Seminario, hombres de mucha ciencia y muy cariñosos con la
juventud, le tenían por un prodigio en las letras humanas y en las
divinas, y se congratulaban de verle con un pie dentro de la Iglesia
docente. La familia de Montoria no cabía en sí de gozo, y esperaba el
día de la primera misa como el santo advenimiento.
Sin embargo (me veo obligado á decirlo desde el principio), Agustín
no tenía vocación eclesiástica. Su familia, lo mismo que los buenos
Padres del Seminario, no lo comprendían así ni lo comprendieran aunque
bajara á decírselo el Espíritu Santo en persona. El precoz teólogo, el
humanista que tenía á Horacio en las puntas de los dedos, el dialéctico
que en los ejercicios semanales dejaba atónitos á los maestros con la
intelectual gimnasia de la ciencia escolástica, no tenía más vocación
para el sacerdocio que la que tuvo Mozart para la guerra, Rafael para
las matemáticas, ó Napoleón para el baile.
V
—Gabriel—me decía aquella mañana,—¿tienes ganas de batirte?
—Agustín, ¿tienes tú ganas de batirte?—repliqué. (Como se ve, nos
tuteábamos á los tres días de conocernos.)
—No muchas—dijo.—Figúrate que la primera bala nos matará...
—Moriríamos por la patria, por Zaragoza; y aunque la posteridad no se
acordara de nosotros, siempre es un honor caer en el campo de batalla
por una causa como ésta.
—Dices bien—repuso con tristeza;—pero es una lástima morir. Somos
jóvenes. ¿Quién sabe lo que nos está destinado en la vida?
—La vida es una miseria, y para lo que vale mejor es no pensar en ella.
—Eso que lo digan los viejos; pero no nosotros que empezamos á vivir.
Francamente, yo no quisiera ser muerto en este terrible cerco que nos
han puesto los franceses. En el otro sitio también tomamos las armas
todos los alumnos del Seminario, y te confieso que estaba yo más
valiente que ahora. No sé qué fuego enardecía mi sangre, y me lanzaba
á los puestos de mayor peligro sin temer la muerte. Hoy no me pasa lo
mismo: estoy medroso, y el disparo de un fusil me hace estremecer.
—Eso es natural—contesté.—El miedo no existe cuando no se conoce el
peligro. Por eso dicen que los más valientes soldados son los bisoños.
—No es nada de eso. Francamente, Gabriel, te confieso que esto de
morir sin más ni más, me sabe muy mal. Por si muero, voy á hacerte
un encargo, que espero cumplirás con la solicitud de un buen amigo.
Atiende bien á lo que te digo. ¿Ves aquella torre que se cae de un lado
y parece inclinarse hacia acá para ver lo que aquí pasa, ú oir lo que
estamos diciendo?
—La Torre Nueva. Ya la veo: ¿qué encargo me vas á dar para esa señora?
Amanecía, y entre los irregulares tejados de la ciudad, entre las
espadañas, minaretes, miradores y cimborrios de las iglesias, se
destacaba la Torre Nueva, siempre _vieja_ y nunca derecha.
—Pues oye bien—continuó Agustín.—Si me matan á los primeros tiros en
este día que ahora comienza, cuando acabe la acción y rompan filas, te
vas allá...
—¿A la Torre Nueva? Llego, subo...
—No, hombre, subir no. Te diré: llegas á la plaza de San Felipe donde
está la Torre... Mira hacia allá: ¿ves que junto á la gran mole hay
otra torre, un campanario pequeñito? Parece un monaguillo delante del
señor canónigo, que es la torre grande.
—Sí, ya veo el monaguillo. Y si no me engaño es el campanario de San
Felipe. Y ahora toca el maldito.
—A misa, está tocando á misa—dijo Agustín con grande emoción.—¿No oyes
el esquilón rajado?
—Pues bien: sepamos lo que tengo que decir á ese señor monaguillo que
toca el esquilón rajado.
—No, no es nada de eso. Llegas á la plaza de San Felipe. Si miras al
campanario, verás que está en una esquina; de esta esquina parte una
calle angosta: entras por ella, y á la izquierda encontrarás al poco
trecho otra calle angosta y retirada que se llama de Antón Trillo.
Sigues por ella hasta llegar á espaldas de la iglesia. Allí verás una
casa: te paras...
—Y luego me vuelvo.
—No: junto á la casa de que te hablo hay una huerta, con un portalón
pintado de color de chocolate. Te paras allí...
—Me paro allí, y allí me estoy.
—No, hombre: verás...
—Estás más blanco que la camisa, Agustinillo. ¿Qué significan esas
torres y esas paradas?
—Significan—continuó mi amigo con más embarazo cada vez,—que en cuanto
estés allí... Te advierto que debes ir de noche... Bueno: llegas, te
paras, aguardas un poquito, luego pasas á la acera de enfrente, alargas
el cuello y verás por sobre la tapia de la huerta una ventana. Coges
una piedrecita, y la tiras contra los vidrios de modo que no haga mucho
ruido.
—Y en seguida saldrá ella.
—No, hombre: ten paciencia. ¿Qué sabes tú si saldrá ó no saldrá?
—Bueno: pongamos que sale.
—Antes te diré otra cosa, y es que allí vive el tío Candiola. ¿Tú sabes
quién es el tío Candiola? Pues es un vecino de Zaragoza, hombre que,
según dicen, tiene en su casa un sótano lleno de dinero. Es avaro y
usurero, y cuando presta saca las entrañas. Sabe de leyes y moratorias
y ejecuciones más que todo el Consejo y Cámara de Castilla. El que se
mete en pleito con él está perdido.
—De modo que la casa del portalón pintado de color de chocolate será un
magnífico palacio.
—Nada de eso: verás una casa miserable, que parece se está cayendo. Te
digo que el tío Candiola es avaro. No gasta un real aunque le fusilen,
y si le vieras por ahí le darías una limosna. Te diré otra cosa, y es
que en Zaragoza nadie le puede ver, y le llaman tío Candiola por mofa y
desprecio de su persona. Su nombre es D. Jerónimo de Candiola, natural
de Mallorca, si no me engaño.
—Y ese tío Candiola tiene una hija.
—Hombre, espera. ¡Qué impaciente eres! ¿Qué sabes tú si tiene ó
no tiene una hija?—me dijo, disimulando con estas evasivas su
turbación.—Pues, como te iba contando, el tío Candiola es muy
aborrecido en la ciudad por su gran avaricia y mal corazón. A muchos
pobres ha metido en la cárcel después de arruinarlos. Además, en el
otro sitio no dió un cuarto para la guerra, ni tomó las armas, ni
recibió heridos en su casa, ni le pudieron sacar una peseta; y como un
día dijera que á él lo mismo le daba Juan que Pedro, estuvo á punto de
ser arrastrado por los patriotas.
—Pues es una buena pieza el hombre de la casa de la huerta del portalón
color de chocolate. ¿Y si cuando arroje la piedra á la ventana sale el
tío Candiola con un garrote, y me da una solfa por hacerle chicoleos á
su hija?
—No seas bestia, y calla. ¿No sabes que desde que obscurece, Candiola
se encierra en un cuarto subterráneo y se está contando su dinero
hasta más de media noche? ¡Bah! Ahora va él á ocuparse... Los vecinos
dicen que sienten un cierto rumorcillo ó sonsonete, como si estuvieran
vaciando sacos de onzas.
—Bien: llego, arrojo la piedra, espero, ella sale y le digo...
—Le dices que he muerto... no, no seas bárbaro. Le das este
escapulario... no, le dices...no, más vale que no le digas nada.
—Entonces, le daré el escapulario.
—Tampoco: no le lleves el escapulario.
—Ya, ya comprendo. Luego que salga, le daré las buenas noches y me
marcharé cantando _La Virgen del Pilar dice_...
—No: es preciso que sepa mi muerte. Tú haz lo que yo te mando.
—Pero si no me mandas nada.
—¿Pero qué prisa tienes? Deja tú. Todavía puede ser que no me maten.
—Ya. ¡Cuánto ruido para nada!
—Es que me pasa una cosa, Gabriel, y te la diré francamente. Tenía
muchos, muchísimos deseos de confiarte este secreto que se me sale del
pecho. ¿A quién lo había de revelar sino á tí, que eres mi amigo? Si
no te lo dijera, me reventaría el corazón como una granada. Temo mucho
decirlo de noche en sueños, y por este temor no duermo. Si mi padre, mi
madre ó mi hermano lo supieran, me matarían.
—¿Y los Padres del Seminario?
—No nombres á esos. Verás: te contaré lo que me ha pasado. ¿Conoces al
Padre Rincón? Pues el Padre Rincón me quiere mucho, y todas las tardes
me sacaba á paseo por la ribera ó hacia Torrero, ó camino de Juslibol.
Hablábamos de teología y de letras humanas. Rincón es tan entusiasta
del gran poeta Horacio, que suele decir: «Es lástima que ese hombre no
haya sido cristiano para canonizarle.» Lleva siempre consigo un pequeño
Elzevirius, á quien ama más que á las niñas de sus ojos, y cuando nos
cansamos en el paseo, él se sienta, lee y entre los dos hacemos los
comentarios que se nos ocurren... Bueno... ahora te diré que el Padre
Rincón era pariente de Doña María Rincón, difunta esposa de Candiola,
y que éste tiene una heredad en el camino de Monzalbarba, con una
_torre_ miserable, más parecida á cabaña que á _torre_, pero rodeada
de frondosos árboles y con deliciosas vistas al Ebro. Una tarde,
después que leímos el _Quis multa gracilis te puer in rosa_, mi maestro
quiso visitar á su pariente. Fuimos allá, entramos en la huerta, y
Candiola no estaba. Pero nos salió al encuentro su hija, y Rincón le
dijo:—Mariquilla, da unos melocotones á este joven, y saca para mí una
copita de lo que sabes.
—¿Y es guapa Mariquilla?
—No preguntes eso. ¿Que si es guapa? Verás... El Padre Rincón le tomó
la barba, y haciéndole volver la cara hacia mí, me dijo:—«Agustín,
confiesa que en tu vida has visto una cara más linda que ésta. Mira qué
ojos de fuego, que boca de ángel y qué pedazo de cielo por frente.»
Yo temblaba, y Mariquilla, con el rostro encendido como la grana, se
reía. Luego Rincón continuó diciendo:—«A tí que eres un futuro Padre de
la Iglesia, y un joven ejemplar sin otra pasión que la de los libros,
se te puede enseñar esta divinidad. Joven, admira aquí las obras
admirables del Supremo Creador. Observa la expresión de este rostro,
la dulzura de esas miradas, la gracia de esa sonrisa, el frescor
de esa boca, la suavidad de esa tez, la elegancia de ese cuerpo, y
confiesa que si es hermoso el cielo, y la flor, y las montañas, y la
luz, todas las creaciones de Dios se obscurecen al lado de la mujer,
la más perfecta y acabada hechura de las inmortales manos.» Esto
me dijo mi maestro, y yo, mudo y atónito, no cesaba de contemplar
aquella obra maestra, que era sin disputa mejor que la Eneida. No puedo
explicarte lo que sentí. Figúrate que el Ebro, ese gran río que baja
desde Fontibre hasta dar en el mar por los Alfaques, se detuviera de
improviso en su curso, y empezase á correr hacia arriba volviendo á las
Asturias de Santillana: pues una cosa así pasó en mi espíritu. Yo mismo
me asombraba de ver cómo todas mis ideas se detuvieron en su curso
sosegado, y volvieron atrás, echando no sé por qué nuevos caminos. Te
digo que estaba asombrado y lo estoy todavía. Mirándola sin saciar
nunca la ansiedad, tanto de mi alma como de mis ojos, yo me decía:—«La
amo de en modo extraordinario. ¿Cómo es que hasta ahora no había caído
en ello?» Yo no había visto á Mariquilla hasta aquel momento.
—¿Y los melocotones?
—Mariquilla estaba tan turbada delante de mí como yo delante de
ella. El Padre Rincón se puso á hablar con el hortelano sobre los
desperfectos que habían hecho en la finca los franceses (pues esto
pasaba á principios de Septiembre, un mes después de levantado el
primer sitio), y Mariquilla y yo nos quedamos solos. ¡Solos! Mi primer
impulso fué echar á correr, y ella, según me ha dicho, también sintió
lo mismo. Pero ni ella ni yo corrimos, sino que nos quedamos allí. De
pronto sentí una grande y extraña energía en mi cerebro. Rompiendo el
silencio, comencé á hablar con ella: dijimos varias cosas indiferentes
al principio; pero á mí me ocurrían pensamientos que, según mi
entender, sobresalían de lo vulgar, y todos, todos los dije. Mariquilla
me respondía poco; pero sus ojos eran más elocuentes que cuanto yo le
estaba diciendo. Al fin, llamónos el Padre Rincón, y nos marchamos.
Me despedí de ella, y en voz baja le dije que pronto nos volveríamos
á ver. Volvimos á Zaragoza. ¡Ay! Por el camino, los árboles, el Ebro,
las cúpulas del Pilar, los campanarios de la ciudad, los transeuntes,
las casas, las tapias de las huertas, el suelo, el rumor del viento,
los perros del camino, todo me parecía distinto; todo, cielo y tierra
habían cambiado. Mi buen maestro volvió á leer á Horacio, y yo dije
que Horacio no valía nada. Me quiso comer, y amenazóme con retirarme
su amistad. Yo elogié á Virgilio con entusiasmo, y repetí aquellos
célebres versos
_Est mollis flamma medullas_
_interea, et tacitum vivit sub pectore vulnus._
—Eso pasó á principios de Septiembre—le dije.—¿Y de entonces acá?
—Desde aquel día ha empezado para mí la nueva vida. Comenzó por una
inquietud ardiente que me quitaba el sueño, haciéndome aborrecible todo
lo que no fuera Mariquilla. La propia casa paterna me era odiosa, y
vagando por los alrededores de la ciudad sin compañía alguna, buscaba
en la soledad la paz de mi espíritu. Aborrecí el colegio, los libros
todos y la teología; y cuando llegó Octubre y me querían obligar á
vivir encerrado en la santa casa, me fingí enfermo para quedarme en
la mía. Gracias á la guerra, que á todos nos ha hecho soldados, puedo
vivir libremente, salir á todas horas, incluso de noche, y verla y
hablarle con frecuencia. Voy á su casa, hago la seña convenida, baja,
abre una ventana con reja, y hablamos largas horas. Los transeuntes
pasan; pero como yo estoy embozado en mi capa hasta los ojos, con esto
y la obscuridad de la noche, nadie me conoce. Por eso los muchachos
del pueblo se preguntan unos á otros: «¿Quién será el novio de la
Candiola?» De algunas noches á esta parte, recelando que nos descubran,
hemos suprimido la conversación por la reja. María baja, abre el
portalón de la huerta y entro. Nadie puede descubrirnos, porque D.
Jerónimo, creyéndola acostada, se retira á su cuarto á contar el
dinero, y la criada vieja, única que hay en la casa, nos protege. Solos
en la huerta, nos sentamos en una escalera de piedra que allí existe,
y al través de las ramas de un álamo negro y corpulento, vemos á
pedacitos la claridad de la luna. En aquel silencio majestuoso nuestras
almas comprenden lo divino, y sentimos con una intensidad que no puede
expresarse por el lenguaje. Nuestra felicidad es tan grande, que á
veces es un tormento vivísimo; y si hay momentos en que uno desearía
centuplicarse, también los hay en que uno desearía no existir. Pasamos
allí largas horas. Anteanoche estuve hasta cerca del día, pues como
mis padres me creen en el cuerpo de guardia, no tengo prisa para
retirarme. Cuando principiaba á clarear la aurora, nos despedimos.
Por encima de la tapia de la huerta se ven los techos de las casas
inmediatas y el pico de la Torre Nueva. María, señalándole, me dijo:
—Cuando esa torre se ponga derecha, dejaré de quererte.
No dijo más Agustín, porque sonó un cañonazo del lado de Monte Torrero,
y ambos volvimos hacia allá la vista.