El lecho en que yacíamos no convidaba por sus blanduras á dormir
perezosamente la mañana; antes bien, colchón de guijarros hace buenos
madrugadores. Despertamos, pues, con el día, y como no teníamos que
entretenernos en melindres de tocador, bien pronto estuvimos en
disposición de salir á hacer nuestras visitas. A los cuatro nos ocurrió
simultáneamente la idea de que sería muy bueno desayunarnos; pero al
punto convinimos, con igual unanimidad, en que no era posible por
carecer de los fondos indispensables para tan alta empresa.
—No os acobardéis, muchachos—dijo Don Roque,—que al punto os he de
llevar á todos á casa de mi amigo, el cual nos amparará.
Cuando esto decía, vimos salir á dos hombres y una mujer de los que
fueron durante la noche nuestros compañeros de posada, y parecían gente
habituada á dormir en aquel lugar. Uno de ellos era un infeliz lisiado,
un hombre que acababa en las rodillas y se ponía en movimiento con
ayuda de muletas ó bien andando á cuatro remos, viejo, de rostro jovial
y muy tostado por el sol. Como nos saludara afablemente al pasar,
dándonos los buenos días, D. Roque le preguntó hacia qué parte de la
ciudad caía la casa de D. José de Montoria, oyendo lo cual repuso el
cojo:
—¿D. José de Montoria? Le conozco más que á las niñas de mis ojos. Hace
veinte años vivía en la calle de la Albardería; después se mudó á la de
la Parra; después... Pero ustés son forasteros por lo que veo.
—Sí, buen amigo: forasteros somos, y venimos á afiliarnos en el
ejército de esta valiente ciudad.
—¿De modo que no estaban ustés aquí el 4 de Agosto?
—No, amigo—le respondí,—no hemos presenciado ese gran hecho de armas.
—¿Ni tampoco vieron la batalla de las Eras?—preguntó el mendigo
sentándose frente á nosotros.
—Tampoco hemos tenido esa felicidad.
—Pues allí estuvo D. José Montoria: fué de los que llevaron arrastrando
el cañón hasta enfilarlo... pues. Veo que ustés no han visto nada. ¿De
qué parte del mundo vienen ustés?
—De Madrid—dijo D. Roque.—¿Con que usted nos podrá decir dónde vive mi
gran amigo D. José?
—¡Pues no he poder, hombre, pues no he de poder!—repuso el cojo,
sacando un mendrugo para desayunarse.—De la calle de la Parra se mudó á
la de Enmedio. Ya saben ustés que todas las casas volaron... pues. Allí
estaba Esteban López, soldado de la décima compañía del primer tercio
de voluntarios de Aragón, y él solo con cuarenta hombres hizo retirar á
los franceses.
—¡Eso sí que es cosa admirable!—dijo Don Roque.
—Pero si no han visto ustés lo del 4 de Agosto, no han visto
nada—continuó el mendigo.—Yo ví también lo del 4 de Junio, porque me
fui arrastrando por la calle de la Paja, y ví á la _artillera_ cuando
dió fuego al cañón de 24.
—Ya, ya tenemos noticia del heroísmo de esa insigne mujer—manifestó D.
Roque.—Pero si usted nos quisiera decir...
—Pues sí: D. José de Montoria es muy amigo del comerciante D. Andrés
Guspide, que el 4 de Agosto estuvo haciendo fuego desde la visera del
callejón de la Torre del Pino, y por allí llovían granadas, balas,
metralla, y mi D. Andrés fijo como un poste. Más de cien muertos había
á su lado, y él solo mató cincuenta franceses.
—Gran hombre es ese: ¿y es amigo de mi amigo?
—Sí, señor—respondió el cojo.—Y ambos son los mejores caballeros de
Zaragoza, y me dan limosna todos los sábados. Porque han de saber ustés
que yo soy Pepe Pallejas, y me llaman por mal nombre _Sursum Corda_,
pues como fuí hace veintinueve años sacristán de Jesús, y cantaba...
pero esto no viene al caso, y prosigo diciendo que yo soy _Sursum
Corda_, y _pué_ que hayan ustés oído hablar de mí en Madrid.
—Sí—dijo D. Roque, cediendo á un impulso de generosidad:—me parece
que allá he oído nombrar al señor de _Sursum Corda_. ¿No es verdad,
muchachos?
—Pues ello...—prosiguió el mendigo.—Y sepan también que antes del
sitio yo pedía limosna en la puerta de este Monasterio de Santa
Engracia, volado por los bandidos el 13 de Agosto. Ahora pido en la
puerta de Jerusalén, donde me podrán hallar siempre que gusten...
Pues como iba diciendo, el día 4 de Agosto estaba yo aquí, y ví salir
de la iglesia á Francisco Quílez, sargento primero de la primera
compañía del primer batallón de fusileros, el cual ya saben ustés
que fué el que con treinta y cinco hombres echó á los bandidos del
Convento de la Encarnación... Veo que se asombran ustés... ya. Pues
en la huerta de Santa Engracia, aquí detrás, murió el subteniente D.
Miguel Gila. Lo menos había doscientos cadáveres en la tal huerta, y
allí perniquebraron á D. Felipe San Clemente y Romeu, comerciante
de Zaragoza. Verdad es que si no hubiera estado presente D. Miguel
Salamero... ¿ustés no saben nada de esto?
—No, amigo y señor mío—dijo D. Roque;—nada de esto sabemos, y aunque
tenemos el mayor gusto en que usted nos cuente tantas maravillas, lo
que es ahora más nos importa saber dónde encontraremos al D. José, mi
antiguo amigo, porque padecemos los cuatro de un mal que llaman hambre,
y que no se cura oyendo contar hechos sublimes.
—Ahora mismo les llevaré á donde quieren ir—repuso _Sursum Corda_,
después de ofrecernos parte de sus mendrugos.—Pero antes les quiero
decir una cosa, y es que si D. Mariano Cereso no hubiera defendido
la Aljafería como la defendió, nada se habría hecho en el Portillo.
¡Y que es hombre de mantequillas en gracia de Dios el tal D. Mariano
Cereso! En la del 4 de Agosto andaba por las calles con su espada y
rodela antigua, y daba miedo verle. Esto de Santa Engracia parecía un
horno, señores. Las bombas y las granadas llovían; pero los patriotas
no les hacían más caso que si fueran gotas de agua. Una buena parte
del convento se desplomó; las casas temblaban, y todo esto que estamos
viendo parecía un barrio de naipes, según la prontitud con que se
incendiaba y se desmoronaba. Fuego en las ventanas, fuego arriba, fuego
abajo; los franceses caían como moscos, señores, y á los zaragozanos
lo mismo les daba morir que nada. Don Antonio Quadros embocó por allí,
y cuando miró á las baterías francesas, se las quería comer. Los
bandidos tenían sesenta cañones echando fuego sobre estas paredes.
¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y los pedazos del ladrillo de las
tapias y la tierra de los parapetos salpicaban como miajas de un bollo.
Pero los muertos servían de parapeto, y muertos arriba, muertos abajo,
aquello era una montaña. Don Antonio Quadros echaba llamas por los
ojos. Los muchachos hacían fuego sin parar: su alma era toda balas.
¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y las baterías francesas se quedaban
limpias de artilleros. Cuando vió que un cañón enemigo había quedado
sin gente, el comandante gritó: «¡Una charretera al que clave aquel
cañón!» y Pepillo Ruiz echa á andar como quien se pasea por un jardín
entre mariposas y flores de Mayo; sólo que aquí las mariposas eran
balas, y las flores bombas. Pepillo Ruiz clava el cañón y se vuelve
riendo. Pero velay que otro pedazo de convento se viene al suelo. El
que fué aplastado, aplastado quedó. D. Antonio Quadros dijo que aquello
no importaba nada, y viendo que la artillería de los bandidos había
abierto un gran boquete en el muro, fué á taparlo él mismo con una saca
de lana. Entonces una bala le dió en la cabeza. Retiráronle aquí; dijo
que tampoco aquello era nada, y espiró.
—¡Oh!—dijo D. Roque con impaciencia.—Estamos encantados, señor _Sursum
Corda_, y el más puro patriotismo nos inflama al oirle contar á usted
tan grandes hazañas; pero si usted nos quisiera decir dónde...
—Hombre de Dios—contestó el mendigo,—¿pues no se lo he de decir? Si lo
que más sé y lo que más visto tengo en mi vida es la casa de D. José de
Montoria. Como que está cerca de San Pablo. ¡Oh! ¿Ustés no vieron lo
del hospital? Pues yo sí: allí caían las bombas como el granizo. Los
enfermos, viendo que los techos se les venían encima, se arrojaban por
las ventanas á la calle. Otros se iban arrastrando y rodaban por las
escaleras. Ardían los tabiques; oíanse lamentos, y los locos mugían
en sus jaulas como fieras rabiosas. Otros se escaparon y andaban por
los claustros riendo, bailando y haciendo mil gestos graciosos que
daban espanto. Algunos salieron á la calle como en día de Carnaval, y
uno se subió á la cruz del Coso, donde se puso á sermonear, diciendo
que él era el Ebro, y que anegando la ciudad iba á sofocar el fuego.
Las mujeres corrían á socorrer á los enfermos, y todos eran llevados
al Pilar y á la Seo. No se podía andar por las calles. La Torre Nueva
hacía señales para que se supiera cuándo venía una bomba; pero el
griterío de la gente no dejaba oir las campanas. Los franceses avanzan
por esta calle de Santa Engracia; se apoderan del Hospital y del
Convento de San Francisco; empieza la guerra en el Coso y en las calles
de por allí. D. Santiago Sas, D. Mariano Cereso, D. Lorenzo Calvo, D.
Marcos Simonó, Renovales, el albéitar Martín Albantos, Vicente Codé, D.
Vicente Marraco y otros, atacan á los franceses á pecho descubierto;
y detrás de una barricada hecha por ella misma, les aguarda, llena de
furor y fusil en mano, la Condesa de Bureta.
—¡Cómo! ¿una mujer, una Condesa—preguntó con entusiasmo D.
Roque,—levantaba barricadas y apuntaba fusiles?
—¿Ustés no lo sabían?—dijo _Sursum_.—¿Pues en dónde viven ustés? La
señora María Consolación Azlor y Villavicencio, que vive allá junto al
Ecce-Homo, andaba por las calles, y á los desanimados les decía mil
lindezas, y luego, haciendo cerrar la entrada de la calle, se puso al
frente de una partida de paisanos, gritando: «¡Aquí moriremos todos
antes que dejarles pasar!»
—¡Oh, cuánta sublimidad!—exclamó Don Roque, bostezando de hambre.—¡Y
cuánto me agradaría oir contar hazañas de esa naturaleza con el
estómago lleno! Con que decía usted que la casa de D. José cae hacia...
—Hacia allá—repuso el cojo.—Ya saben ustés que los enemigos se
enredaron y se atascaron en el arco de Cineja. ¡Virgen mía del Pilar!
aquello era matar franceses; lo demás es aire. En la calle de la
Parra, en la plazuela de Estrevedes, en la calle de los Urreas, en
la de Santa Fe y en la del Azoque los paisanos despedazaban á los
franceses. Todavía me zumba en las orejas el cañoneo, el gritar de
aquel día. Los gabachos quemaban las casas que no podían defender, y
los zaragozanos hacían lo mismo. Fuego por todos lados... Hombres,
mujeres, chiquillos... basta tener dos manos para trabajar contra el
enemigo. ¿Ustés no lo vieron? Pues no han visto nada. Pues como les iba
diciendo, aquel día salió Palafox de Zaragoza para...
—Basta, amigo mío—dijo D. Roque perdiendo la paciencia:—estamos
encantados con su conversación; pero si no nos guía al instante á casa
de mi paisano ó nos indica cómo podemos encontrar su casa, nos iremos
solos.
—Al instante, señores, no apurarse—replicó _Sursum Corda_ echando á
andar delante de nosotros con toda la agilidad de sus muletas.—Vamos
allá, vamos con mil amores. ¿Ven ustés esta casa? Pues aquí vive
Antonio Laste, sargento primero de la compañía del cuarto tercio, y
ya sabrán que salvó de la Tesorería los diez y seis mil cuatrocientos
pesos, y quitó á los franceses la cera que habían robado.
—Adelante, adelante, amigo,—dije, viendo que el incansable hablador se
detenía para contar de un modo minucioso las hazañas de Antonio Laste.
—Ya pronto llegaremos—repuso _Sursum_.—Por aquí iba yo en la mañana
del 1.º de Julio, cuando encontré á Hilario Lafuente, cabo primero de
la compañía de escopeteros del presbítero Sas, y me dijo: «Hoy van á
atacar el Portillo.» Entonces yo me fuí á ver lo que había y...
—Ya estamos enterados de todo—le indicó D. Roque.—Vamos á prisa, y
después hablaremos.
—Esta casa que ven ustés toda quemada y hecha escombros—agregó el
cojo volviendo una esquina,—es la que ardió el día 4, cuando D.
Francisco Ipas, subteniente de la segunda compañía de escopeteros de la
parroquia de San Pablo, se puso aquí con un cañón, y luego...
—Ya sabemos lo demás, buen hombre—dijo D. Roque.—Adelante y más que de
prisa.
—Pero mucho mejor fué lo que hizo Codé, labrador de la parroquia de la
Magdalena, con el cañón de la calle de la Parra—continuó el mendigo
deteniéndose otra vez.—Pues al ir á disparar, los franceses se echan
encima: huyen todos; pero Codé se mete debajo del cañón; pasan los
franceses sin verlo, y después, ayudado de una vieja que le dió una
cuerda, arrastra la pieza hasta la boca-calle. Vengan ustés y les
enseñaré.
—No, no queremos ver nada: adelante, adelante en nuestro camino.
Tanto le azuzamos, y con tanta obstinación cerramos nuestros oídos á
sus historias, que al fin, aunque muy despacio, nos llevó por el Coso y
el Mercado á la calle de la Hilarza, donde la persona á quien queríamos
ver tenía su casa.