II

El lecho en que yacíamos no convidaba por sus blanduras á dormir

perezosamente la mañana; antes bien, colchón de guijarros hace buenos

madrugadores. Despertamos, pues, con el día, y como no teníamos que

entretenernos en melindres de tocador, bien pronto estuvimos en

disposición de salir á hacer nuestras visitas. A los cuatro nos ocurrió

simultáneamente la idea de que sería muy bueno desayunarnos; pero al

punto convinimos, con igual unanimidad, en que no era posible por

carecer de los fondos indispensables para tan alta empresa.

—No os acobardéis, muchachos—dijo Don Roque,—que al punto os he de

llevar á todos á casa de mi amigo, el cual nos amparará.

Cuando esto decía, vimos salir á dos hombres y una mujer de los que

fueron durante la noche nuestros compañeros de posada, y parecían gente

habituada á dormir en aquel lugar. Uno de ellos era un infeliz lisiado,

un hombre que acababa en las rodillas y se ponía en movimiento con

ayuda de muletas ó bien andando á cuatro remos, viejo, de rostro jovial

y muy tostado por el sol. Como nos saludara afablemente al pasar,

dándonos los buenos días, D. Roque le preguntó hacia qué parte de la

ciudad caía la casa de D. José de Montoria, oyendo lo cual repuso el

cojo:

—¿D. José de Montoria? Le conozco más que á las niñas de mis ojos. Hace

veinte años vivía en la calle de la Albardería; después se mudó á la de

la Parra; después... Pero ustés son forasteros por lo que veo.

—Sí, buen amigo: forasteros somos, y venimos á afiliarnos en el

ejército de esta valiente ciudad.

—¿De modo que no estaban ustés aquí el 4 de Agosto?

—No, amigo—le respondí,—no hemos presenciado ese gran hecho de armas.

—¿Ni tampoco vieron la batalla de las Eras?—preguntó el mendigo

sentándose frente á nosotros.

—Tampoco hemos tenido esa felicidad.

—Pues allí estuvo D. José Montoria: fué de los que llevaron arrastrando

el cañón hasta enfilarlo... pues. Veo que ustés no han visto nada. ¿De

qué parte del mundo vienen ustés?

—De Madrid—dijo D. Roque.—¿Con que usted nos podrá decir dónde vive mi

gran amigo D. José?

—¡Pues no he poder, hombre, pues no he de poder!—repuso el cojo,

sacando un mendrugo para desayunarse.—De la calle de la Parra se mudó á

la de Enmedio. Ya saben ustés que todas las casas volaron... pues. Allí

estaba Esteban López, soldado de la décima compañía del primer tercio

de voluntarios de Aragón, y él solo con cuarenta hombres hizo retirar á

los franceses.

—¡Eso sí que es cosa admirable!—dijo Don Roque.

—Pero si no han visto ustés lo del 4 de Agosto, no han visto

nada—continuó el mendigo.—Yo ví también lo del 4 de Junio, porque me

fui arrastrando por la calle de la Paja, y ví á la _artillera_ cuando

dió fuego al cañón de 24.

—Ya, ya tenemos noticia del heroísmo de esa insigne mujer—manifestó D.

Roque.—Pero si usted nos quisiera decir...

—Pues sí: D. José de Montoria es muy amigo del comerciante D. Andrés

Guspide, que el 4 de Agosto estuvo haciendo fuego desde la visera del

callejón de la Torre del Pino, y por allí llovían granadas, balas,

metralla, y mi D. Andrés fijo como un poste. Más de cien muertos había

á su lado, y él solo mató cincuenta franceses.

—Gran hombre es ese: ¿y es amigo de mi amigo?

—Sí, señor—respondió el cojo.—Y ambos son los mejores caballeros de

Zaragoza, y me dan limosna todos los sábados. Porque han de saber ustés

que yo soy Pepe Pallejas, y me llaman por mal nombre _Sursum Corda_,

pues como fuí hace veintinueve años sacristán de Jesús, y cantaba...

pero esto no viene al caso, y prosigo diciendo que yo soy _Sursum

Corda_, y _pué_ que hayan ustés oído hablar de mí en Madrid.

—Sí—dijo D. Roque, cediendo á un impulso de generosidad:—me parece

que allá he oído nombrar al señor de _Sursum Corda_. ¿No es verdad,

muchachos?

—Pues ello...—prosiguió el mendigo.—Y sepan también que antes del

sitio yo pedía limosna en la puerta de este Monasterio de Santa

Engracia, volado por los bandidos el 13 de Agosto. Ahora pido en la

puerta de Jerusalén, donde me podrán hallar siempre que gusten...

Pues como iba diciendo, el día 4 de Agosto estaba yo aquí, y ví salir

de la iglesia á Francisco Quílez, sargento primero de la primera

compañía del primer batallón de fusileros, el cual ya saben ustés

que fué el que con treinta y cinco hombres echó á los bandidos del

Convento de la Encarnación... Veo que se asombran ustés... ya. Pues

en la huerta de Santa Engracia, aquí detrás, murió el subteniente D.

Miguel Gila. Lo menos había doscientos cadáveres en la tal huerta, y

allí perniquebraron á D. Felipe San Clemente y Romeu, comerciante

de Zaragoza. Verdad es que si no hubiera estado presente D. Miguel

Salamero... ¿ustés no saben nada de esto?

—No, amigo y señor mío—dijo D. Roque;—nada de esto sabemos, y aunque

tenemos el mayor gusto en que usted nos cuente tantas maravillas, lo

que es ahora más nos importa saber dónde encontraremos al D. José, mi

antiguo amigo, porque padecemos los cuatro de un mal que llaman hambre,

y que no se cura oyendo contar hechos sublimes.

—Ahora mismo les llevaré á donde quieren ir—repuso _Sursum Corda_,

después de ofrecernos parte de sus mendrugos.—Pero antes les quiero

decir una cosa, y es que si D. Mariano Cereso no hubiera defendido

la Aljafería como la defendió, nada se habría hecho en el Portillo.

¡Y que es hombre de mantequillas en gracia de Dios el tal D. Mariano

Cereso! En la del 4 de Agosto andaba por las calles con su espada y

rodela antigua, y daba miedo verle. Esto de Santa Engracia parecía un

horno, señores. Las bombas y las granadas llovían; pero los patriotas

no les hacían más caso que si fueran gotas de agua. Una buena parte

del convento se desplomó; las casas temblaban, y todo esto que estamos

viendo parecía un barrio de naipes, según la prontitud con que se

incendiaba y se desmoronaba. Fuego en las ventanas, fuego arriba, fuego

abajo; los franceses caían como moscos, señores, y á los zaragozanos

lo mismo les daba morir que nada. Don Antonio Quadros embocó por allí,

y cuando miró á las baterías francesas, se las quería comer. Los

bandidos tenían sesenta cañones echando fuego sobre estas paredes.

¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y los pedazos del ladrillo de las

tapias y la tierra de los parapetos salpicaban como miajas de un bollo.

Pero los muertos servían de parapeto, y muertos arriba, muertos abajo,

aquello era una montaña. Don Antonio Quadros echaba llamas por los

ojos. Los muchachos hacían fuego sin parar: su alma era toda balas.

¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y las baterías francesas se quedaban

limpias de artilleros. Cuando vió que un cañón enemigo había quedado

sin gente, el comandante gritó: «¡Una charretera al que clave aquel

cañón!» y Pepillo Ruiz echa á andar como quien se pasea por un jardín

entre mariposas y flores de Mayo; sólo que aquí las mariposas eran

balas, y las flores bombas. Pepillo Ruiz clava el cañón y se vuelve

riendo. Pero velay que otro pedazo de convento se viene al suelo. El

que fué aplastado, aplastado quedó. D. Antonio Quadros dijo que aquello

no importaba nada, y viendo que la artillería de los bandidos había

abierto un gran boquete en el muro, fué á taparlo él mismo con una saca

de lana. Entonces una bala le dió en la cabeza. Retiráronle aquí; dijo

que tampoco aquello era nada, y espiró.

—¡Oh!—dijo D. Roque con impaciencia.—Estamos encantados, señor _Sursum

Corda_, y el más puro patriotismo nos inflama al oirle contar á usted

tan grandes hazañas; pero si usted nos quisiera decir dónde...

—Hombre de Dios—contestó el mendigo,—¿pues no se lo he de decir? Si lo

que más sé y lo que más visto tengo en mi vida es la casa de D. José de

Montoria. Como que está cerca de San Pablo. ¡Oh! ¿Ustés no vieron lo

del hospital? Pues yo sí: allí caían las bombas como el granizo. Los

enfermos, viendo que los techos se les venían encima, se arrojaban por

las ventanas á la calle. Otros se iban arrastrando y rodaban por las

escaleras. Ardían los tabiques; oíanse lamentos, y los locos mugían

en sus jaulas como fieras rabiosas. Otros se escaparon y andaban por

los claustros riendo, bailando y haciendo mil gestos graciosos que

daban espanto. Algunos salieron á la calle como en día de Carnaval, y

uno se subió á la cruz del Coso, donde se puso á sermonear, diciendo

que él era el Ebro, y que anegando la ciudad iba á sofocar el fuego.

Las mujeres corrían á socorrer á los enfermos, y todos eran llevados

al Pilar y á la Seo. No se podía andar por las calles. La Torre Nueva

hacía señales para que se supiera cuándo venía una bomba; pero el

griterío de la gente no dejaba oir las campanas. Los franceses avanzan

por esta calle de Santa Engracia; se apoderan del Hospital y del

Convento de San Francisco; empieza la guerra en el Coso y en las calles

de por allí. D. Santiago Sas, D. Mariano Cereso, D. Lorenzo Calvo, D.

Marcos Simonó, Renovales, el albéitar Martín Albantos, Vicente Codé, D.

Vicente Marraco y otros, atacan á los franceses á pecho descubierto;

y detrás de una barricada hecha por ella misma, les aguarda, llena de

furor y fusil en mano, la Condesa de Bureta.

—¡Cómo! ¿una mujer, una Condesa—preguntó con entusiasmo D.

Roque,—levantaba barricadas y apuntaba fusiles?

—¿Ustés no lo sabían?—dijo _Sursum_.—¿Pues en dónde viven ustés? La

señora María Consolación Azlor y Villavicencio, que vive allá junto al

Ecce-Homo, andaba por las calles, y á los desanimados les decía mil

lindezas, y luego, haciendo cerrar la entrada de la calle, se puso al

frente de una partida de paisanos, gritando: «¡Aquí moriremos todos

antes que dejarles pasar!»

—¡Oh, cuánta sublimidad!—exclamó Don Roque, bostezando de hambre.—¡Y

cuánto me agradaría oir contar hazañas de esa naturaleza con el

estómago lleno! Con que decía usted que la casa de D. José cae hacia...

—Hacia allá—repuso el cojo.—Ya saben ustés que los enemigos se

enredaron y se atascaron en el arco de Cineja. ¡Virgen mía del Pilar!

aquello era matar franceses; lo demás es aire. En la calle de la

Parra, en la plazuela de Estrevedes, en la calle de los Urreas, en

la de Santa Fe y en la del Azoque los paisanos despedazaban á los

franceses. Todavía me zumba en las orejas el cañoneo, el gritar de

aquel día. Los gabachos quemaban las casas que no podían defender, y

los zaragozanos hacían lo mismo. Fuego por todos lados... Hombres,

mujeres, chiquillos... basta tener dos manos para trabajar contra el

enemigo. ¿Ustés no lo vieron? Pues no han visto nada. Pues como les iba

diciendo, aquel día salió Palafox de Zaragoza para...

—Basta, amigo mío—dijo D. Roque perdiendo la paciencia:—estamos

encantados con su conversación; pero si no nos guía al instante á casa

de mi paisano ó nos indica cómo podemos encontrar su casa, nos iremos

solos.

—Al instante, señores, no apurarse—replicó _Sursum Corda_ echando á

andar delante de nosotros con toda la agilidad de sus muletas.—Vamos

allá, vamos con mil amores. ¿Ven ustés esta casa? Pues aquí vive

Antonio Laste, sargento primero de la compañía del cuarto tercio, y

ya sabrán que salvó de la Tesorería los diez y seis mil cuatrocientos

pesos, y quitó á los franceses la cera que habían robado.

—Adelante, adelante, amigo,—dije, viendo que el incansable hablador se

detenía para contar de un modo minucioso las hazañas de Antonio Laste.

—Ya pronto llegaremos—repuso _Sursum_.—Por aquí iba yo en la mañana

del 1.º de Julio, cuando encontré á Hilario Lafuente, cabo primero de

la compañía de escopeteros del presbítero Sas, y me dijo: «Hoy van á

atacar el Portillo.» Entonces yo me fuí á ver lo que había y...

—Ya estamos enterados de todo—le indicó D. Roque.—Vamos á prisa, y

después hablaremos.

—Esta casa que ven ustés toda quemada y hecha escombros—agregó el

cojo volviendo una esquina,—es la que ardió el día 4, cuando D.

Francisco Ipas, subteniente de la segunda compañía de escopeteros de la

parroquia de San Pablo, se puso aquí con un cañón, y luego...

—Ya sabemos lo demás, buen hombre—dijo D. Roque.—Adelante y más que de

prisa.

—Pero mucho mejor fué lo que hizo Codé, labrador de la parroquia de la

Magdalena, con el cañón de la calle de la Parra—continuó el mendigo

deteniéndose otra vez.—Pues al ir á disparar, los franceses se echan

encima: huyen todos; pero Codé se mete debajo del cañón; pasan los

franceses sin verlo, y después, ayudado de una vieja que le dió una

cuerda, arrastra la pieza hasta la boca-calle. Vengan ustés y les

enseñaré.

—No, no queremos ver nada: adelante, adelante en nuestro camino.

Tanto le azuzamos, y con tanta obstinación cerramos nuestros oídos á

sus historias, que al fin, aunque muy despacio, nos llevó por el Coso y

el Mercado á la calle de la Hilarza, donde la persona á quien queríamos

ver tenía su casa.

Zaragoza · 第 7 / 37 题