XV

Regalo son de los ojos,

haciéndolas menos densas

y bordando de la noche

las misteriosas tinieblas:

un luminoso suspiro

de la luna macilenta;

¡del astro que lejos muere

la despedida postrera!

la luz temblorosa y pura

de mil millares de estrellas

que errantes chispas encienden

sobre las ondas serenas;

huyendo de los esquifes,

murmurándoles sus quejas,

fosforescentes espumas

por irritadas más bellas;

nieve, purísima nieve,

dormida en las aguas quedas

y que azoran, de los remos,

las sacudidas violentas:

destellos que multiplican

las armas de los cincuenta

que van a Máctan, del Régulo

a vengar la grave ofensa,

y que en la costa enemiga

marcaran, antes, sus huellas,

de que las nocturnas sombras

avergonzadas por feas,

se escondan viendo del alba

la blanca faz hechicera.

Avanzan como los vientos

las navecillas ligeras,

y presto en Máctan embisten

de la playa las arenas:

Hernando de Magallanes

dictó consigna severa

y desembarcan los bravos

de sombras con apariencias;

porque tal es el silencio,

que no se mueve una lengua

ni para alzar sus ruidos

tienen las armas licencia,

y de los mismos esquifes

enmudecen las maderas

y hasta las olas acallan

el rumor de la marea;

que las órdenes de Hernando

no quieren desobediencias...!

Es todo inutil; al punto

se oyen las voces aquellas

agudas, desapacibles,

que repetidas se alejan

lo mismo que las del eco

volando de sierra en sierra,

con las que anuncian los indios,

habiendo ocurrido apenas

la cautelosa llegada

de la falange extranjera;

mostrando con sus aullidos

y con vivir tan alerta,

que nunca abrigaron duda,

antes tuvieron certeza

de que los de España irían

a castigar la insolencia

del altanero cacique;

sin afligirles más pena

que no poder de los tiempos

quebrantar la ley suprema,

acelerando las horas,

para sus ansias tan lentas!

que han de aguardar impacientes

antes de lavar su afrenta.

Al ver burlado el misterio

con que trataban ausencia

mentirles, juzgan más próxima

la vengadora refriega,

y al viento dan los aceros,

apoyanlos en las piedras,

y de las lucientes hojas

probando la resistencia,

llegan a poner las puntas,

de las guarniciones cerca;

y al clavarlas en el suelo,

sienten hervir en las venas

de sus abuelos la sangre,

que fué su mejor herencia,

y acariciando la santa

memoria de sus proezas,

murmuran--_¡desperta ferro!_--

siguiendo la usanza vieja.

Forman un compacto grupo

dispuestos a la pelea:

bostezan los arcabuces

mostrando sus bocas negras;

que ansían vomitar muerte

y les aburre la huelga:

suena el clarín sacudiendo

de su mudez la vergüenza,

y a su son acude el dia,

precedido de la incierta

luz del alba, como nuncio

de su próxima presencia.

Ven entonces los guerreros

de enemigos nube inmensa,

llenando apiñada masa

toda la tendida cuesta

desde donde acaba el llano

hasta donde el bosque empieza.

La viviente mancha obscura,

las incontables ballestas

las innumerables lanzas

juntas cual lluviosas hebras,

todo obscuro como el bosque

que guarda sus madrigueras,

todo inquieto cual las ramas

que sacude la tormenta,

preséntase prolongando

la espesura de la selva.

¿Qué es aguardar? Magallanes,

al ver que con impaciencia

por la cifra de contrarios

multiplica su fiereza,

dirigiéndose a su hueste

dice las razones éstas:

--"El santo nombre de Cristo,

la noble gracia del César,

y la gloria de la patria

y la limpia fama nuestra

los estáis viendo ultrajados

por aquella vil caterva,

y de su venganza os hacen

la generosa encomienda.

Los que nacen en España

sólo conocen dos sendas:

o morir, para honra propia,

o vencer, para honra de ella.

Cuanto hasta el presente hicimos

va jugando en esta empresa;

ved lo que puede costaros

un momento de flaqueza.

La causa que sustentais,

de batallar la experiencia,

el corazón y las armas;

toda la ventaja es vuestra.

¡Compañeros! nuestras glorias

son de los salvajes presa;

vamos por ella, llevando

rayos de acero en la diestra,

el agravio, en la memoria

y la fé, en la Providencia!"--

El grito de "Dios y Patria"

ruje la hueste de Iberia,

y al punto hacia el enemigo

emprende veloz carrera

estremeciéndose, altiva

y feroz, con la soberbia

de leones irritados

que sacuden las melenas;

los alaridos del indio

turban la región serena

del aire, y la muchedumbre

de los contrarios, inquieta,

en sinuosas oleadas

agítase, a la manera

con que a los ojos se ofrecen

las ondas altas y lejas,

o las mieses que combaten

los vientos de la pradera.

Forman cerrada techumbre

en el espacio las flechas

despedidas por los indios

con vigorosa destreza,

y de las finas corazas

el temple ponen a prueba,

hasta parecer dudoso

lo eficaz de su defensa;

llegan, hieren y rebotan

sin un instante de tregua

y es pavoroso redoble

el que sin cesar resuena,

imitando el que produce

de granizo nube espesa,

cuando los vidrios azota

con iracunda violencia.

Ruje de los arcabuces

la detonación siniestra

y ante sus fuegos los indios

de vacilación dan muestra;

más, prestos, cual si escuchasen

amenazadora arenga,

con nuevo aliento sacuden

la momentánea tibieza,

y los que detrás combaten

cierran sin temor las brechas

en que rompe el plomo hirviente

las avanzadas hileras,

y no cede de los indios

la pertinaz resistencia,

y van pasando las horas,

y aquella humana barrera

si cien veces viene al suelo

otras cien se alza más recia.

Sobre el enemigo bando

corre la mesnada ibera,

empeñándose la lucha

más fragorosa y sangrienta.

Las incansables espadas

relumbran como centellas,

y dan a sus rudos golpes

robustas lanzas respuesta;

saltando bajo las mazas

las armaduras deshechas,

por el campo estremecido

hacen abundante siembra

de hombreras, petos, celadas,

brazaletes y escarcelas.

Los de España sus aceros

con ambas manos aferran,

y a su filo no resisten

las enemigas rodelas,

y divide el mismo golpe

hasta el pecho las cabezas,

y parece, al descargarle,

que surge de una caverna

el ronco aliento, imitando

esa saña, ese ardor, esa

respiración del labriego,

ruidosa, cuando maneja

el hacha y gigante tronco

desmenuza en leves leñas;

y para espantar las almas

abren tan cumplidas puertas

que al salir, aún las más grandes

se sienten harto pequeñas:

todo fuego, todo llamas,

lumbre todo en la contienda;

las rojas chispas que al choque

de los hierros centellean,

los rayos de las pupilas,

el ardor de la ira ciega,

el resuello incandescente,

el mar de sangre que humea...!

Al fin, el tesón desmaya

de su brava resistencia

y las enemigas turbas

guarecense en la floresta,

de mortal pavor transidas,

arrastradas y dispersas,

como al rugir de los vientos

las pálidas hojas muertas,

cumpliéndose la de Hernando

a Amábar brava promesa.

Tras de ellos los españoles,

con bien escasa prudencia,

prosiguiendo la victoria

van a la espesura negra,

y de los contrarios muertos

dificultando la cuenta

es cruel carnicería

la que fué función de guerra,

y es angustioso lamento

lo que fué rugir de fieras.

Apaga la luz del día

de humo negro nube espesa;

rásganla voraces llamas

incendiando la ancha esfera,

que a los deslumbrados ojos

miente tempestad horrenda,

y aquella sangre, que baña

monte y llano por doquiera,

parece la roja lluvia

de aquella nube bermeja.

La morada del cacique

y las vecinas viviendas

de los indios principales,

son sólo incendiaria tea

a cuyo contacto el bosque

se inflama en gigante hoguera,

de la victoria de España

solemnizando la fiesta;

pero pronto aquella lumbre,

breves momentos risueña,

lo mismo que de las hojas

hace del placer pavesas,

y es antorcha funeraria

que alumbra con llama tétrica,

la realidad espantosa

de las humanas miserias...!

Seguido de algunos pocos

soldados, con marcha presta

Hernando de Magallanes,

siguiendo angosta vereda,

adelanta sin recelo,

ni cuidar de que la senda

se prolonga entre dos vallas

de impenetrables malezas,

cuando una lanza traidora

salida de entre las breñas,

rápida, pujante, aguda

como acerada saeta,

sin que su poder resista

la coraza milanesa,

de peto, espaldar y entrañas

desmiente la fortaleza,

y del pecho del caudillo

lanza el alma gigantesca;

veda el color al semblante

la savia de sus arterias

apareciendo en las armas

el carmín que al rostro niega;

cae el acero de sus manos,

alza una mirada inmensa

al cielo, ruge, desmaya,

y, cual coloso de piedra,

cuando a plomo se derrumba

hace trepidar la tierra....

Acúdenle los soldados

con estéril diligencia;

no salen los españoles

de la terrible sorpresa

vanas son las esperanzas;

sola su desdicha es cierta;

¡no le tornan a la vida

juramentos ni querellas...!

Cuando cumple a la Fortuna

mostrarse con él espléndida,

le asalta traidora muerte,

le aguarda salvaje huesa;

pero logra el buen Hernando,

por preciada recompensa,

¡aquí abajo eterna fama

y allá arriba gloria eterna!

Parnaso Filipino Antología de Poetas del Archipelago Magellanico · 第 354 / 368 题