Esa nación grandiosa que, a porfía,
conquista mandos con ardor valiente,
también ensalza con fervor creyente,
las sublimes grandezas de María.
De fervorosa y mística alegría,
se ilumina su rostro de repente,
y se postra de hinojos, reverente,
cuando pasa la virgen por su vida.
Y es que en esa nación de maravilla,
la lumbre de la fé constante brilla,
y hasta en la sangre de sus venas late;
¡Por eso entre el fragor de la metralla,
a sus hombres veréis en la batalla,
que se persignan antes del combate!