¡Oh rosas de lascivia!
Yo sé que os extenuais de emociones supremas
cuando en vuestras corolas deposita sus gemmas
el bienhechor rocío, entre la noche tibia.
Fuísteis como diademas
en las frentes de Lais, de Salomé, de Aspasia,
de las _cocottes_ de Europa y bayaderas de Asia
y de las Margaritas que enfloraron América.
Vuestro perfume intenso de prostituta histérica,
que incita al sacrilegio,
lo anhela todo el mundo, desde el burgués intonso
hasta el artista egregio,
y desde el venerable que reza su responso
y ornamenta sus dedos con aguas de amatista
hasta el viejo eremita que entiende el sortilegio,
conversa con los astros y es brujo y alquimista.
Los secretos de alcoba
los que sabéis vosotras: el espasmo que arroba,
el deseo que mata, los contactos sutiles,
las caricias de seda
y el estremecimiento de las carnes febriles.
Habéis mirado al cisne, prodigador de halagos,
ensangrentar su pico en los muslos de Leda
sobre la mansedumbre de los dormidos lagos.
Los ojos de Astartea
os contemplaron mucho. Frinés y Mesalinas
perfumaron el agua que besaba sus senos
con el aroma vuestro. Médicis y Popea,
y otras hembras felinas,
os dieron el hechizo de sus labios obscenos.
No ignoráis lo que ocurre
en las silentes noches: el cuerpo que se escurre
entre las suavidades de los ropajes blancos,
las manos que se pierden por los turgentes flancos,
el beso que provoca,
los labios que se buscan y los lenguajes francos
que van de boca a boca.
Y sabéis, por fin, rosas,
que el talismán eterno
de las damas hermosas
de anémicos suicidas ha llenado el infierno...
1911.