ELOGIO DEL CASTELLANO

PREMIO DE POESÍA EN CERTAMEN ABIERTO POR EL CASINO ESPAÑOL DE MANILA,

ENERO 1917, AL INAUGURARSE LA "CASA DE ESPAÑA"

"¿Ya no hay nobles hidalgos

ni bravos caballeros?

¿Callaremos ahora

para llorar después?"

(RUBEN DARIO, "Los Cisnes")

Arca santa inviolable de la Raza,

Arca santa de próceres bellezas,

que a tu prestigio espiritual vinculas

la gloria de las magnas epopeyas;

Arca egregia y divina,

que en las ingentes luchas ya pretéritas

sobreviviste al colonial desastre,

cual sobrevive el alma a la materia;

Arca ebúrnea, copón de maravillas,

donde se guarda secular herencia;

Arca de lo inmortal que veneramos

en la vetusta casa solariega;

Arca de oro que ofrece el Libro Santo

y el perfumado pan de la Belleza,

por quién juramos proscribir la casta

de osados malandrines que te afrentan;

la musa tropical, la musa autóctona,

de tus clásicos lauros heredera,

torna a pulsar el clavicordio hispano,

clavicordio romántico que sueña,

clavicordio que sufre como un alma,

clavicordio polífono que encierra

en sus notas lo grande, clavicordio

donde llora sus cuitas Filomela,

donde estallan los gritos del combate,

donde retumba la canción de gesta...

Y canta en tu loor, oh lengua hispana,

del pensamiento alada mensajera,

que fulguras, cual límpida custodia

de la eterna Verdad, en las conciencias,

como el sol en las cúspides altivas

donde la tromba y el ciclón fermentan,

como el anhelo indígena que fulge

en el blasón astral de mi bandera.

Oh lengua sacrosanta

de Fray Luis y Miguel, Lope de Vega,

del Arcipreste, Calderón y Góngora,

los Argensola, Hurtado y Espronceda;

la lengua que enfloró de madrigales

las prístinas edades romancescas,

toda hecha de vorágines y truenos,

toda hecha de suspiros y cadencias,

coro inmenso de tímpanos, concierto

de las panidas flautas en la sierra,

sinfonía fantástica que irrumpe

del arpa gigantesca de las selvas.

Es tu ritmo la ronda bulliciosa

de crótalos y locas panderetas,

de guitarras que dicen el elogio

de unos ojos reidores que asaetan;

es la risa que en notas se desata

cual cristalino desgranar de perlas,

el madrigal sonoro que deslíe

sus estrofas de amor en las verbenas,

y el chocar de las copas musicales

donde hierve la sangre de las cepas.

Es tu acento el susurro que adormece

del aura al retozar en la floresta,

y el blando caramillo que solloza,

bajo el beso lunar en primavera.

Te remeda el gorjeo de la alondra,

la imperativa voz de las trompetas,

el quejido que emerge de la cuna

y el doliente "kundiman" de mi tierra,

el raudo vendaval que avanza indómito

por cima de las altas cordilleras,

y brama en los barrancos y hondonadas

y en las rocas que hendieron las centellas.

Y tuviste en la lira de Quintana

ecos triunfales, resonancias bélicas

de estoques y corazas y armaduras

que son el timbre perennal de Iberia;

en los versos broncíneos de Chocano,

fragor de sordas cataratas épicas,

algazara de pompas coloniales,

rumor de besos y temblor de quenas.

De Solís en la prosa cincelada,

ímpetus de corcel, dianas homéricas,

estrépito de lanzas y tizonas,

de broqueles y cascos y rodelas.

En Fray Luis de León fuíste cigarra

que endulzaba el reposo de la siesta,

y tonada de amor de la tierruca

en los cuadros agrestes de Pereda;

caballero gentil de la Armonía

en el rugiente "Niágara" de Heredia,

batir de alas de ingrávidos querubes

en las trovas ardientes de Teresa.

Y en el arpa divina de Darío,

ruido de encajes y _frufús_ de seda,

música de cinceles sobre el mármol

y murmurio de risas y de gemas,

canción de cisnes sobre el quieto estanque

al paso de las "púberes canéforas",

arpegio de violines cortesanos

y vibración de cítaras helenas.

Y cerraste la elipse de tu gloria,

con un estruendo de imperial proeza;

en las perennes páginas altísimas

del libro de Cervantes Saavedra.

No en vano fueron por ignotos mares

de Hispania las veloces carabelas,

en comunión ferviente con la Audacia

y los altos designios de la Idea;

no en vano los Cortés y los Balboa

desafiaron el hambre y las tormentas,

y sus bridones épicos midieron

las pampas infinitas de la América;

no en vano sobre el pico de los Andes,

dueña del mundo, flameó tu enseña,

tan amplia que cubrió dos continentes,

tan gloriosa, tan noble y tan excelsa;

no en vano, por tres siglos, tus ejércitos

han levantado en mi solar sus tiendas,

y vieron el prodigio de mis lagos

y de mis bellas noches el poema;

no en vano en nuestras almas imprimistes

de tus virtudes la radiosa estela,

y gallardos enjoyan tus rosales

plenos de aroma las nativas sendas:

tu imperio espiritual vive y perdura,

y extiende su simbólica cadena

del Pirene a los Andes y al Carballo,

y en un abrazo inmenso los estrecha.

Por los mares Atlántico y Pacífico

tus fuertes galeones aún navegan,

y van en ellos, bajo un sol de gloria,

almas grandes que luchan y que anhelan,

andantes caballeros del Ensueño,

guardianes de la fé de Dulcinea,

locos sublimes que descubren mundos

y mueren por su reina la Quimera.

Aún nos ofrecen tus antiguos códices

la fórmula inmortal de la Belleza,

y tus filtros y alquimias prodigiosos

del humano dolor la panacea.

No morirás jamás en este suelo

que ilumina tu luz. Quien lo pretenda

ignora que el castillo de mi raza

es de bloques que dieron tus canteras.

Parnaso Filipino Antología de Poetas del Archipelago Magellanico · 第 242 / 368 题