EL ALMA DE LA RAZA

Mi sangre tiene un alma que es alma de titanes.

Sangre de Solimanes

corre por sus arterias, que siempre latirán.

Tiene el pecho templado al fragor de la guerra.

Bajo sus pies de atleta se estremece la tierra,

porque enciende sus nervios la flama de un volcán.

Es tricolor su enseña. Tiene el azul del Arte,

la blancura del lirio y la rojez de Marte,

por tres timbres gloriosos de su ilustre blasón.

Sonríe, si la hiere la silbante metralla.

Es su soñada gloria caer en la batalla,

teniendo por sudario su santo pabellón.

Es suave como el ritmo de las flautas bucólicas,

que ensaya dulcemente en notas melancólicas,

entre las verdes cañas, la brisa vesperal.

Fuerte, como el _tamarao_[30] de las selvas malayas,

como el caimán enorme que custodia sus playas,

cual las eternas fráguas del Apo y del Taal.

[Nota 30: Carabao "cimarrón", originario de la isla, de Mindoro,

imposible de domesticar, y muy fiero.]

Escala cubiertas cumbres, conquista hondos abismos,

jamás sucumbe en lucha contra los despotismos

del extraño poder.

Se lanza cantando himnos a la tumba enemiga,

el ideal por gladio y por triple loriga

la gloria de su patria, el honor y el deber.

Es sílfide ligera de fantásticos vuelos,

virgen como sus selvas, azul como sus cielos,

ciclón en los combates y céfiro en la paz.

Tiene furias de trueno y trinos de canario.

Oveja, más no teme al león sanguinario;

paloma, más no huye del águila rapaz.

Sabe pulsar la cítara con melodioso acento,

lúgubre como un cisne, triste como un lamento

si se siente morir.

Sabe pulsar la cítara en arpegios bullentes,

como del _champagne_ rubios los topacios hirvientes,

cuando su pecho embriaga la dicha del vivir.

Suspiran sus cantares las campiñas de flores,

las brisas de la sierra, los alegres rumores

del bosque tropical;

la lluvia que desciende en perlas diminutas,

los oros del crepúsculo, las sombras de las grutas

y el épico tumulto del fiero vendaval.

El alma de mi raza tiene ensueños románticos;

calma sus pesadumbres con amorosos cánticos,

en idílicas noches, bajo un claro fulgor.

Sonríe cuando mira la pensativa luna

rielar sobre las ondas de una inquieta laguna,

fingiendo dulce calma, ahogando su dolor.

Sonríe cuando escucha, en la blanca mañana,

los acordes de un canto que un pájaro desgrana

en las frondas de un bosque virgen de humano pie.

Sonríe, aunque padece, cuando triste vislumbra

del muriente crepúsculo en la leve penumbra

los recuerdos lejanos de un imperio que fué.

Es río que serpea bajo cañaverales,

copiando en el encanto de sus claros cristales

la azul inmensidad;

pero es también oceano que derrumba montañas

cuando, en el seno obscuro de sus vastas entrañas,

hieren iras volcánicas su sed de libertad.

El alma filipina es tierna en sus amores,

profunda en sus tormentos, serena en sus dolores,

ardiente en su pasión.

Si le es grata la vida y son sus sueños de oro,

hay en su boca rosa cual pífanos en coro,

de risas argentinas eterna floración.

Es ánfora de encantos, palacio de grandezas,

castillo de heroísmos, santuario de bellezas,

refugio de los besos del oloroso Abril.

Con su _bolo_[31] en las lides indómita guerrea

y con su dulce flauta, cual ave que gorjea,

celebra sus amores bajo un tibio pensil.

. . . . . . . . . . . . . . . . . .

Hermanos en la idea: nuestra raza es divina

¡Es grande y sacrosanta el alma filipina!

Digamos, pues, un himno por su gloria inmortal.

Y tú ¡oh Fama! recorre del mundo los confines,

y al son de tus clarines

pregona las grandezas del pueblo de Rizal.

Noviembre, 1909.

[Nota 31: Machete, de ancha hoja, que acompaña al filipino,

singularmente al del campo.]

Parnaso Filipino Antología de Poetas del Archipelago Magellanico · 第 231 / 368 题