En la huella lunar de sus encajes
puso, al pasar su sombra bizantina,
un perfume de rosa alejandrina
el extasis azul de los celajes.
Languidecer de sedas y plumajes,
en un vuelo de ciega golondrina,
fué su marcha, de muerta y peregrina,
hacia un sueño de místicos paisajes.
Envanecidos sus gloriosos velos,
cayó la noche tras su blanca sombra,
con un dolor de exhaustos terciopelos;
Y desde entonces--inconsciente y mudo--
busca mi labio en la enlutada alfombra
el tibio rastro de su pié desnudo...
Octubre, 1921.