Tus lágrimas enjuga, amada mía,
y escucha los gemidos del amante
que te alza una rosa lacerante
en cada estrofa de su poesía.
No llores ¡virgen mía! si el destino
de negras gasas recubrió tu suerte;
no llores, que mi amor hasta la muerte
luchando seguirá por tu camino.
Bien comprendo la cruel melancolía
que en tu alma dolorida se atesora,
las penas que tu sufres cada día,
y las nostalgias que tu pecho llora.
Mas no llores; la vida es así, amada,
toda lucha y dolor, pena y tormento;
la vida es viva acción del sufrimiento
y es imagen de amor, despedazada.
Yo adoro tu beldad y tu pureza
como adoro a los ángeles del cielo;
sólo por adorarte me desvelo
en medio del dolor y la tristeza.
Yo te entrego la flor de mis amores,
mi lauro eterno, mi triunfante palma;
te entrego así mi corazón y mi alma
pero nunca la cruz de mis dolores.
Seca tus negros y divinos ojos,
alza tu frente de oriental violeta,
mi amor tu senda limpiará de abrojos...
¡Ya eres salva, mujer...! ¡Te ama un poeta!