Bajo un sol de misterio,
en un pobre ataud,
cuatro hombres me llevaron a un negro cementerio,
poblado de violetas en mística quietud.
Estaba triste el cielo
tres rosas del amor,
de vigoroso luto, con hondo desconsuelo
lloraban por la muerte del joven trovador.
Era una la adorable,
enferma de ilusión,
a quien bajo un ramaje de dicha, inolvidable,
una tarde yo diera todo mi corazón.
Era otra la afligida
musa de mi querer,
que en las horas sombrías e inciertas de la vida
consolaba mi espíritu con su alma de mujer.
La tercera era aquella
que me enseñó a sufrir,
aquella madre mía, pura como una estrella,
conturbada pensando siempre en mi porvenir.
¡Y que lección encierra
aquel sueño opresor!
Ante una sepultura pusiéronme en la tierra,
abrieron mi ataud y después... ¡oh dolor!
En el horrendo estado
de la disgregación
mi carne, barro siempre, había entrado,
ahuyentando el encanto de la humana ficción.
La musa idolatrada
de mi ardiente querer,
y aquella novia enferma de ilusión, tan amada,
gimieron mucho, pero resistiéndose a ver...
Y en un sublime exceso
de su amor inmortal,
mi madre fué la única mujer que un sacro beso
depositó en las ruinas de mi carne mortal.
1921.