¡Oh pobre corazón!
¡oh entraña mía, sitibunda y loca,
que tiemblas a la más breve ilusión
puesta en la miel de una divina boca!
¡Oh víscera escondida
que sin cesar renuevas en tu fondo
tu amor ardiente y hondo,
sin ver que quedas para siempre herida...!
¡Oh triste corazón! ¿por qué vas ciego
tropezando en las sombras del camino,
cuando tu propio sino
te grita:--"¡Aún no! Tu ruego
no llegó a su destino
y tu tiempo de amar no es hoy, es luego"?
Pero tú, entraña mía,
vas amando a deshora, y sueñas... sueñas
que esas bocas risueñas
tienen piedad de tu melancolía.
Y creen tus quimeras,
y ves en lontanazas ilusorias
no sé que nuevas glorias,
no sé qué flor de nuevas primaveras.
Y tu sed de gozar te lleva lejos,
centuplica las plumas de tus alas
y hasta te olvidas de las cosas malas
cual si te alucinasen mil espejos.
¡Oh pobre corazón! ¡Icaro triste
y triste Prometeo!
si subes a la altura el sol te embiste
y, amarrado a la roca del deseo,
ni dicha ni quietud para ti existe.
Y esto lo sabes bien, ¡oh entraña mía!
y sabes del sendero que es muy largo
¡oh entraña! y, sin embargo,
vas cruzando el sendero en tu porfía.
Ya estás llena de sangre, ya tus fibras
se han desgarrado en su latir convulso
¡y sin embargo aun vibras!
¡y sin embargo aun tienes nuevo impulso!
¡Oh vaso de dolor! ¡oh pecho mío
que sabes convertir tu muerte en vida!
si has de seguir amando sin hastío
¿quién habrá de curar tu eterna herida?
Mayo, 1921.