Un labio lejano me ha dicho
que tienes cerrada tu puerta...
Si es cierto, reforma el capricho:
¡tu puerta ha de estar siempre abierta!
Abierta a las aves del cielo,
abierta al rumor de las brisas,
al goce, al dolor, al consuelo
y al triste que pida sonrisas.
Abierta a los claros de luna,
al suave perfume de mayo,
al lloro del niño en la cuna
y al viejo que tiembla en desmayo.
No cierres tu puerta. ¿No sabes
que cruzan el largo camino
mil sombras, mil vidas, mil aves
que ignoran su obscuro destino?
Tu mano, que abrió las entrañas
del suelo y halló un gran tesoro,
arroje las llaves extrañas
que cierran tus puertas al lloro.
Preparen tus manos la mesa,
el plato de arroz y hasta el vino.
¡La sombra en la luz hace presa
y es largo y tortuoso el camino!
Que sea, en la vida, tu techo
la fuente que lave los males,
que cierre las llagas del pecho
que borre las penas mortales.
Si quieres que nazcan al paso
de tu alma las rosas celestes,
acoge el dolor del ocaso
y zurce las míseras vestes.
Bien sabes que es noble y es santo
alzar al que cae en la vía.
No dudes ni niegues. El llanto
secado es raudal de alegría.
Si pones tu mano en la mano
del pobre, Dios besa la tuya.
No cierres tu puerta, ¡oh mi hermano!
no sea que de ella Dios huya.
Ten siempre dispuesta tu casa
y esté a todo huésped abierta,
que acaso la sombra que pasa
es sombra de tu madre muerta.
No cierres tu puerta. ¿No sabes
que cruzan el largo camino
mil sombras, mil vidas, mil aves
que apenas si saben cuál es su destino?