Cuando cada monarca de la tierra
Sobre un cráter de horror su espada afila,
Y muere en flor la pompa de la tierra
Bajo los potros del moderno Atila;
Cuando Europa, violada y destruida,
En ese loco batallar sin nombre,
Siente que escapa su divina vida
En el agonizar de cada hombre;
Sólo tú, paladín excelso y franco,
Caballero ideal de punta en blanco,
Guardas tu espada de encendida lumbre.
Y abres en cruz tus brazos soberanos,
Para llamar a todos tus hermanos,
Como un Dios en lo alto de una cumbre.