Alocución del Arzobispo de Manila á sus diocesanos al salir para Roma,
con objeto de hacer la visita «ad limina».
Os anunciamos, amados hermanos é hijos, que dentro de breves días será
nuestra partida á Roma en cumplimiento del deber episcopal de la visita
_ad limina_. Con tal motivo, acudimos á vuestra caridad, pidiendo el
concurso de vuestras oraciones para que el Señor nos proteja y guíe en
el camino y principalmente para que nuestra visita al Vicario de
Jesucristo y á los sepulcros de los bienaventurados apóstoles Pedro y
Pablo, sea causa de algún consuelo á esta atribulada Iglesia.
En la relación que habremos de hacer de su estado no podremos,
desgraciadamente, evitar que en el corazón amante del Supremo Pastor se
renueven los dolores al oir cómo el común enemigo, multiplicándose,
continúa haciendo estragos en esta porción de la viña del Señor.
Habremos de decirle que muchas de las que fueron florecientes
cristiandades están hoy dispersas ó arruinadas porque carecen de
pastores; que piden otras el pan de la divina palabra y el auxilio de
los Santos Sacramentos, y no hay posibilidad de acudir en su socorro;
que por varias partes reviven antiguas supersticiones que amenazan
también alcanzar al orden religioso y á la autoridad del sacerdocio, en
todos los grados de la jerarquía, por muchos que aún conservan el nombre
de católicos discutida y menospreciada; y, ¿por qué disimular lo que es
notorio? hasta algunos de los elegidos para arquitectos en la
construcción del templo del Señor, en vez de edificar, contribuyen á la
obra de destrucción, prestándose á ser instrumentos de la malignidad
sectaria. Tampoco están exentos de vejámenes los sacerdotes actualmente
encargados de la administración parroquial, que se ven obligados á
luchar contra la tendencia del _laicismo_, que trata nada menos que de
supeditar el sagrado ministerio á la administración civil.
Todos estos males, al lado de tantos otros que callamos, cuya relación
entristecerá el ánimo del Vicario de Jesucristo, nos obligan á pedir de
nuevo vuestras oraciones para alcanzar del Señor su remedio: en El sólo
ponemos nuestra esperanza: con los ojos fijos en su infinita
misericordia se sostiene nuestro ánimo y aguarda con resignación la
llegada del día de claridad que disipe las negruras del presente. Cuando
postrados ante el sepulcro de los bienaventurados Apóstoles oremos por
que se despeje el cielo de nuestra afligida Iglesia, más que en el
valimiento de nuestra oración, confiamos en las vuestras que entonces
nos acompañarán.
Al efecto, os recomendamos muy encarecidamente que durante el próximo
mes de Octubre no dejéis de practicar los piadosos ejercicios que con la
oración del Santo Rosario tiene ordenados nuestro Santísimo Padre León
XIII para obtener el poderoso patrocinio de María y por su mediación el
triunfo de la Iglesia. Con tal motivo, encargamos al clero parroquial
que dé la mayor publicidad al anuncio de esos cultos, y se esmere en
procurar la mayor concurrencia de fieles.
Igualmente hacemos saber al clero y pueblo que durante nuestra ausencia
queda gobernando y administrando la diócesis el Excmo. y Revdmo. Sr. D.
P. L. Chapelle, Arzobispo de Nueva Orleans, Delegado apostólico
extraordinario en Cuba, Puerto Rico y Filipinas.
El natural sentimiento que nos produce el apartamiento, siquiera sea
temporal, de vosotros, amados diocesanos, queda asaz compensado con la
providencial circunstancia de que pueda reemplazarnos en el gobierno de
la diócesis tan esclarecido Prelado. Su celo por la Religión, sus
talentos extraordinarios, demostrados en las difíciles comisiones que la
Santa Sede le tiene encomendadas, su nombre prestigioso, no sólo en la
Iglesia, sino también en la sociedad, son segura garantía de que la
administración de la diócesis en sus expertas manos se desarrollará con
mejor acierto y exitos más seguros que en ningunas otras. Gracias sean
dadas al Señor por habernos preparado tan digno sucesor en nuestra
ausencia. A todos, pueblo y clero, exhortamos á que, mirando en el
Pastor la sublime dignidad que por la unción sagrada y la delegación
pontificia tiene, sean dóciles á sus enseñanzas, sumisos á sus mandatos,
seguros de que han de estar todos inspirados en el bien de la Religión y
en la mayor gloria de Dios; y no olviden, finalmente, que desobedece y
menosprecia á Dios el que desobedece y menosprecia á sus enviados.
A todos enviamos nuestra bendición paternal de despedida.
En el nombre del Padre † del Hijo † y del Espíritu †
Santo.--Manila 19 de Septiembre de 1900.--† Fr. Bernardino, Arzobispo.