Excmo. Sr.: Al recorrer recientemente en visita pastoral la provincia de
la Pampanga, tuve ocasión de comprobar la exactitud de los informes que
de antes había adquirido acerca de la propagación de la Masonería por la
referida provincia. Sobre este particular, algunos antecedentes hube de
elevar, en fecha no lejana, á ese Gobierno general; y, desgraciadamente,
me obligan á insistir sobre el mismo tema el desarrollo que la
reprobable Asociación va tomando y los deplorables resultados que son de
temer para tiempo no lejano si no se pone coto á sus osadías, haciendo
comprender á esos propagandistas que no es lícito, ni se consentirá, el
que impunemente trabajen en la obra de desmoralización de estos pueblos.
La relación que se acompaña (documento núm. 1) pone de manifiesto el
incremento que la Masonería va tomando en la Pampanga, pues debo
advertir que no expresa el número total de afiliados, sino los más
conocidos, que no se recatan de la procedencia sectaria, y casi
públicamente trabajan en reclutar adeptos.
Por el documento núm. 2, verá también V. E. la dependencia que las
logias pampangas tienen del Centro Regional que llaman, establecido en
Manila, formado por individuos que no son desconocidos, y que se
permiten ejercitar el celo sectario en la forma que causa la _plancha_
conminatoria pasada al arrepentido M. Gutiérrez.[3]
Cualquiera que sea la opinión que sobre la sociedad de la Masonería
filipina se forme y la transcendencia futura de sus trabajos, son hechos
que merecen registrarse los siguientes: 1.º En los pueblos en que
existe Logia ó en que la Masonería cuenta con adeptos, resalta desde
luego la animosidad contra el Párroco, y la guerra, más ó menos
ostensible, contra todo lo que el Párroco representa. Así, entre otros
aspectos que presenta esta lucha, hemos visto cómo se trata de hacer el
vacío alrededor del Párroco, aislándole de sus feligreses, y, lo que
todavía es más grave apartando del templo á las masas, empleando al
efecto, no sólo predicaciones envenenadas, sino hasta la amenaza y otros
géneros de coacción.
Y por tal procedimiento, logran los apóstoles de la secta transformar en
poco tiempo la fisonomía religiosa de los pueblos, hasta el punto de
hacer imposible al Párroco el cumplimiento de la misión que en ellas
desempeña. Ejemplo de ello son los de Malolos y Taal.
A primera vista, parece difícil de explicar el fenómeno, pues no cabe
suponer que pueblos de religiosidad probada aparezcan de súbito
volviendo la espalda á la Iglesia, y huyendo del Párroco, como si las
relaciones con él pudieran acarrearles daños graves. No es difícil, sin
embargo, dar la razón de esta anomalía, teniendo en cuenta las artes de
sugestión que emplea la Masonería, y la condición pusilánime de la
mayoría de estos indígenas; no se necesita ahondar en otras filosofías
para explicar cómo pueblos hasta hoy religiosos, sin dejar de serlo en
la casi universalidad, presentan al exterior la forma de descreídos y
olvidados de la Religión por sola la representación y auge que en ellos
se conquistan unos cuantos embaucadores.
Estos embaucadores, que obran hoy bajo la dirección de la Masonería,
obtienen, con ser tan pocos, los prontos resultados que tocamos, merced
á la influencia social que ejercen sobre la masa indígena, viniéndoles
esa influencia, ora de la mayor ilustración, que los eleva sobra sus
congéneres, ora del cargo oficial, ora de la posición que tienen por sus
riquezas. Sea cualquiera de estas tres la base en que se apoya su
influencia, es bastante para que el indio plebeyo se deje conducir por
donde quiera y á donde quiera llevarle cualquiera de esos caciques. Y
conocedores ellos de la credulidad del indio plebeyo y del temor que les
infunde cualquiera que les hable desde arriba, ó sea desde un puesto en
que se puedan cometer tropelías, venganzas y todo género de extorsiones,
explotan á las mil maravillas la situación, y por uno ú otro camino
torcido llegan á tiranizar á los pueblos, sometiéndolos en todo á su
capricho. Por eso ha sido posible que en pueblos como Malolos y Taal
lograsen por la amenaza fraguada en el Municipio, y que en varios casos
tuvo cumplimiento, que las gentes sencillas no se atrevieran á concurrir
al templo, ni á oir Misa, ni á recibir los Sacramentos, y que algunos
más fervorosos tuvieran que hacerlo á horas desusadas y de noche,
huyendo del espionaje perseguidor, como si en Filipinas el Estado
hubiera decretado la persecución de los cristianos. Son posibles estas
situaciones anómalas en los pueblos filipinos, porque conservan estos
pueblos la propensión heredada á dejarse avasallar por un caciquismo
especial que remeda bastante, si no en sus títulos, en sus
procedimientos, al que actuaba en los tiempos anteriores á Legazpi. Lo
cierto es que, por efecto de esta propensión indígena á adorar ó temer
al que entre ellos se eleva sobre el común nivel, son imponderables los
estragos que en la vida pacífica de estos pueblos causa la propaganda
irreligiosa de la Masonería, ejercida, como vemos que se ejerce, por
sujetos de mayor ó menor influencia, desde las oficinas de Juzgados ó
Gobiernos, y aun de los Municipios, como también desde la altura de
profesión ó estado social á que vaya aneja influencia.
Y debemos denunciar una maniobra de eficaces resultados que vemos
empleada por los seductores: es ésta la de hacer creer ó divulgar entre
el pueblo que la Masonería es cosa inocente, y que como tal está
permitida por las Autoridades. Y llegan á más todavía en su descaro, que
es asegurar que las mismas Autoridades, sin excluir la Superior del
Archipiélago, pertenecen á la secta.
Esto, que parece inocente, no lo es, pues dado el carácter receloso y
tímido del indio, no se dejaría arrastrar por los embaucadores, á no
afianzársele antes de que por ello no incurriría en el desagrado de la
Autoridad. Por ello creemos que la actitud resuelta de las Autoridades
contra la Masonería es el medio más eficaz para impedir que ésta
arraigue y se propague entre los indios.
Fijándonos ahora en la Pampanga, que es de las provincias de Luzón donde
acaso ha tomado más auge la Masonería, no creemos empresa difícil
cortarle los bríos, pues bastaría con que se hiciese algún escarmiento
ejemplar entre los corifeos más conspicuos. Y creemos también que si á
esos corifeos se les sujetase á expediente gubernativo en que se oyese á
la Guardia civil y á los Párrocos, resultarían méritos bastantes, aparte
de los masónicos, para decretar contra ellos medidas de rigor. De los
que constan en la relación adjunta, me permito señalar de una manera
especial al Tiburcio Hilario, de Bacolor; al Cecilio Hilario, de San
Fernando; al Ruperto Lacsamana, de Mabalacat; y á Pedro Malig, de
Bacolor, que se han distinguido y distinguen por el furor propagandista.
Dios, etc., 9 de Abril de 1896.==Excmo. Sr. Gobernador General, Vice
Real Patrono de estas Islas.
La plancha aludida es del tenor siguiente:
«Sr. Dn. M. Gutiérrez: