ARZOBISPO DIMISIONARIO DE MANILA Y ELECTO DE VALENCIA

DEFENSA OBLIGADA

CONTRA ACUSACIONES GRATUITAS

[Ilustración]

MADRID.--1904

Establecimiento tipográfico Hijos de J. A. García,

Campomanes, 6.--Teléfono 44.

Conocida es del público la campaña de difamación iniciada contra mi

humilde persona por el periódico _El País_ de 24 de Diciembre último, y

proseguida después, día tras día, con tenacidad digna de mejor causa,

por casi toda la prensa, especialmente por los diarios llamados

_rotativos_, desde que oficialmente se anunció mi presentación para la

Archidiócesis de Valencia.

No creo que los anales de la historia patria registren caso igual de tan

inesperada, ruda, injusta, inverosímil y artificiosa oposición hecha por

la prensa periódica con motivo de la designación de un Prelado.

Siempre que una sede se ha encontrado vacante, el Gobierno de la Nación,

en uso del Patronato concedido á nuestros Reyes por la Iglesia, ha

nombrado al eclesiástico que juzgó apto para ocuparla; y cualquiera que

haya sido el color político del Gabinete que haya intervenido en esta

designación, jamás se recordará que la prensa culta y seria, por muy mal

que haya mirado el nombramiento, haya promovido tan general alboroto

como el producido en este caso.

No es mi ánimo entrar en el examen de ese, por tantos conceptos, raro y

original fenómeno, cuyas verdaderas causas no se escapan al criterio de

quien detenidamente y en todos sus aspectos lo analice. Tampoco

descenderé á ocuparme en los ataques puramente personales, en los que,

olvidando toda regla hasta de elemental educación, se me presenta como

un ser vulgar, falto de todas las prendas que hacen á cualquier

eclesiástico, y aun á cualquier hombre, estimable ante sus

conciudadanos. Mi personalidad individual nada significa en esta triste

campaña, y por grandes que fueran, que no lo son, mis méritos y

talentos, gustoso los abandonaría á mis detractores, recibiendo en

silencio generoso cuantas injurias me han dirigido, si ese mi silencio

no se pudiera traducir por el criminal abandono de altísimos deberes que

en modo alguno puedo desatender, sin inferir enorme agravio á

instituciones forzosamente ligadas á mi modesto nombre, tan atrozmente

vilipendiado.

El golpe que me ha herido, hiere también al dignísimo Episcopado

español, al que tengo la alta honra de pertenecer. Hiere á las

Corporaciones religiosas, que son la niña de los ojos de los Romanos

Pontífices, según frase de León XIII. Ha lastimado hondamente los

sentimientos de todo católico, y aun de toda persona sensata, por las

gravísimas acusaciones que se me dirigen, las cuales, de ser ciertas, no

pueden menos de contristar y sublevar contra mí toda conciencia honrada.

Y lo que es más principal (y quizás no lo han advertido mis

impugnadores), con esa campaña la más ofendida es nuestra Patria,

España, en cuyo nombre se dice combatirme, y cuya representación en la

esfera religiosa tuve la inmerecida gloria de ostentar por espacio de

más de diez años como Arzobispo de Manila y vocal de la Junta de

Autoridades del Archipiélago Filipino; pues de ser verdad cuanto se me

imputa, se hubiera visto reproducida en Filipinas la odiosa y legendaria

figura del traidor Arzobispo don Oppas, cual expresamente de mí se ha

afirmado.

Al defenderme, pues, creo defender la honra de la Iglesia, que ungió mi

cabeza con la consagración episcopal; el honor de los Institutos

religiosos y los fueros de todos los católicos, que han manifestado

tomar por suya mi causa. Creo cumplir el santo deber de velar por el

prestigio de España, cuya gloria resulta del buen proceder de sus hijos,

principalmente de los constituídos en algún cargo ó dignidad; y hasta

me considero obligado á hablar por respeto á mis amigos, que si bien

saben cuán infundados son los cargos que se me dirigen, aspiran con

cariñoso afán á que el público todo vea cuán libre está de las tachas

que se le atribuyen la persona que distinguen con su estimación y

afecto.

Jesucristo nos dice que amemos á nuestros enemigos y roguemos por los

que nos persiguen y calumnian. Perdono, pues, á todos los que me han

injuriado; que jamás el resentimiento y el odio, por la gracia de Dios,

han hallado acogida en mi alma. A nadie quiero ofender, ni aun á los que

más encarnizadamente me han combatido. Si me he querellado de algunos

ante los tribunales, ha sido sólo para obtener una rectificación, que de

otro modo se empeñan en negarme. Nobles sentimientos, al calor de

informes inexactos y apasionados y de otros móviles de índole varia,

indudablemente habrán inspirado su pluma. Y me expreso de esa manera,

porque _no quiere_ admitir mi corazón el absurdo de que personas que se

precian de caballeros, _á sabiendas_, hayan pretendido manchar mi honra,

calumniándome é infamándome como si se tratara del más ruin de los

criminales. Por eso, al escribir estas páginas, desearía que mis

palabras poseyeran la maravillosa cualidad de ser foco potentísimo de

luz para demostrar con fulgor meridiano la absoluta falsedad de los

cargos que se me imputan, y, al propio tiempo, dulce imán que atrajese á

mis impugnadores, y hasta regalada miel de caridad para los mismos que

con mayor saña me han difamado.

Hasta ese punto deseo que este folleto sea defensa, _mera_ defensa, de

lo que estimo más que mi propia vida, y _sólo_ estricto cumplimiento del

sacratísimo deber que recuerda el gran San Gregorio por estas

palabras[1]: «_Los que en la Iglesia ejercen cargo público y han de

ser_ _ejemplo de los demás,_ _deben, si les es posible, destruir las

acusaciones de sus detractores, á fin de que por su silencio no se

impida el fruto del ministerio apostólico, y los que obran mal no se

confirmen en sus malas obras._»

* * * * *

He aquí los principales cargos que se me hacen, por el orden de su

importancia:

1.º Haber sido un traidor á la Patria y un mal español, por haber

tenido tratos con los americanos durante el cerco de Manila y por haber

negociado con el almirante Dewey la entrega de la plaza, valiéndome del

capellán católico del _Olimpia_.--_El País_, 2 de Enero.--_El

Imparcial_, 3 de Enero.--_El Liberal_, 4 de Enero.--_El Imparcial_, 7 de

Enero; etc., etc.

2.º Haber abogado _calurosamente_ en las Juntas de Autoridades, y

singularmente en la habida después del segundo _ultimatum_, para que se

rindiera la plaza, determinando con mi voto y con mi influencia el

acuerdo de capitular.--_El País_, 2 de Enero.--_El Liberal_, 5 de

Enero.--_Heraldo de Madrid_, 5 de Enero.--_El Globo_, 6 de Enero.--_El

Imparcial_, 7 de Enero.

3.º Haber influído sobre las Autoridades españolas para la formación

de las milicias filipinas, disposición que equivalía á decretar la

pérdida de la Isla.--_La Correspondencia Militar_, 4 de Enero.--_El

Imparcial_, 5 de Enero.--_El Liberal_, 5 de Enero.--_Diario Universal_,

5 de Enero.

4.º Haber huído cobardemente de la ciudad sitiada, embarcándome en un

buque alemán.--_El País_, 3 de Enero; y otros.

5.º Haber demostrado un patriotismo tibio y dudoso, no facilitando

auxilios espirituales á los soldados que luchaban en las trincheras, ni

procurando víveres á los defensores de la plaza y al vecindario de

Manila que padecía hambre.--_El Imparcial_, 1.º de Enero.--_El

Imparcial_, 3 de Enero.--_Heraldo de Madrid_, 5 de Enero.--_El Globo_, 6

de Enero.--_El Liberal_, 6 de Enero; etc., etc.

6.º Haber salido al encuentro de los americanos vencedores, para

saludarles.--_El Imparcial_, 1.º de Enero.

7.º Haber negado ante los yanquis victoriosos mi condición de

español, diciendo que sólo dependía del Papa. Haber negociado la

nacionalidad americana. No haber querido nacionalizarme español, porque

cobraba de los americanos.--_El Liberal_, 3 de Enero.--_El País_, 3 de

Enero.--_El Liberal_, 4 de Enero.--_El País_, 6 y 8 de Enero.

8.º Haber protestado del alojamiento de los soldados españoles en las

iglesias y conventos después de la capitulación, y haberme presentado al

General americano para conseguir de él que los arrojara de los

templos.--_El Liberal_, 3 de Enero.--_El Imparcial_, 7 de

Enero.--_Heraldo de Madrid_, 3 de Enero.--_La Correspondencia Militar_,

4 de Enero.--_El País_, 4 de Enero.--_El Liberal_, 9 de Enero.

9.º Visitar diariamente á los americanos; haber ido á Cavite con el

Capellán del _Olimpia_ y haber bendecido á los buques yanquis, y haber

felicitado á los americanos en el aniversario de su triunfo sobre

nuestra escuadra, pronunciando un discurso de salutación.--_La

Correspondencia Militar_, 4 de Enero.--_El Liberal_, 5 de Enero.--_El

País_, 8 de Enero.--_El Liberal_, 3 de Enero.--_Diario Universal_, 5 de

Enero.

10.º Haber permanecido en mi puesto de Arzobispo de Manila,

ejerciendo autoridad y jurisdicción, después de terminada en Filipinas

la soberanía española, sometido á la dominación americana y bajo la

inmediata dependencia de un Gobierno extranjero, por lo que dicen perdí

mi nacionalidad española.--_El Imparcial_, 3 de Enero.--_Diario

Universal_, 3 de Enero.--_El País_, 4 y 8 de Enero; etc., etc.

11.º Haber prescindido del clero español, entendiéndome en seguida

con el clero indígena distribuyéndole curatos, y haber organizado cultos

para los católicos americanos después de la toma de Manila, y haber

hecho que la procesión del Corpus fuese escoltada por las tropas

americanas.--_El Imparcial_, 3 de Enero.--_El Liberal_, 5 de Enero.--_El

Liberal_, 7 de Enero.

12.º No haber salido de Filipinas hasta que los americanos dejaron de

pagarme y me echaron de Filipinas, y entonces, en vez de venir

directamente á España, haberme ido á Roma, como representante de las

Ordenes religiosas, para defender allí sus cuantiosos bienes.--_El

País_, 3 y 8 de Enero.--_Diario Universal_, 3 de Enero.--_El Imparcial_,

3 de Enero.--_El Liberal_, 5 de Enero.--_El Globo_, 6 de Enero.

13.º Haber conspirado contra el general Blanco y haber intrigado para

su relevo.--_Diario Universal_, 3 de Enero.--_El País_, 4 de Enero.

14.º Haber sido cruel y sanguinario, induciendo al general Polavieja

á fusilar á Rojas y á Rizal, de quien me dicen _asesino_.--_El País_, 2

de Enero.--_Diario Universal_, 3 de Enero.

15.º Haber sido un déspota irritante, provocando con esta conducta el

odio de los clérigos filipinos á España.--_El País_, 24 de

Diciembre.--_El Liberal_, 9 de Enero.--_El País_, 7 de Enero.

16.º Haber imposibilitado la pacificación del país después del pacto

de Biacnabató, por defender los desmanes de los frailes con los

naturales.--_Heraldo de Madrid_, 5 de Enero.--_El Liberal_, 7 de

Enero.--_El País_, 8 de Enero.

* * * * *

Esas son las más graves imputaciones que la prensa de gran circulación

de Madrid, secundada por los periódicos y centros sectarios de

provincias, me ha dirigido, convirtiéndose ante el mundo culto en

porta-estandarte de mi honra rasgada y mancillada.

_¿Qué pruebas ha aducido? Ninguna._ Mis detractores, en esta ocasión,

han borrado de una plumada, porque así cuadraba á su propósito, el

código de la Moral, del Derecho y hasta de la Lógica y el buen sentido;

y para difamar á un hombre se han parapetado tras de la máscara y el

anónimo..... ¡Les ha bastado, según propalaron, hacerse eco de la

opinión _pública_ española respecto á hechos que la generalidad de los

españoles ignoraba por la circunstancia de haber ocurrido en lejanas

tierras, y de los cuales, por consiguiente, no podían tener formada

opinión hasta que esa prensa ha hablado, arrogándose la representación

de todos los entendimientos de España!..... Notorio es que, á pesar de

haber transcurrido más de un mes desde que iniciaron esa campaña, _no

han aducido en su favor documento alguno; no han podido traer en su

apoyo á ningún testigo presencial que ponga su firma al pie de la menor

de sus acusaciones_; y que ha llegado su amor á la verdad á negarse

sistemáticamente á admitir en sus columnas rectificación alguna,

oponiendo, además, la conjuración del silencio para que su público no se

enterara de las numerosas protestas y convincentes testimonios que

contra sus gratuitas y, á veces, contradictorias afirmaciones, se han

creído en el deber de publicar multitud de personas, algunas de ellas

autorizadísimas, que se encontraban en el teatro de los sucesos, y cuyos

informes, si hubieran procedido de buena fe, se debían haber apresurado

á publicar, para desengañar á sus lectores.

Esta sola consideración es suficientísima para que el público sensato

falle de parte de quién está la razón y la justicia.

Sin embargo, á mí no puede bastarme en estos momentos. Debo corresponder

á las muchas elocuentísimas demostraciones de adhesión que he recibido

de toda España; á la brillantísima defensa que de mi causa se ha hecho

en el Parlamento, donde ni un solo cargo ha sido sostenido por los

representantes del país que han interpelado al Gobierno; y muy

principalmente, soy deudor á la enérgica protesta del Cardenal Primado y

de todo el Episcopado español. (Apéndice número 1.) Un deber de gratitud

y de nobleza me obliga, pues, no tanto á demostrar que esos cargos son

falsos, (que de eso el público imparcial creo estar ya sobradamente

convencido, y la prensa católica lo ha probado ineluctablemente) cuanto

á que toda España vea, en lo posible, cómo, gracias á Dios nuestro

Señor, he procurado cumplir en Filipinas los deberes que la Religión y

la Patria me imponían.

Á ese fin, venciendo la natural repugnancia á hablar de mí propio, iré

contestando á todos esos cargos, acumulándolos en párrafos distintos

según su importancia y natural enlace.

§ I

Que fuí traidor en la rendición de Manila.

(IMPUTACIONES 1.ª Y 2.ª)

Esta es la mayor y la más estupenda calumnia de cuantas se me han

levantado.

Cuando, por primera vez, llegó á mis oídos, sobrecogióme, como si con

tenazas de acero me estuvieran despedazando las carnes. El golpe no

podía ser, ni más brutal, ni más enorme. ¡Traidor á España! ¡Negociador

secreto y oficioso para facilitar la rendición de Manila!... El ejército

que guarnecía la ciudad de Legazpi debía componerse, ó de unos pérfidos,

ó de unos imbéciles, cuando consintieron tamaño crimen. Las Autoridades

Superiores, militares y civiles, puestas por España para regir las

Islas, debían ser presa del más ciego desvarío, cuando ni aplicaron la

debida pena al traidor, ni siquiera le denunciaron á la Metrópoli. Los

españoles todos que habitaban en Manila debían haber perdido hasta el

último átomo de patriotismo, cuando, lejos de protestar de la traición,

tuvieron la desvergüenza de seguir distinguiendo al nuevo don Oppas con

su cariño y respeto, mientras el Arzobispo permaneció en tierra

filipina..... (Apéndice núm. 2.)

¿Qué pudo dar remoto pretexto, sólo _remoto_, á que en España, mucho

después de ocurrida la catástrofe, se haya podido fraguar tan colosal

impostura? Lo explicaré con la mayor brevedad y claridad posibles.

Uno de los primeros días, no recuerdo fijamente cuál, de Agosto de 1898,

estando en mi residencia arzobispal, me anuncian la visita de un oficial

yanqui, diciéndome que le acompañaban varios individuos de nuestro

ejército. Quedé grandemente sorprendido ante tan inesperada visita, y

mucho más cuando me añadieron que, para atravesar nuestras líneas de

defensa en el fuerte de San Antonio Abad, había obtenido el

correspondiente permiso de las Autoridades militares. Le dije que

pasara, y el oficial americano resultó ser un sacerdote (no capellán, al

estilo nuestro) á servicio de los católicos del regimiento de

voluntarios de California, por nombre Mr. Mackeenon, llevando en la mano

un sobre abierto, escrito en latín, con las testimoniales de su Prelado.

Empezó á hablarme en latín dificultoso, pronunciado á la inglesa; y

viendo que en esta lengua no podíamos entendernos, pasé recado á los

Padres jesuítas, diciéndoles que tuviera la bondad de venir

inmediatamente el P. Francisco Javier Simó, muy perito en el idioma de

la Gran Bretaña, para que me sirviera de intérprete. Así lo hizo; y

entonces Mr. Mackeenon manifestó que tenía especial encargo de su

Prelado de visitarme, y que como quiera que las facultades que éste le

había dado no le valían en extraña diócesis, me rogaba le autorizase

para ejercer su ministerio sacerdotal en todo el territorio de mi

jurisdicción, pues, de lo contrario, los soldados católicos yanquis del

ejército de tierra, se verían privados de toda asistencia espiritual.

Cerciorado de cuanto era pertinente al caso, accedí gustoso á sus

deseos, como creí era de mi deber; y ya, al despedirse, se atrevió á

pronunciar algunas palabras sobre que pronto seríamos todos amigos, y

que Manila sería ocupada por los Estados Unidos, á lo que no debíamos

oponernos. Corté bruscamente esa conversación, y recuerdo perfectamente

que le dije: «Haga el favor de ni mentar ese asunto.» Desconcertado con

esa respuesta, me besó el anillo, y se marchó diciéndome que de allí iba

á cumplimentar y dar las gracias al Capitán General.

Nuestra entrevista fué breve y en pleno día.

Si Mr. Mackeenon fué ó no á hablar á la primera Autoridad militar, no me

enteré entonces de ello, ni me preocupé de ese asunto. Lo que sí puedo

asegurar es que todavía había luz cuando volvió á repasar las

trincheras, y eso que la ciudad murada dista unos cuatro kilómetros del

fuerte San Antonio Abad; que yo no tuve aviso previo de esa visita, ni

intervine para nada en la licencia para atravesar nuestras líneas sin

las formalidades de Ordenanza; y que de mi conversación con el citado

sacerdote no hice mérito alguno ante nuestras Autoridades militares.

Eso mismo, según informes enteramente ciertos, consta en el proceso

instruído por la capitulación y entrega de Manila, en el cual, á

requerimiento del más alto de los tribunales de guerra, depusieron sobre

el caso D. Juan Urquia, conocido con el pseudónimo de _Capitán

Verdades_; D. Francisco Pintado, Comandante de Ingenieros; D. Emilio

González Pola, Teniente de Infantería y Comandante del fuerte de San

Antonio Abad; D. Adolfo Vallespinosa, Teniente Auditor de Guerra; el

sargento de Infantería D. Adrián Pardo Fernández, que, por saber algo de

inglés, acompañó á Mr. Mackeenon en su entrada en la plaza y visita al

palacio arzobispal; y los Generales Jáudenes y Augustin. Pues bien;

ninguno de esos señores declara, ni podía declarar, que yo, ni en esa,

ni en otra ocasión, tuviera tratos para rendir la plaza; y, en cambio,

el sargento Pardo Fernández, que por la circunstancia dicha podía estar

mejor enterado, declara expresamente que Mr. Mackeenon, «celebró una

_breve_ entrevista con el Arzobispo, al cual entregó un pliego en sobre

escrito en latín, que parece era una carta de presentación ó de saludo

del Arzobispo de California. No se enteró de lo que trataron en la

entrevista. Oyó decir al cura americano que, como había entrado en la

plaza con licencia del General, parecía natural que pasase á verle y

darle las gracias. Habló con éste unos diez minutos, sin que viera que

llevara pliego escrito para él; después le acompañó á trincheras para

despedirle, mostrándose el sacerdote muy agradecido al recibimiento del

Arzobispo y del General, diciéndole _que tenía noticia de que se estaba

negociando la paz entre España y los Estados Unidos_.»

Efectivamente, después de rendida la plaza, supimos que en la capital de

la Unión Norteamericana se estaba preparando por aquella fecha el

protocolo de Washington, firmado el 12 de Agosto, en cuyo art. 3.º se

otorgaba por el Gobierno español que los Estados Unidos ocuparían y

conservarían la ciudad, bahía y puerto de Manila hasta la conclusión del

tratado de paz. Esto explica las frases que en su entrevista me dirigió

Mr. Mackeenon sobre la ocupación de Manila, y que tanto me extrañaron é

indignaron, en razón á que, incomunicados con el resto del mundo, nada

de esas negociaciones sabíamos; como igualmente sorprendieron al citado

señor González Pola, quien afirma que la entrada del sacerdote yanqui

fué el 7 de Agosto, y que éste también le dijo que _en plazo breve

serían amigos americanos y españoles_, según consta en el referido

proceso.

Excusado es añadir, por lo tanto, que son una fábula mis supuestos

tratos con el sacerdote católico del _Olimpia_, que para nada necesitaba

mis licencias, puesto que ejercía su jurisdicción á bordo, y al cual no

conocí ni traté, sino después de la capitulación. Tampoco volví á ver á

Mr. Mackeenon sino pasado algún tiempo de la entrada del ejército

americano; con lo cual queda de sobra contestado cuanto sobre este punto

ha forjado la malicia ó suspicacia de mis infamadores.

* * * * *

Igual falta de exactitud se observa en la segunda acusación que enlazan

con la primera para hacerlas más creibles. Porque ni hubo tal Junta de

Autoridades; ni allí se adoptó acuerdo alguno; ni se trató de la

rendición de Manila; ni yo fuí el primero en hablar, sino el sexto; ni

abogué calurosamente por que la plaza se entregara, determinando á los

demás con mi voto para que emitieran igual dictamen; ni esa junta

influyó para nada en el curso de las operaciones militares, ni en la

capitulación.

_A_) No hubo reunión de la Junta de Autoridades, porque á esta Junta,

según ley vigente en el Archipiélago, sólo pertenecían el Gobernador

general, el Arzobispo, el General segundo cabo, el Comandante general de

Marina, el Intendente general de Hacienda, el Director de Administración

civil, el Presidente y el Fiscal de la Audiencia y el Secretario del

Gobierno general; y en la reunión celebrada el 8 de Agosto, única que

se verificó (y no dos, como han dicho varios periódicos), asistieron,

además, el Gobernador civil de Manila, el Alcalde de la ciudad, el

Auditor general de Guerra y el General de Estado Mayor.

No hubo acuerdo alguno, porque sólo se nos convocó para oir nuestro

parecer sobre el estado de la opinión en Manila, sin que, después de

oído, se votase resolución alguna práctica respecto á la rendición de la

plaza, como puede verse en el acta oficial correspondiente que leyó el

Sr. Ministro de Gracia y Justicia en el Congreso.

Además, si la misma Junta de Autoridades jamás tenía otro carácter que

el consultivo, ¿cómo se quiere atribuir mayor eficacia á una junta

extraordinaria, como la del 8 de Agosto, convocada, no por exigencias de

la ley, sino por _espontánea determinación_ del Gobernador Capitán

general de las Islas?

_B_) No se trató de la rendición, sencillamente porque no fué ese el

objeto de la convocatoria. Lo demuestran claramente las palabras

siguientes del acta: «Reunidos en la casa Ayuntamiento de esta capital

los señores anotados al margen (los ya referidos), previamente citados

por orden del Excmo. Sr. Gobernador Capitán general D. Fermín Jáudenes y

Alvarez, y bajo la presidencia de esta Superior Autoridad, se celebró

una junta, en la que se trató lo siguiente: El Sr. Presidente manifestó

que DESEABA CONOCER por medio de los señores presentes, _que ya habían

pulsado el estado de la opinión pública, CUÁL era éste respecto á la

situación en que nos encontramos, y al límite de la defensa_ que ha de

oponerse al ataque anunciado por nuestros enemigos, de lo cual tienen ya

todos conocimiento.»

Ese ataque de que todos teníamos conocimiento, fué el anunciado el día

anterior por los Generales Merrit y Dewey, intimando á nuestro General

en Jefe que concedían un plazo de cuarenta y ocho horas para que

pudieran ponerse á salvo los elementos no combatientes, transcurrido el

cual, podría empezar en cualquier instante el ataque combinado de la

escuadra y ejército de tierra contra las defensas de Manila.

El número de personas no combatientes, entre enfermos, heridos,

ancianos, mujeres y niños refugiados en intramuros, excedía de treinta

mil, según se hace constar en el proceso citado. Hacerlos salir de la

ciudad era de todo punto imposible, en razón á que más de cincuenta mil

indios cercaban la plaza por tierra, y por mar estábamos bloqueados; y

aun cuando los americanos no mostraron oposición á que se refugiaran en

los buques mercantes cuantos pudieran, es lo cierto que con eso sólo se

lograba poner á salvo un millar de personas, á lo sumo, teniendo

forzosamente que quedar en la plaza todos los hospitales y la inmensa

mayoría de la población no combatiente.

En estas circunstancias, el General Jáudenes nos convocó, no para pedir

nuestro voto respecto á rendir la plaza, pues demasiado sabía que eso le

estaba severamente prohibido por las Ordenanzas militares, sino para

conocer el estado de la opinión pública respecto al ataque anunciado por

los yanquis, y así tener una base popular, si cabe la palabra, en qué

fundar su contestación al enemigo.

_C_) Que yo no fuí el primero en hablar, sino el sexto, y que, por lo

tanto, es un mito que yo determinara á los demás á seguir mi dictamen,

lo prueba igualmente el Acta. Primero, hace constar que «respecto al

estado de ánimo del vecindario y opinión del mismo á consecuencia de la

proximidad de las operaciones que el enemigo ha anunciado que va á

intentar por mar y tierra, se hicieron francas, _patrióticas_ y

_terminantes declaraciones_ POR TODOS Y CADA UNO _de los señores del

elemento civil_, pues los del elemento militar tenían que reservar las

suyas para cuando llegue el momento de reunir el Consejo de Generales

que previene la Ordenanza». Luego es evidente que TODOS Y CADA UNO de

los señores del elemento civil hicieron allí francas y patrióticas

declaraciones en su nombre y en nombre del vecindario, por cuya opinión

se les preguntaba. Luego, ni el vecindario de Manila, ni las Autoridades

civiles allí convocadas, dieron la menor señal de dudoso ó ambiguo

patriotismo. Eso afirma categóricamente el acta oficial, firmada por

todos los asistentes al acto; y decir lo contrario es inventar cuentos

turcos ó recoger chismes de plazuela.

Prosigue el Acta: «El primero que usó de la palabra sobre el punto en

cuestión fué el Sr. Director de Administración civil (D. Lorenzo

Moncada), haciendo presente que la opinión pública, sobrexcitada por los

sucesos actuales, convencida de que la plaza no cuenta con elementos de

resistencia suficientes y de que no hay esperanzas de auxilios, se

pronunciaba en favor de una capitulación honrosa antes que llegara el

caso de una rendición á discreción, porque con aquélla podrían obtenerse

mayores ventajas, sin mengua del honor del Ejército, que está á salvo de

toda imputación después de la heroica defensa que ha sostenido.--El Sr.

Gobernador civil (D. Juan García Aguirre), manifestó que, por razón de

su cargo, había tenido que recibir á muchas familias y muchas

indicaciones sobre el tristísimo cuadro que ya se presentaba ante la

proximidad de un bombardeo, dada la acumulación de gente y de hospitales

dentro de la plaza; aseguró que el ánimo de la generalidad se encontraba

abatido ante la perspectiva de una resistencia sin esperanzas de ninguna

clase, y que considerando que el valor y la abnegación del Ejército se

ha colocado á una altura que causa la admiración de propios y extraños,

verían con gusto que la Autoridad militar, por consideraciones de

humanidad y estimando que la resistencia extremada sólo ocasionaría

víctimas y perjuicios, sin ningún fin práctico para la Patria,

aprovechase el momento más oportuno para intentar una capitulación

honrosa. Añadió que, al transmitir estas opiniones, como Jefe de la

provincia, ha tenido que prescindir por completo del carácter militar

que le da su carrera, á fin de que aquéllas fueran el reflejo fiel de la

opinión de sus subordinados.--El Sr. Alcalde de Manila (D. Eugenio del

Saz Orozco), de conformidad con lo manifestado por el Jefe de la

provincia, dijo que la población se halla realmente consternada ante el

peligro que la amenaza; y que, fijándose en la finalidad que puede tener

la resistencia, ve que ésta ha de ser de ningún resultado práctico para

la honra y conveniencias nacionales. Entiende, por lo expuesto, que todo

el mundo se hallaría dispuesto á sacrificarse en holocausto de la

Patria, si para ésta significase alguna ventaja nuestro sacrificio; pero

que, no siendo así, todos deseaban que, en cuanto sea compatible con la

honra del Ejército, que es la de España, por más que ésta está ya á

salvo con lo hecho, se limite la defensa á lo puramente necesario para

lograr tal objeto, sin causar el número de víctimas de seres inocentes

que ocasionaría el bombardeo.--El Sr. Fiscal de la Audiencia (D. Joaquín

Vidal y Gómez) dice que, no por falta de valor, sino por creer que no

puede ya obtenerse resultado alguno beneficioso para la Patria, la

opinión pública se inclina á que se eviten mayores é inútiles

desgracias, puesto que, á su juicio y al de todo el mundo, el Ejército

ha hecho cuanto humanamente puede hacerse para dejar, como siempre,

probado su heroísmo.--El Sr. Intendente general de Hacienda (D. Antonio

Domínguez Alfonso) manifiesta que, por efecto de la vida de retraimiento

que hace, no conoce bien el criterio de la generalidad con respecto á la

situación actual de la plaza; pero que, fijándose en los términos de los

telegramas del Gobierno, deduce que éste no pide un sacrificio inútil;

y, sobre todo, se ve claramente que, al pensar en la rendición de la

plaza, desea, prolongando lo posible la resistencia, la conservación de

este Ejército».

Tocóme hacer uso de la palabra, y creí un deber de mi sagrado ministerio

exponer breve y sucintamente la doctrina que la Iglesia, por medio de

sus Maestros de Teología Moral, enseña acerca de cuándo y cómo es lícito

en una plaza sitiada sacrificar la vida del soldado y de las personas en

ella albergadas. Callar en aquella sazón, y después de haberse expresado

tan terminantemente los cinco señores que me habían precedido, hubiera

sido indigna cobardía. Disfrazar mi leal opinión y no decir cuanto un

obispo católico debe decir en esos trances, hubiera equivalido á manchar

mi conciencia traicionando la verdad, que toda entera debía á mi querida

Patria en aquellas azarosas circunstancias. Uno y otro recurso

repugnaban además á mi condición franca é ingenua, indómita y rebelde á

todo género de hipócritas convencionalismos. Hablé, pues, y dije lo que

expresa el Acta, en los siguientes términos:

«El Sr. Arzobispo admira, como lo admiran todos, cuanto ha hecho nuestro

valiente Ejército, resistiendo con bravura día y noche durante tres

meses los ataques de dos enemigos coaligados, sufriendo las inclemencias

del tiempo sin un lamento, ni una queja, y llegando á la extenuación

física por la carencia de buenos alimentos en estos últimos días; y le

desalienta pensar que puedan faltarle al soldado las fuerzas físicas en

el momento más crítico, viéndose rendido por la fatiga más que por el

fuego del fusil enemigo. Llama muy especialmente sobre esto la atención,

manifestando que las resistencias hasta el heroísmo están justificadas

cuando se obtiene alguna ventaja nacional; pero, si no la hay, como

sucede en la ocasión presente, pues ni esperanzas de auxilio ni de

noticias podemos tener, la resistencia extremada para satisfacer un poco

más el amor propio del Ejército, sólo traería mayores desgracias,

mayores víctimas y mayores quebrantos, y para evitarlo deben imponerse

los sentimientos de humanidad. Considera al Ejército sobradamente á

salvo de toda duda y digno de la mayor consideración y del entusiasmo

que produce la heroica defensa que ha realizado, y pide á la Autoridad

superior militar tenga presente en el momento supremo las desgracias y

víctimas inocentes que puede ocasionar un exceso de pundonor militar,

que si encaja bien en el General, no exime de responsabilidad al

Gobernante.»

Mis palabras no necesitan comentarios. Eso creo es lo que debía decir un

Prelado, cuya misión es ilustrar las conciencias y evitar inútiles

escenas de sangre, salvo el honor del Ejército, y en la hipótesis de que

prolongando la defensa no se obtuviera alguna ventaja; lo cual no se

veía entonces, porque, como ya he dicho, ignorábamos que se estuviera

negociando el armisticio de Washington.

Cumple á mi intento, ya que de la rendición hablo, deshacer una grosera

imputación, tan gratuíta como las demás, que con ese motivo se me ha

hecho en la prensa.

Se ha dicho que si el Arzobispo se mostró contrario á que se opusiera

por nuestro Ejército mayor resistencia que la que se opuso, se debió al

ruin y egoista propósito de evitar el incendio y ruina de los edificios

religiosos y de las fincas que en Manila poseía la Iglesia. Acusación

maliciosa y sectaria, que queda reducida á polvo con sólo recordar que,

si esa hubiera sido la razón, no habría manifestado al Clero en masa,

como manifestó durante todo el mes de Mayo, y antes de ser cercada la

ciudad por los insurrectos, que preferiría mil veces ver incendiada y

asolada Manila, antes que se entregara á los americanos, que amenazaban

con bombardearla. Entonces, acertadísimamente, y cual es de rigor en

tales casos, había dispuesto el General en Jefe que evacuaran la ciudad

murada todos los no combatientes en condiciones de efectuarlo. La

evacuaron todos cuantos pudieron. Se ideó trasladar á enfermos, mujeres

y niños á San Juan del Monte y á las puntos á donde no pudieran llegar

los cañones de la escuadra yanqui, dispuestos á defender el territorio

nacional, aunque los americanos se apoderaran de la plaza, en la forma

que lo efectuó en el siglo XVIII el heroico Anda. Nadie, absolutamente

nadie, protestó entonces; y es plena justicia que no me negarán mis

detractores, que el Arzobispo y los Religiosos no fueron entonces los

últimos en manifestar que antes de rendirse al enemigo preferirían ver

la ciudad reducida á escombros. ¿A qué, pues, esa imputación calumniosa?

¡No hubiera estado Manila en el mes de Agosto cercada por mar y tierra,

sin esperanza alguna de auxilio, y destituída de suficientes medios

ofensivos á juicio de nuestros generales, y se hubiera visto cuán poco

pesaba en nuestra consideración la conservación de esas fincas, como no

pesó cuando la poderosa escuadra de Dewey, antes de llegar su ejército

de tierra, amenazó con bombardearnos!

Continúa el Acta expresando los pareceres del Secretario del Gobierno

general y del Presidente de la Audiencia acerca del punto consultado, y

dice: «El Secretario del Gobierno general (D. Luis Sein Echaluce), que

por orden de colocación tuvo que usar de la palabra en este momento,

manifestó que, no habiendo esperanza alguna de recibir auxilios, pues

oficialmente sabemos que no vienen, ni esperanzas de noticias de paz,

porque, aunque las hubiera, el enemigo cuidaría de que no llegasen á

nosotros, y toda vez que está reconocido palmariamente por todos, y

hasta por los mismos extranjeros que simpatizan con los norteamericanos,

que nuestro valiente ejército ha rebasado los límites del heroísmo, lo

más humanitario resulta aceptar una capitulación honrosa, sacando de

ella las mayores ventajas posibles, aprovechando para esto el momento

más oportuno á juicio de nuestras dignas Autoridades militares.--El Sr.

Presidente de la Audiencia (D. Servando Fernández Victorio) manifestó

que, por su parte, estaba de acuerdo con todo lo expresado por los

señores que le habían precedido en el uso de la palabra; pero creía que

las órdenes del Gobierno eran terminantes para que se prolongara la

defensa de la plaza; á lo cual se le replicó que del texto de los

telegramas no se deduce que la defensa de Manila haya de llegar á

extremos inútiles.»

Debo advertir que se nos exhibieron todos los telegramas oficiales, y

que en el último de ellos, fechado en Madrid el 1.º de Agosto, el

Gobierno se limitaba á comunicar lo siguiente: _Admitidos Academia,

todos aprobados exámenes_. Su contenido dice más que los más elocuentes

comentarios.

En vista de que los dictámenes de los ocho que allí hablamos, estaban

conformes en cuanto al fondo, ¿cuál fué el resultado? ¿Se adoptó, ni

remotamente, el pensamiento de capitular? En modo alguno. Véase cómo

termina el documento oficial: «El Sr. Presidente, oídas todas las

manifestaciones hechas, agradeció á los presentes su atención,

asegurándoles que por su parte no ha de olvidar cuantas indicaciones se

le han hecho, y que todo aquello que quepa dentro de la honra del

Ejército, que es la suya propia, para dar lugar á sentimientos de

humanidad, lo ha de hacer sin vacilación. Y no habiendo otro asunto de

qué tratar, se acordó levantar la presente Acta, que, suscrita por

todos, deberá entregarse al Excelentísimo Sr. General Jáudenes á los

efectos que estime oportunos.»

_D_) Que esa junta no influyó para nada en las operaciones militares, ni

mucho menos en la capitulación, lo demuestran los datos siguientes:

El mismo 7 de Agosto, ó sea el anterior á la celebración de esa junta,

el General Jáudenes había ya contestado á la comunicación de los

americanos en esta forma:

«El Gobernador general y Capitán general de Filipinas.--Al Mayor General

del Ejército y al Contraalmirante de la Armada, Comandantes

respectivamente de las fuerzas de tierra y mar de los Estados

Unidos.--Señores: Tengo el honor de participar á SS. EE. que á las doce

y media del día de hoy he recibido la notificación que se sirven hacerme

de que, pasado el plazo de cuarenta y ocho horas, pueden comenzar las

operaciones contra esta plaza, ó más pronto, si las fuerzas de su mando

fuesen atacadas por las mías.--Como su aviso es dado con objeto de poner

en salvo las personas no combatientes, doy á SS. EE. las gracias por los

sentimientos humanitarios que han demostrado, y que no puedo utilizar,

porque, hallándome cercado por fuerzas insurrectas, carezco de puntos de

evacuación á donde refugiar el crecido número de heridos, enfermos,

mujeres y niños que se hallan albergados dentro de murallas.--Muy

respetuosamente B. L. M. á SS. EE., _Fermín Jáudenes_, Gobernador

general y Capitán general de Filipinas.»

Insistieron los americanos con el siguiente documento:

«Cuartel general de las fuerzas de mar y tierra de los Estados

Unidos.--Bahía de Manila, 9 de Agosto de 1898.--Señor Gobernador general

y Capitán general de Filipinas.--Señor: Los sufrimientos inevitables que

resultarían á los heridos, enfermos, mujeres y niños, en caso de que

fuese menester destruir las defensas de la plaza murada, dentro de la

cual están refugiados, apelarán con éxito á las simpatías de un General,

capaz de hacer la resistencia determinada y prolongada, llevada á cabo

por V. E. después de la pérdida de vuestras fuerzas marítimas, y sin

esperanza de auxilio. Por consiguiente, creemos, sin perjuicio de los

altos sentimientos de honor y deber que V. E. abriga, que rodeado como

se halla por todos lados por una fuerza que diariamente se aumenta, con

una poderosa escuadra en frente, y privado de toda esperanza de

refuerzos y auxilio, resultaría un sacrificio inútil de vidas en caso

de un asalto, y, por lo tanto, toda consideración de humanidad impera

que usted no someta vuestra ciudad á los horrores de un bombardeo; por

ello demandamos la rendición de la ciudad de Manila y las fuerzas

españolas á vuestro mando.--Firmado: _W. Merrit_, Mayor general del

Ejército de los Estados Unidos L. P.--_George Dewey_, Contraalmirante de

la Armada de los Estados Unidos, etc., etc.»

Entonces el General Jáudenes reunió la Junta militar de defensa, en la

cual, (según consta del referido proceso), de los quince vocales,

reconociendo todos la falta de medios ofensivos, siete se declararon por

que desde luego se iniciaran tratos de capitulación, y ocho por que se

prolongara la resistencia hasta que se rompiera la línea exterior.

Habiendo, pues, un voto de mayoría, el General en Jefe acordó prolongar

la resistencia; pero antes dirigió al enemigo la siguiente comunicación:

«El Gobernador general y Capitán general de Filipinas.--Manila, 9 Agosto

de 1898. Al Mayor General del Ejército y al Contraalmirante de la

Armada, Comandantes respectivamente de las fuerzas de tierra y mar de

los Estados Unidos.--Señores: Recibida la intimación de SS. EE. para

que, obedeciendo á sentimientos humanitarios que invocan, y de los que

yo participo, rinda esta plaza y las fuerzas á mis órdenes, he reunido

la Junta de defensa, la que manifiesta no puede acceder á su petición;

pero, teniendo en cuenta las circunstancias excepcionalísimas que en

esta plaza concurren, SS. EE. exponen, y yo, por desgracia, tengo que

reconocer, podría consultar á mi Gobierno, si SS. EE. otorgasen el plazo

estrictamente necesario para hacerlo por la vía de Hong-Kong.--Muy

respetuosamente B. L. M. á SS. EE., _Fermín Jáudenes_, Gobernador

general y Capitán General de Filipinas».

A esto respondieron el 10 de Agosto los Generales americanos denegando

el plazo pedido; y el 13 se verificó el ataque combinado de las fuerzas

yanquis de mar y tierra, en el cual, una vez rota, por el lado de San

Antonio Abad, _la línea exterior_, se izó bandera de parlamento,

firmándose la capitulación, sin que el Arzobispo, desde el mencionado 8

de Agosto, tomara parte alguna, ni directa, ni indirectamente, en nada

que se refiriera á dicho asunto.

Mientras el ataque del día 13, hallábame yo con mis familiares rezando

el rosario, y no supe que se hubiese izado bandera de parlamento, ni que

los americanos habían entrado en Manila para acordar con nuestros Jefes

la capitulación, hasta que un amigo íntimo vino á comunicarme tan

tristísima nueva.

Para concluir este párrafo, no será superfluo notar que los mismos

periódicos, _El Imparcial_, _El Heraldo_, _El Liberal_, _El País_, etc.,

que ahora se rasgan como Caifás las vestiduras, llamándome traidor por

lo que dije en la referida Junta, decían lo mismo que nosotros mucho

antes que Manila capitulara. Como muestra, y para no cansar á mis

lectores, vean las siguientes palabras de _El País_, que el día 21 de

Junio de 1898 publicaba con el título _La Rendición de Manila_: «Sentar

como regla invariable que todo gobernador de una plaza sitiada se ha de

enterrar literalmente en los escombros de sus muros como en Numancia, es

una ferocidad que ninguna falta hace á las que desgraciadamente envuelve

la guerra. En esta, como en otras muchas cosas, lo absoluto no es lo

verdadero ni lo factible, y lo que con exagerar se logra es _extraviar

la opinión_..... La guarnición de Manila es posible que capitule, y _no

por eso habrá de sufrir tacha en su honra, ni quedar quebrantado el

honor nacional_. Reducida al recinto amurallado, que mide poco más de

2.600 metros de circunferencia, y cuya longitud es de 1.000 metros por

500 en su mayor anchura, en tan reducido espacio, que rodea una regular

muralla bastionada con su correspondiente foso y contrafoso, á pesar de

los baluartes que coronan las citadas murallas, del fuerte de San

Gabriel, de la fortaleza de Santiago y de algunas baterías que suponemos

carecerán de cañones modernos, sin municiones ni vituallas, aislada de

toda comunicación con las comarcas fieles, y sin esperanza de próximos

auxilios, la situación de esta ciudad, por mucho que sea el valor y

constancia de sus defensores, es _verdaderamente desesperada_. No hay

que hacerse ilusiones, _ni debemos engañar al país_: la rendición de

Manila, si ya no ha tenido lugar, _será un hecho en plazo breve_, sin

que ya puedan evitarla los tardíos refuerzos que se le destinen».

§ II

Que fuí mal español durante la guerra hispano-americana.

(IMPUTACIONES 3, 4 Y 5.)

_A_) Declarada la guerra á España por los Estados Unidos, y sobre todo

después del asesinato naval de nuestra escuadrilla de Cavite por la

poderosa flota del entonces Comodoro Dewey, la situación de nuestra

soberanía en el territorio filipino no podía ser ni más comprometida, ni

más angustiosa. El contingente de tropas peninsulares era relativamente

exiguo, y distribuído por las Visayas, Mindanao y Joló, sin contar las

que guarnecían varias provincias de Luzón, donde todavía se agitaban

partidas insurrectas. De la Península, bien se veía que no podíamos

esperar refuerzos, los cuales, de recibirse, probabilísimamente

llegarían cuando no hicieran falta. Carecíamos de barcos con que

comunicarnos con las demás islas del Archipiélago, á consecuencia del

riguroso bloqueo establecido por la escuadra americana; y ni cable

teníamos, porque el enemigo se había apresurado á recogerlo en cuanto

se apoderó de la bahía. En realidad, estábamos abandonados á nuestros

propios esfuerzos, y había que apelar á medidas extraordinarias.

Una de ellas fué la creación de las milicias filipinas.

El ejemplo de D. Simón de Anda y Salazar en el siglo XVIII y el reciente

del general Primo de Rivera creando varios batallones de Voluntarios

provinciales poco antes de la paz de Biacnabató, abonaban esa medida.

Discutióse el punto en Junta de Autoridades y de otras personas de gran

representación en Manila, y fué aprobado. El país se mostraba entonces

acreedor á esa excepcional prueba de confianza; pues como advierte D.

Manuel Sastrón en su excelente obra _La Insurrección de Filipinas y

guerra hispanoamericana_, cap. IX: «No tardó en adherirse al entusiasmo

sentido y por modo admirable expresado en Manila, el de la colonia

peninsular residente en las provincias y el de leales insulares,

queriendo también en tal ocasión ofrecer sus servicios para la defensa

de la causa de España, cabecillas tan importantes como Mójica, Frías,

Pío del Pilar, Ricarte, Riego de Dios y otros que no habían ido á

Hong-Kong con Aguinaldo. Mas lo que podía considerarse como la

demostración más evidente de que los naturales filipinos disponíanse á

verter entonces su sangre con la nuestra defendiendo la bandera

española, era el hecho de que muchas de las partidas que venían luchando

con igual tenacidad que la demostrada antes de aquel pacto, depusieron

inmediatamente su actitud facciosa.» Y más adelante, en el capítulo XII,

añade: «Es el hecho, que el paréntesis observado en las operaciones de

la escuadra Dewey iba alentando los ánimos, y adquirieron éstos mayores

bríos entre nosotros por la actitud que señaló gran parte del elemento

revolucionario, deponiendo sus injustos odios contra la causa española y

mostrándose adheridos á la misma. En un solo día, ocho cabecillas de los

de mayor prestigio acudieron á ofrecer sus servicios al General

Augustin; los principales jefes de la rebelión en Cavite ofrecieron

castigar ellos mismos los tulisanes que habían saqueado el Arsenal y la

plaza de Cavite. La adhesión de los revolucionarios filipinos no se

limitaba á expresarse por los más conocidos de Manila y Cavite, sino que

en las demás provincias de Luzón presentáronse á indulto con iguales

protestas de arrepentimiento los cabecillas más significados: bien

enérgicas eran las manifestaciones que en defensa de la Patria española

contra los americanos elevaron al Capitán general los cabecillas Torres,

Gatmaitan, Villavicencio y otros muchos.»

¿Cuál fué mi papel en la creación de dichas milicias? Pues sencillamente

el de encarecer que para el mando de las mismas se escogieran filipinos

de lealtad probada, de aquellos que, siempre fieles á España, jamás

habían tomado parte en la _política solapada_ que á los suyos

recomendaban las logias, y que tan funestos resultados dió para nuestra

dominación en Filipinas. Nunca fuí partidario de que se dieran armas á

los que sus justificados antecedentes presentaban como poco leales á la

Patria; y me cabe la satisfacción de poder decir que en aquella

escandalosa defección general de las Milicias filipinas que siguió al

desembarco de Aguinaldo en Cavite, los comandantes de Milicias que los

Provinciales y yo recomendamos, ó fueron los últimos en volver las

espaldas á España cuando ya les era imposible el resistirse á sus

conterráneos, ó permanecieron siempre fieles á la misma, como lo

testifican los nombres de D. Pedro Perlas, comandante de las milicias

del partido occidental de La Laguna; D. Francisco Valencia, jefe de las

de la zona de Naic y Santa Cruz de Cavite, y D. Ramón Lizazo, capitán de

las de Biñan, quienes, como es notorio, sufrieron de los aguinaldistas

todo género de persecuciones, y hasta el presente perseveran en su

inquebrantable adhesión á España.

_B_) Que huyera cobardemente de Manila es un cargo que demuestra la

colosal ligereza de mis detractores, que no se fijaron en la palmaria

contradicción en que incurrían. Pues si me fugué de la plaza, ¿cómo pude

negociar la rendición y ser autor de las demás indignidades que me

atribuyen? Lo cierto es, que en su afán de acumular sobre mí todo género

de infamias (_haciéndose eco_, claro es, _de la opinión pública_), me

confundieron, ó quisieron confundirme, con el Obispo de Nueva Cáceres,

D. Fr. Arsenio del Campo, el cual, por prescripción de los médicos, y

con licencia expresa del Capitán general Sr. Augustin, se vió en la

necesidad de dejar las islas, saliendo para Hong-Kong durante el

bloqueo, y luego viniendo á Europa.

Este es el único cargo que, por su evidente contradicción con los demás,

mis detractores han retirado tímidamente de la lista de sus acusaciones,

después que hecho ya el efecto que se proponían, vieron que insistir en

él resultaba contraproducente.

_C_) Mis deberes durante la guerra hispano-americana no fueron otros que

responder á la confianza que en mí se hizo nombrándome Presidente de la

Junta _civil_ de defensa (no militar, contra lo que han propalado los

periódicos), y llenar las atenciones que mi cargo pastoral exigía en

aquellas circunstancias. Pedir de mí que empuñara las armas

convirtiéndome en jefe de guerrillas, como laudablemente lo hicieron en

la última etapa del asedio todas las Autoridades civiles, ó exigirme

otro oficio impropio de un Prelado, hubiera sido aberración monstruosa,

en la cual nadie cayó en Manila, á pesar de la explosión de sentimientos

patrios que entonces enardecía todos los corazones.

Pues bien; en ese orden de cosas, como Presidente de esa Junta civil, y

contando con los entusiasmos y extraordinario celo de los vocales de la

misma: D. Juan García Aguirre, Gobernador civil de Manila; D. Eugenio

del Saz Orozco, Alcalde de Manila; D. Luis Sein Echaluce, Secretario del

Gobierno general, y D. Manuel María Rincón, en concepto de Secretario,

adopté multitud de disposiciones encaminadas á que el vecindario

cooperara activamente á la acción militar, de las cuales recuerdo las

siguientes:

En los primeros días de Mayo, cuando se confiaba en la fidelidad de los

naturales del país, se hizo que evacuaran la ciudad murada todas las

comunidades religiosas de mujeres y los colegios de niñas. Se preparó lo

necesario para que también pudieran trasladarse fuera del alcance de los

cañones yanquis los enfermos de los hospitales, habilitándose á dicho

objeto la casa de los Padres jesuítas en Santa Ana, y los conventos de

Dilao, San Sebastián, Tercera Orden de Sampaloc y Guadalupe. Se procuró

que en los vecinos pueblos de San Juan del Monte, Santa Ana, Pandacan y

barrios apartados de Manila, no faltara alojamiento para los no

combatientes. Se gestionó del Ayuntamiento que mandase á la Pampanga un

barco, que, burlando la vigilancia del enemigo, trajera á la ciudad

reses vacunas, estableciendo tablajerías que vendieran las carnes al

precio de coste. Se publicaron bandos, que fueron cumplidos, para que se

limpiaran y llenaran todos los aljibes de la población, en previsión

(que la experiencia acreditó ser justificadísima) de que nos cortasen el

canal de Carriedo, que proveía de agua á la ciudad. Se requirió

eficacísimamente del comercio la entrega de los efectos necesarios para

aprovisionamiento de las tropas, habiendo habido casa que, á buena

cuenta y á pagar cuando se pudiera, dió más de catorce mil litros de

vino. Se tomaron los acuerdos necesarios para que los almacenistas,

prevalidos de la carestía, no aumentaran el precio de los géneros de

subsistencia, con evidente perjuicio del Ejército y de los vecinos. Se

trabajó, con el generoso auxilio del Casino Español de Manila (que en

estas circunstancias, como desde que estalló la insurrección y respecto

al alivio y rescate de los prisioneros, dió muestras de que á nadie

cedía en entusiasmo patrio), para que los soldados recibieran en las

trincheras refrescos de vino, conservas, galletas, embutidos, tabaco y,

á veces, obsequios de dinero. Los Jefes tenían aviso de participar

cualquier necesidad que padecieran las tropas, para inmediatamente

remediarla en la forma posible, como así se hacía. Se proveyó de

impermeables á los defensores de la línea exterior de defensa, que en

las trincheras tenían que aguantar á pie firme los recios y continuos

temporales de lluvias que por entonces sufrimos; á cuyo efecto, yo mismo

encabecé una suscripción que obtuvo el más brillante resultado. Se

consiguió del vecindario los caballos precisos para el arrastre de las

nuevas baterías que hubo que montar para defensa de nuestras trincheras,

regalando yo cuantos tenía y comprando otros para dicho fin. Se

distribuyeron los necesarios recursos económicos á voluntarios pobres y

á particulares necesitados. Dí catorce mil pesos para acaparar arroz, en

previsión de que nos faltaran víveres. Se hizo, en fin, cuanto

humanamente era factible en aquellas dolorosas circunstancias, para

levantar el ánimo del vecindario y para ayuda del Ejército; en todo lo

cual, es justicia plenísima hacer constar que ayudaron al Arzobispo y

demás vocales de la Junta civil de defensa, las Comunidades religiosas,

las cuales invirtieron en ese patriótico objeto cantidades

considerables, además de contribuir con cuantiosos donativos en especie.

Ni debe olvidarse el cariñoso hospedaje que recibieron muchas familias

españolas (entre ellas merece citarse la viuda del heroico Cadarso y la

señora del general García Peña) en los colegios y casas dependientes de

la Autoridad eclesiástica, en los conventos, y hasta en las Iglesias,

cuando fué preciso.

En el orden religioso y como Prelado, publiqué dos Pastorales, ahora

reproducidas por la prensa católica, la una el 26 de Abril, á poco de

declararse la guerra, y la otra el 8 de Mayo, ya en pleno bloqueo; por

cuyos documentos los americanos y su prensa me calificaron

durísimamente, llamándome obispo bárbaro y sediento de sangre americana.

(Apéndices núms. 3 y 4). Secundando mi acción, los Directores del

Rosario perpetuo, del Apostolado de la Oración y hermanos de San

Francisco, dirigieron también á sus asociados arengas tan piadosas como

patrióticas. Antes de zarpar nuestros buques de guerra para Subic, se

ofrecieron capellanes para cada uno de ellos, presentándose á ese objeto

como voluntarios varios religiosos. Ordené rogativas en toda la

diócesis. Dispuse, después de la derrota de nuestra escuadra, que en

Manila se celebraran cultos extraordinarios, con exposición de Su Divina

Majestad, á los que asistió inmensa concurrencia. Se hicieron

devotísimas procesiones con las venerandas imágenes de la Virgen del

Rosario, patrona de las Islas, y de San Francisco de las Llagas,

protector de Manila. En los oratorios de los Colegios y Beaterios estuvo

de manifiesto el Santísimo durante muchos días, implorando las divinas

misericordias. En la Capilla del Rosario del templo de Santo Domingo se

estableció vela continua día y noche, relevándose los Religiosos

periódicamente, y permaneciendo infatigables en ese santo y penoso

ejercicio por espacio de más de dos meses, ó sea desde que los

insurrectos cercaron á Manila. Se repartieron entre los soldados y

voluntarios multitud de objetos piadosos, para excitar su confianza en

los divinos auxilios. Se atendió como procedía al servicio espiritual

del Ejército, destinándose á ese fin el conveniente número de Religiosos

que coadyuvasen á los señores Capellanes Castrenses. Después del 5 de

Junio se habilitaron salas para hospitales en las casas religiosas de

Letrán, Santo Tomás, Ateneo Municipal, Beaterio de la Compañía,

Seminario y Tercera Orden de San Francisco; y se dictaron órdenes para

que, en caso preciso, hasta las iglesias se convirtieran en albergue de

heridos y enfermos, cuidando los Religiosos y las Hermanas de la Caridad

de la asistencia material y espiritual de los mismos, y yendo yo mismo,

siempre que fué necesario, á visitarlos y consolarlos. Los Catedráticos

de la Universidad de Santo Tomás organizaron á sus alumnos en milicias,

dirigiendo además los mismos estudiantes una entusiasta arenga á sus

paisanos los filipinos, para excitarlos á luchar denodadamente por

España.

Implorar la intercesión de lo alto, asistir espiritualmente á los

defensores de Manila, ayudarles económicamente en lo posible, y excitar

al pueblo para mantenerse fiel á España, era el deber peculiar del

Prelado y de su Clero en aquellas circunstancias; y, por la gracia de

Dios, puedo asegurar que nada, absolutamente nada, se omitió para el

cumplimiento de esa sagrada obligación, como pueden testificarlo cuantas

personas se encontraban entonces en Manila, puesto que se trata de

_hechos públicos y notorios_.

§ III

Que fuí mal español después de entregada Manila.

(IMPUTACIONES 6, 7, 8, 9, 10, 11 Y 12.)

Esos periódicos que tanto habían ponderado mi españolismo y el de las

Ordenes religiosas en diferentes ocasiones, pero muy especialmente desde

que estalló la insurrección filipina hasta la época que nos ocupa, como

puede comprobarse leyendo sus colecciones de ese período de tiempo;

ahora, no sé por qué maravillosa metamórfosis, se convierten en nuestros

implacables acusadores, pretendiendo que el mismo tribunal de la opinión

pública, que antes nos había preconizado como eximios españoles, nos

condene hoy como reos de lesa Patria. Ellos se lo dicen todo: que el

Arzobispo de Manila fué un gran patriota, y que el Arzobispo de Manila

fué un mal español; que las Ordenes religiosas eran, por su celo y

abnegación, el firme sostén de la soberanía española en Oriente, y que

las Ordenes religiosas allí todo lo subordinaron á sus intereses

egoistas. ¡Válgame Dios! y ¡qué voluble se muestra esa prensa, órgano

_soi-dissant_ de la tan traída y llevada opinión pública!

Porque es de todo punto una novela que yo saliera á recibir al ejército

yanqui victorioso; que negara ante el nuevo dominador mi nacionalidad

española, cuanto más que negociase la americana; que cobrara de los

americanos sueldo ni obvención de ningún género; que tratara de arrojar

á nuestros soldados del único alojamiento que tenían en las iglesias y

los conventos; que visitara diariamente á los Jefes americanos, ni que

hiciera un viaje á Cavite para bendecir á los buques yanquis; y, por

último, que felicitara á los enemigos de mi Patria en el aniversario de

su triunfo. Es cierto, sí, que tuve tratos con los americanos y que los

visité varias veces, porque á ello me obligaban los deberes de mi cargo;

como tuvieron que entenderse con ellos nuestros Jefes y las Comisiones

oficiales que allí quedaron. Porque, desgraciadamente, ellos eran la

autoridad que mandaba en Manila; ellos los encargados de suministrar

víveres á nuestro ejército; ellos los que tenían la superior inspección

de todos los servicios; ellos los que administraban justicia; ellos los

que tenían la fuerza; ellos los que, según la capitulación, estaban

obligados á la repatriación de nuestras tropas. ¿Qué remedio sino

entenderse con ellos?

El Arzobispo, por lo tanto, si quería lograr algo eficaz en pro de los

sagrados intereses que le estaban confiados, forzosamente tenía que

acudir, como cualquier particular, á las nuevas Autoridades; pero acudió

á ellas sólo dentro del justo límite que le imponía su condición de

español y Prelado católico. Mis tratos con los americanos y mi

permanencia en Manila no obedecieron á otros fines que éstos: 1.º

Cumplir mis deberes religiosos de Prelado. 2.º El alivio y, en lo

posible, la libertad de los prisioneros españoles en poder de los

filipinos. 3.º Asegurar la conservación de las numerosas obras pías

españolas existentes en Manila.

_Cumplir mis deberes religiosos como Prelado._--Esa era mi principal

obligación, como lo es de un militar mantener el honor de las armas, y

de un padre cuidar de sus hijos. Al presentarme el Gobierno español para

la sede de Manila, sabía que, una vez expedidas por el Sumo Pontífice

las bulas de mi institución, echaba sobre un súbdito suyo un vínculo

sacratísimo que le ligaba estrechamente con su grey, interín el Jefe

Supremo de la Iglesia no relajara esos lazos. Esto es elemental para

cualquiera que haya saludado el Derecho Canónico. Un Pastor no puede

nunca abandonar su rebaño, sino cuando lo justifiquen las causas que

establecen los cánones y acompañe el permiso de la Silla Apostólica. Los

obispos de la Alsacia y la Lorena no abandonaron á sus diocesanos aun

después de la guerra franco-alemana, no obstante haber sido presentados

para sus respectivas sedes por el Gobierno francés, que perdió entonces

aquellas provincias. Los Prelados de Santiago de Cuba y de la Habana no

salieron de sus diócesis hasta que la Santa Sede no les otorgó el

correspondiente permiso. Y como la Santa Sede, lejos de concederme esa

licencia, me ordenó continuara al frente de la Metrópoli de Filipinas,

mi deber era cumplir ese soberano mandato; hasta que, por último, en

Septiembre de 1900, estando ya en Manila un Delegado Apostólico, recibí

autorización para ir á la capital del Cristianismo, con objeto de hacer

la visita _ad limina_ é informar personalmente al Papa acerca del estado

de la Iglesia católica en el Archipiélago; no para defender los bienes

de nadie, como quiere hacer creer á sus despreocupados lectores la

prensa sectaria. (Apéndice núm. 16 y 17.)

¿Tenía razones el Sumo Pontífice para obrar de ese modo? Para los buenos

católicos, basta saber que así lo hizo. Y los que no lo sean,

reflexionen el estado de anarquía en que quedó el Archipiélago á

consecuencia de tantas y tan hondas convulsiones; el cisma en que cayó

buena parte, aunque la más ignorante y relajada, del clero filipino; y

que las diócesis de Nueva Cáceres y de Nueva Segovia carecían de

Prelado, porque al primero le habían obligado sus dolencias á salir de

las Islas, y al segundo retenían prisionero los tagalos, con cerca de

trescientos religiosos y algunas religiosas.

_Alivio y libertad de los prisioneros españoles._--Este fué, desde el

primer momento, uno de los cuidados que más vivamente me preocuparon, y

al que dediqué toda mi actividad, como, en honor á la verdad, me

complazco en decir que en esto trabajaron muchísimo las Comisiones

civiles y militares que allí tuvo el Gobierno, todo el comercio español

en Manila, el Casino Español, las Ordenes religiosas y varios filipinos

y extranjeros, que, lamentando la triste situación de tantos miles de

prisioneros, nos prestaron su generoso concurso para tan humanitaria

empresa. El resultado de tantos afanes fué, desgraciadamente, estéril,

por lo que atañe á la libertad de los cautivos, quienes no pudieron

libertarse hasta que las armas americanas fueron batiendo al ejército

revolucionario, y sucesivamente apoderándose de todas las provincias del

Archipiélago. Pero que se trabajó _por todos_ con entusiasmo á dicho

fin, y que se logró aliviar algún tanto el sufrimiento de tanto

desgraciado, es cosa evidentísima y palmaria, que consta en la prensa de

Manila y de la Península, y de cuya verdad el Gobierno debe poseer

abundantes é incontrastables testimonios.

Las gestiones del Arzobispo y del Clero regular á ese fin, fueron, entre

otras, las siguientes:

Se telegrafió á Roma y á Baltimore, para que el Delegado Apostólico en

Washington, en unión con el Cardenal Gibbons, interesara del Gobierno

americano diese á sus representantes en Filipinas órdenes conducentes al

alivio y rescate de los prisioneros. Repetidas veces se enviaron al

campo insurrecto, en las provincias de Bulacán, Tarlac, Ilocos, Lepanto,

Cagayán, Isabela y Camarines, cuantos emisarios indios, chinos y yanquis

se pudieron, llevando socorros de víveres y dinero, mereciendo citarse

entre esas personas el sacerdote católico del _Olimpia_ Mr. Reaney, que

á dicho fin se puso á disposición del Prelado. Se suplicó con grandes

instancias al Gobernador Capitán General americano, Mr. Ottis, que

enviara á Cagayán un barco de guerra con auxilios para los cautivos de

aquella región, en donde sabíamos que los insurrectos los trataban

cruelísimamente. Por medio del coronel católico Mr. Smith se entablaron

activas negociaciones con el Gobierno de Malolos, á fin de conseguir

mejorase el trato que daban á los prisioneros, lo cual, en parte, si

bien pequeña, se logró, aunque fracasaron los intentos de rescate. Se

envió al Presidente del gobierno insurrecto una Comisión de respetables

sacerdotes filipinos, á cuyo frente fué el Dr. D. Mariano Sevilla, que

gozaba gran prestigio ante los mismos revolucionarios. Dirigí expresivas

cartas á varios de los ministros de Aguinaldo, antiguos discípulos míos;

y hasta conseguí que el insigne jurisconsulto filipino D. Cayetano S.

Arellano aceptase la cartera de Secretario de Estado, sólo con el

patriótico fin de libertar á los prisioneros; intento que también

fracasó, porque dicho señor se vió obligado á renunciar su puesto por la

ruda oposición que le hicieron los masones que formaban la corte del

jefe de la insurrección. El Clero indígena, único que podía seguir

ejerciendo su ministerio en el territorio insurrecto, recibió de su

Prelado órdenes terminantes para socorrer á los prisioneros, incluso

autorizándoles para invertir en esa obra de caridad los fondos de las

parroquias y hasta los vasos sagrados; disposición que dió algún

resultado, puesto que varios de los militares y paisanos libertados se

me presentaron á darme las gracias por los socorros recibidos de

sacerdotes indígenas, en cumplimiento de lo mandado. Prestóse con dicho

fin el más caluroso apoyo á los generales Ríos y Jaramillo y á los

señores del Río y Toral, como fué notorio en Manila, y hasta la prensa

de Madrid lo publicó. A muchos de los ya libertados se les facilitó ropa

y albergue en Manila, y dinero para su embarque á España. Mantuve

igualmente correspondencia con el Gobierno de la Nación, indicándole los

medios á mi juicio más oportunos para la más feliz solución de tan

triste negocio; y el Gobierno, no sólo aprobó mi conducta, sino que me

llegó á decir que hacía muy bien en no salir de Filipinas _mientras

hubiera un solo prisionero_.

Era entonces Presidente del Consejo de Ministros D. Francisco Silvela,

que fué quien, por despacho cablegráfico, me comisionó para dicho fin,

independientemente de los funcionarios civiles y militares que tenían

igual encargo. (Apéndice núm. 10.)

No debe omitirse especialmente cuanto hizo el almirante Dewey para

salvar al glorioso destacamento de Baler, que mantuvo enhiesta la

bandera española más de un año después de arriada en Manila. A ese

objeto, valiéndome de la amistad que ya entonces me unía con el capellán

del _Olimpia_, escribí á dicho Almirante tuviera la bondad de enviar á

Baler un buque menor de su escuadra para recoger y traer libres á Manila

á aquellos héroes. Mr. Dewey accedió á mis instancias; pidióme una carta

escrita de mi puño y letra al Jefe de aquel destacamento, para que,

dando crédito al oficial de la escuadra yanqui que se la presentara, no

tuviera inconveniente en seguirle con la fuerza á sus órdenes y

trasladarse á bordo del barco yanqui. Pidióme además un plano de la

costa de Baler, plano que facilitado por el eminente cartógrafo D.

Enrique D’Almonte, también se le envió; y, dispuesto todo, zarpó para

Baler el cañonero _Yorktown_. La expedición no pudo ser más desgraciada.

Al bajar á tierra, los insurrectos rodearon al oficial y soldados

americanos que habían desembarcado; murieron en la refriega dos

marineros, y otros fueron heridos; y, agotadas las municiones, se vieron

en el trance de rendirse los restantes, quedando en poder de los

filipinos un oficial, un contramaestre, dos cabos y nueve soldados.

Mr. Dewey, profundamente apenado por una desgracia que no tuvo que

lamentar en el combate de Cavite, después de comunicarme tan triste

nueva, tuvo la bondad de visitarme en mi propia casa, por lo cual me

creí obligado á devolverle la visita á bordo del buque insignia,

repitiéndole las gracias por todo lo hecho en favor de nuestros soldados

de Baler. (Apéndice número 13.)

Esa fué la única vez que yo fuí á bahía. A Cavite, ni una sola vez; y,

por lo tanto, carece de fundamento la acusación de que bendije á los

barcos yanquis en Cavite; de que pronuncié discursos en el aniversario

de su triunfo naval, y otros infundios de igual monta. Ignoran, quienes

esto dicen, que los americanos tuvieron la gran delicadeza de no

celebrar ese aniversario, ni el de la rendición de Manila,

indudablemente por no herir las nobles susceptibilidades de los vencidos

que allí estábamos.

_Las obras pías españolas._--Estas eran las siguientes: el Colegio de

Santa Isabel y Casa de la Misericordia; el Colegio de San José y el de

Santa Rosa; las Terceras Ordenes de Santo Domingo y San Francisco; la

Archicofradía de Jesús Nazareno de Recoletos; el Hospital de San Juan de

Dios, el de San Lázaro y el Monte de Piedad y Caja de Ahorros;

fundaciones que, en conjunto, sumaban un capital de varios millones de

pesos, producto del legado de antiguos españoles con destino á obras de

instrucción, piedad y beneficencia. Todas esas instituciones, aunque no

eran propiedad del Estado español, estaban bajo el Real Patronato, que

en Indias tenía mayor extensión que en la Península; y, por lo tanto, su

administración y gobierno se regían conforme á las leyes que el Ministro

de Ultramar y los Vice-Reales Patronos habían dictado al efecto. Eso dió

ocasión á que los nuevos dominadores creyeran que podían seguir haciendo

lo mismo que España, y, así, que pretendieran que su propiedad había

pasado á manos de ellos, considerándola como derechos de la soberanía

española ya caducada. No poco trabajo costó hacerles comprender lo

contrario; pero, al fin, quiso Dios que se convencieran de que se

trataba de bienes eclesiásticos y no de bienes del Estado español, á lo

cual contribuyó no poco mi decreto fecha 14 de Noviembre de 1898, en el

cual, reivindicando los derechos que sobre esas Obras Pías concede á los

Obispos el Tridentino, declaré no vigentes las leyes que sobre el

particular había dictado el Real Patronato, abolido ya en Filipinas. Con

eso quedaron á salvo la mayor parte de esas fundaciones, en su inmensa

mayoría destinadas á descendientes de españoles; si bien, para salvar el

Hospital de San Juan de Dios y el Monte de Piedad, hubo que sostener más

larga y vigorosa lucha. Respecto á los bienes del Colegio de San José,

fué preciso seguir ante los tribunales un litigio con parte de los

filipinos afiliados al partido allí llamado federal, que pretendían ser

aquellos bienes propiedad de los naturales; litigio que á mi salida de

Manila dejé ya en estado de sentencia, la cual en principio nos ha sido

favorable, aun cuando todavía esos bienes no han sido plenamente

adjudicados á la Iglesia. (Apéndice núm. 6.)

_Alojamiento de los soldados._--Sobre que tratara de arrojar de las

iglesias á los soldados españoles, debo decir que el Acta de

capitulación, en su art. 1.º, disponía que las tropas españolas se

acuartelarían en los locales que designaran las autoridades americanas;

y en el art. 7.º, que «las iglesias de Manila y su culto quedaban

bajo la salvaguardia especial de la fe y honor del ejército americano».

Por consiguiente, se faltó á la capitulación mandando alojar los

soldados en las iglesias, con lo cual, evidentemente, éstas y el culto

no fueron respetados. Tan manifiesta violación de lo pactado, momentos

después de estipularlo, no podía ser grata á un español y á un obispo.

Tampoco se dió tiempo en algunos templos para, antes de entrar los

soldados, retirar el Santísimo, las sagradas reliquias é imágenes, y

tomar las imprescindibles disposiciones que exige cambio de uso tan

radical como el que distingue á un cuartel de una iglesia. Tampoco se

contó para eso con la Autoridad eclesiástica. Sin embargo, tan lejos

estuve de querer privar de tal alojamiento á nuestras tropas, que saben

ellos y sabe todo el público de Manila cómo, gracias principalísimamente

al elemento eclesiástico (pues nuestros generales nada podían entonces

hacer en su favor), tuvieron nuestros soldados donde vivir y curarse de

sus enfermedades. No sólo las iglesias, sino los conventos de Santo

Domingo, San Francisco, Recoletos, San Ignacio y el Seminario, quedaron

convertidos en vastos cuarteles, donde, á la par de los religiosos,

vivían nuestros beneméritos soldados. La nueva amplísima casa que

poseían los Padres Agustinos cerca de su convento, todavía no estrenada

por ellos, también sirvió de cuartel y oficinas de guerra. Todos los

hospitales militares se instalaron igualmente en casas religiosas, las

cuales prestaron también albergue á bastantes familias de Jefes y

Oficiales.

Todo eso debían haberlo hecho las autoridades americanas; pero, ya que

no lo hicieron, la caridad y el patriotismo nos obligaron á llenar esa

falta, pues no merecían nuestros soldados pagar ajenas culpas.

* * * * *

Réstame contestar á otras dos imputaciones: que encomendé las parroquias

al clero indígena, prescindiendo del clero español; y que, ejerciendo mi

cargo en territorio extranjero, perdí mi carácter de español.

En aquellas circunstancias, cuando todo español, eclesiástico ó seglar,

que no se supeditara al Gobierno masónico é impío de la llamada

República filipina, estaba imposibilitado de vivir fuera de Manila, ¿qué

sacerdotes habían de estar al frente de las parroquias, sino los pocos

indígenas que parecían aptos al Prelado? Además, si la casi totalidad de

los Regulares se encontraban prisioneros, ó habían tenido forzosamente

que emigrar, y allí no había otros sacerdotes españoles, ¿de quién, sino

de los indígenas, había de disponer el Arzobispo? Si hubiese dispuesto

de peninsulares, hubieran también dicho de ellos, con igual razón que lo

dicen de mí, que perdieron su nacionalidad; porque ignoran, ó aparentan

ignorar, las más rudimentarias nociones de Derecho respecto á la

cuestión de ciudadanía.

El Arzobispo de Manila no perdió un solo momento su nacionalidad

española. El tratado de París, en su art. 9.º, dice que «los súbditos

españoles naturales de la Península residentes en territorios cuya

soberanía abandona ó cede España..... si quieren permanecer en esos

territorios conservando su nacionalidad, tendrán que inscribirse en el

registro oficial declarando su propósito de seguir siendo españoles, y

dentro del primer año siguiente á la ratificación de este tratado». Yo

fuí de los primeros, dentro del plazo legal, en inscribirme en el

Consulado español de Manila, manifestando mi firme deseo de conservar mi

amadísima nacionalidad española; y, por lo tanto, claro es que ni un

solo momento he dejado de ser súbdito de España.

¡Que seguí ejerciendo mi cargo arzobispal bajo la soberanía

americana!... Indudable; pero de ahí no se deduce que perdiera mi

condición de español, como no pierden la suya de italianos, franceses,

belgas y alemanes, los obispos que ejercen su jurisdicción en China,

Tong-king, Indostán, Hong-Kong y Japón, aun cuando sean titulares de

ciudades de esos territorios, como acontece á los del imperio japonés.

En los Estados Unidos, los obispos, católicos ó protestantes, no tienen

carácter público alguno: son los jefes de las respectivas comuniones

religiosas, y para el Gobierno tienen igual representación que los

presidentes de una asociación privada, mercantil, industrial ó

literaria. No interviene para nada en su nombramiento, ni se entromete

en lo más mínimo en si Roma los nombra, los quita ó los suspende, ó si

sus adeptos les obedecen ó dejan de obedecerles. Por consiguiente, el

aplicar al caso presente el art. 1.º de la Constitución española, es

revelar la más crasa ignorancia, ó aparentarla.

§ IV

Que igualmente no cumplí mis deberes de español y de Prelado en lo

referente á la insurrección de Filipinas.

(IMPUTACIONES 13, 14, 15 Y 16.)

Precisamente en este punto, en que los masones y cuantos los secundan

nos combaten más sañudamente, es donde más se destaca el celo religioso

y patriótico del Arzobispo de Manila, y de todo el Clero regular, á

quien España confió la alta misión de cristianizar á Filipinas y

conservarla en la fe católica, no menos que en el amor y fidelidad á

nuestra bandera. Es el sistema que sigue en todas partes. El Clero es el

enemigo; el Clero es la rémora del progreso; al Clero hay que

desacreditar y combatir por todos los medios lícitos é ilícitos, porque

es el más poderoso obstáculo para implantar en las naciones el derecho

nuevo. Dijeran la Iglesia Católica, y por lo menos tendrían el mérito de

la franqueza.

Eso aconteció en Filipinas, con mayor motivo que en otros territorios,

precisamente porque se trataba de una sociedad totalmente nacida y

desarrollada al calor del Catolicismo, y conservada para España merced

al potentísimo y paternal influjo de las Corporaciones religiosas.

Sabido es que allí no tuvo España ejército alguno peninsular hasta el

año 1872, en que se mandó el regimiento de Artillería destinado

exclusivamente á guarnecer la capital y los puntos avanzados de Mindanao

y Joló. El mismo ejército indígena era tan exiguo, que se pasaban miles

y miles de kilómetros en un territorio poblado con más de siete millones

de habitantes, diseminados en multitud de islas, sin que el viajero

encontrara en su camino un solo soldado. Y, sin embargo, aquel país

gozaba una paz octaviana; la vida económica resultaba tan fácil y

relativamente holgada, que el pauperismo era de todo punto desconocido;

la autoridad era obedecida y respetada por todos, como si fuese la

paterna del hogar; la criminalidad alcanzaba tan escasa proporción, que

constituía la admiración de propios y extraños. Bastaba invocar el

nombre santo de Dios y el augusto del Rey, para que aquellos millones de

malayos cumplieran cuanto se les ordenaba.

Ese es un hecho histórico, contra el cual se estrellarán siempre los

dardos de la más apasionada crítica y el odio de los enemigos de la

Religión y de la Patria. Filipinas se conservó tranquila y próspera

durante tres siglos merced á la influencia religiosa, porque allí España

ni tuvo, ni necesitó, otra, durante todo ese tiempo. Eso lo confiesan

unánimemente cuantos escritores, nacionales ó extranjeros, han hablado

sobre el particular.

Pero cambiaron los tiempos, y en el último tercio del siglo XIX nuevas

corrientes vinieron á perturbar el curso pacífico de aquel gran imperio

oceánico que nos legaran la fe y el patriotismo de nuestros mayores.

Creyóse, con unos ú otros motivos ó pretextos, que debía mermarse y aun

destruirse en las islas la secular influencia de la Religión y del Clero

regular, y, á ese fin, se organizaron sociedades que hicieron

activísima propaganda contra las Corporaciones religiosas,

desprestigiándolas ante los indios, á quienes se excitaba por toda clase

de medios á sacudir lo que llamaban su ominoso yugo. Centro principal de

esa propaganda fué Madrid, donde bajo la protección decidida del gran

Maestre del Gran Oriente Español, se constituyó la Asociación

_Hispano-Filipina_; tomó gran incremento el periódico _La Solidaridad_,

que antes se editaba en Barcelona; se organizó la logia de igual nombre,

y, por último, se adoptó el desastroso pensamiento de fundar en

Filipinas logias _completamente indígenas_, para lo cual dió plenos

poderes el Jefe del Gran Oriente Español, D. Miguel Morayta, que á su

vez lo era de la Asociación _Hispano-Filipina_ y propietario de _La

Solidaridad_. De esas logias salió la insurrección; verdad que

demuestran palpablemente, no sólo los documentos oficiales y los datos

del proceso instruído á los rebeldes, sino la propia monstruosa carta

dirigida por la Comisión conspiradora á los h.·. dándoles instrucciones

para el día de la rebelión, y los papeles y correspondencia que se

cogieron á los complicados (Apéndice núm. 9).

Pues bien; para destruir los lamentables efectos de esa activa labor

masónica y separatista, desde un principio trabajó el Clero en Filipinas

todo cuanto pudo, dentro de su limitada esfera de acción, si bien con la

honda pena de ver que sus trabajos no eran secundados, ni sus

representaciones atendidas, en el grado que exigían los altos intereses

de España, tan seriamente amenazados. Si se hubiera escuchado al

Arzobispo y á los Regulares, y á otros funcionarios que igualmente

denunciaron el peligro, es muy probable que la insurrección habría sido

ahogada y muerta en su cuna. La primera autoridad de las islas no

ignoraba el incremento que las logias iban tomando, ni sus propósitos de

alzarse en armas, como ella misma lo confiesa en el proceso instruído á

don Antonio Luna, y se le había notificado por el Arzobispo, dándole

cuenta de las cartas del Padre Fr. Agustín Fernández, escritas en 7 y 13

de Julio y 13 de Agosto de 1896, y en comunicaciones oficiales

anteriores donde se le avisa sobre los peligros de las sociedades

masónicas, y acerca de los trabajos filibusteros, que confesados por los

mismos revolucionarios, venían practicándose en el Japón. (Apéndices

núms, 5, 6, 7 y 8).

Horrorízase el ánimo al pensar la inmensa hecatombe que hubiera ocurrido

de no descubrirse á tiempo la conjuración, como, por revelación de un

indio complicado en ella y arrepentido de su delito, lo verificó el P.

Fr. Mariano Gil, Párroco de Tondo, en 19 de Agosto de aquel año.

Dicho esto, voy á contestar, una por una, á las acusaciones que

comprende este párrafo.

_A_) Ni contra el General que entonces gobernaba las islas, ni contra

ninguna Autoridad superior en el Archipiélago, desde Legazpi á Augustin,

conspiró ni se rebeló jamás el Clero. Esa es una de tantas injuriosas

falsedades divulgadas por _La Solidaridad_ y sus agentes y cómplices,

ahora repetida por los que quieren hacer odiosos á los sacerdotes

Regulares, presentándolos como autócratas que ponían y quitaban á su

placer capitanes generales en Filipinas. No es de este lugar exponer

cuán destituídos de verdad histórica se hallan los datos que, tomados

del siglo XVII y XVIII, evocan á este propósito. Mas por lo que diré de

la conjuración que nos achacan respecto al Marqués de Peña Plata, podrá

juzgarse de las otras.

El 19 de Agosto se hizo el descubrimiento de la conspiración. El 21, el

Gobernador general dirigía al Gobierno este telegrama: «_Descubierta

vasta organización sociedades secretas con tendencias antinacionales;

detenidas veintidós personas, entre ellas el Gran Oriente de Filipinas,

ocupándoseles muchos é interesantes documentos y pases de conjura_»; y

el 23 por la tarde, sabedor de ese despacho por su corresponsal de

Madrid, _El Diario de Manila_, en cuya imprenta se habían encontrado las

planchas y moldes que para sus escritos usaban los conspiradores,

publicó un enardecedor artículo, que terminaba con las siguientes

frases: «Un gobernante tenemos, representación de todo cuanto amamos y

pretendemos honrar: acudamos á él en respetuosa manifestación de cariño,

de subordinación y de adhesión incondicional, para probarle con nosotros

mismos que al responder al Gobierno de la Nación de la tranquilidad del

país, lo hace porque cuenta con el elemento sano, grande, potente, y

ante el que nada significan unas cuantas ramas podridas del frondoso

árbol. Acudamos mañana á saludar al ilustre Jefe del Ejército, al

depositario de la confianza del Gobierno y de la Corona, en la seguridad

de que ha de recibirnos con los brazos abiertos..... No creemos

necesarias más excitaciones: mañana, á las diez de la mañana, acudiremos

á saludar al Excmo. Sr. Gobernador general de Filipinas, esto es, al

Gobierno, al Poder, á España.»

Respondiendo á ese llamamiento patriótico, acudieron á Malacañang

centenares de españoles, peninsulares é insulares, y tuvieron la pena de

que el Gobernador general no creyera conveniente recibirlos. Entonces

dijeron: «¡Al Arzobispo! ¡Vamos al Arzobispo!» Y llenando la gran

galería del palacio arzobispal, se presentaron ante mí, pidiéndome que

los bendijese y recibiera sus protestas contra la conjuración

separatista, no menos que sus testimonios de estar dispuestos á derramar

su sangre por la Patria. La escena no pudo ser más conmovedora. Les

exhorté á elevar sus plegarias al cielo; alabé, no tanto como se

merecía, su patriótico entusiasmo; les encarecí la gran necesidad de

agruparnos todos los españoles cada vez con más estrecha unión al lado

del Representante de España, sobre todo en aquellas azarosas

circunstancias, y terminé mi breve discurso con estas palabras: «¡Viva

España! ¡Viva nuestro Gobernador general!», á lo que contestaron ellos

con repetidos vítores á España, al Arzobispo y las Corporaciones

religiosas. De aquel acto brotó, y quedó allí moralmente constituído, el

glorioso Batallón de Leales Voluntarios de Manila, pensamiento que luego

aprobó el Marqués de Peña Plata, dando armas á cuantos españoles é

insulares se inscribieron en sus filas, y quienes hasta la rendición de

Manila demostraron con cuánta abnegación y lealtad sabían servir á la

causa de España.

Esa fué la manera que teníamos en Manila de conspirar contra el

Gobernador general de las Islas: robustecer su autoridad y aplacar los

ánimos de tantos españoles como contra él estaban irritados y clamaban

por que el Gobierno, informado de todo lo que allí ocurría, le relevara.

El telegrama de Hong-Kong de 30 de Octubre, publicado por el _El

Imparcial_ de 2 de Noviembre, no deja lugar á dudas.

El Arzobispo y los Provinciales también informaron al Gobierno lo que

era del caso. Mas ¿de cuándo á acá acudir por medios legales á los altos

Poderes del Estado se ha podido calificar ni de conspiración ni de

intriga?

_B_) _Mi intervención en el castigo de los conspiradores y

rebeldes._--De ningún fusilamiento, de ningún proceso puede hacerse

responsable al Arzobispo, ni á las Corporaciones Religiosas. Bien lo

saben, y lo testificarán, si es preciso, el General Polavieja, el

Auditor general don Nicolás de la Peña, los Jefes ú Oficiales

instructores de los procesos y los Consejos de guerra que condenaron á

la última pena á Rizal, Roxas y demás que fueron fusilados. Decir lo

contrario es querer tirar contra el Arzobispo y los Religiosos, pero de

hecho herir á los Generales, Jefes y Oficiales de nuestro Ejército,

suponiéndolos completamente supeditados á ajenas influencias en asunto

de tanta monta como la recta administración de justicia. Regístrense los

procesos; y en ellos se verá que no aparece un solo dato que compruebe

en lo más mínimo esa supuesta intervención. Cuantos fueron al patíbulo,

lo fueron en virtud de denuncias y declaraciones de sus propios

compañeros de conspiración, ó de otras personas; pero ninguna de

eclesiásticos. En cambio, si algunos fueron indultados, ó su situación

recibió algún consuelo, fué en parte debido á la mediación caritativa

del elemento eclesiástico, que, con arreglo á mis instrucciones ó por

propia iniciativa, los visitaba en las cárceles, los consolaba en su

situación, se interesaba en lo posible por ellos, y hablaba en su favor

á los instructores de las causas y demás personas que para el caso

tenían autoridad.

Por lo que á mi persona se refiere, diré que Rizal, lejos de tener el

mal gusto de llamarme su _asesino_, como lo hacen ahora mis detractores,

se expresó en términos de elogio hacia mí, estando en capilla. (Apéndice

núm. 12). Por Roxas hice cuanto humanamente me fué posible, cual pueden

testificarlo su desgraciada viuda é hijos. No le pude salvar, porque ni

yo era juez, ni disponía de la gracia del indulto, y los conocedores del

proceso, que se llevó, como todos, con gran reserva, me aseguraron que

estaba comprometidísimo, y á mí me faltaban pruebas para acreditar su

inocencia, caso de que fuera inocente, lo cual se dice ahora; pero

ignoro si de plena conformidad con los resultandos del proceso. Una

sentencia firme, siempre es respetabilísima, y contra la presunción

legal de cosa juzgada no valen razonamientos puramente personales, sino

testimonios contundentes é irrefragables.

Por los hermanos Luna (Antonio, y Juan, el pintor) me interesé

igualmente, como lo prueban las cartas que me dirigieron así ellos, como

su familia, (Apéndice núm. 11). Si no pude librar de la última pena á

tres sacerdotes indígenas de Camarines, que también fueron fusilados, no

fué porque dejara de intentarlo cerca del Capitán General, quien no

creyó oportuno escuchar la petición de indulto que le hice en su favor,

juntamente con mi venerable hermano el Obispo de Nueva Cáceres. Más

afortunado fuí en tiempos del General Blanco, á cuyo ánimo llevé el

convencimiento de que no eran fundadas las denuncias de complicidad en

la rebelión tocante á personas respetabilísimas de Manila, y de bien

probado españolismo, amenazadas, no obstante, por un momento, en virtud

de dichas denuncias, de sufrir las ignominias de una cárcel. Fué un

noble y justo arranque del Marqués de Peña Plata, que me complazco en

consignar, la revocación del mandato de prisión. Las personas aludidas

saben cuanta fué mi angustia, desde que supe la desgracia que les

amenazaba hasta que se conjuró el peligro. Viven algunas de ellas en

España, otras en Filipinas; y seguro estoy de que todas darán

testimonio, cuanto sea necesario, de que no tuve corazón duro con los

desgraciados, y menos con los que creí víctimas de ajenos errores ó

injusticias.

Debo recordar también cuánto me interesé por el abogado D. Isaac

Fernando Ríos, cuya inocencia reconoció por fin el tribunal,

absolviéndole libremente. Este ilustre filipino y fidelísimo patriota,

no sólo rechazó después el acta de Diputado que le ofrecieron sus

paisanos para las cortes de Malolos, sino que, afrontando sus iras, les

dirigió un manifiesto exhortándolos á tornar á la obediencia á España, é

hizo otros actos de tan acrisolada lealtad, que su nombre, justamente

ensalzado y venerado por todos los españoles que le conocieron, es

gloria de nuestra dominación en Oriente, y merece figurar al lado de los

más esclarecidos de la historia del Archipiélago.

Nadie, cualquiera que fuese su condición social, llamó en vano á mis

puertas y á las del Clero Regular en aquellos tristes días de

desconfianzas y recelos; y si muchos filipinos de los que estuvieron

sometidos á un proceso, y después de ser indultados correspondieron á

esa gracia haciendo armas contra España, fueran sinceros, no dudo que

ahora mismo proclamarían en voz muy alta que las personas que visitaban

las cárceles de Bilibid y de la fuerza de Santiago, quienes los animaban

y se interesaban por su suerte eran los Religiosos, los cuales, para

hacer esta obra de caridad, tenían que desafiar las suspicacias de

muchos peninsulares, que tildaban de punible condescendencia con los

filibusteros cualquier paso que se diera para mejorar la situación de

los infelices procesados.

_C_) A las fútiles imputaciones de que fuí déspota con los clérigos

filipinos, y que imposibilité los buenos resultados de la paz de

Biacnabató, y al cúmulo de maliciosas insinuaciones de diversa índole

que la prensa, ganosa de desacreditar lo que represento, me ha dirigido

con mayor tesón que si se tratara del más grave problema nacional,

déjolas á la cordura de mis lectores y de cuantos me han tratado en

Filipinas, y muy principalmente del Marqués de Estella.

Un Prelado que mejora la enseñanza de los aspirantes al sacerdocio; que

dicta reglas para que los señores coadjutores vivan con los curas en la

misma casa parroquial; que todos los años se reúne con ellos en

ejercicios espirituales; que les gestionó el aumento del estipendio que

antes gozaban; que levantó un nuevo seminario; que los defendió siempre

de injustas persecuciones; en fin, á quien ese Clero honró, elevando á

Su Santidad una exposición para que, no admitiéndosele la renuncia,

regresara cuanto antes á su diócesis (Apéndice núm. 18), dista mucho de

merecer el baldón de déspota que esa prensa, deshonrando al buen Clero

filipino cuyo nombre usurpa, me achaca ahora para satisfacer las

exigencias de las turbas anticlericales. Lo hubiera quizás merecido, y

hoy todo serían justas imprecaciones para el Arzobispo y las Ordenes

Religiosas, si, siguiendo los consejos de esa prensa, tornadiza y

versátil más que el viento, hubiera yo cerrado el Seminario y hubieran

los Dominicos y Jesuítas cerrado la Universidad y sus Colegios, como á

raíz de la insurrección proclamaban debía hacerse la mayor parte de los

que ahora nos vituperan de poco amantes de los indígenas filipinos.

(Apéndice núm. 19.)

Dios les perdone, como yo les perdono; y plegue al Señor que en lo

sucesivo se empleen en campañas dignas de los altos intereses de la

Patria, unida en perpetuo y amistoso vínculo con la Religión, cual lo

exige la prosperidad de esta nuestra desgraciada España.

Madrid y Febrero de 1904.

Fr. Bernardino,

Arzobispo dimisionario de Manila y electo de Valencia.

Defensa obligada contra acusaciones gratuitas · 第 2 / 33 题