vieron un simón y detrás del coche, corriendo a todo correr, a don
Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros.
--¡Eh!, ¡eh!--le gritó Manuel.
Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó a Jesús y Manuel.
--¿Adónde iba usted?--le preguntaron.
--Detrás de ese coche para subirle el baúl a casa a ese caballero; pero
estoy cansado, ya no tengo piernas.
--¿Y qué hace usted?--le preguntó Manuel.
--¡Pse!... Morirme de hambre.
--¿No viene la buena?
--¿Qué ha de venir? Napoleón se hizo la pascua en _Uaterlú_, ¿verdad?,
pues mi vida es un _Uaterlú_ continuo.
--¿A qué se dedica usted ahora?
--He estado vendiendo libros verdes. Aquí debo tener uno--añadió
mostrando a Manuel una cartilla, cuyo título era: _Las picardías de las
mujeres la primera noche de novios_.
--¿Es bueno esto?--preguntó Manuel.
--Así, así. Te advierto que hay que leer un renglón sí y el otro no.
¡Yo, dedicado a estas cosas! ¡Yo, que he sido director de un circo en
_Niu Yoc!_
--Ya vendrá la buena.
--Hace unas noches salí tambaleándome, muerto de necesidad, y me fuí a
una Casa de Socorro, porque ya no podía más.--¿Que tiene usted?--me
preguntó uno.--Hambre.--Eso no es enfermedad--me dijo. Entonces me eché
a pedir limosna, y ahora voy al anochecer al barrio de Salamanca, y
allá, a las señoras que van solas las digo que se me ha muerto un hijo,
que necesito un par de reales para comprar velas. Ellas se horrorizan y
me suelen dar algo. He encontrado también un rincón donde dormir. Está
por allá, hacia el río.
Comieron los tres el rancho sobrante en el cuartel de María Cristina, y
por la tarde el Hombre Boa fué a su centro de operaciones del barrio de
Salamanca.
--Peseta y media he sacado hoy--les dijo a Manuel y a Jesús--. Vamos a
cenar.
Cenaron en el parador de Barcelona, de la calle del Caballero de Gracia,
y después el resto lo emplearon en aguardiente.
Luego fueron al rincón encontrado por don Alonso, una casa en ruinas,
próxima al puente de Toledo. La llamaban la Casa Negra; no quedaba de
ella más que las cuatro paredes, cortadas a la altura del primer piso.
Ocupaba el centro de una huerta; tenía un cañizo sobre el cual
sobresalían unas cuantas vigas negruzcas, derechas, como las chimeneas
de un pontón.
Entraron los tres en la casucha. Cruzaron el patio, saltando por encima
de escombros, tejas, maderas podridas y montones de cascote. Recorrieron
un pasillo. Don Alonso encendió un fósforo, que mantuvo en el hueco de
la mano. Vivían allí clandestinamente unas familias de gitanos y unos
cuantos mendigos. Algunos habían hecho sus camas con paja y trapos;
otros dormían apoyándose sobre cuerdas de esparto; sujetas a las
paredes.
Don Alonso tenía su rincón y llevó allí a Manuel y a Jesús.
El suelo era húmedo, de tierra; quedaban algunos tabiques de la casa en
pie; los agujeros del techo estaban obturados con haces de caña, cogidos
en el río, y pedazos de estera.
--¡Qué moler!--dijo don Alonso al tenderse--; siempre hay que andar
buscando rincones. ¡Quién pudiera ser caracol!
--¿Para qué?--le preguntó Jesús.
--Aunque no fuera más que para no pagar la casa de huéspedes.
--¡Ya vendrá la buena!--dijo irónicamente Manuel.
--Esa es la esperanza--replicó el Hombre Boa--. Mañana quizá ha cambiado
nuestra suerte. Tú no sabes lo que es la vida. El destino para el hombre
es como el viento para la veleta.
--Lo malo es--murmuró Jesús--que la veleta nuestra, cuando no señala
hambre, señala frío, y siempre miseria.
--Mañana puede variar.
Con estas halagüeñas ilusiones se durmieron los tres. Despertó Manuel al
amanecer; la luz del alba entraba por los agujeros del cañizo que hacía
de techo, y con aquella luz pálida el interior de la Casa Negra ofrecía
un aspecto siniestro.
Dormían todos mezclados, arremolinados en un amontonamiento de harapos y
de papeles de periódicos. Algunos hombres buscaban las mujeres en la
semiobscuridad, y se oían sus gruñidos de placer.
Cerca de Manuel una mujer con aspecto de idiotismo y de miseria
orgánica, sucia y llena de harapos, mecía un niño en los brazos. Era una
mendiga aun joven, una pobre criatura vagabunda de esas que recorren
los caminos sin rumbo ni dirección, a la gracia de Dios.
Por entre el astroso corpiño mostraba el pecho lacio y negruzco. Uno de
los gitanillos se deslizó junto a ella y le agarró el pecho con la mano.
Ella dejó el niño a un lado y se tendió en el suelo...
* * * * *
Un día de Abril, por la madrugada, el frío era tan espantoso dentro de
la Casa Negra, que hicieron en medio una hoguera; crecieron las llamas,
y cuando menos se esperaba prendió el cañizo. Inmediatamente se
generalizó el fuego. Estallaban las cañas al arder; pronto una inmensa
llamarada se levantó en el aire.
Escaparon todos despavoridos; Manuel, Jesús y don Alonso salieron de
prisa por el paseo de los Pontones hacia la Ronda.
En la noche obscura brillaba el techo incendiado como una gran antorcha;
pronto se apagó y quedaron sólo chispas, que saltaban y volaban en el
aire.
Los tres marcharon por la Ronda; allá lejos se veían líneas alargadas de
faroles de gas, y a trechos núcleos de luces como islas brillantes en
medio de la obscuridad. En la Ronda solitaria se oía muy de tarde en
tarde el paso precipitado de algún transeúnte y los ladridos lejanos de
los perros.
Se le ocurrió a Manuel ir a la taberna de la Blasa. En vez de tomar por
el paseo Imperial, entraron en las Injurias por una callejuela iluminada
con faroles de petróleo, que pasaba al lado de la Fábrica del Gas.
Humos negros y rojos salían de las altas chimeneas; las panzas redondas
de los gasómetros se acercaban al suelo, y alrededor de ellas se
levantaban los soportes, que en la obscuridad producían un efecto
extraño.
No estaba abierta la taberna de la Blasa. Tiritando de frío siguieron
andando los tres por la Ronda de Toledo; pasaron frente a una fábrica,
cuyas ventanas vertían una luz violenta de arco voltaico en la negrura
de la noche.
En medio de aquel silencio, la fábrica parecía rugir y echaba borbotones
de humo por la chimenea.
--No debía haber fábricas--dijo Jesús con una indignación súbita.
--¿Y por qué?--preguntó don Alonso.
--Porque no.
--¿Y de qué va a vivir la gente? ¿Qué se va a hacer la industria si no
hay fábricas?
--Que se haga la pascua como nosotros. La tierra debe dar para que
vivamos todos--añadió Jesús.
--¿Y la civilización?--preguntó don Alonso.
--¡La civilización! Bastante nos sirve a nosotros la civilización. La
civilización es muy buena para el rico; ¡lo que es para el pobre!...
--¿Y la luz eléctrica?, ¿y los vapores?, ¿y el telégrafo?
--Pero, ¿usted los utiliza?
--No; pero los he utilizado.
--Cuando tenía usted dinero. La civilización está hecha para el que
tiene dinero, y el que no lo tiene que se muera. Antes el rico y el
pobre se alumbraban con un candil parecido; hoy el pobre sigue con el
candil y el rico alumbra su casa con luz eléctrica; antes, si el pobre
iba a pie, el rico iba a caballo; hoy el pobre sigue andando a pie y el
rico va en automóvil; antes el rico tenía que vivir entre los pobres;
hoy vive aparte, se ha hecho una muralla de algodón y no oye nada. Que
los pobres chillan, él no oye; que se mueren de hambre, él no se
entera...
--No tiene razón--dijo don Alonso.
--Casi nada...
Siguieron oyéndose los ladridos lejanos de los perros. Hacía cada vez
más frío. Pasaron por la Ronda de Valencia y por la de Atocha.
Se destacó el Hospital general, con su sombría mole y sus ventanas
iluminadas por luces mortecinas.
--Ahí siquiera no se debe tener frío--murmuró el Hombre Boa con tono
jovial, que sonaba a dolorida queja.
Comenzaba a clarear; iba disipándose el vaho gris de la mañana; por el
camino pasaban carros de bueyes; las gallinas cacareaban a lo lejos...
CAPÍTULO VIII
LAS CUEVAS DEL GOBIERNO CIVIL.--EL REPATRIADO. LA SOPA DEL CONVENTO.
ALGUNAS veces, Manuel, Jesús y don Alonso iban a dormir a las iglesias.
Una noche que se habían tendido los tres en una capilla de San
Sebastián, llena de bancos, el sacristán les hizo salir y les entregó a
una pareja de Orden público. Don Alonso trató de demostrar a los
guardias que era una persona, no sólo decente, sino importante; mientras
él peroraba, Jesús se escabulló por la plaza de Santa Ana.
--En la Delegación contará todo eso--contestó el guardia a las
explicaciones del Hombre Boa.
Bajaron por una calle próxima, y en un portal en donde brillaba un farol
rojo, entraron y subieron por una escalera estrecha a un cuarto donde
garrapateaban dos escribientes. Mandaron éstos a don Alonso y a Manuel
sentarse en unos bancos, y ambos lo hicieron lo más humildemente
posible.
--Usted, el viejo, ¿cómo se llama?--dijo uno de los escribientes.
--¿Yo?--preguntó el Hombre Boa.
--Sí, usted. ¿Es usted sordo o idiota?
--No; no señor.
--Pues lo parece. ¿Cuál es su nombre?
--Alonso de Guzmán Calderón y Téllez.
--¿Edad?
--Cincuenta y seis años.
--¿Estado?
--Soltero.
--¿Profesión?
--Artista de circo.
--¿En dónde vive usted?
--Hasta hace unos días...
--¿Dónde vive usted ahora?, le pregunto, imbécil.
--Ahora, pues...
--Pon sin domicilio--dijo uno de los escribientes al otro.
Después tomaron la filiación a Manuel, y éste y el viejo volvieron a
sentarse sin hablar, muy intrigados con la suerte que les esperaba.
Los del orden paseaban por el cuarto, charlando; a veces se oía sonar el
repiqueteo de un timbre.
De pronto se abrió la puerta y entró una mujer joven, de mantilla, con
una gran inquietud en los ojos.
Se acercó a los dos escribientes.
--¿Podría ir alguno... a mi casa..., un médico...? Mi madre se ha caído
y se ha abierto la cabeza.
El escribiente echó una bocanada de humo de tabaco y no contestó;
después, volviéndose y mirando a la mujer de arriba abajo, dijo con una
grosería y una bestialidad épicas:
--Eso a la Casa de Socorro. Nosotros nada tenemos que ver con eso--; y
volvió la cabeza y siguió fumando. La mujer paseó sus ojos asustados por
la Delegación; se decidió a salir, dió buenas noches, que nadie
contestó, con voz desfallecida, y se fué.
--¡Cagatintas! ¡Canallas!--murmuró don Alonso en voz baja--. ¡Qué les
costaba haber enviado algún guardia para que acompañara a esa pobre
mujer a la Casa de Socorro!
Pasaron allí Manuel y el Hombre Boa más de dos horas, y al cabo de éstas
los guardias les hicieron entrar en un cuarto, en donde se paseaba un
hombre alto, de barba negra, peinado a lo chulo, con aspecto de jugador
o de _croupier_.
--¿Qué son éstos?--preguntó el hombre con acento andaluz, haciendo
brillar, al retorcerse el bigote, un brillante que llevaba en el dedo.
--Son dos que iban a dormir a la iglesia de San Sebastián--dijo el
guardia--; no tienen domicilio.
--Perdone usted--dijo don Alfonso--; accidentalmente...
--Llevarlos a que pasen la quincena--dijo el hombre alto.
No dieron tiempo a don Alonso de decir nada, porque uno de los guardias
le empujó brutalmente fuera del cuarto. Manuel le siguió.
Los dos guardias les obligaron a bajar las escaleras y les metieron en
un cuarto obscuro, en donde, después de tantear, encontraron un banco.
--En fin, ya vendrá la buena--dijo don Alonso, sentándose y lanzando un
profundo suspiro.
Manuel, a pesar de que la situación no era del todo cómica, sintió unas
ganas de reir tan grandes, que no las pudo contener.
--¿Por qué te ríes, hijo mío?--preguntó don Alonso.
Manuel no supo explicar por qué se reía; pero después de reir, y de reir
mucho; se quedó con un humor fúnebre.
--¡Qué diría Jesús si estuviera aquí!--murmuró Manuel--. En la casa de
Dios, en donde todos son iguales, es un crimen entrar a descansar; el
sacristán le entrega a uno a los guardias, los guardias le meten a uno
en un cuarto obscuro. ¡Y vaya usted a saber lo que nos harán después! Yo
tengo miedo de que nos lleven a la cárcel, si es que no nos ahorcan.
--No digas tonterías. Siquiera, ¡si nos dieran de comer!--murmuró don
Alonso.
--En eso estarán pensando.
Serían la una o las dos de la mañana cuando abrieron la puerta del
chiquero, y conducidos por dos guardias, el Hombre Boa y Manuel salieron
a la calle.
--Pero, ¿adónde nos llevan?--preguntó don Alonso un poco asustado.
--Usted siga para adelante--le contestó el guardia.
--Esto es una arbitrariedad--murmuró don Alonso.
--Usted siga para adelante, si no quiere ir atado codo con codo--replicó
el guardia.
Pasaron la Puerta del Sol, siguieron por la calle Mayor y se detuvieron
en el Gobierno civil. A la izquierda del zaguán, por una estrecha
escalera, tuvieron que bajar a una sala de techo bajo, iluminada por un
quinqué, con unas tarimas altas, en donde dormían en fila diez o doce
guardias de Orden público, vestidos y calzados.
De esta sala bajaron por una escalerilla a un corredor estrecho, a uno
de cuyos lados había dos jaulas con grandes rejas. En una de estas
hicieron entrar a don Alonso y a Manuel, y cerraron tras ellos.
Un hombre y unos cuantos chicos sé les acercaron a mirarles.
--Esto es una arbitrariedad--gritó don Alonso--. Nosotros nada hemos
hecho para que se nos encarcele.
--Ni yo tampoco--murmuró un mendigo joven, a quien, según dijo, habían
cogido pidiendo limosna--; luego, aquí no se puede estar.
--¿Qué pasa?--preguntó Manuel.
--Que uno de esos se ha ensuciado ahí. Está enfermo y desnudo. Debían
llevarlo al Hospital. El dice que le han robado la ropa; estos chicos
aseguran que se la ha jugado en la cárcel.
--Y es verdad--replicó uno de los golfos--. Hemos estado pasando la
quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar a la
puerta, nos volvieron a coger a todos y nos trajeron aquí.
A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos
cuantos hombres en el suelo.
Echado en un banco próximo a la pared, desnudo, con las piernas
encogidas, se abrigaba con una capa raída el enfermo, y al moverse
dejaba al descubierto alguna parte de su persona.
--¡Agua!--murmuró con voz débil.
--Ya se la hemos pedido al sargento--dijo el mendigo--; pero no la trae.
--Esto es una salvajada--gritó el Hombre Boa--, esto es una barbaridad.
Como nadie hizo caso de don Alonso, tuvo a bien callarse.
--Ese otro--agregó el golfo riéndose y señalando a uno escondido en un
rincón--tiene sífilis y sarna.
Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
--¿Y qué van a hacer de nosotros?--preguntó Manuel.
--Nos llevarán a la cárcel a pasar quince días--contestó el mendigo.
--¿Y allí se come?--preguntó el Hombre Boa saliendo del fondo de su
ensimismamiento.
--No siempre.
Quedaron todos silenciosos, cuando se oyó en el pasillo un murmullo de
voces, que pronto se convirtió en una algarabía de gritos de mujer, de
imprecaciones y de lloros.
--¡Leñe, no empuje usted!
--¡Moler con el hombre!
--Anda, anda para adentro--decía una voz de hombre.
Eran unas treinta mujeres cogidas en la calle, que encerraban en la
jaula inmediata. Unas gritaban, otras gemían, algunas se dedicaban a
insultar, con el repertorio de palabras más selecto, al delegado y al
jefe de la Higiene.
--No queda una madre sana--hizo observar don Alonso.
Manuel creyó reconocer la voz de la Chata y de la Rabanitos. Después de
encerrar a las mujeres, un sargento de Orden público se acercó a la
jaula de los hombres.
--Señor sargento--dijo don Alonso--, que aquí hay un hombre que está
malo.
--¿Y qué quiere usted que yo le haga?
--Señor sargento, si me hiciera usted un favor...--añadió Manuel.
--¿Qué?
--Que si hay algún periodista de esos que vienen a recoger noticias
aquí, le diga usted que yo soy cajista en el periódico _El Mundo_ y que
me han metido preso.
--Bueno, se dirá.
No había pasado media hora, cuando volvió a presentarse el sargento;
abrió la reja y se dirigió a Manuel.
--Eh, tú, el cajista. Afuera.
Salió Manuel, pasó por delante de la jaula en donde estaban encerradas
las mujeres, vió a la Chata y a la Rabanitos en un grupo de viejas
prostitutas, entre las que había una negra, todas horribles, y subió de
prisa la escalerilla hasta la sala en donde dormía el retén de guardias.
El sargento abrió el postigo, cogió a Manuel de un brazo, le arreó un
puntapié con toda su fuerza y lo puso en la calle.
El reloj del Ayuntamiento marcaba las tres; lloviznaba; Manuel se metió
por la calle de Ciudad Rodrigo a guarecerse en los arcos de la plaza
Mayor, y como estaba cansado, se sentó en el escalón de un portal. Iba
a dormirse, cuando un hombre con trazas de mendigo se sentó también allí
y hablaron; el hombre dijo ser repatriado de Cuba; que no encontraba
empleo ni servía tampoco para trabajar, pues se había acostumbrado a
vivir a salto de mata.
--Después de todo, voy teniendo suerte--añadió el repatriado--. Cuando
no me he muerto este invierno es que ya no me muero nunca.
Pasaron los dos la noche acurrucados uno junto a otro, y por la mañana
fueron a la plaza de la Cebada y anduvieron merodeando por allí. El
repatriado cogió unas cuantas nueces de un montón, y esto constituyó el
desayuno de los dos compañeros.
Más tarde bajaron por el puente de Toledo.
--¿Adónde vamos?--preguntó Manuel.
--Aquí, a un convento de trapenses que hay cerca de Getafe, en donde nos
darán de comer--dijo el repatriado.
Manuel aceleró el paso.
--Vamos de prisa.
--No sirve. Sacan la comida después de que ellos comen. De manera que,
aunque corras, no adelantas nada; hay que esperar.
Entonces Manuel moderó su marcha. El repatriado era un tipo vulgar;
tenía la nariz gruesa, la cara ancha y el bigote rubio. Llevaba un
sombrero puntiagudo, la ropa llena de remiendos, una bufanda vieja
arrollada al cuello, y en la mano un garrote.
Llegaron al convento, pasaron a la portería y se sentaron en una mesa,
en donde seis o siete hombres esperaban.
--¿Tú sabes hacer versos?--preguntó el repatriado a Manuel.
--Yo, no. ¿Por qué?
--Porque hace unos días vine yo aquí con un señor que, eso sí, estaba
tan muerto de hambre como nosotros, y mientras esperábamos la comida, él
preguntó el nombre del rector y le hizo unos versos la mar de bonitos. Y
entonces el rector le mandó entrar y le dió de comer y de beber.
--Pues es una lástima que no sepamos hacer nosotros una copla. ¿Cómo se
llama el rector?
--Domingo.
--Pensó Manuel una palabra que terminara en ingo y no la encontró, y
olvidó su faena cuando vino el lego con un gran caldero y lo dejó encima
de la mesa.
Luego trajo cucharas de palo y las repartió entre los mendigos. De
éstos, todos menos uno sacaron escudillas; el que no la tenía era un
tipo repulsivo, con el labio inferior hinchado, ulceroso y saliente.
--Espere usted, compadre--dijo el repatriado antes de que metiera el
otro la cuchara--. Nosotros vamos a echar el rancho en la tapa del
caldero, y de allí comeremos.
--¡No sé qué tengo yo!--murmuró el mendigo.
--¿Usted? Que tiene un labio que parece un bisteck.
Comieron Manuel y el repatriado, y después de dar las gracias al lego,
salieron del convento y se tendieron al sol en el campo.
Hacía una tarde de Mayo, espléndida; el sol calentaba de firme; el
repatriado contó algunos episodios de la campaña de Cuba. Hablaba de
una manera violenta, y cuando la cólera o la indignación le dominaban,
se ponía densamente pálido.
Habló de la vida en la isla, una vida horrible; siempre marchando y
marchando, descalzos, con las piernas hundidas en las tierras pantanosas
y el aire lleno de mosquitos que levantaban ronchas. Recordaba el
teatrucho de un pueblo convertido en hospital, con el escenario lleno de
heridos y de enfermos. No se podía descansar del todo nunca. Los
oficiales del ejército antes de fantásticas batallas, porque los cubanos
corrían siempre como liebres, disputándose las propuestas para las
cruces, y los soldados burlándose de las batallas y de las cruces y del
valor de sus jefes. Luego la guerra de exterminio decretada por Weyler,
los ingenios ardiendo, las lomas verdes que quedaban sin una mata en un
momento, la caña que estallaba, y en los poblados la gente famélica, las
mujeres y los chicos que gritaban: «¡Don Teniente, don Sargento, que
tenemos hambre!» Además de esto, los fusilamientos, el machetearse unos
a otros con una crueldad fría. Entre generales y oficiales, odios y
rivalidades; y mientras tanto los soldados, indiferentes, sin contestar
apenas al tiroteo de los enemigos, con el mismo cariño por la vida que
se puede tener por una alpargata vieja. Algunos que decían: «Mi capitán,
yo me quedo aquí»; y se le quitaba el fusil y se seguía adelante. Y
después de todo esto, la vuelta a España, casi más triste aún; todo el
barco lleno de hombres vestidos de rayadillo; un barco cargado de
esqueletos, y todos los días cinco, seis, siete que expiraban y se les
tiraba al agua.
--Y al llegar a Barcelona, ¡moler!, ¡qué desencanto!--terminó
diciendo--. Uno que esperaba algún recibimiento por haber servido a la
patria y encontrar cariño. ¿Eh? Pues nada. ¡Dios!, todo el mundo le veía
a uno pasar sin hacerle caso. Desembarcamos en el puerto como si
fuéramos fardos de algodón; uno se decía en el barco: «Me van a marear a
preguntas cuando llegue a España.» Nada. Ya no le interesaba a nadie lo
que había pasado en la manigua... ¡Ande usted a defender la patria! ¡Que
la defienda el Nuncio! Para morirse después de hambre y de frío, y luego
que le digan a uno: «Si hubierais tenido riñones, no se hubiera perdido
la isla.» Es también demasiado amolar esto...
Iba ya inclinándose el sol cuando el repatriado y Manuel se levantaron y
fueron hacia Madrid.
CAPÍTULO IX
NOCHE EN EL PASEO DE LA VIRGEN DEL PUERTO.--SUENA UN TIRO.--CALATRAVA Y
VIDAL.--UN TANGO DE LA BELLA PÉREZ.
LAS noches que no hace mucho frío--dijo el repatriado--yo suelo ir a
dormir a esa arboleda que hay cerca de la Virgen del Puerto. ¿Quieres
que vayamos hoy?--añadió.
--Sí, vamos.
Estaban en la Puerta del Sol y fueron por la calle Mayor abajo. Hacía
una noche templada de niebla, una niebla azulada, luminosa, que temblaba
al soplo del viento; los globos eléctricos del Palacio Real brillaban
entre aquella gasa flotante con una luz morada.
Bajaron Manuel y el repatriado por la Cuesta de la Vega y entraron en el
bosquecillo que hay entre el Campo del Moro y la calle de Segovia.
Algunos faroles de petróleo lucían muy pálidamente entre los árboles.
Llegaron al paseo de los Melancólicos. Cerca del puente de Segovia
salían llamaradas de los hornillos de una churrería instalada una
barraca. Del paseo de los Melancólicos bajaron a la hondonada, y en un
cobertizo se cobijaron y se tendieron a dormir. Hacía fresco; pasaban
por allá algunas parejas misteriosas; Manuel se acurrucó, metió las
manos en el bolsillo del pantalón, y quedó profundamente dormido.
* * * * *
Rumor chillón de cornetas le despertó.
--Es la guardia de Palacio--dijo el repatriado.
La claridad mortecina del alba alumbraba el cielo; palpitaba suave y
gris el resplandor primero del día... De pronto resonó muy cerca el
estampido de un arma de fuego; Manuel y el repatriado se levantaron;
salieron del cobertizo dispuestos a huir; no vieron nada.
--Es un joven que se ha suicidado--dijo un hombre de blusa que pasó
corriendo delante de Manuel y del repatriado.
Acercáronse los dos al lugar donde se oyera la detonación y vieron a un
muchacho joven, bien vestido, en el suelo, con la cara llena de sangre y
un revólver en la mano derecha. Nadie había por allí; el repatriado se
acercó al muerto, tomó su mano izquierda y le sacó dos sortijas que
llevaba, una de ellas con un brillante; luego le desabrochó la chaqueta,
le registró los bolsillos, no encontró dinero y le quitó un reloj de
oro.
--Vamos a escaparnos, no vaya a venir alguno--dijo Manuel.
--No--contestó el repatriado.
--Volvió a entrar en el cobertizo donde habían pasado la noche, hizo en
la tierra un agujero con las uñas, enterró, envueltas en un papel, las
sortijas y el reloj, y apretó la tierra con el pie.
--En la guerra, como en la guerra--murmuró después de ejecutar su
maniobra con una rapidez extraordinaria--. Ahora--añadió--vuélvete a
echar y hazte el dormido, por si acaso.
Poco después se oyó un murmullo de voces en la hondonada, y Manuel vió
dos guardias civiles que pasaban a caballo por delante del cobertizo.
Se acercaba gente al lugar del suceso; los guardias civiles, registrando
al muerto, encontraron una carta dirigida al juez, en la que indicaba
que no se culpara a nadie de su muerte.
Manuel y el repatriado se unieron al grupo de curiosos.
Cuando levantaron el muerto y se lo llevaron, Manuel preguntó:
--¿Vamos a recoger eso?