En los tiempos de Iriarte y de Moratín, de Comella y del abate
Cladera, cuando divididas las pandillas literarias se asestaban de
librería á librería, de corral á corral, las burlas y los epigramas,
la primera representación de una comedia (entonces todas eran comedias
ó tragedias) era el mayor acontecimiento de la España. El buen pueblo
madrileño, á cuyos oídos no habían llegado aún, ó de cuya memoria
se habían borrado las encontradas voces de _tiranía_ y _libertad_,
hacía entonces la vista gorda sobre el gobierno. Su majestad cazaba
en los bosques del Pardo, ó reventaba mulas en la trabajosa cuesta de
la Granja; en la corte se intrigaba, poco más ó menos como ahora, si
bien con un tanto más de hipocresía; los ministros colocaban á sus
parientes y á los de sus amigos; esto ha variado completamente; la
clase media iba á la oficina; entonces un empleo era cosa segura, una
suerte hecha; y el honrado, el heroico pueblo iba á los toros á llamar
_bribón_ á boca llena á Pepe-hillo y Pedro Romero cuando el toro no se
quería dejar matar á la primera. Entonces no había más guerra civil que
los famosos bandos y parcialidades de _chorizos_ y _polacos_. No se
sospechaba siquiera que podía haber más derecho que el de tirar varias
cáscaras de melón á un _morcillero_, y el de acompañar la silla de
manos de la Rita Luna, de vuelta á su casa desde el teatro, lloviendo
dulces sobre ella. En aquellos tiempos de tiranía y de inquisición
había sin embargo más libertad; y no se nos tome esto en cuenta de
paradojas, porque al fin se sabía por donde podía venir la tempestad,
y el que entonces la pagaba era por poco avisado. En respetando al
rey, y á Dios, respeto que consistía más bien en no acordarse de ambas
majestades, que en otra cosa, podía usted vivir seguro sin carta de
seguridad, y viajar sin pasaporte. Si usted quería escribir, imprimía
y vendía cuanto á las mientes se le viniese, y ahí están si no las
obras de Saavedra, las del mismo Comella, las de Iriarte, las de
Moratín, las poesías de Quintana, que escritas en nuestros días no
podrían probablemente ver en muchos años la luz pública. Entonces ni
había espías, ni menos policía: no le ahorcaban á usted hoy por liberal
y mañana por carlista, ni al día siguiente por ambas cosas: tampoco
había esta comezón que nos consume de ilustración y prosperidad: el que
tenía un sueldo se tenía por bastante ilustrado, y el que se divertía
alegremente se creía todo lo próspero posible. Y esto pesado en la
balanza de las compensaciones es algo sin duda.
Había otra ventaja, á saber, que si no quería usted cavar la tierra,
ni servir al rey en las armas, cosas ambas un si es no es incómodas;
si no quería usted quemarse las cejas sobre los libros de leyes ó
de medicina; si no tenía usted ramo ninguno de rentas donde meter
la cabeza, ni hermana bonita, ni mujer amable, ni madre que lo
hubiese sido; si no podía usted ser paje de bolsa de algún ministro ó
consejero, decía usted que tenía una estupenda vocación; vistiendo el
tosco sayal tenía usted su vida asegurada, y dejando los estudios, como
fray Gerundio, se metía usted á predicador. El oficio en el día parece
también haber perdido algunas de sus ventajas.
Por nuestros escritos conocerán nuestros lectores que no debimos
alcanzar esos tiempos bienaventurados. Pero ¿quién no es hijo de
alguien en el mundo? ¿Quién no ha tenido padres que se lo cuenten?
Entonces en el teatro se escuchaban pocas silbas, y el ilustrado
público, menos descontentadizo, era á la par más indulgente. Lo que por
aquellos tiempos podía ser una _primera representación_, lo ignoramos
completamente; y como no nos proponemos pintar las costumbres de
nuestros padres, sino las nuestras, no nos aflige en verdad demasiado
esta ignorancia.
En el día una primera representación es una cosa importantísima para
el autor de..., ¿de que diremos? Es tal la confusión de los títulos
y de las obras, que no sabemos cómo generalizar la proposición. En
primer lugar hay lo que se llama _comedia antigua_, bajo cuyo rótulo
general se comprenden todas las obras dramáticas anteriores á Comella;
de capa y espada, de intriga, de gracioso, de figurón, etc., etc.; hay
en segundo el drama, dicho melodrama, que fecha de nuestro interregno
literario, traducción de la _Porte Saint-Martin_ como _el Valle del
torrente_, _el Mudo de Arpenas_, etc., etc.: hay el drama sentimental
y terrorífico, hermano mayor del anterior, igualmente traducción, como
_la Huérfana de Bruselas_; hay después la comedia dicha clásica de
Molière y Moratín, con su versito asonantado ó su prosa casera; hay la
tragedia clásica, ora traducción, ora original, con sus versos pomposos
y su correspondiente hojarasca de metáforas y pensamientos sublimes de
sangre real: hay la piececita de costumbres, sin costumbres, traducción
de Scribe: insulsa á veces, graciosita á ratos, ingeniosa por aquí y
por allí; hay el drama histórico, crónica puesta en verso, ó prosa
poética, con sus trajes de la época y sus decoraciones _ad hoc_, y al
uso de todos los tiempos: hay, por fin, si no me dejo nada olvidado, el
drama romántico, nuevo, original, cosa nunca hecha ni oída, cometa que
aparece por primera vez en el sistema literario con su cola y sus colas
de sangre y de mortandad, el único verdadero; descubrimiento escondido
á todos los siglos y reservado sólo á los Colones del siglo XIX. En una
palabra, la naturaleza en las tablas, la luz, la verdad, la libertad en
literatura, el derecho del hombre reconocido, la ley sin ley.
He aquí que el autor ha dado la última mano á lo que sea: ya lo ha
cercenado la censura decentemente; ya la empresa se ha convencido de
que se puede representar, y de que acaso es cosa buena.
Entonces los periodistas, amigos del autor, saben por casualidad la
próxima representación, y en todos los periódicos se lee, entre las
noticias de facciosos derrotados completamente, la cláusula que sigue:
«Se nos ha asegurado ó sabemos (el _sabemos_ no se aventura todos
los días) que se va á poner en escena un drama nuevo en el teatro
de... (por lo regular del Príncipe). Se nos ha dicho que es de un
autor conocido ya _ventajosamente_ por obras literarias de un mérito
incontestable. Deben desempeñar los principales papeles nuestra célebre
señora Rodríguez y el señor Latorre. La empresa no ha perdonado medio
alguno para ponerlo en escena con toda aquella brillantez que requiere
su argumento; y tenemos _fundados motivos_ (la amistad, nadie ha dicho
que no sea un motivo, ni menos que no sea fundado) para asegurar
que el éxito corresponderá á las esperanzas, y que por fin el teatro
español, etc., etc.», y así sucesivamente.
Luego que el público ha leído esto, es preciso ir al café del Príncipe:
allí se da razón de quién es el autor, de cómo se ha hecho la comedia,
de por qué la ha hecho, de que tiene varias alusiones sumamente
picantes, lo cual se dice al oído: el café del Príncipe, en fin, es el
memorialista, el valenciano del teatro.
¿Ha visto usted eso del drama que trae _la Revista_?--¿Qué drama es
ése?--No sé.--Sí, hombre, si es aquél que estaba componiendo...--¡Ah!,
sí. ¡Hombre, debe ser bueno!--Preciso.--¿Cómo se titula?--¡FULANO!--¿Á
secas?--No sé si tiene otro título.--Es regular.--¿Cuántos
actos?--Cinco creo.--No son actos, dice otro.--¿Cómo?, ¿no son
actos?--Sí, son actos, pero... yo no sé.--¡Ah!, sí.--¿Y muere mucha
gente?--¡Por fuerza!, dicen que es bueno.
¡Gustará!, dicen en otro corrillo.--Hombre, eso como este público
es así... yo no me atrevería... pero mi opinión es que ó debe
alborotar, ó le tiran los bancos.--¡Hola!--No hay medio. Hay cosas
atrevidas; ¡pero qué escenas! Figúrese usted que hay uno que es hijo
de otro.--¡Oiga!--Pero el hijo está enamorado... Deje usted: yo no me
acuerdo si es el hijo ó el padre el que está enamorado. Es igual. El
caso es que luego se descubre que la madre no es madre: no; el padre
es el que no es padre; pero hay un veneno, y luego viene el otro, y
el hijo ó la madre matan al padre ó al hijo.--¡Hombre! Eso debe ser
de mucho efecto.--¡Ya lo creo! Y hay una tempestad y una decoración
oscura, tétrica, romántica... en fin, con decirle á usted que la dama,
ayer en el ensayo no podía seguir hablando.--¡[¡¡¡]Ui!!!!
Si la cosa es por otro estilo, aunque ahora no hay cosas por otro
estilo:--Es bonita, dicen, sólo que es pesada; pero á mí me hizo reir
mucho cuando la leí; es clásica por supuesto; pero no hay acción; no
sucede nada.
El autor entre tanto se las promete felices, porque en los ensayos han
convenido los actores (que son muy inteligentes) que hay una escena
que levanta del asiento: sólo se teme que el galán, que ha creído que
el papel no es para su carácter, porque no es de bastante bulto, le
haga con tibieza: y el segundo gracioso no ha entendido una palabra
del suyo: no hay forma de hacérselo entender. Por otra parte, una dama
está un poquillo ofendida porque la protagonista, que nació demasiado
pronto, tiene más años de los que ella quiere aparentar. Y los segundos
papeles están en malas manos, porque como aquí no hay actores...
Esto, sin embargo, los ensayos siguen su curso natural: el autor se
consume porque los actores principales no dicen su papel en el ensayo,
sino que lo rezan entre dientes.--Un poco más energía, se atreve á
decir el autor, en ademán de pedir perdón.--No tenga usted cuidado,
le responden: á la noche verá usted.--Con esto apenas se atreve á
hacer nuevas advertencias; si las hace, suele atraerse alguna risilla
escondida; verdad es que á veces el autor suele entender de representar
menos todavía que el actor.
--¿Qué saco yo en la cabeza?, le pregunta una joven. ¿Diadema?--No
es necesario.--Como soy...--No importa, se va usted á acostar cuando
sucede el lance.--Es verdad.
--Y yo, ¿qué saco en las piernas?--La época, el calzón ajustado, pie y
brazo acuchillados.--Es que no tengo.--Sí tienes, dice un compañero, el
calzón que te sirvió para Dido.--Ya; pero eso debe ser otra época.--No
importa; le pones cuatro lazos, y es eso.
--Yo saco peluca rubia, dice el gracioso.--¿Por qué rubia?--No tengo
más que rubias; todas las hacen rubias.--Bien; así como así la escena
es en Francia.--¡Ah!, ¡entonces!... los Franceses son rubios.--¿Y
calva, por supuesto?--No, hombre, no: si no tiene usted más que
cincuenta años.--Es que todas mis pelucas tienen calva.--Entonces saque
usted lo que usted quiera.
Yo necesito un retrato, ¿qué saco?, dice otro.--No, un medallón:
cualquiera cosa: desde fuera no se ve.
Arreglado ya lo que cada uno saca, se conviene en que las decoraciones
harán efecto, porque se han anunciado como nuevas: la del pabellón
de _la Expiación_, en poniéndole cuatro retratos, es romántica
enteramente, y si se añaden unas armas, no digo nada; un gabinete de la
edad media; la de tal otra comedia en abriéndole dos puertas laterales,
y en cerrándole la ventana, es el cuarto de la dama.
Si hay comparsas se arma una disputa sobre si se deben afeitar ó no; si
tienen que afeitarse es preciso que se les den dos reales más; ¿se han
de poner limpios de balde? Para conciliar el efecto con la economía,
se convienen en que los cuatro que han de salir delante se afeiten;
los que están en segundo término, ó confundidos en el grupo, pueden
ahorrarse las navajas. Si deben salir músicos, es obra de romanos
encontrarlos; porque es cosa degradante soplar en un serpentón, ó dar
porrazos á un pergamino á la vista del público; cuando van por la calle
ó de casa en casa, entonces nadie los ve.
Por fin, ha llegado la noche: merced á los anuncios de los periódicos
y de los carteles, en los cuales se previene al público que si se
tarda en los entreactos es porque hay que hacer, y que como la función
es larga, no admite intermedio ni sainete; merced á estas inocentes
estratagemas, se acaban los billetes al momento, y á la tarde están
á dos, tres duros las lunetas. El autor ha tomado los suyos, y los
amigos, que han comido con él, le tranquilizan, asegurándole que si el
drama fuera malo se lo hubieran dicho francamente en las repetidas
lecturas que se han hecho previamente en casa de éste ó de aquél. Todo
lo contrario: se han extasiado: y no es decir que no lo entiendan. El
buen ingenio anda aquel día distraído; no responde con concierto á cosa
alguna; reparte algunos apretones de manos, lo más expresivos posibles,
á cuenta de aplausos, y está muy modesto; se cura en salud; refuerza
alguna sonrisa para contestar á los muchos que llegan y le dicen
embromándole, sin temor de Dios: «Conque hoy es la silba; voy á comprar
un pito».
¡Las seis!, es preciso asistir al vestuario.--¿Qué tal estoy?--Bien:
parece usted un verdadero abate; dése usted más negro en esa mejilla;
otra raya; es usted más viejo. Usted sí que está perfectamente, señora,
y cierto que daría los mejores trozos de mi comedia por ser el galán de
ella, y hacer el papel con usted. Se me figura que está frío el segundo
galán.--¡Ah!, no; ya lo verá usted; ahora está bebiendo un poco de
ponche para calentarse.--¿Sí, eh? ¡Magnífico! No se le olvide á usted
aquel grito en aquel verso.--No se me olvida, descuide usted; aturdiré
el teatro.--Sí, un chillido sentido: como que ve usted al otro muerto.
Conque salga como en el penúltimo ensayo me contento. Alborota usted
con ese grito. ¡Á mí me estremeció usted, y soy el autor!...
--¡La orden! ¡La orden!, gritan á esta sazón.
--¿Cómo la orden?, exclama el autor asustado. ¿La han prohibido?--No,
señor, es la orden para empezar; habrá venido su alteza.
Suena una campanilla. ¡Fuera, fuera!, y salen precipitadamente de la
escena aquella multitud de pies que se ven debajo del telón.
¡Cuidado con los arrojes, señor autor!, dice un segundo apunte
cogiéndole de un brazo.--¿Qué es eso?--Nada; los arrojes son cuatro
mozos de cordel que hacen subir el telón, bajando ellos colgados de
una cuerda. Se oye un estruendo espantoso: se ha descorrido la cortina,
y el ingenio se refugia á un rincón de un palco segundo, detrás de su
familia, ó de sus amigos, á quienes mortifica durante la representación
con repetidas interrupciones. Tiene toda la sangre en la cabeza, suda
como un cavador, cierra las manos; hace gestos de desesperación cuando
se pierde un actor.--Si lo dije, si no sabe el papel.--¿Silban?--¿Qué
murmullo es ése?--Bien, bien: este aplauso ha venido muy bien ahí:
esto va bien; ese trozo tenía que hacer efecto por fuerza.--¡Bárbaros!
¿Por qué silban? Si no se puede escribir en este país: luego la están
haciendo de una manera... Yo también la silbaría.
En el auditorio son las expresiones fugitivas.--¡Vaya! Ya tenemos el
telón bajando y subiendo.--¡Bravo!, se han dejado una silla.--Mire
usted aquel comparsa. ¿Qué es aquello blanco que se le ve?--¡Hombre!,
¡en esa sala han nacido árboles!--¿Lo mató? ¡Ah!, ¡ah!, ¡oh! Si morirá
el apuntador.--Pues, señor, hasta ahora no es gran cosa.--Lo que tiene
es buenos versos.
Entre tanto la condesita de *** entra al segundo acto dando portazos
para que la vean; una vez sentada no se luce el vestido; los
_fashionables_ suben y bajan á los palcos: no se oye: el teatro es un
infierno: luego parece que el público se ha constipado adrede aquel
día. ¡Qué toser, señor, qué toser!
Llegó el quinto acto, y la mareta sorda empieza á manifestarse cada
vez más pronunciada: á la última puñalada el público no puede más, y
prorrumpe por todas partes en ruidosas carcajadas: los amigos defienden
el terreno; pero una llave decide la cuestión: sin duda no es la llave
con que encerraba Lope de Vega los preceptos; y cae el telón entre la
majestuosa algazara y con toda la pompa de la ignominia.
No sé qué propensión tiene la humanidad á alegrarse del mal ajeno; pero
he observado que el público sale más alegre y decidor, más risueño
y locuaz de una representación silbada: el autor entre tanto sale
confuso y renegando de un público tan atrasado: no están todavía los
españoles, dice, para esta clase de comedias: se agarra otro poco á
las intrigas, otro poco á la mala representación, y de esta suerte ya
puede presentarse al día siguiente en cualquier parte con la conciencia
limpia.
Sus amigos convienen con él, y en su ausencia se les oye decir:--Yo lo
dije; esa comedia no podía gustar; pero ¿quién se lo dice al autor?
¿Quién pone el cascabel al gato?--Yo le dije que cortara lo del padre
en el segundo acto: aquello es demasiado largo; pero se empeñó en
dejarlo.
He observado sin embargo que los amigos literatos suelen portarse
con gran generosidad; si la comedia gusta, ellos son los que como
inteligentes hacen notar los defectillos de la composición, y entonces
pasan por imparciales y rectos: si la comedia es silbada, ellos son
los que la disculpan y la elogian; saben que sus elogios no la han
de levantar, y entonces pasan por buenos amigos. En el primer caso
dicen:--Es cosa buena, ¿cómo se había de negar? No tiene más sino
aquello, y lo otro, y lo de más allá... ya se ve; las cosas no pueden
ser perfectas.
En el segundo dicen:--Señor, no es mala; pero no es para todo el mundo:
hay cosas demasiado profundas: tiene bellezas: sobre todo hay versos
muy lindos.
Pero la parte indudablemente más divertida es la de oir, acercándose
á los corrillos, los votos particulares de cada cual: éste la juzga
mala porque dura tres horas; aquél porque mueren muchos; el otro
porque hay gente de iglesia en ella; el de más allá porque se muda de
decoraciones: esotro porque infringe las reglas: los contrarios dicen
que sólo por estas circunstancias es buena. ¡Qué Babilonia, santo
Dios! ¡Qué confusión!
Al día siguiente los periódicos... Pero ¿quién es el autor? ¿Es
un principiante, un desconocido? ¡Qué nube! ¿Es algo más? ¡Qué
reticencias! ¡Qué medias palabras! ¡Qué exacto justo medio!
¡¡¡Después de todo eso, haga usted comedias!!!