Ouvrage orné de plusieurs portraits.
Hubo un tiempo feliz para nuestra patria, en que supo en armas, en
política, en letras, dar la ley al mundo. Cuando es llegada para
una nación la hora de la gloria, parece que se complace el cielo en
acumular lauros de todas especies sobre su generosa frente. Tocóle
á la España esta época, y sublimóse á un grado de esplendor que ya
difícilmente alcanzará ni ella ni pueblo alguno. En un mismo siglo
expulsaba heroicamente de su profanado suelo los restos de la opresión
dominadora que, por espacio de ocho largos siglos, la avasallara, y
hacía ondear el estandarte de la cruz sobre las mezquitas de la media
luna: extendía el poder de sus armas victoriosas por gran parte de
la Europa: no contenta con tremolar el pabellón español en las tres
partes del mundo conocido, vínole éste estrecho á su gloria, y lanzóse
al vago inmenso del Océano, buscando mundos nuevos que conquistar.
Roma, Méjico, Lepanto inclinaron sucesivamente la cerviz humillada bajo
su poderoso cetro: no le bastaba tampoco el dominio de la fuerza; no le
satisfacía que el sol no se pusiese nunca en sus dilatados términos,
era preciso que el ingenio español desplegase también su poderío,
y concluyese la conquista de las armas. Á la sombra de los ganados
laureles nacieron y crecieron hombres que previnieron é inutilizaron
para la patria los posibles rigores del olvido. Lope y Calderón no
fueron efectivamente nuestras glorias menores. Si cuando circunstancias
de doloroso recuerdo hicieron degenerar después á la España, quedaron
sus grandes hechos consignados en la historia, para servir de eterna
reconvención á las degradadas generaciones posteriores, los escritos de
nuestros grandes hombres permanecieron como blanco perpetuo de envidia
para los que después de ellos habían de venir.
Olvidada luego la antigua influencia nuestra, levantadas otras naciones
á ocupar el puesto privilegiado que vergonzosamente les cedíamos en el
rango de los pueblos, la literatura no podía menos de resentirse de
nuestra decadencia política y militar: callaron los cisnes de España;
una nación vecina, de quien atinadamente dice el señor Maury: _Le goût
naquit français_, creó una literatura nueva, que debía adolecer sin
embargo de la influencia regularizadora, acompasada, filosófica del
siglo en que aquélla prosperaba. Millares de preceptistas creyeron leer
en Horacio lo que nunca acaso había pensado decir; Shakespeare y Lope
fueron sacrificados en las aras de la nueva escuela, y el gusto se
asentó sobre las ruinas del genio; el corto número de sus apasionados
hubo de contentarse con admirarlos en silencio; nadie osó alabarlos
sin rubor. Entronizada la nueva escuela, que nada debía en verdad á
la España, ésta debía quedar borrada del mundo literario, y un célebre
crítico pudo decir de ella impunemente: _un rimeur sans péril delà
les Pyrénées_, etc., y llamarla bárbara, sin que nadie se atreviese á
sospechar que se podría volver por ella algún día victoriosamente. Las
épocas y los gustos se suceden sin embargo rápidamente, y el hombre
debía volver á conocer que no había nacido sólo para un mundo de amarga
y disecada realidad; escritores osados intentaron sacudir el yugo
impuesto por los preceptistas; el mundo debía encontrar al fin, en
política como en literatura, la libertad para que nació; la literatura
española debía surgir desde este momento y aparecer más radiante que
nunca, como un inmenso fanal oscurecido largo tiempo por una espesa
niebla. Los Alemanes fueron los primeros que desenterraron nuestras
bellezas, y Calderón vino á serles un objeto de culto. Había falta sin
embargo todavía de una obra que hiciese conocer á la nación exclusiva
que los españoles son hombres también y poetas. Tan grande empresa
debía arredrar al más osado. No bastaba decir: «Aprendan ustedes á
leer el castellano». Esto hubiera sido acaso reproducir la Casandra
de Troya, y era preciso decir: «Aprendan ustedes en francés á leer el
castellano». Don Juan María Maury, nuestro compatriota, tomó sobre sí
la arrojada empresa de convencer al sordo que se negaba á oir, y si es
cierto que _in magnis audisse sat est_, la idea sola del señor Maury
constituye el mayor elogio de su obra.
Esta idea llevaba empero en sí misma un escollo inevitable: la índole
de la lengua y de la poesía francesa, tan opuesta á la española, debía
ser un obstáculo invencible. El intentar la perfección hubiera, pues,
sido desatino: en acercarse á ella estaba la victoria; admitido este
principio, creemos que la ha alcanzado muchas veces el señor Maury. El
plan de su obra es el más á propósito para el objeto que se propone:
la colección de poesías escogidas hubiera sido incompleta sin una
reseña histórica de nuestra literatura; este vacío ha tratado de llenar
su introducción. Convenimos con _el Monitor francés_ que al analizar
la _España poética_ siente que el autor se haya dejado llevar de su
inclinación y aun de tal cual parte de amor propio al escribirla en
verso; amor propio disculpable en un español que ha podido desplegar
tales fuerzas en el difícil empeño de poetizar en una lengua extraña.
Este plan envuelve el inconveniente que abraza el punto mismo: una
historia de literatura llena de fechas y nombres propios es argumento
harto estéril para las musas: al quererlo tratar poéticamente le ha
sido forzoso al autor embarazar su lectura con notas históricas,
si bien importantes, prolijas, y á veces minuciosas. Una disculpa
encontramos con todo á su introducción poética. Acaso necesitaba el
autor captarse la benevolencia de sus lectores creando en ellos hacia
él una prevención favorable de su suficiencia. Si tal fué su objeto,
hale conseguido sobradamente. Las noticias biográficas de nuestros
poetas era otro punto importante que no podía olvidarse en semejante
trabajo.
Con respecto al desempeño de la obra en general, varios críticos
franceses se apresuraron á admitir en la literatura francesa al señor
Maury, que se había adquirido indudablemente no pocos títulos á ocupar
en ella un lugar distinguido.
«La expresión de don Juan Maury, dijo un periódico francés haciendo
el juicio de esta obra, siempre elegante, anuncia un estudio profundo
de la lengua francesa». Tacháronle otros de una concisión harto
incorrecta, de licencias inútiles, y de haber españolizado demasiado la
poesía francesa. Esto, á nuestro entender, sobre ser lo más atrevido
que ha podido hacer, nos parece un bien hecho á la lengua francesa,
harto poco libre y desembarazada, y esta verdad la han confirmado
escritores modernos de aquel país que después del señor Maury han roto
las antiguas cadenas de la sintaxis francesa. Después de haber leído
_Notre-Dame de Paris_, obra que ha hecho indudablemente una revolución
en la lengua del Sena, la inculpación hecha á Maury cae por sí sola.
Más fundado nos parece el reproche que se le ha hecho de poca fidelidad
al texto que traduce: abrevia y suprime á veces con notable perjuicio
del original: ejemplo de esto puede ser la égloga de Garcilaso,
_Salicio y Nemoroso_; otras amplifica, desliendo un pensamiento
enérgico en más versos franceses de los necesarios. Puédele obligar á
lo primero el miedo de verter al francés ideas propiamente españolas,
cuya osada energía no consiente la índole de la poesía francesa, y en
el segundo la precisión de rimar y redondear los pensamientos en una
poesía que apenas admite _les enjambements_. Hay en cambio traducciones
bellísimas, y en algunas creemos que ha mejorado el original. Ejemplo
de las primeras puede ser la fábula de _El caballo y la ardilla_
de Iriarte. Lo mismo puede decirse de la oda _Á las estrellas_ de
Meléndez, de la _Rosa_ de Rioja, etc.
Interminable empeño sería el de presentar en un artículo de periódico,
acaso ya demasiado largo, los muchos trozos que pueden servir de modelo
á traductores, y en que ha sabido vencer el señor Maury la inmensa
dificultad que le oponían la diversidad de índoles de las lenguas, de
poesías, de giros, de locuciones, etc. Contentémonos con que haya dado
una idea ventajosa, si á veces incompleta, de nuestros poetas á los
extranjeros, y reconozcamos francamente en honor de Maury que los más
de los defectos no son culpa del autor, y que las más de las bellezas
son propias suyas.
Garcilaso, santa Teresa, Luis de León, Herrera, Cervantes, Góngora,
Lope de Vega, los Argensolas, Quevedo, Rioja, Villegas, Luzán,
Cadalso, Iriarte, Meléndez, Iglesias, Noroña, Cienfuegos, Moratín,
Quintana y Arriaza son los poetas que el autor ha puesto á contribución
para formar esta colección escogida: no ha olvidado por eso que
poseemos una inmensa riqueza literaria de autores desconocidos, en
nuestros romanceros sobre todo: al coger de ellos los mejores y más
afamados, ha creído deber dar una idea de este género puramente
español, en que se hallan consignados los hechos principales de nuestra
historia, y que es el verdadero depósito de la tradición fabulosa é
histórica de nuestros tiempos primitivos.
Alguna reconvención pudiera hacerse al señor Maury acerca de la
elección de algunas piezas; pero es difícil desnudarse de toda
prevención y parcialidad amistosa, sobre todo cuando ha de hablarse
de poetas contemporáneos: desde la dedicatoria se observa una
predilección, que no llamaremos precisamente injusta, hacia las poesías
del señor Arriaza; pero con la cual no convenimos del todo, sin que
esto sea negar el sello de picante originalidad y de estro poético que
casi siempre caracterizan á este escritor.
Generalmente hallamos mejor traducido el género heroico y el de las
fábulas. Quevedo, por ejemplo, era intraducible, y el señor Maury,
en una sola composición jocosa que de él escoge, lo ha probado. No
habiéndole traducido él victoriosamente, creemos que puede cualquiera
renunciar á este empeño. Rioja, Quintana y los romances son los que
han encontrado más simpatías en la índole de la lengua francesa; la
tendencia filosófica de los primeros, y el vigor varonil y sabor
anticuado de los segundos, pueden haber contribuido á esto.
Mucho sentimos no poder citar largamente los elogios que diversos
periódicos franceses tributaron á la _España poética_ á la sazón de su
publicación.
«Si don Juan Maury, dijo uno de ellos, es español de nacimiento,
diríasele francés por el talento con que escribe la lengua de Racine,
ora en prosa, ora en verso, y cosmopolita por lo bien que sabe apreciar
todas las lenguas de Europa». Nosotros diremos más. Don Juan Maury ha
sabido hacerse con dos patrias: ha conquistado con su _España poética_
su naturalización en la literatura francesa: no sabemos cuál le debe
más, si esta que ha enriquecido con una noticia que no podía sin
vergüenza ignorar, ó la española, cuyo mérito ha sabido hacer valer
entre los extranjeros.
Sabemos que el señor Maury piensa en introducir y poner en venta
en su patria esta obra impresa en París, que sólo conocen hasta la
presente los más afectos á la literatura: deseamos ardientemente que
la aprobación de nuestros compatriotas confirme nuestro débil juicio y
dé realce al voto que en su favor han emitido los diarios extranjeros.
Entre tanto no podemos menos, como españoles, de felicitar al señor
Maury por su importante trabajo y su acertado desempeño en general.
Y la literatura española que había tenido un intérprete para los
Italianos en Conti, y para los Ingleses en la _Antología española_ de
M. Wiffen y en el informe de lord Holland sobre Lope de Vega, debe
igual servicio con respecto á los Franceses al señor Maury. Sería,
pues, imperdonable ingratitud en nosotros criticar con más rigorosa
severidad una obra á quien tanto debemos por todos respectos los
literatos zelosos de la gloria de las letras españolas.
REPRESENTACIÓN DE
LA CONJURACIÓN DE VENECIA
año 1310
DRAMA HISTÓRICO EN CINCO ACTOS Y EN PROSA
DE DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA
No necesitamos remontarnos al origen del teatro para combatir la
vana preocupación de los preceptistas que han querido reducir á la
tragedia, propiamente llamada así, y á la comedia de costumbres ó de
carácter el arte dramático. La razón natural puede guiarnos mejor. Con
respecto á la comedia sea en buen hora el espejo de la vida, la fiel
representación de los extravíos, de los vicios ridículos del hombre.
Pero con respecto á todo lo que no es comedia, examinemos un momento
cuál puede ser el objeto del teatro. En todos los pueblos conocidos
debe éste su origen al orgullo nacional, que podríamos llamar el amor
propio de los pueblos. La vida de sus antiguos héroes, y el recuerdo
de sus hazañas, fué en Grecia el primer objeto del teatro. En un
pueblo constituido como el griego, que se suponía hijo de dioses y
semidioses, los primeros dramas debieron participar de esta grandeza
y sublimidad á que debían su origen. No eran los hombres, ni sus
pasiones, ni los sucesos hijos de ellas, los representados: eran
acciones sobrenaturales las que formaban el argumento, y el cielo
y la fatalidad eran su máquina principal. ¿Qué mucho, pues, que los
preceptistas, que de aquellos modelos deducían las reglas, fijasen para
este género, no pudiendo concebir otro, la precisa condición de que no
hablasen en la tragedia sino héroes y príncipes casi divinos, y de que
hablasen en aquel lenguaje, que sólo á ellos podía convenir? Entiéndese
esto fácilmente. Pero, cuando destruidas las antiguas creencias, no se
pudo ver en los reyes sino hombres entronizados, y no dioses caídos,
no se comprende cómo pudo subsistir la tragedia heroica aristotélica.
Para los pueblos modernos no concebimos esa tragedia, verdadera
adulación literaria del poder. Por otra parte, ¿son por ventura los
reyes y los príncipes los únicos capaces de pasiones? No sólo es éste
un error, sino que, limitando á tan corto círculo el dominio de la
representación teatral, frústrase su objeto principal. Los hombres no
se afectan generalmente sino por simpatías: mal puede, pues, aprovechar
el ejemplo y el escarmiento de la representación el espectador que no
puede suponerse nunca en las mismas circunstancias que el héroe de
una tragedia. Estas verdades generalmente sentidas, si no confesadas,
debieron dar lugar á un género nuevo para los preceptistas rutineros;
pero que es en realidad el único género que está en la naturaleza. La
historia debió ser la mina beneficiable para los poetas, y debió nacer
forzosamente el drama histórico. Nuestros poetas, que no sufrieron
más inspiraciones que las de su genio independiente, no hicieron más
que dos clases de dramas: ó comedias de costumbres y carácter, como
_el Embustero_ de Alarcón, y _el Desdén_ de Lope y Moreto, ó dramas
históricos, como _el Ricohombre_ y el _García_. Á este género, fiel
representación de la vida, en que se hallan mezclados como en el mundo
reyes y vasallos, grandes y pequeños, intereses públicos y privados,
pertenece _la Conjuración de Venecia_. Todo lo más á que está obligado
el poeta es á hacer hablar á cada uno, según su esfera, el lenguaje que
le es propio, y resultará indudablemente doble efecto de esta natural
variedad; tanto más, cuanto que el lenguaje del corazón es el mismo
en las clases todas, y que las pasiones igualan á los hombres que su
posición aparta y diversifica.
Venecia, ese fenómeno en política, esa excepción rarísima entre los
gobiernos, esa cuidad prodigiosa hasta en su existencia y construcción,
que esclavizó por tantos años los mares, y que fué la primera esclava
de sí misma, presenta un campo de larga y fecunda recolección para
el historiador y el poeta. El imperio del terrorismo, por tantos
años triunfante contra las leyes de la naturaleza, ofrece argumentos
repetidos de singular efecto teatral, y el autor, al escoger la
célebre conjuración de 1310, no hace sino dar una prueba del tino que
le distingue. El gobierno aristocrático de Venecia, reducido á un
corto número de familias patricias, debía dar lugar á conjuraciones
continuas: el pueblo oprimido no podía menos de aspirar á reconquistar
sus derechos usurpados; y el rebelo y la desconfianza, inseparables
compañeros de la injusticia y la tiranía, debían hacer cruel al poder.
De aquí el atroz sistema inquisitorial, que ahogaba en el patíbulo,
según la expresión del señor Martínez, las mismas quejas. Razones de
alta política impelieron al embajador de Génova á proteger aquella
famosa conspiración. Ábrese la escena en su casa, donde se reúnen los
principales conjurados á convenir en los medios de derribar la tiranía
oligárquica de Venecia, durante su famoso carnaval: la libertad y
confusión de esta temporada de alegría y festividad parecen prestarse
á las ocultas maquinaciones de los conjurados. El primer acto, pues,
no es más que la exposición del drama, y en él se deja traslucir ya
que ha de ser el protagonista el joven Rugiero, huérfano, de padres
y patria desconocidos, pero veneciano por posición y afecto. En el
segundo acto aparece el panteón de la familia de Morosini, á cuya
cabeza se hallan dos hermanos, Pedro, primer presidente del tribunal de
los diez, y Juan, senador. Pedro conversa con sus espías acerca de una
conjuración que sabe tramarse contra la república, y Rugiero es uno de
los conjurados acechados. Un rumor extraño interrumpe su conversación;
ocúltase, y sobreviene la joven Laura, hija del senador Morosini:
casada en secreto con Rugiero, viene á esperarle al panteón, donde le
ve sigilosamente por tercera vez: en esta escena, Rugiero confía parte
de la conjuración á su amada; uno de los espías apaga la lámpara que
los ilumina, y en medio de la oscuridad se apoderan los satélites del
tribunal del joven conjurado, cayendo privada de sentido la infeliz
esposa. Laura se halla trasladada á su habitación á principios del
tercer acto sin saber por qué medio: dudosa de la suerte de su esposo,
determina confiar el fatal secreto de su boda á Morosini, en una
escena llena de sentimiento y de interés: el cariñoso padre, después
de perdonar su extravío, le promete emplear su favor en salvar á
Rugiero, proyecto que pone por obra con su implacable hermano, del cual
sólo consigue esta atroz respuesta: «Di sólo una cosa, pregunta Juan
Morosini, ¿vive Rugiero?--Vive.--¡Gracias á Dios!--¡Pero no lo digas á
tu hija!--¿Por qué?--_Porque tendría que llorarle dos veces._»
La plaza de San Marcos, centro de la pública diversión del carnaval,
es el lugar de la escena del cuarto acto. Vénse varios conjurados
disfrazados y repartidos entre la multitud, que esperan el momento de
las doce. Nada más ingenioso, ni más dramático, que un acto entero
transcurrido en la descripción de la algazara del carnaval, cuando
espera el espectador entre angustias mortales ver estallar de un
momento á otro la revolución y la muerte entre la misma alegría
indolente y confiada de un pueblo enloquecido. Suenan las doce, y al
grito de _Venecia y libertad_, grito que encontró grandes simpatías en
nuestro público, estalla la conjuración, lucen los aceros, y suceden
gritos de muerte á los cantos de regocijo. La república ha tomado sin
embargo medidas preventivas: Rugiero preso no ha podido acudir con
sus tropas, y triunfa el gobierno. «¡Al tribunal, al tribunal los que
escapen con vida!» clama ferozmente el presidente Morosini, triunfante
en la plaza de San Marcos y tendidos ya á sus pies, muertos ó heridos,
varios conjurados.
El tribunal de los diez, juzgando á los reos, se presenta en el quinto
acto. Tómanse declaraciones, Laura es interrogada, pero su razón está
perturbada, y sólo pregunta por su esposo; Rugiero es juzgado; y en
su interrogatorio reconoce en él el presidente Morosini, que ha de
condenarle, á su hijo. Privado de sentido á tan atroz reconocimiento,
retírase del tribunal: es condenado Rugiero: en el momento de ir al
patíbulo, Laura se arroja á su encuentro. «¡Ya estás aquí!» exclama:
frenética alegría se pinta en su semblante; sepáranla sin embargo de su
esposo, y la infeliz «¿dónde te llevan?» exclama. De allí á un momento
ve la desdichada el patíbulo: entonces sabe qué es de su esposo.
«¡Jesús mil veces!» grita despavorida, cae exánime, y baja el telón á
ocultar tan espantoso desenlace.
El plan está superiormente concebido, el interés no decae un solo
punto, y se sostiene en todos los actos por medios sencillos,
verosímiles, indispensables: insistimos en llamarlos indispensables,
porque ésta es la perfección del arte. No basta que los sucesos hayan
podido suceder de tal modo; es forzoso, para que el espectador no se
distraiga un momento del peligro, que no hayan podido suceder de otro
modo, sentadas las primeras condiciones del argumento. La exposición
hecha por medio del embajador de Génova, que dicta una nota á su
gobierno, es nueva é ingeniosa, de puro natural. Una conjuración contra
la tiranía creará siempre en el teatro el mayor interés, por lo mismo
que es difícil prever su éxito, y que éste se desea feliz. Supone el
mayor conocimiento dramático el hacer declarar á Rugiero su conjuración
cuando es oído de sus enemigos y en los brazos de su amada: quisiera
uno hacerle callar: es terrible arrojar una escena de amor entre
sepulcros: un diálogo de vida en un sitio de muerte, y complicar la más
tierna pasión con los riesgos de una conjuración; es sublime lanzar la
prisión entre dos amantes felices que se ven solos por tercera vez.
¿Por qué ha prolongado tanto el señor Martínez la escena de Laura y
Rugiero? ¿Por qué pueden hablar una hora sintiendo tanto? El poeta que
hace decir á una mujer: «¡Cómo queman tus lágrimas, Rugiero! Deja,
déjame: yo las enjugaré con mi mano», debiera conocer todo el valor de
una escena corta, cuando reina en ella la pasión. Bella es la escena de
Laura y su padre, y más bella sería á nuestros ojos si no adoleciera
del mismo empeño de desleir demasiado las ideas tiernas. El sentimiento
es una flor delicada: manosearla es marchitarla. También nos parece que
podría suprimirse el monólogo del padre al fin del tercer acto, ó al
menos cortarse; ni le creemos necesario ni del mayor efecto.
Donde reconocemos el mayor mérito de la composición es en la
disposición y contraste singulares del acto cuarto y del final del
drama: acaso por esa misma razón no ha sido lo más aplaudido: el terror
hace enmudecer; las manos no pueden reunirse y golpear cuando han
de acudir á los ojos. Por otra parte, ¿quién se acuerda en aquellos
momentos de que es una comedia, de que todo es un artificio del poeta
y los actores? Las escenas del interrogatorio son de aquéllas que por
tener bulto parecen satisfacer más al público y llevarse la palma.
Sin embargo, el crítico no puede mirarlas bajo este punto de vista.
Siempre que un poeta represente en la escena al opresor y al oprimido,
éste interesará fácilmente: el mayor número del público le forman
desgraciados, porque ¿quién puede jactarse de no serlo? Simpatizan con
el infeliz, y cualquier respuesta enérgica de un reo inocente á un juez
duro será aplaudida en el teatro; no es ésta la principal habilidad
del señor Martínez; el elogiarle lo que cualquiera puede hacer sería
elogiarle torpemente. Su mérito está en ese conocimiento del corazón
humano con que prepara los efectos, con que se introduce furtivamente
en el pecho del espectador, con que le lleva de sentimiento delicado
en sentimiento delicado á enmudecer y llorar. Hay sin embargo pasajes
que no esperan y sorprenden en el interrogatorio de Maffei y Rugiero.
Nada más sublime que esas respuestas: «¿Y por qué nombraste á ésos,
y no á otros?--_Porque en aquel instante no me ocurrieron vuestros
nombres._--_De lo que he dicho en el tormento responderá el verdugo._»
Y aquél: «_Concededme esa gracia y os perdono_», de Rugiero.
En la respuesta de Juan Morosini: «Estoy pensando que no tienes
hijos... y que no vas á comprenderme»; y en la de Rugiero: «De cierto
es mi padre, cuando no logro ni al morir el consuelo de verle», se
reconoce al punto al poeta sensible que ha bebido en el cáliz de la
desgracia, y que concluía una elegía:
Yo aquí no tengo para ornar tu tumba
Ni una flor que enviarte, que las flores
No nacen entre el hielo, y si naciesen
Sólo al tocarlas yo se marchitaran.
No acabaremos este juicio sin hacer una reflexión ventajosísima para
el autor: ésta es la primera vez que vemos en España á un ministro
honrándose con el cultivo de las letras, con la inspiración de las
musas. ¿Y en qué circunstancias? Un estatuto real, la primera piedra
que ha de servir al edificio de la regeneración de España, y un drama
lleno de mérito; y esto lo hemos visto todo en una semana: no sabemos
si aun fuera de España se ha repetido esta circunstancia particular.