HISTORIA NATURAL

Razón han tenido los que han atribuido al clima influencia directa

en las acciones de los hombres; duros guerreros ha producido siempre

el norte, tiernos amadores el mediodía, hombres crueles, fanáticos y

holgazanes el Asia, héroes la Grecia, esclavos el África: seres alegres

é imaginativos el risueño cielo de Francia, meditabundos aburridos el

nebuloso Albión. Cada país tiene sus producciones particulares: he aquí

por qué son famosos los melocotones de Aragón, la fresa de Aranjuez,

los pimientos de Valencia y los facciosos de Roa y de Vizcaya.

Verdad es que hay en España muchos terrenos que producen ricos

facciosos con maravillosa fecundidad; país hay que da en un solo año

dos ó tres cosechas; puntos conocemos donde basta dar una patada en el

suelo, y á un volver de cabeza nace un faccioso. Nada debe admirar por

otra parte esta rara fertilidad, si se tiene presente que el faccioso

es fruto que se cría sin cultivo, que nace solo y silvestre entre los

matorrales, y que así se aclimata en los llanos como en los altos: que

se transplanta con facilidad y que es tanto más robusto y rozagante

cuanto más lejos está de población: esto no es decir que no sea también

en ocasiones planta doméstica: en muchas casas los hemos visto y los

vemos diariamente, como los tiestos, en los balcones, y aun sirven

de dar olor fuerte y cabezudo en cafés y paseos; el hecho es que en

todas partes se crían; sólo el orden y el esmero perjudican mucho á la

cría del faccioso, y la limpieza, y el olor de la pólvora sobre todo,

le matan: el faccioso participa de las propiedades de muchas plantas;

huye, por ejemplo, como la sensitiva al irle á echar mano; se encierra

y esconde como la capuchina á la luz del sol, y se desparrama de noche;

carcome y destruye como la ingrata hiedra el árbol á que se arrima,

tiende sus brazos como toda planta parásita para buscar puntos de

apoyo; gústanle sobre todo las tapias de los conventos, y se mantiene,

como esos frutos, de lo que coge á los demás; produce lluvia de sangre

como el polvo germinante de muchas plantas, cuando lo mezclan las

auras á una leve lluvia de otoño; tiene el olor de la asafétida, y es

vano como la caña; nace como el cedro en la tempestad, y suele criarse

escondido en la tierra como la patata; pelecha en las ruinas como el

jaramago; pica como la cebolla, y tiene más dientes que el ajo, pero

sin tener cabeza; cría, en fin, mucho pelo como el coco, cuyas veces

hace en ocasiones.

Es planta peculiar de España, y eso moderna, que en lo antiguo ó se

conocía poco, ó no se conocía por ese nombre: la verdad es que ni habla

de ella Estrabón, ni Aristóteles, ni Dioscórides, ni Plinio el Joven,

ni ningún geógrafo, filósofo ni naturalista, en fin, de algunos siglos

de fecha.

En cuanto á su figura y organización, el faccioso es en el reino

vegetal la línea divisoria con el animal, y así como la mona es en

éste el ser que se parece al hombre, así el faccioso en aquél es

la producción que más se parece á la persona; en una palabra, es

al hombre y á la planta lo que el murciélago al ave y al bruto; no

siendo, pues, muy experto, cualquiera lo confunde; pondré un ejemplo:

cuando el viento pasa por entre las cañas silba; pues cuando pasa por

entre facciosos habla: he aquí el origen del órgano de la voz entre

aquella especie. El faccioso echa también, á manera de ramas, dos

piernas y dos brazos uno á cada lado, que tienen sus manojos de dedos,

como púas una espiga; presenta faz y rostro, y al verle cualquiera

diría que tiene ojos en la cara, pero sería grave error; distínguese

esencialmente de los demás seres en estar dotado de sinrazón.

Admirable es la naturaleza y sabia en todas sus cosas: el que recuerde

esta verdad y considere las diversas calidades del hombre que andan

repartidas en los demás seres, no extrañará cuanto de otras propiedades

del faccioso maravillosas vamos á decir. ¿Hay nada más singular que la

existencia de un enjambre de abejas, la república de un hormiguero,

la sociedad de los castores? ¿No parece que hay inteligencia en la

africana palma, que ha de vivir precisamente en la inmediación de su

macho, y que arrancado éste, y viuda ella, dobla su alta cerviz, se

marchita, y perece como pudiera una amante tórtola? Por eso no se puede

decir que el faccioso tenga inteligencia, sólo porque se le vean hacer

cosas que parezcan indicarlo; lo más que se puede deducir es que es

sabia, admirable, incomprensible la naturaleza.

Los facciosos, por ejemplo, sin embargo de su gusto por el despoblado,

júntanse, como los lobos, en tropas, por instinto de conservación,

se agarran con todas sus ramas al perdido caminante ó al descarriado

caballo; le chupan el jugo y absorben su sangre, que es su verdadero

riego, como las demás plantas el rocío. Otra cosa más particular. Es

planta enemiga nata de la correspondencia pública; dondequiera que

aparece un correo, nacen en el acto de las mismas piedras facciosos

por todas partes; rodéanle, enrédanle sus ramas entre las piernas,

súbensele por el cuerpo como la serpentaria, y le ahogan; si no suelta

la valija muere como Laomedonte, sin poderse rebullir; si ha lugar á

soltarla, sálvase acaso. Diránme ahora, ¿y para qué quieren la valija,

si no saben leer? Ahí verán ustedes, respondo yo, si es incomprensible

la naturaleza; toda la explicación que puedo dar es que se vuelven

siempre á la valija como el heliótropo al sol.

Notan también graves naturalistas de peso y autoridad en la materia,

que así como el feo pulpo gusta de agarrarse á la hermosa pierna de

una mujer, y así como esas desagradables florecillas, llenas de púas y

en forma de erizos, que llamamos comúnmente amores, suelen agarrarse á

la ropa, así los facciosos, sobre todo los más talludos y los vástagos

principales, se agarran á las cajas de fondos de las administraciones;

y plata que tiene roce con facciosos pierde toda su virtud, porque

desaparece. ¡Rara afinidad química! Así que, en tiempos revueltos

suélese ver una violenta ráfaga de aire que da con un gran manojo de

facciosos, arrancados de su tierra natural, en algún pueblo, el cual

dejan exhausto, desolado y lleno de pavor y espanto. Meten por las

calles un ruido furioso á manera de proclama, y es niñería querer

desembarazarse de ellos, teniendo dinero, sin dejársele; bien así como

fuera locura querer salir de un zarzal una persona vestida de seda sino

desnuda y arañada.

Muchas de las calidades de esta estrambótica planta pasamos en

silencio, que pueden fácilmente de las ya dichas inferirse, como son

las de albergarse en tiempos pacíficos entre plantas mejores, como la

zizaña entre los trigos, y pasar por buenas, y tomar sus jugos de donde

aquéllas los toman, y otras.

Planta es, pues, perjudicial, y aun perjudicialísima, el faccioso;

pero también la naturaleza, sabia en esto como en todo, que al criar

los venenos crió de paso los antídotos, dispuso que se supiesen

remedios especiales á los cuales no hay mata de facciosos que resista.

Gran vigilancia sobre todo, y, donde quiera que se vea descollar

uno tamaño como un cardillo, arrancarle: hacer ahumadas de pólvora

en los puntos de Castilla, que como Roa y otros los producen tan

exquisitos, es providencia especial: no se ha probado á quemarlos como

los rastrojos, y aunque este remedio es más bien contra brujas, podría

no ser inoportuno, y aun tengo para mí que había de ser más eficaz

contra aquéllos que contra éstas. El promover un verdadero amor al

país en todos sus habitantes, abriéndoles los ojos para que vean á los

facciosos claros como son y los distingan, sería el mejor antídoto;

pero esto es más largo y para más adelante, y ya no sirve para lo

pasado. Por lo demás podemos concluir que ningún cuidado puede dar á

un labrador bien intencionado la acumulación del faccioso, pues es

cosa muy experimentada que en el último apuro la planta es también de

invierno, como si dijéramos de cuelga; y es evidente y sabido que una

vez colgado este pernicioso arbusto y altamente separado de la tierra

natal que le presta el jugo, pierde como todas las plantas su virtud,

es decir, su malignidad. Tiene de malo este último remedio que para

proceder á él es necesario colgarlos uno á uno, y es operación larga.

Somos enemigos además de los arbitrios desesperados, y así en nuestro

entender, de todos medios contra facciosos parécenos el mejor el de la

pólvora, y más eficaz aún la aplicación de luces que los agostan, y

ante las cuales perecen corridos y deslumbrados.

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 23 / 75 题