YO QUIERO SER CÓMICO

Anch' io son pittore.

No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole que

malas lenguas me atribuyen, si no sacara á luz pública cierta visita

que no ha muchos días tuve en mi propia casa.

Columpiábame en mi mullido sillón, de éstos que dan vueltas sobre su

eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto

modo á muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad

sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo

que me correspondía ingerir aquel día en la Revista. Quería yo que

fuese interesante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de

mi empeño, y sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un

hombre de buen humor, ó de buen talante para comunicar el suyo á los

demás. No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y

por consiguiente verídico, porque mientras yo no haga más que cumplir

con las obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi

siglo, no se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar

pendencias por una sátira más ó menos.

Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por

más inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me

deparó felizmente la casualidad materia sobrada para un artículo, al

anunciarme mi criado á un joven que me quería hablar indispensablemente.

Pasó adelante el joven haciéndome una cortesía bastante zurda, como

de hombre que necesita y estudia en la fisonomía del que le ha de

favorecer sus gustos é inclinaciones, ó su humor del momento, para

conformarse prudentemente con él; y dando tormento á los tirantes y

rudos músculos de su fisonomía para adoptar una especie de careta que

desplegase á mi vista sentimientos mezclados de afecto y de deferencia,

me dijo con voz forzadamente sumisa y cariñosa:

--¿Es usted el redactor llamado Fígaro?...

--¿Qué tiene usted que mandarme?

--Vengo á pedirle un favor... ¡Cómo me gustan sus artículos de usted!

--Es claro... Si usted me necesita...

--Un favor de que depende mi vida acaso... ¡Soy un apasionado, un amigo

de usted!

--Por supuesto... siendo el favor de tanto interés para usted...

--Yo soy un joven...

--Lo presumo.

--Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro...

--¿Al teatro?

--Sí, señor... como el teatro está cerrado ahora...

--Es la mejor ocasión.

--Como estamos en cuaresma, y es la época de ajustar para la próxima

temporada cómica, desearía que usted me recomendase...

--¡Bravo empeño!--¿Á quién?

--Al ayuntamiento.

--¡Hola! ¿Ajusta el ayuntamiento?

--Es decir, á la empresa.

--¡Ah! ¿Ajusta la empresa?

--Le diré á usted... según algunos, esto no se sabe... pero... para

cuando se sepa.

--En ese caso no tiene usted prisa, porque nadie la tiene...

--Sin embargo, como yo quiero ser cómico...

--Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?

--¿Cómo?, ¿se necesita saber algo?

--No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor...

--Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con

pie en una corporación.

--Ya le entiendo á usted: usted quisiera ser cómico aquí, y así será

preciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe usted el castellano?

--Lo que usted ve... para hablar, las gentes me entienden...

--Pero la gramática, y la propiedad, y...

--No, señor, no.

--Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín,

y habrá estudiado humanidades, bellas letras...

--Perdone usted.

--Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá

verter sus ideas en las tablas.

--Perdone usted, señor. Nada, nada. ¡Tan poco favor me hace usted! Que

me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído

hablar tampoco... mire usted...

--No jure usted. ¿Sabe usted pronunciar con afectación todas las letras

de una palabra, y decir unas voces por otras, _actitud_ por _aptitud_,

y _aptitud_ por _actitud_, _diferiencia_ por _diferencia_, _háyamos_

por _hayamos_, _dracmático_ por _dramático_, y otras semejantes?

--Sí, señor, sí, todo eso digo yo.

--Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso.

--¿Aprendió usted historia?

--No, señor; no sé lo que es.

--Por consiguiente, no sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, ni

caracteres históricos...

--Nada, nada, no, señor.

--Perfectamente.

--Le diré á usted... en cuanto á trajes, ya sé que en siendo muy

antiguo siempre á la romana.

--Esto es: aunque sea griego el asunto.

--Sí, señor: si no es tan antiguo, á la antigua francesa ó á la antigua

española: según... ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es

más moderno ó del día, levita á la Utrilla en los calaveras, y polvos,

casacón y media en los padres.

--¡Ah!, ¡ah! Muy bien.

--Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán ó á la dama,

según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme á lo que ellos

tienen en sus arcas, así...

--¡Bravo!

--Porque ellos suelen saberlo.

--¿Y cómo presentará usted un carácter histórico?

--Mire usted: el papel lo dirá, y luego como el muerto no se ha de

tomar el trabajo de resucitar sólo para desmentirle á uno... además que

gran parte del público suele estar tan enterado como nosotros...

--¡Ah! ya... usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no...

--No es gran cosa; pero eso no es esencial.

--¿Y de educación, de modales y usos de sociedad? ¿á qué altura se

halla usted?

--Mal; porque si va á decir verdad, yo soy pobrecillo: yo era

escribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y me

quiero meter cómico, porque se me figura á mí que es oficio en que no

hay nada que hacer...

--Y tiene usted razón.

--Todo lo hace el apunte, y... por consiguiente no conozco esos señores

usos de sociedad que usted dice, ni nunca traté ninguno de ellos.

--Ni conocerá usted el mundo, ni el corazón humano.

--Escasamente.

--¿Y cómo representará usted tantos caracteres distintos?

--Le diré á usted: si hago de rey, de príncipe ó de magnate, ahuecaré

la voz, miraré por encima del hombro á mis compañeros, mandaré con

mucho imperio...

--Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y

corteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, á ser obedecidos

á la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos...

--Sí, pero ¡ya ve usted! en el teatro es otra cosa.

--Ya me hago cargo.

--Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoras

ó en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro la

justicia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en el

tablado con mi bastón de borlas, y pondré cara de caballo, como si los

jueces no tuviesen entrañas...

--No se puede hacer más.

--Si hago de delincuente, me haré el perseguido, porque en el teatro

todos los reos son inocentes.

--Muy bien.

--Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas,

cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes

melodramáticos... Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas,

carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera... Si hago

un barba, andaré á compás, como un juego de escarpias, me temblarán

siempre las manos como perlático ó descoyuntado; y aunque el papel no

apunte más de cincuenta años, haré del tarato y decrépito, y apoyaré

mucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice á

los espectadores: «allá va esto para ustedes».

--¿Tiene usted grandes calvas para los barbas?

--¡Oh! disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta el

colodrillo; bien que ésta la reservo para las grandes solemnidades.

Pero aun para diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con

ellas.

--¿Y los graciosos?

--Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces,

haré con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas

contorsiones que alcance, y saldré vestido de arlequín...

--Usted hará furor.

--¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa á

aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, diré directamente

al público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos de

intención ó lucimiento que en mi parte se presenten.

--¿Y memoria?

--No es cosa la que tengo; y aun ésa no la aprovecho, porque no me

gusta el estudio. Además que eso es cuenta del apuntador. Si se

descuida se le lanzan de vez en cuando un par de miradas terribles,

como diciendo al público: ¡Ven ustedes qué hombre!

--Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una

carreta, y sacándole á usted la relación del cuerpo como una cinta. De

esa manera, y hablando él altito, tiene el público el placer de oir á

un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.

--Sí, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación se dice

cualquier tontería, y el público se la ríe. ¡Es tan guapo el público!

¡si usted viera!

--Ya sé ¡ya!

--Vez hay que en una comedia en verso se añade un párrafo en prosa:

pues ni se enfada, ni menos lo nota. Así es que no hay nada más común

que añadir...

--¡Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, señor, usted es cómico, y bueno.

¿Usted ha representado anteriormente?

--¡Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el _García_ y el

_Delincuente honrado_.

--No más, no más; le digo á usted que usted será cómico. Dígame usted,

¿sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los

entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que

es, ó por el verso más que no entienda siquiera lo que es prosa?

--¿Pues no tengo de saber, señor? eso lo hace cualquiera.

--¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal

contra el primero que se atreva á decir en letras de molde que usted no

lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿sabrá usted decir de los

periodistas que quién son ellos para?...

--Vaya si sabré; precisamente ése es el tema nuestro de todos los días.

Mande usted otra cosa.

Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y

arrojándome en los brazos de mi recomendado: «Venga usted acá, mancebo

generoso, exclamé todo alborozado; venga usted acá, flor y nata de la

andante comiquería: usted ha nacido en este siglo de hierro de nuestra

gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían

los hombres bellotas y pacían á su libertad por los bosques, sin la

distinción del tuyo y del mío. Usted será cómico en fin, ó se han de

olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio».

Diciendo éstas y otras razones, despedí á mi candidato prometiéndole

las más eficaces recomendaciones.

Obras completas de Fígaro, Tomo 2 · 第 7 / 75 题