La policía jesuítica

--¿Qué agentes son los que han venido hoy?--preguntó el padre Claudio a

su "alter ego" o, más bien, a su "socius", como se dice en el lenguaje

usado entre los hijos de Loyola.

--Esta tarde sólo he recibido la visita de tres: el camarero de Palacio,

el oficial del ministerio de Gracia y Justicia y el empleado de la

embajada de Francia.

--Empieza por el último. ¿Cuáles son sus informes?

El amanuense consultó las abiertas páginas de un grueso cuaderno, en el

cual anotaba las delaciones de los espías de la Compañía, y después de

repasar las últimas notas con una rápida ojeada, contestó:

--El embajador piensa pedir mañana una audiencia al Rey para quejarse en

nombre de su Gobierno del carácter brutal que reviste la restauración

absolutista. Hoy, a la hora del almuerzo, ha dicho a algunos amigos que

le acompañaban que está harto de las barbaridades de los realistas

españoles, y que M. Chateaubriand le ha escrito autorizándole para que

manifieste al Rey que Francia se cree ya deshonrada por haber favorecido

con su ejército una reacción que pone a España, en cultura y humanidad,

más abajo que el imperio de Marruecos.

--Eso es una exageración propia de un poeta como el ministro

francés--dijo el jesuíta sonriendo con expresión de desprecio.

--El embajador ha dicho, además--continuó el hermano Antonio consultando

de vez en cuando las notas--, que aunque su Gobierno no le ordenara tal

comisión, él la haría por propia voluntad muy gustoso, pues se conduele

de la brutalidad de los victoriosos realistas. Además, ha dicho que de

todo cuanto sucede es culpable la Compañía de Jesús, y que no ha de

parar hasta que acabe con el prestigio y la influencia que hoy ejerce la

Orden.

--¿Eso ha dicho el botarate francés?--exclamó el padre Claudio sonriendo

de un modo que causaba miedo--. Ya voy cansándome de sus continuas

fanfarronadas y comprendo que es preciso librarnos de él. A ver,

Antonio, cómo buscas inmediatamente en el archivo la nota del embajador.

Levantóse el secretario de su asiento, y colocándose casi en el centro

de la habitación, paseó su mirada rápidamente por los grandes estantes,

agobiados bajo el inmenso peso de papeles y libros.

Después, con la seguridad del can que ha olfateado el rastro, dirigióse

a uno de los estantes, y sin consultar las colgantes etiquetas, sacó una

abultada carpeta. ¡Ya estaba seguro aquel ratón de archivo de no

equivocarse!

Descargó el pesado paquete sobre la mesa, hojeó los diversos cuadernos

que contenía, y separó uno, cuya cubierta tenía este lema: "Nota

relativa al barón de La Tour-Royal, embajador de Francia".

--Aquí está--dijo el hermano Antonio enseñando el legajo a su superior.

--Busca la página referente al carácter, y lee.

Pasó el secretario algunas hojas, y encontrando al fin lo que buscaba,

comenzó a leer:

--Carácter del anotado. Enérgico, pundonoroso y susceptible. Como en su

mocedad se batió en la Vendée contra la Revolución, guarda ciertas

costumbres militares y es incapaz de tolerar ninguna ofensa. Se ha

batido muchas veces. Es hombre temible. Cree mucho en el rey y poco en

Dios. Antes de la Revolución fué de los nobles que aplaudían las

impiedades de Voltaire.

--No dice más, reverendo padre--añadió el lector.

--Dice bastante--contestó el padre Claudio--. Ahora mira en la sección

de documento útiles; tal vez encontrarás en ella dos cartas adheridas

que nos serán de gran provecho en esta ocasión.

El hermano Antonio volvió a buscar, y al poco rato tremolaba en la

diestra dos pequeños pliegos.

--Aquí están, reverendo padre.

--Mira la firma, y ve si son de la señora baronesa de "La Tour-Royal".

--Efectivamente, reverendo padre. A lo que veo, son dos cartas de amor.

--Así es. La esposa del embajador hace más de un año que tiene por

amante a un gallardo oficial de la Guardia, y a él van dirigidas las

tales cartas. El oficial es antiguo penitente de un padre de la Orden, y

éste logró arrancárselas. Mañana las enviarás con persona de confianza y

en sobre cerrado a ese embajador tan lenguaraz, para que se convenza de

su deshonra.

El secretario miró a su superior con la expresión de un discípulo ante

el maestro. Con ser él un malvado sin escrúpulos ni preocupaciones,

reconocíase pequeño ante el padre Claudio.

--Ahora veremos--continuó éste--si el embajador de Francia sigue

haciéndonos daño. Nuestros informes nunca mienten. Ese hombre tiene un

carácter belicoso e incapaz de sufrir la más leve mancha en su honor. Se

ha batido en varias ocasiones, y ahora se batirá otra vez con ese

militar elegante que posee a su mujer. Si le mata el oficial, nos

libramos para siempre de tan enojoso enemigo, y si él mata al amante de

su esposa, el suceso causará suficiente escándalo para que el Gobierno

francés le releve del cargo y lo llame a París. De un modo o de otro nos

libraremos de ese enemigo de los defensores de Dios.

El secretario había quedado como embelesado por la diabólica astucia del

superior, pero éste no podía permanecer inactivo mucho tiempo.

--¿No tienes más noticias de la Embajada? Pues a otro asunto. A ver lo

que dijo el empleado de Gracia y Justicia.

--No son gran cosa sus revelaciones en comparación con las de otros

días.

--¿Qué hace Calomarde?

--Nada entre dos aguas y quiere estar bien con tirios y troyanos para

hacer mejor su santa voluntad.

--Obra mal el bueno de don Tadeo siguiendo esa conducta. Eso de halagar

al mismo tiempo a unos y a otros para explotarlos mejor a todos, sólo lo

podemos hacer los jesuítas, y el que quiera imitarnos corre peligro de

que le declaremos la guerra.

--Calomarde se permite ya tener voluntad propia y olvida que fué vuestra

reverencia quien lo elevó al ministerio.

--Es un hijo ingrato. Nos sirve de buena voluntad, pero algunas veces

olvida su deber. Habrá que echarle una buena reprimenda.

--Hoy mismo ha dado dos excelentes canonicatos a unos paisanos suyos,

dejando para otra vacante que se presente a un recomendado de vuestra

reverencia. Además, en la confiscación de los bienes de los emigrados

liberales se queda la mayor parte de los productos de las ventas y sólo

nos envía a nosotros miserables cantidades, y esto a regañadientes. A

pesar de portarse mal, se ha hecho tan desvergonzado, que en su despacho

ha tenido el atrevimiento de decir que estando bien con el rey, le

importa muy poco quedar mal con los jesuítas.

--¿Eso ha dicho?--exclamó con sorpresa el padre Claudio.

--Así lo ha asegurado nuestro agente, que es hombre incapaz de mentir.

--Ya arreglaremos las cuentas al ministro favorito de Su Majestad. Saca

del archivo la nota referente a la vida y actos de don Tadeo, y en la

sección de documentos útiles encontrarás la carta dirigida al obispo de

Sigüenza, acusándole recibo de los tres mil duros a cambio de la mitra.

Bien es verdad que don Tadeo destinó de dicha cantidad treinta mil

reales para nuestra Orden, por gastos de comisión; pero esto no consta

en la carta, y además, el bueno del ministro se guardará mucho de

decirlo. ¡Bonita será la cara que haga Su Majestad mañana al enseñarle

yo el documento en que el ministro favorito se delata tan claramente!

Cuando el rey le eche una filípica que le ponga las orejas coloradas,

don Tadeo adivinará de dónde procede el golpe, y en adelante será más

cauto y tratará con más respeto a nuestra Orden.

--¿Busco ahora la carta, reverendo padre?

--No; mañana me la darás cuando vaya a Palacio a la hora de la misa.

¿Qué más hay en el ministerio?

--Nada que nos interese.

--Pasemos pues, a las revelaciones del camarero de Palacio. Es buena

persona, muy temeroso de Dios y de sus representantes, y estoy por decir

que es el mejor de nuestros agentes.

--Soy de la misma opinión.

Y el hermano Antonio, después de halagar otra vez con tales palabras la

vanidad de su superior, consultó las notas y comenzó a decir:

--Las noticias de Palacio son, como de costumbre, abundantes, aunque no

de gran importancia. ¿Por dónde le parece a vuestra reverencia que

comencemos?

--Di primero todo lo referente al rey.

--Su Majestad se muestra algo preocupado por la actitud de Francia y las

demás potencias de la Santa Alianza, las cuales no le dejan respirar ni

obrar con libertad, pues, como de costumbre, apenas da una ley contra

los liberales, llueven sobre él amenazadoras notas diplomáticas, en las

que los soberanos le aseguran que van a dejarlo solo si se obstina en

extremar la reacción. Aún se preocupa más de la falta de buenos espadas

desde que Pedro Romero se retiró del arte a causa de sus achaques y de

la decadencia que viene notándose en el ganado que se presenta en la

plaza de Madrid.

El hermano Antonio miró de reojo al padre Claudio, y viendo que se

sonreía despreciativamente, creyó muy del caso el imitarle.

--Anoche--continuó el amanuense--hablaba en su tertulia de la necesidad

de remediar prontamente esa decadencia que deshonra a la nación, y

apuntó la idea de establecer en Sevilla una escuela de tauromaquia.

Calomarde se atrevió a hacerle algunas objeciones, y el rey consintió en

dejar la realización de tal proyecto para más adelante.

--¿No hay nada referente a la vida secreta?

--Sí, reverendo padre. El rey muestra ahora gran afición por una manola

que vive cerca de la puerta de Toledo y es hija del tío Quitapellejos,

honrado dependiente del Matadero. El duque de Alagón le acompaña muchas

noches a la casa de esa rústica beldad. Esta nueva conquista es en

Palacio desconocida para todos menos para nuestro agente, que ha logrado

descubrirla a fuerza de paciencia y astucia.

--Desconocida es tal aventura, pues ni aun yo tenía noticias de ella. ¿Y

qué hace el rey con la condesa de Baselga?

--La baronesa de Carrillo pasa en la corte todavía, para los que se

precian de conocer los regios secretos, como la querida predilecta de Su

Majestad; pero lo cierto es que don Fernando (que Dios guarde) parece

hastiado de ella, pues sólo acude a sus citas de tarde en tarde, y más

por la fuerza de la costumbre que por la del amor.

--Mala noticia es ésta--dijo el padre Claudio poniendo la cara seria--.

Pepita, gracias a sus relaciones con el rey, nos presta grandes

servicios. Nosotros tenemos gran influencia en el ánimo de Su Majestad;

pero aquello que éste no nos concede, lo alcanza la baronesa cuando

tiene a su regio amante ebrio de lujuria entre sus brazos. ¿Qué hacemos

si el rey abandona definitivamente a la hermosa señora de Baselga y va

en busca de las manolas del Matadero?

--La noticia es tanto más grave cuanto que nuestro agente asegura que

don Fernando está cada vez más enloquecido por la hermosa hija del

matarife, y muchos días espera con impaciencia la noche para dirigirse a

su casa.

--Lo comprendo; es la pasión senil. El último amor de un viejo, o sea la

lujuria más terca y persistente. Será necesario poner en juego toda la

linda locura de Pepita, y que invente nuevas gracias para atraerse al

rey.

--Será inútil, reverendo padre, pues Pepita, según los informes, está

también cansada del soberano y busca distracción a su tedio, llamando a

su casa, siempre que su marido está de servicio en Palacio, a un guapo

mozo que figura como agregado a la Embajada inglesa y que se llama el

"baronet" sir Walace.

El padre Claudio, a pesar del imperio que tenía sobre sus sensaciones,

mostró algún asombro ante aquella revelación que no esperaba, y murmuró

con enfado:

--Ya hace tiempo que creo, con razón, que con mujeres nada puede

hacerse. Esa Pepita es una...

Y el hermoso jesuíta largó una palabra tan castellana y clásica como

poco culta. Después dijo con voz más fuerte:

--Hace mucha falta en aquella casa el señor Antonio. Cuando el general

de nuestro instituto envió desde Roma la orden para que el viejo

volviera a América, donde podría servir mejor nuestros intereses,

presentí que pronto nos sería muy necesaria su presencia. Si él

estuviera en casa de la baronesa, ni entraría ese inglés ni Pepita

hubiera dejado escapar al veleidoso rey; pero está casi sola, su marido

es un imbécil que no ve ni oye más que cuanto su mujer quiere, y ya dice

el refrán que la cabra apenas se ve suelta siempre tira al monte. Lo

vuelvo a repetir: esa Pepita es una perdida, digna de que la abandonemos

y aun de que digamos a su marido todo cuanto hace, para que éste, que es

un barbarote, la estrangule sin misericordia.

Y al decir esto el padre Claudio, brillaba en sus ojos aquella chispa

maligna que transfiguraba su rostro de un modo horrible, poniéndolo en

armonía con su oculto pensamiento.

--Nada se pierde--añadió el jesuíta cuando pasó el primer ímpetu de su

rabia--en echar un buen sermón a Pepita, que la lleve nuevamente a la

buena senda. Es una loca tan inclinada a la devoción como a

prostituirse, y tal vez tocando sus aficiones religiosas la arrastremos

nuevamente a sufrir pacientemente las caricias del rey, que, en verdad,

no deben ser muy gratas para una mujer joven y hermosa.

--Difícil lo veo, reverendo padre. La baronesa está tan entusiasmada con

el inglés, que, según las revelaciones de nuestro agente, en el baile

que hubo anteanoche en Palacio iban los dos ocultándose tras los

cortinajes de los balcones, buscando siempre huecos obscuros y

solitarios.

--La baronesa es una mujer caprichosa, nacida para cometer estupendas

locuras, pero con una gran dosis de ambición. Mientras fué en Madrid una

desconocida, nos obedeció fielmente, cifrando todo su empeño en agradar

al rey; pero desde que conoció al conde de Baselga y se casó con él,

viéndose al poco tiempo dama de Palacio y uno de los más lindos adornos

de la corte, ha dado por satisfecha su ambición y hoy únicamente piensa

en satisfacer sus pasiones sin trabas de ninguna especie y a gusto de su

variable voluntad. Mañana hablaré con ella y le haré entender que, si

por creerse satisfecha no quiere servirnos, nosotros tenemos medios para

romper lo que ella considera hoy como felicidad, arrojándola en la

desgracia.

--En estas notas, reverendo padre, hay algo muy interesante respecto al

marido de la baronesa, o sea el conde de Baselga.

--Habla, hermano Antonio.

--Nuestro agente sorprendió el otro día algunas palabras de la

conversación que en la antecámara de la reina sostenía la duquesa de

León con otra dama de honor.

--¿Qué tiene que ver en el anterior asunto la duquesa de León?

--Vuestra reverencia olvida, sin duda, que la tal duquesa, antes que el

de Baselga conociera a doña Pepita, era su querida y hasta se cree que

corría con todos los gastos del gallardo militar, incluyendo la

confección de sus uniformes.

--Es verdad; no recordaba tal antecedente, que de seguro figura en

nuestra nota acerca de la duquesa de León. ¿Y cuáles eran las palabras

de ésta?

--Aunque nuestro agente no escuchó toda la conversación, comprendió

inmediatamente que las dos damas trataban del conde de Baselga. La

duquesa hablaba de su antiguo amante, que ahora se mostraba frío e

indiferente por culpa de su esposa, que le tenía sujeto con sus

embelecos y que, en cambio, le hacía traición, no con un amante, ni con

dos. Cuando nuestro agente se acercó más, la duquesa hablaba

misteriosamente de venganza, de abrir los ojos al mentecato y de

terribles pruebas de que podía disponer.

--Eso es muy grave--dijo el padre Claudio--. Pepita puede oír nuestros

consejos y volver a atrapar al rey, en cuyo caso sería un tremendo

inconveniente el que su marido conociera los deslices de la baronesa,

pues el tal Baselga es un gañan algo idiota que no conoce eso que en el

mundo llaman honor, pero que por amor propio es capaz de no consentir

como amante de su esposa ni aun al mismo rey.

Quedóse reflexionando un buen rato el padre Claudio, y al fin añadió:

--La duquesa de León es un gran peligro. La conozco bien y sé que es una

mujer terca capaz de cumplir cuanto diga. Además, esas viejas

libidinosas, cuando se enamoran de un hombre, no retroceden ante ningún

obstáculo. Si ella ha hablado de pruebas, es porque las tiene o piensa

adquirirlas pronto... Afortunadamente, la duquesa es penitente mía y

podré dentro de pocos días sondear su conciencia desde el confesonario.

Calló el jesuíta por algún tiempo, y al fin añadió con aire de hombre

preocupado:

--Sin embargo, no dejan de interesarme esas pruebas de que habla la

duquesa. ¿Adivinas tú cuáles pueden ser, hermano Antonio?

--No, reverendo padre. Doña Pepita no es mujer capaz de haber escrito

cartas a sir Walace ni al lindo frailecito de la Merced, que es el

amante que tuvo antes del inglés y cuyas relaciones tan hábilmente supo

estorbar vuestra reverencia. No existiendo cartas, no sé qué pruebas

pueda tener la duquesa de León.

--Hay otra prueba más terrible y concluyente que una persona astuta,

como lo es la duquesa, podía aprovechar si nosotros no estuviéramos

alerta.

--¿Cuál es, reverendo padre?

--El testimonio de la mujer que asistió a Pepita en su parto, la cual

puede citar la fecha cierta en que éste se verificó.

--Reverendo padre, esa mujer ya sabéis que es mi madre. Ella hace cuanto

yo quiero y nunca traicionará los intereses de la Compañía.

--En ello confío. Ya sabes que buscamos a tu madre para tan delicada

misión confiando en tu palabra, y tampoco debes olvidar que a mí me

debes cuanto eres, y que así como puedo encumbrarte más alto de lo que

te imaginas, puedo arrojarte al suelo y aniquilarte como un insecto si

es que haces traición a la Orden.

--Lo sé, padre mío, lo sé perfectamente--dijo el secretario sonriendo

con afectada humildad.

Reflexionó el padre Claudio y añadió con tono imperativo:

--Dirás mañana a nuestro agente en Palacio que vigile de cerca a la

duquesa de León, procurando penetrar en sus propósitos. Yo buscaré el

medio de que me revele su pensamiento, y al mismo tiempo procuraré

extinguir en el conde de Baselga toda sospecha, si es que esa alegre

vieja ha intentado ya excitar sus celos y su instinto receloso. Pasemos

a otros asuntos. ¿Qué más se dice en Palacio?

--En el cuarto del infante don Carlos se conspira, y tanto su esposa,

doña Francisca, como el obispo de León, preparan una sublevación en

Cataluña, en la que entrarán todos los realistas descontentos con la

política que actualmente sigue don Fernando.

--Me voy convenciendo de que estos realistas son gente más levantisca e

ingobernable que los mismos liberales...; pero más vale así, pues hay

que reconocer que don Carlos, príncipe piadoso, amante de Dios y

obediente en todas ocasiones al clero y a la Compañía de Jesús, sería

más buen rey que don Fernando, que, aunque adicto a la religión y sumiso

a nuestros consejos, se ve tentado de continuo por el demonio de la

carne y deja plantados a lo mejor a los representantes del Altísimo para

irse tras la primera falda bien contorneada que encuentra al paso.

--Don Carlos haría la felicidad de España.

--Prohibo, hermano Antonio, que te permitas tener opiniones políticas.

Eso es indigno de un hombre que ha prometido dejar a sus superiores que

discurran por él. Sin embargo, en esta ocasión, te digo que estás en lo

cierto. Don Carlos, rey, sería para nosotros tan ventajoso como tener un

individuo de nuestra Orden en el trono, pero su corona es hoy por hoy

problemática, y no es caso de que vayamos a exponer lo cierto por lo

dudoso. ¿Manda actualmente don Fernando? Pues permanezcamos a su lado y

dejemos conspirar a esos furibundos realistas, que si algún día llega su

triunfo, tendremos tiempo para ponernos al lado de don Carlos y ser los

primeros en recoger mercedes. Hermano Antonio, no olvides nunca esta

política, que es la que debe seguir todo buen jesuíta.

El secretario acogió la lección con aire de gratitud y creyó del caso

dar a su rostro una expresión de asombro, que interpretaba la admiración

producida por las palabras de su maestro.

--Las noticias de Palacio han terminado ya, reverendo padre, y a los

trabajos del día sólo hay que añadir la plática que he tenido esta tarde

con el brigadier Chaperón, presidente de la Comisión militar permanente

de Madrid.

--¿Ha venido aquí ese bárbaro?

--Sí. Quería visitar a vuestra reverencia y saber de propios labios si

estabais satisfecho de su conducta, y me ha dicho, con el aire de

satisfacción propio del que cumple con su deber, que si en el mes pasado

ahorcó siete liberales en la plaza de la Cebada, en el presente piensa

que lleguen a una docena, además de que tiene en lista unos doscientos

individuos parientes hasta de sexto grado y amigos de vista de los

emigrados revolucionarios, los cuales a la mayor brevedad serán enviados

a los presidios de Africa.

--Chaperón es un partidario tan decidido de la causa de Dios y del rey,

que el Gobierno debía citarlo como modelo digno de imitación a esas

comisiones de las provincias que sólo envían cada vez un liberal a la

horca. ¡Lástima que tan perfecto campeón de la Fe sea un poco imbécil y

no se le pueda confiar otro trabajo que el exterminio de los

revolucionarios!

--El brigadier desea que vuestra reverencia le recomiende al rey, y que

éste, en vista de sus nobles servicios a la causa del absolutismo, le

conceda un ascenso, una gran cruz o cualquiera otra distinción.

--Puede contar con ello. Hoy somos nosotros los dueños de la situación,

y cuanto indicamos se realiza inmediatamente.

El jesuíta, al decir esto, inclinó la cabeza sobre el respaldo del

sillón, y con los ojos cerrados permaneció algunos instantes sonriendo,

como el que paladea risueñas y halagadoras ideas.

--Hermano Antonio--dijo de pronto el jesuíta, estremeciéndose para

sacudir el dulce sopor que le había acometido--. A ti te lo digo todo

porque tengo confianza en tu discreción y me siento inclinado a tratarte

con franqueza. Los asuntos de nuestra Orden en España no pueden ir

mejor. Después de la caída de la Constitución, el rey se ha arrojado por

completo en nuestros brazos, y esta tarde misma, al volver de su diario

paseo, y en uno de los salones de Palacio, ha dicho ante la turba

cortesana, en la que figuraban los generales de los dominicos, de los

franciscanos y de otros institutos religiosos, que sólo tiene confianza

en los jesuítas, que sólo fía en nuestra fidelidad, y que si antes de

1820 hubiéramos sido nosotros sus consejeros de gobierno, seguramente

que no hubiera triunfado la revolución. ¿No es esto suficiente motivo

para mostrarse satisfecho? ¿No te sientes orgulloso de pertenecer a una

Orden que tanta admiración inspira a su rey?

--¡Oh, seguramente, reverendo padre!

Y el secretario, al decir esto, no mentía, pues sus mejillas

cadavéricas, coloreadas por un fugaz rubor, demostraban lo caldeada que

estaba su soberbia por tales palabras.

--Comienzan ya--continuó el padre Claudio--a brillar para nuestra Orden

aquellos felices días del reinado de Carlos II, en que éramos dueños de

la nación y movíamos a nuestro gusto los resortes del Estado. Ya no nos

veremos obligados a asustar a los reyes como lo hicimos con el impío

Carlos III, enemigo de nuestra preponderancia, organizando el motín de

Esquilache y enviándole anónimos en que le amenazábamos de muerte. Nadie

nos arrojará de aquí; somos los amos y ya no tendremos que esgrimir

pistolas ni puñales, como lo hicimos en Portugal con el rey José y en

Francia con Enrique III y Enrique IV. ¿Para qué?... Hoy los reyes, en

vez de nuestros mortales enemigos, son nuestros lacayos, viven la vida

que nosotros les damos y están sujetos a nuestra voluntad. En el régimen

absolutista, el rey es un sol cuyos rayos llegan hasta el antro más

obscuro de la nación, y, sin embargo, la luz de ese sol nosotros la

mantenemos...; nosotros, que trabajamos en la densa sombra.

Y el padre Claudio, al decir esto, reía sarcásticamente. Su secretario

le imitaba; pero esta vez no era por adulación, sino porque le producía

inmenso placer la completa victoria del aborto de Loyola.

--Nada puede oponerse a nuestro soberano poder--continuó el jesuíta

levantándose de su asiento, impulsado por la fiebre del entusiasmo y

repeliendo al gatazo que hasta entonces había estado enroscado sobre sus

piernas--. ¿Ves a don Tadeo Calomarde, que se cree omnipotente sólo

porque el rey le aprecia a causa de su actividad de ardilla? Pues que

procure que yo no levante mi omnipotente mano pues de un revés lo

arrojaré del ministerio cuando quiera, y se verá pobre y desgraciado, si

es que no va a morir en la horca como otros favoritos regios. ¡Y qué

digo Calomarde! El mismo don Fernando caería, si alguna vez se mostrara

rebelde a nuestros mandatos y no quisiera adoptar las dulces

insinuaciones de nuestra Orden. En las arcas de la Compañía hay dinero

suficiente para comprar un reino y para armar un ejército ante el cual

el de Jerjes parecería miserable pelotón; y en cuanto a gente que nos

defendiera, demasiado sabes que en España tenemos hoy más de la que

podamos desear. Mira, Antonio; mira una vez más, y podrás convencerte de

que España es nuestra.

Al padre Claudio el entusiasmo y la contemplación de la grandeza que su

persona representaba, poníanle nervioso y le hacían pasearse por la

habitación con la impetuosidad de una fiera que encuentra pequeña su

jaula.

Al decir sus últimas palabras, cogió el gran quinqué que estaba sobre la

mesa, y levantándolo al nivel de su cráneo, bañó en luz el colosal mapa

de España, que ocupaba la pared libre de armarios.

--Pasea bien tus ojos por ese mapa--continuó diciendo a su secretario--,

y verás cómo España semeja un pedazo de firmamento en el que las cruces

negras brillan tan compactas e innumerables como las estrellas en el

cielo.

Efectivamente, sobre aquel mapa destacábanse un sinnúmero de crucecillas

negras de varios tamaños, que parecían esparcidas a la ventura, pero que

ocupaban los mismos sitios que las ciudades, los pueblos y los lugares

sin importancia en los mapas ordinarios. Bajaban serpenteando a lo largo

de las costas, saltaban a las cercanas islas, extendíanse sobre las

tortuosas cordilleras, enseñoreábanse de las provincias del centro y

hasta ocupaban las Canarias y las Antillas, que en cuadro aparte

figuraban a un extremo del mapa.

Estaban tan inmediatas las cruces, que sus aspas casi se tocaban unas

con otras y formaban como una negra red que envolvía el territorio

español, dándole el aspecto de un insecto enredado en fúnebre telaraña.

El padre Claudio, con la cabeza erguida y la soberbia expresión de un

general ante su ejército, abarcó de una mirada la colosal obra de su

Orden, y sonriendo después con aire satisfecho, continuó:

--Ya sabes tú lo que representan estas cruces. Cada una de ellas

equivale a un miembro que desde aquí puedo yo mover a mi voluntad, así

como a mí y a todos los vicarios que están al frente de una nación nos

maneja el general desde Roma, y cómo a éste lo impulsa Dios. Las cruces

más grandes representan ciudades de importancia, donde hay colegios y

casas profesas que hacen una continua propaganda en favor de la Orden;

las medianas son poblaciones de menor importancia donde tenemos misiones

permanentes, y las más pequeñas equivalen a lugares y villorrios, en lo

que no nos faltan amigos fieles y obedientes a nuestros mandatos. España

entera tiene su centro y su eje en esta habitación. Para moverla y que

se alce en éste o en otro sentido, el mismo día y a la misma hora, sólo

es necesario que tú tomes la pluma y yo te dicte. ¿Hay alguien que posea

tan inmenso poder? ¿Quién es más dueño de España: don Fernando VII o

nosotros? ¡Ah! Si todos los reyes comprendieran de lo que la Orden es

capaz y los sujetos que los tiene, no nos concederían tanta estimación

ni nos protegerían. ¿Ves cuánto se afana el infante don Carlos por

quitarle la corona a su hermano? Pues todo cuanto haga será inútil si

nosotros permanecemos impasibles, y en cambio dentro de un mes ocuparía

el trono si así conviniera a los intereses de la Orden; para esto

bastaría que yo hiciese un llamamiento a nuestros innumerables agentes.

La contemplación de su propio poder pareció calmar al padre Claudio, que

recobrando su aspecto habitual, frío y sonriente volvió a dejar el

quinqué sobre la mesa, y fué a sentarse junto al brasero, mientras su

secretario le miraba con admiración.

--Reverendo padre--dijo tras una larga pausa el hermano Antonio--. Cada

vez me siento más orgulloso de pertenecer a la Orden de nuestro santo

padre San Ignacio, y cuando os oigo hablar con acento tan inspirado me

miro con asombro pues me parece que yo, miserable gusanillo, crezco al

compás de vuestras palabras hasta convertirme en un gigante.

El padre Claudio se sonrió por aquella lisonja, y dijo a su secretario

con tono protector:

--Crecerás, no lo dudes; crecerás, hermano Antonio; pero es preciso,

como antes te dije, que permanezcas fiel a nuestra Orden y que jamás me

hagas traición a mí, que soy tu superior. Tienes condiciones para

brillar en nuestra sociedad. Eres astuto, conoces a los hombres, sabes

aprovecharte de sus debilidades, no reparas en los medios y, sobre todo,

el bien y el mal son indiferentes a tus ojos, pues uno y otro valen lo

mismo y deben emplearse en una empresa siempre que así convenga. Con

tales condiciones se puede formar un excelente jesuíta, y tú lo serás.

Sólo te falta despojarte de ciertas preocupaciones mundanas. Todavía

eres hombre y te falta algo para convertirte en un completo hijo de

Loyola, que debe ser máquina inconsciente para los mandatos de los

superiores, e inteligencia despierta para cuantos se encuentran a un

nivel más bajo.

--Reverendo padre--dijo con humildad el jesuíta--. Yo hago cuanto puedo,

y siento no tener más voluntad para aprovecharme de vuestras notables

lecciones.

--Si me sigues e imitas en todos mis actos, puedes llegar a ser como mi

sombra, y algún día, cuando la Orden me llame a más altos destinos,

ocupar tú la dirección de España, que hoy desempeño. Yo siento simpatía

por ti, ¿por qué he de ocultarlo? En tus actos veo mi propia

personalidad como en un fiel espejo, y reconozco que tus facultades son

iguales a las mías para ayudar a la conquista del mundo en nombre de

Dios, que es el fin que persigue nuestra Orden. Unicamente hay en ti

defectos que afean tu mérito y que yo corregiré.

--Decid, padre mío; os escucho ansioso.

--Eres desordenado hasta el punto de que parezca que has declarado una

cruda guerra al método. En esta misma habitación tienes una clara

muestra de tu defecto culminante. Los papeles más importantes están

archivados con el orden más caprichoso y extravagante, y documentos

preciosos ruedan a cada momento sobre sillas y mesas, sin método alguno.

Tú te entiendes y sabes guiarte en tal dédalo, pero esto no impide que

te agites en un caos incomprensible para los demás, por lo mismo que tú

eres su único creador. Te parecerá nimia tal vez esta observación, pero

has de saber que en un jesuíta lo más esencial es un orden rígido e

inmutable, al cual deben sujetarse su persona y sus actos. Tu vida debe

ser semejante al reloj de la alta torre que lo mismo en los días serenos

que en medio de la tempestad, deja oír sus horas impasible y con igual

indiferencia. El desorden es indicio de carácter propio, y el jesuíta

debe perder todo lo que le sea personal y le emancipe de las reglas de

la Orden. Mírame, estudia mis actos, y verás cómo la pulcritud y el

orden, que siempre acompañan a la verdadera astucia, facilitan mucho el

éxito de las empresas.

El hermano Antonio escuchaba atentamente la lección de su superior,

quien continuó con su acostumbrado aire de protección:

--Además, tu terrible defecto, al par que te hace desmerecer como buen

secretario, te pierde como campeón de nuestra Orden. Como eres

desordenado, gustas de los golpes ruidosos y de efecto, y muchas veces

atacas antes de hora, lo que facilita la defensa del enemigo. Tu odio es

terrible, pero tiene el tremendo inconveniente de que puede ser leído en

tu rostro mucho antes de que estalle. Imítame a mí, que me encubro con

el contrario bajo la forma más agradable. Si cuantos me rodean me

conocieran bien, temblarían en el instante que yo sonriera más

placenteramente.

Quedó unos instantes silencioso el lindo padre acariciando con aire

distraído al gato, que había vuelto a colocarse sobre sus piernas, y de

repente agarró una de las patas delanteras del felino, y extendiéndola,

dijo al secretario:

--Aquí tienes la verdadera imagen del perfecto jesuíta. Este animal

acaricia con su fina mano, toma un aire humilde que atrae y cuando menos

se espera hace valer sus afiladas uñas, que oculta cuidadosamente.

Nosotros somos los gatos, que nos tendemos humildemente a los pies de la

sociedad, pidiéndola su calor y su protección; el que se deje acariciar

por nosotros que tenga por seguro el arañazo.

El secretario púsose a reflexionar sobre la metáfora de su maestro, pero

cuando estaba en lo mejor de sus reflexiones fué llamado a la realidad

por tres rudos golpes de timbre que sonaron dentro de la casa aunque

algo lejanos.

--¡Tres toques!--dijo el padre Claudio--. Una carta es. Antonio, marcha

a recogerla inmediatamente, pues, traída a estas horas, debe tratar de

asuntos interesantes.

La araña negra, t. 1/9 · 第 23 / 35 题